8 Grayson
Lo primero que noto al entrar el viernes en clase es que el asiento de Mackenzie sigue vacío.
El miércoles tampoco vino, y desde entonces su ausencia se ha quedado en mi cabeza como un eco molesto que no termina de apagarse.
Ambos estudiamos Derecho y, aunque ella va un año por detrás, solemos coincidir en alguna optativa cada semestre.
En todo este tiempo, rara vez la he visto faltar.
Tal vez una o dos veces, como mucho. Sé que tiene una beca, y también que le importa demasiado mantenerla, así que, que no esté aquí hoy, otra vez, solo puede significar una cosa: algo no va bien.
Pero no es mi problema. No debería importarme.
No debería pensar en ello más de lo estrictamente necesario.
Y sin embargo, cuando el profesor empieza a explicar, mi mirada se escapa inevitablemente hacia su mesa vacía y no puedo evitar preguntarme si alguien le estará pasando los apuntes.
Si sabrá en qué punto estamos, si alguien se ha molestado en decirle qué temas hemos tocado.
Sé lo mucho que le fastidiaría quedarse atrás.
Paso los siguientes cincuenta minutos tomando apuntes en modo automático, escribiendo a mano, no porque lo prefiera, sino porque en el fondo ya me he dicho, sin querer admitirlo, que probablemente se los dé a ella. Y aunque me repita que no debería importarme, la realidad es que lo hace.
No he vuelto a verla desde la otra noche en la pista, cuando me encontró desplomado en el hielo tras el ataque.
Al principio me molestó que estuviera allí, otra vez apareciendo donde no debía, entrometiéndose, como siempre.
Pero luego, cuando se arrodilló a mi lado, cuando me ayudó a respirar...
Lo hizo de una forma cercana, tan natural, que parecía que supiera exactamente lo que yo estaba sintiendo.
Tal vez porque ella también lo ha sentido alguna vez.
Cuando acaba la hora, cierro el cuaderno sin saber muy bien qué he escrito. Sé que los apuntes están ahí, pero mi cabeza no ha estado presente ni un solo minuto.
El móvil vibra en mi bolsillo. Miro la pantalla. Es el grupo de la casa.
ZORRITAS
Theo
¿Coméis en casa? He hecho Bánh xèo.
Ronan Mc
¿Qué coño es eso?
Easton
No preguntes.
Theo
Cocina vietnamita, tío. Culturízate un poco.
Ronan Mc
Si lo has hecho tú, no quiero probarlo.
Finn H
Yo tampoco, la última vez que comí algo tuyo estuve cagando líquido dos semanas.
Gray
Yo voy a pillar algo rápido en la cafetería y me voy a las prácticas.
Theo
¿Tú también desprecias mi cocina, Gray-Gray?
Gray
No me comería algo preparado por ti ni aunque fuera mi única forma de sobrevivir.
Theo
Sois unos putos desagradecidos.
Easton
No llores...
Theo
Se lo voy a dar a Hailee, seguro que ella lo aprecia.
Easton
Mantén ese plato del demonio lejos de mi novia, Theodore.
Dejo de leer cuando empiezan a responderse con notas de voz y stickers estúpidos.
Tras recoger mis cosas, salgo de clase y acelero el paso.
Tengo una hora y cuarto justa para coger algo de comer y conducir hasta el despacho de Carver, en el centro de negocios, a las afueras.
Y, como cada viernes, sé que el muy cabrón me hará quedarme hasta tarde.
Por suerte, Hotchner nos quiere descansados para la Frozen Four y hoy no entrenamos, si no, ya estaría arrastrándome.
En cuanto llego a la cafetería, cojo un par de sándwiches y una bebida energética.
Estoy a punto de salir, cuando la veo. Hailee está sentada con Montana y Alex, el pelirrojo gracioso que siempre va con ellas, y un par de chicos más que no reconozco.
No tenía intención de quedarme, la verdad, y tampoco tengo tiempo para hacerlo, pero mis pies se mueven solos antes de que mi cabeza decida.
—Hola, Hailee —la saludo al acercarme.
Ella alza la vista y su rostro se ilumina con una sonrisa suave.
—¡Grayson!
Siempre tan dulce, tan... Hailee. Entiendo por qué Easton se colgó de ella hasta los huesos.
Hoy lleva el pelo suelto, ondulado, cayéndole por la espalda como una cascada color caoba.
Tiene puesta una sudadera gris que le queda enorme, tan grande que le cubre las manos y le tapa los muslos por completo; la identifico enseguida como una de las de Easton.
Sus amigos me saludan con un leve asentimiento de cabeza y enseguida vuelven a su conversación.
—¿Necesitas algo? —pregunta Hailee.
Buena pregunta. La clase terminó hace un rato, tengo la comida en la mano y solo una hora para ir al bufete. No debería estar aquí. Y sin embargo, lo estoy.
«Idiota».
—No, nada. —Me rasco la nuca, incómodo, y dejo escapar el motivo antes de poder frenarlo—. Es solo que... he notado que Mackenzie no viene a clase desde hace unos días.
El cambio en la expresión de Hailee es instantáneo. Sus ojos se abren como platos y desvía la mirada un segundo, buscando desesperadamente a Montana. Pero Montana está riendo con el pelirrojo, completamente ajena a nuestra charla.
—Eh.... —titubea Hailee—. Está enferma.
La respuesta sale demasiado rápido para ser cierta.
Alzo una ceja, sin molestarme en ocultar que lo que ha dicho no me convence.
—¿Y qué le pasa?
—Gripe. Pero ya está mejor.
Su tono no es firme, y aunque no conozco a Hailee tan bien como Easton, he pasado suficiente tiempo con ella estos meses como para darme cuenta de los pequeños gestos que hace cuando está nerviosa.
Como ahora, que está jugando con el dobladillo de la sudadera, enrollándolo con los dedos para mantenerlos ocupados.
La miro en silencio. Parte de mí quiere seguir presionando, sacar la verdad a empujones, pero la otra parte (la que se imagina a Easton dándome una patada en los huevos si supiera que estoy interrogando a su novia) me dice que ya está bien.
Suspiro.
—Vale. —Doy un paso atrás, listo para irme—. Ya nos veremos.
Ella asiente con una sonrisa breve, un poco tensa, y vuelve la vista hacia su mesa.
Me doy media vuelta y camino hacia la salida, pero no llego muy lejos.
Algo me frena, aunque no sabría decir qué.
Quizá la forma en la que Hailee no ha podido sostenerme la mirada.
O la idea (que intento apartar de mi cabeza) de Mackenzie sola en su habitación, bajándose apuntes cutres de internet porque no quiere quedarse atrás.
«Mierda».
Me detengo, resoplo, abro la mochila y rebusco entre los cuadernos hasta encontrar el que he usado esta mañana. Cuando lo encuentro vuelvo sobre mis pasos y, sin decir nada, lo dejo sobre la mesa delante de Hailee. Ella me mira, sorprendida.
—Para Mackenzie.
—Grayson...
—No es nada —digo enseguida, ya girándome para irme—. Pero dile que me lo devuelva cuando termine.
Ella sonríe, pero no dice nada más, y yo tampoco espero una respuesta. Camino hacia la puerta con la falsa sensación de que esto no significa nada, de que no me importa. Aunque sé, muy en el fondo, que no es del todo cierto.
Mackenzie
—¿Cómo está mi morena preferida? —canturrea la voz de Alex.
—Pensaba que esa era yo —bromea Hailee detrás de él.
Escucho sus pasos amortiguados sobre la moqueta, acercándose a la cama, pero no me muevo. Sigo hecha un ovillo, con las sábanas hasta la cabeza y rodeada de pañuelos usados. Hace dos días que no salgo de aquí, y no tengo intención de empezar hoy.
—Aquí huele a coliflor podrida, Kenzie —dice Montana, y me la imagino arrugando la nariz—. Voy a abrir.
Un segundo después, el ruido de la persiana subiendo me perfora los tímpanos. La luz entra a raudales, blanca, implacable, y la ráfaga de aire frío que se cuela por la ventana me atraviesa la piel como un cuchillo.
Siento cómo el colchón se hunde a mi lado cuando alguien se sienta.
—Tengo algo para ti —dice Hailee con su voz suave—. Sal de la cueva, por favor.
Niego con la cabeza.
—No me obligues a sacarte a rastras —amenaza Alex—. Porque lo haré.
—Déjalo donde sea —respondo al fin, con la voz ronca y la garganta ardiendo.
Me cuesta hablar, y no solo por lo afónica que estoy, sino por la presión constante que cargo en el pecho, como si cada palabra tuviera que empujar contra el peso de todo lo que no he llorado...
y de lo que sí—. Ya lo miraré —añado en un susurro apenas audible.
Pero, por supuesto, no me hacen caso. Alguien (probablemente Montana) tira de la sábana y me la arranca de golpe.
—¡Ey! —protesto, cerrando los ojos enseguida. La luz me golpea directo en la cara y me siento expuesta, vulnerable.
Imagino cómo debo de verme: ojos hinchados, pelo sucio recogido en un moño mal hecho y pijama arrugado y maloliente. Llevo dos días sin ducharme, sin comer más que un par de galletitas saladas y sin salir de la cama excepto para ir al baño. Y, sobre todo, sin entrenar.
El hielo está tan lejos de mí ahora que parece de otro mundo. No he vuelto al pabellón desde el miércoles, y dudo que vuelva pronto. Él está allí. Y no puedo. No todavía.
—Toma —dice Hailee, depositando una libreta sobre mis piernas.
—¿Qué es esto?
—Apuntes de clase. Grayson me los dio para ti.
En cuanto escucho su nombre, se me encienden todas las alarmas. Sin pensar, agarro el cuaderno y lo lanzo con todas mis fuerzas. Choca contra la pared con un golpe seco y cae al suelo, abierto por la mitad.
—No quiero nada suyo.
—Pero solo son apuntes...
—¡No! —grito, con la voz hecha trizas otra vez—. Nada.
Alex, Hailee y Montana intercambian miradas entre ellos, porque saben que no es por los apuntes. Esto es por Grayson.
—Vale, no te agobies —dice Alex al fin, acercándose para acariciarme la rodilla—. Pero necesitas parar. Ya está. No puedes seguir así, Mackenzie. No puedes.
—Te juro que si vuelvo a verte con esa cara, me meto en la cama contigo y lloramos juntas hasta Navidad —añade Montana.
—Cometiste un error, Mackenzie. Uno. —Hailee habla ahora, despacio, mirándome directo a los ojos—. Un solo error no te define como persona. No lo hiciste con intención. Estabas borracha, y sé que eso no es excusa, pero Sean tampoco tendría que haberte tratado así.
Aprieto los labios, sintiendo cómo vuelven a picarme los ojos.
—Me llamó zorra. Y me gritó —murmuro casi sin voz—. Me dijo que era una decepción.
Las palabras me salen como un susurro, pero pesan como piedras. Me llevan de vuelta a ese momento, al dolor sordo en el pecho cuando escuché su voz cargada de rabia y asco, como si hubiera dejado de ser yo. Como si para él ya no valiera nada.
—Y se acabó. —La voz de Montana suena firme—. La cagaste, sí. Nadie está diciendo que lo que hiciste estuviera bien, pero ese gilipollas no tiene derecho a humillarte así.
—Montana tiene razón. Además —agrega Hailee—, no puedes seguir castigándote eternamente por algo que ya no puedes cambiar.
—Tienes que salir de la cama —dice Alex, levantándose—. Porque mañana salimos. Los cuatro. A lo que sea. Fiesta, bar, karaoke si quieres. Pero vas a ducharte, ponerte guapa y recordarte que sigues aquí, que vales la pena.
—No me apetece ver a nadie.
—Entonces no mires —responde Montana encogiéndose de hombros—. Pero ven igual.
Respiro hondo, intentando mantener el nudo en la garganta a raya. Sé que tienen razón. Sé que no puedo quedarme encerrada para siempre. Pero todo dentro de mí duele, y no es solo por él, es por mí. Por lo que dejé que pasara. Por lo que no supe parar.
—No sé si puedo —admito.
—Puedes —responde Hailee sin dudar—. Y no vas a hacerlo sola.