7 Mackenzie
—¿No te gusta? No has comido casi nada.
Bajo la mirada al plato. La pasta boloñesa está casi intacta, la salsa aún caliente, pero no he sido capaz de dar más de dos bocados.
Y no es porque no esté rica, Sean cocina bien, es por todo lo demás.
Las velas, la cena, la camisa de botones que se ha puesto para impresionar...
Todo es demasiado perfecto, y aun así, me parece vacío, como si estuviera atrapada en la cita de alguien más.
Y lo odio. No. Me odio por sentirme así.
—No tengo mucha hambre —murmuro, forzando una sonrisa—. Pero está deliciosa. Me llevaré lo que sobre en un túper.
Sean frunce el ceño, su mandíbula se tensa sutilmente y la expresión en su mirada cambia; pasa de atento a molesto en un pestañeo.
—¿No te quedas a dormir?
—No sé... mañana tengo que madrugar y...
—Vamos, Kenzie. —Su voz suena tranquila, pero noto la impaciencia contenida en ella.
Suelto un suspiro, incapaz de mirarle a los ojos.
Estamos sentados en el sofá, con la cena servida en la mesita baja del salón y las velas creando sombras suaves sobre las paredes, pero en lugar de calidez, siento una presión horrible en el pecho. Algo opresivo.
Por el rabillo del ojo veo cómo Sean se frota la cara, visiblemente frustrado.
Luego se inclina hacia mí, acortando la distancia en el sofá, y yo me tenso al instante.
Pero no es una buena clase de tensión. No son mariposas en el estómago ni nervios dulces.
Es el tipo de tensión que te eriza la piel por los motivos equivocados.
Una señal de que tu cuerpo quiere salir corriendo.
Sean posa su mano en la parte baja de mi espalda, cálida y firme, y me atrae hacia él.
—¿Seguro que no quieres quedarte? —me susurra al oído—. Podríamos ver una peli, darnos un baño... —Su voz baja un tono, volviéndose más íntima—. Luego, antes de dormir, te doy un masaje. Y después...
Deja la frase colgando cuando sus labios rozan mi cuello y empieza a besarlo despacio.
Por supuesto, de nuevo, no siento nada. Absolutamente nada, excepto miedo.
Porque sé que en cualquier momento lo voy a ver a él, a Grayson.
Es inevitable. Su presencia me persigue desde que crucé esa puerta.
Sus ojos, su maldito pelo negro, sus músculos, sus manos grandes, su voz ronca... Joder, soy un asco de novia.
—Mejor otro día, Sean.
Él se detiene, se aparta ligeramente y me mira con una mezcla de confusión y rechazo.
—¿Mejor otro día el qué? ¿Quedarte a dormir o lo que estábamos haciendo?
—Las dos. Estoy cansada.
El silencio se vuelve espeso, pero esta vez, Sean no lo deja pasar.
—¿Me lo dices en serio, Mackenzie? ¿Estás cansada para qué? ¿Para cenar conmigo, para que durmamos juntos o para que nos acostemos? ¿Para cuál? —Su tono ya no es suave, sino duro y ligeramente herido—. Porque, sinceramente —continúa—, llevas desconectada desde que llegaste.
Me muerdo el interior de la mejilla y parpadeo rápido, tragándome las ganas de llorar. Me siento atrapada, y siento que todo lo que escondo está a punto de explotar.
—He tenido un día muy largo —balbuceo con un hilo de voz.
Sean suelta una risa seca.
—Yo también, Kenzie. Bienvenida a la puta vida adulta.
—Es que...
—¡No! —me corta, alzando la voz de golpe. Doy un respingo—. Estoy harto —gruñe—. Harto de no saber qué cojones le está pasando a mi novia. Quiero la verdad, Mackenzie. ¿Qué coño te pasa?
Me pongo de pie tan rápido que casi tumbo la copa de vino. Siento la sangre retumbándome en los oídos, las manos temblorosas y el aire espeso pegándose como un chicle molesto a mis pulmones.
Necesito salir de aquí. No puedo con esto ahora.
—Me tengo que ir —murmuro, caminando hacia la puerta con la cabeza gacha.
Estoy a dos pasos del picaporte cuando su mano se cierra alrededor de mi brazo con firmeza. No me hace daño, pero tampoco me deja ir.
—No —dice con los dientes apretados—. No te vas hasta que me lo digas. ¿Qué te pasa? ¿Qué he hecho? ¿Qué coño ha cambiado?
Trago saliva.
—Suéltame, Sean.
—No hasta que me digas la verdad.
Su mirada se clava en la mía con una mezcla de desesperación y rabia contenida y, en ese momento, no tengo muy claro si realmente quiere oír la verdad o seguir viviendo en la mentira.
—Sean, por favor...
—¿Hay otro?
Mi cuerpo entero se paraliza.
—¿Qué? No... yo solo...
—¿Es eso? —me interrumpe, alzando la voz—. ¿Te estás follando a otro?
El impacto de sus palabras me atraviesa como un golpe seco. Mis labios se separan, pero ningún sonido sale de ellos. De pronto, el zumbido en mis oídos empieza a intensificarse, noto el calor subiendo por mi cuello y el sudor frío bajándome por la espalda.
«Respira».
—Claro que es eso —resopla Sean con una carcajada amarga—. Mírate, llevas semanas rara. No quieres que te toque, no me miras igual, y ni siquiera puedes cenar conmigo sin poner cara de sufrimiento.
—Estás exagerando —murmuro mientras intento soltarme. Pero cuanto más lo intento, más fuerte se vuelve el agarre.
—¿Por qué no lo admites?
—¿Admitir qué?
«Que eres un asco de persona».
—¡Dímelo de una puta vez, Mackenzie!
—¡No es tan fácil! —estallo, y mis palabras salen a gritos, ahogadas entre lágrimas—. ¡No sabes lo que estás diciendo!
—¡¿Ah, no?! —Su voz es pura furia—. ¡Llevas meses con la cabeza en otra parte! ¡Dime la puta verdad!
—¡Basta!
—¡¿Lo conozco?! ¡¿Es alguien del club?!
Las piernas apenas me sostienen. Me llevo una manos al pecho, donde la ansiedad ya aprieta demasiado. No puedo respirar. Todo empieza a girar a mi alrededor.
—Sean...
—¡Dímelo, joder!
—¡Sí! —grito, porque ya no puedo callármelo más—. ¡Sí, me acosté con alguien!
Sean retrocede un paso, pero no deja de mirarme. Me mira con puro desconcierto, como si la persona frente a él ya no fuera yo.
—¿Cuándo?
—La noche de Halloween —respondo con la voz quebrada—. Ni siquiera sé cómo pasó. Yo... iba borracha, estaba dolida, confundida, y... no me acuerdo de nada. Pero...
Me corto. No hay forma de justificarlo. No hay palabras suficientes, solo culpa.
—Joder —masculla, frotándose la cara—. ¿Con quién?
—Sean...
—Dime su puto nombre.
Intento hablar, pero solo me sale un sollozo ahogado.
—Con Grayson Abbott.
—¿Con él, Mackenzie? ¿En serio? Te creía más lista —escupe—. Pero ya veo que no. Has resultado ser igual de ordinaria que todas las que se lleva a la cama.
Las palabras me atraviesan el pecho como cuchillas. Me tambaleo hacia atrás, respirando aceleradamente, pero el aire no me llega a los pulmones. Los ojos se me llenan de lágrimas que ya no puedo controlar.
—L-lo siento...
—¿Que lo sientes? —Se ríe. Una carcajada vacía y cruel—. ¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Seis años juntos y no vas a darme ni una maldita explicación?
—Sean, por favor... me haces daño —gimoteo, porque su mano aún aprieta mi brazo con demasiada fuerza.
Él baja la mirada, y en cuanto se da cuenta, me suelta de golpe, como si le diera asco tocarme.
«Es que le da asco tocarte», asegura la voz dentro de mi cabeza.
—Verás cuando se enteren tus padres —suelta con desdén. Niega con la cabeza antes de añadir—: Qué decepcionante has resultado ser.
—No les digas nada, por favor —suplico.
—¿Sobre que su hija es una zorra?
Otro latigazo. Me cubro la cara con las manos, aunque no creo que haya nada que pueda ocultar la vergüenza que siento ahora mismo.
—Sean...
Intento acercarme, tocarle el brazo, buscarlo como hacía antes. Pero él se aparta de inmediato.
—Vete, Mackenzie.
Me laza el abrigo, pero me cuesta cogerlo con los dedos temblorosos, así que termina en el suelo.
Cuando ya estoy cruzando el umbral, la voz de Sean me llega desde atrás.
—Por cierto, para él solo fuiste un polvo más. No vayas a pensar que eres especial. No lo eres.
No sé ni cómo llego a casa.
Mis pasos son automáticos, mis pensamientos están desordenados y mis sentidos entumecidos. En cuanto cruzo la puerta, dejo caer el bolso y corro al baño.
Me meto en la ducha vestida, sin importarme echar a perder la ropa. Abro el agua caliente y dejo que me bañe hasta que la piel me arde, pero no me importa. No siento nada. O quizá lo siento todo, y por eso me duele tanto.
No respiro, no veo, solo me agarro al azulejo con ambas manos en un intento desesperado por mantenerme en pie porque siento que me voy a desmayar en cualquier momento.
De repente, alguien golpea la puerta del baño, pero los golpes suenan lejanos, como si ocurrieran en otro mundo.
Yo sigo aquí, encogida bajo el agua, intentando no sucumbir a mi ataque de ansiedad.