Breakaway 9 Mackenzie
19%

9 Mackenzie

Alex, Montana y Hailee cumplieron su amenaza.

Me obligaron a ducharme, me secaron el pelo, me maquillaron y prácticamente me vistieron como si fuese una muñeca rota a la que intentaban arreglar.

Ahora estoy en Onda, en medio de la pista, con el pelo recogido en una coleta alta, uno de esos maquillajes que solo Montana puede hacer sin convertirte en payaso y un vestido corto, rosa, de tirantes finos, que deja mi espalda completamente al descubierto.

Y estoy borracha. Muy borracha. Tan borracha que tengo los pies entumecidos, los músculos flojos y la lengua pegada al paladar.

Cada palabra me cuesta un mundo y cada paso me parece una prueba olímpica.

La música retumba tan fuerte que la siento vibrar en los huesos, y las luces de colores que parpadean a toda velocidad me ciegan a intervalos.

Todo se mueve demasiado rápido. O quizá soy yo, que voy a cámara lenta.

Hace rato que perdí a mis amigos por empeñarme en ir al baño sola. He recibido varios mensajes, creo, pero no he podido ni enfocar la pantalla del móvil para responder.

Joder, creo que voy a vomitar.

Me apoyo brevemente contra una columna, respiro por la boca y trato de recordar por qué pensé que esto no era tan mala idea. Salir, bailar, olvidar... Me parece que no pensé en que a veces el alcohol no borra, solo amplifica.

Respiro hondo otra vez, me incorporo y sigo avanzando entre la gente, chocándome con hombros, caderas y espaldas, hasta que uno de esos empujones me lanza directamente contra un cuerpo firme.

Unos brazos fuertes me sostienen por la cintura antes de que me caiga de culo al suelo. Parpadeo unas cuantas veces para enfocar.

—¿Tú eres la amiga de Hailee y Montana, no? —dice una voz grave y pastosa. El chico me mira con el ceño fruncido, visiblemente tan borracho como yo. Tarda un par de segundos en ubicarse, pero, finalmente, añade—: Mackenzie.

Asiento. Mala idea, porque ahora la cabeza me da vueltas como si estuviera en una montaña rusa sin cinturón.

—Tú eres Theodore.

—Theodore, Theo, el amor de la vida de Montana... Tengo muchos nombres —dice con una sonrisa ladeada—. A tu servicio.

A unos metros, de pie junto a la barra, apoyado con una copa en la mano y el ceño relajado, está Grayson.

Lleva una camiseta negra de manga corta, vaqueros oscuros y el pelo despeinado, como si se lo hubiera alborotado con la mano un segundo antes.

Está hablando con algunos chicos del equipo, bebiendo tranquilo.

Y está tan guapo, tan malditamente guapo, que me molesta siquiera pensarlo.

No lo he visto desde... bueno, desde todo.

Desde que mi vida se convirtió en un incendio emocional que no puedo apagar.

Me odio un poco más por estar aquí, mirándolo, pensando en él.

Pero también, muy en el fondo, quiero algo.

No sé exactamente el qué. Tal vez una reacción, una señal, cualquier cosa que me resuelva lo que llevo desde Halloween preguntándome.

Así que hago algo que sé que no debería. Algo que probablemente (seguro) lamentaré mañana. Agarro a Theo por los hombros y le hablo con la lengua espesa y entumecida.

—Theo... necesito que hagas algo por mí.

—Lo que quieras, encanto.

—Bésame.

Pestañea, completamente confundido.

—¿Quieres que te bese? ¿Pero tú no tienes novio?

—Tenía. —Trago saliva e intento ignorar el ardor en el pecho—. Ya no.

—¿Y por qué quieres que te bese, exactamente?

—Para comprobar una cosa.

Él sigue mi mirada, y cuando sus ojos se posan en Grayson, sus cejas se disparan al techo.

—¡Lo sabía! —exclama, tambaleándose hacia un lado mientras se ríe solo—. ¡Sabía que había algo raro entre Gray-Gray y tú!

—No hay nada.

—Pero quieres ver si se pone celoso...

Me encojo de hombros.

—¿Vas a besarme o no?

Theodore duda.

—Eres guapísima, Kenzie, y normalmente te tendría ya contra la pared, pero... ¿y si Montana me ve? Le rompería el corazón.

—Theo, ¿sabes que Montana no está enamorada de ti, verdad?

—Todavía. Pero lo estará algún día. —Asiente, convencido—. Y en nuestra boda os tragaréis vuestras palabras.

—Vale, ¿pero vas a besarme o no, Romeo?

Me observa un momento. Luego se encoge de hombros, levanta el vaso, lo apura de un solo trago y lo deja caer al suelo como si nada.

—Vale, encanto, allá vamos. ¿Lista?

—Espera. —Le pongo una mano en el pecho—. Aún no. Tiene que estar mirando... ¡Ahora!

Lo agarro del cuello, me impulso sobre las puntas de los pies y estampo mis labios contra los suyos. El beso me sabe a alcohol y a malas decisiones. Theo tarda un segundo en responder, pero enseguida pone las manos en mis caderas y su lengua entra en mi boca sin pedir permiso, como una avalancha.

Cierro los ojos y cuento.

«Uno... dos... tres... cuatro... cinco... seis...»

Y entonces alguien lo separa de mí. No, lo arranca de mí.

—¿¡Qué coño haces!?

La voz de Grayson está cargada de enfado. Agarra a Theo por la camiseta y lo aparta de mí como si pesara lo mismo que una botella vacía. Lo cual es impresionante, porque Theodore, como todos los jugadores de hockey, es enorme.

—¡Ha sido ella, tío! —se defiende con las manos en alto—. ¡Te juro que ha sido idea suya! Yo estaba aquí, tan tranquilo, y...

Pero Grayson no lo escucha, su mirada está fija en mí.

—¿¡Pero qué cojones te pasa!? ¿¡Te has vuelto loca o qué!? Ni se te ocurra volver a besar a uno de mis amigos.

—¿¡Y a ti qué más te da!? — le grito, sintiendo cómo la voz me sale más aguda de lo normal.

Grayson frunce el ceño, desconcertado, pero se cruza de brazos como si estuviera esperando una explicación razonable. Y lo que suelto no tiene nada de razonable.

—Ya estoy soltera, por si no lo sabías —escupo—. Por ese error de mierda que cometí contigo.

Se le borra la expresión por completo. Parece que mi confesión le ha sentado como un puñetazo en toda la cara pero, aun así, ni siquiera pestañea, tan frío como siempre.

—No me culpes a mí de lo que hiciste. Nadie te obligó.

Me río, pero me sale un sonido seco, roto.

—¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué pasa, te molesta que bese a Theo?

—Me molesta, sí. Porque es mi amigo.

—¡Perfecto! —exclamo, dando una palmada—. ¿Qué pasaría si beso a otro?

—Mackenzie...

—¿Qué? ¿Eso también te importaría?

Antes de que pueda detenerme, me giro sobre mis tacones y le planto un pico al primer chico que pasa junto a mí, un desconocido alto, de camiseta blanca, que apenas reacciona antes de que mis labios estén contra los suyos.

El beso no dura ni dos segundos. Grayson lo aparta de un empujón, con el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse. El chico se tambalea y tropieza hacia atrás.

—¡Tranquilo, tío! ¡Ha sido ella!

Una mirada fulminante de Grayson y el chaval desaparece casi corriendo.

—Exacto, yo lo he hecho —afirmo—. Y tú nos has separado. Algo sí te importo, entonces...

Grayson me agarra del brazo, no con la fuerza suficiente para hacerme daño, pero sí con la urgencia de alguien que está perdiendo la paciencia.

—Ya basta. Vas ciega —gruñe—. No voy a dejar que sigas haciendo estas gilipolleces.

—¡Suéltame! —Intento zafarme, pero mi cuerpo y mi coordinación no colaboran. Los músculos no me responden y tengo los sentidos demasiado atrofiados. Ni siquiera sé en qué dirección está la salida.

Grayson me ignora y me arrastra, literalmente, fuera del local, abriéndose paso entre la gente con una mano aferrada a mi muñeca. Uno de mis tacones se engancha con algo y casi me caigo, pero él me sujeta sin dejar de avanzar.

Cuando por fin salimos a la calle, el aire fresco me golpea de lleno en la cara, pero no ayuda en absoluto a mitigar la sensación de mareo.

—¿Qué te pasa, Mackenzie? —me espeta, soltándome por fin.

—¿A mí? —Me llevo una mano a la frente porque todo me da vueltas—. ¿Qué me pasa a mí? ¡Tú eres el que ha venido a montarme una escena!

—Estás borracha. Estás besando a cualquiera delante de todo el mundo como si te diera igual todo.

—¡Porque me da igual! —Mi voz se quiebra. O tal vez solo soy yo—. Porque ya lo he jodido todo. Porque tú... tú fuiste el error. Y me has costado todo lo que tenía.

Él da un paso hacia mí, pero no habla. Me observa como si no pudiera entender si estoy hablando en serio o si es el alcohol el que está vomitando palabras por mí.

—Y lo peor es que a veces creo no me arrepiento —murmuro sin pensar.

El silencio que sigue es brutal. Solo se escucha mi respiración agitada y el murmullo de una conversación lejana.

—No estás bien —dice Grayson finalmente, muy serio—. Te llevo a casa.

—No necesito que me lleves a ningún sitio —respondo con la voz más débil, pero todavía altiva—. No necesito nada de ti, Grayson.

Se pasa una mano por el pelo, frustrado, pero no dice nada. En su lugar, da un paso más y se acerca lo suficiente para sujetarme del brazo, esta vez con más cuidado.

—¿Por qué tienes que complicarlo todo?

Casi no me creo lo que acaba de decir.

—¿Yo? Mira quién fue a hablar —Río sin ganas—. Tú eres el que se ha cargado mi relación.

—Eso lo has hecho tú solita. Y, de todos modos, no sé por qué te importa tanto. Sean era un capullo.

—Cállate —le espeto—. Tú no lo conoces.

—No me hace falta conocerlo para ver cómo te trataba. —Da un paso más cerca—. Sé que te dejó tirada un montón de veces, como en Halloween. Te gritaba delante de la gente, os pasabais los días discutiendo...

—¿Cómo...?

—Hailee habla mucho —me corta antes de que termine—. Y cuando habla con Easton, a veces escucho.

—Cotilla —murmuro, pero él hace oídos sordos.

—Voy a por nuestros abrigos, espérame aquí. No te muevas ni te vayas con nadie.

Desaparece dentro del local antes de que pueda protestar. Mientras espero, apoyo la espalda contra la pared y cierro los ojos un momento. Parece que el aire de la noche por fin empieza a despejarme un poco, hasta que, de pronto, el mundo da un giro brusco.

En cuanto Grayson reaparece y me tiende el abrigo, las náuseas hacen acto de presencia. Me doblo sobre mí misma, doy un par de pasos hacia la acera y vomito justo al borde de la carretera.

—Joder —murmura Gray, acercándose pero manteniendo cierta distancia—. ¿Estás bien?

Asiento con los ojos cerrados y las piernas temblorosas.

—Dime... —suelto—. ¿He perdido ya toda la dignidad?

—No, creo que todavía te queda un poco.

Podría ofenderme, pero ni siquiera tengo fuerzas para eso, así que solo me limpio la boca con el dorso de la mano y me incorporo con cuidado.

—Si no quieres ir a casa, al menos deberías caminar un poco, dejar que te dé el aire.

No contesto, simplemente empiezo a andar.

Grayson se pone a mi lado, en silencio, con las manos en los bolsillos.

No decimos nada durante varios minutos, y lo único que se escucha son nuestros pasos sobre la acera, la ciudad medio dormida, coches a lo lejos y ese silencio incómodo que se forma cuando hay demasiadas cosas sin decir.

Unos metros más adelante, doblando una esquina, aparece la luz blanca y brillante de una gasolinera abierta, de esas con letreros chillones, máquinas de café que nunca funcionan y ese famoso granizado multicolor que te congela el cerebro si lo bebes demasiado rápido.

Me detengo, como hipnotizada.

—Quiero uno —murmuro, todavía arrastrando un poco las palabras.

—Acabas de vomitar —responde Grayson, pero me sigue cuando echo a andar hacia el local.

Cuando entramos, los fluorescentes son tan fuertes que me obligan a cerrar los ojos. El suelo está pegajoso y el dependiente nos mira raro. Yo voy directa a la máquina y empiezo a servirme un granizado azul eléctrico. Grayson se rinde, agarra un vaso y se sirve uno rojo.

Después de pagar salimos, nos sentamos en la acera frente a la puerta, con los pies en el bordillo, y bebemos en silencio.

Ya no me siento tan borracha. Cansada, sí. Aturdida, también. Pero mi mente empieza a estar más clara.

—Gracias —murmuro después de un rato—. Por sacarme de ahí. Por no dejarme seguir haciendo el ridículo.

Grayson me mira de reojo con una expresión que no acabo de descifrar.

—No tenías que probar nada, Mackenzie.

Asiento. Sé es que en el fondo tiene razón, fui una idiota.

Me llevo el borde del vaso a la boca, y cuando doy otro sorbo, siento cómo algo frío y dulce se me queda pegado a la comisura de los labios. Intento limpiármelo con la lengua, pero Grayson lo ve antes y, sin pensarlo, me quita el resto de granizado con el pulgar.

El roce es leve. Un segundo, nada más, pero se me para el corazón. Él también lo nota, aunque no aparta la mano de inmediato. La deja ahí, suspendida en el aire mientras me mira fijamente.

Mis pulmones se olvidan de funcionar, y el mundo, que hace un momento daba vueltas, ahora se queda perfectamente quieto.

La mirada de Grayson baja hasta mi boca, para luego, en un pestañeo, volver a subir a mis ojos.

Entonces, cuando ya no puedo más, se aparta y se levanta de golpe.

—Será mejor que volvamos —dice mientras se sacude el pantalón y me da la espalda—. Tus amigos estarán preocupados.

Yo me quedo sentada, con el vaso entre las manos, las mejillas encendidas y sin tener ni idea de qué demonios acaba de pasar.

Ni por qué una pequeña parte de mí desearía que hubiera durado unos segundos más.