Breakaway 6 Grayson
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6 Grayson

Estoy reventando. Física y mentalmente.

Después de lo de anoche, el entreno de hoy se me ha hecho eterno.

No he podido dejar de revivir el momento en el que me derrumbé sobre el hielo, la falta de aire, el hormigueo en las manos y ese pitido agudo perforándome los oídos como una alarma imposible de apagar...

Le mentí a Mackenzie. Porque sí, sí era la primera vez que me pasaba. Y fue jodidamente aterrador.

Hoy, mientras intentaba rendir al máximo, hacer de capitán y fingir que todo estaba bien, solo pensaba en que no me diera otro ataque de ansiedad. Recé, contuve el aliento más de una vez, pero lo conseguí. Sin embargo, por la forma en la que me está mirando el entrenador, sé que sospecha algo.

—Espera, Grayson —dice, cogiéndome del hombro justo cuando estoy a punto de entrar al vestuario—. Quiero hablar contigo un segundo.

Genial. Sabía que esta charla iba a llegar tarde o temprano. Lo sabía porque últimamente estoy al límite, porque llevo semanas forzándome más de la cuenta, empujando más de lo que debería. Pero es la única forma que conozco de sentir que estoy cumpliendo, que no defraudo.

Que valgo algo.

—¿Todo bien, chico? —pregunta con cautela.

—Como siempre —respondo, intentando sonar despreocupado—. Ya sabes, exámenes, prácticas... Lo típico.

Hotchner asiente, aunque no se traga ni una palabra.

—¿Y el hockey? ¿Todo bien con eso? Porque llevo un tiempo observándote, y Gray... estás al límite, ¿me entiendes? Como si te estuvieras quedando sin gasolina y aun así siguieras pisando el acelerador.

—Estoy perfectamente, Hotch. La semifinal de la Frozen Four es la próxima semana, todos estamos un poco acojonados.

—Ya, pero lo tuyo parece algo más. —La expresión en su rostro es una mezcla perfecta de autoridad y preocupación—. Te veo en la pista, Gray, y estás agotado. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste más de cinco horas? Tienes más ojeras que un puto mapache.

—Bienvenido al maravilloso mundo de la universidad en época de parciales —digo con una sonrisa cansada.

—Vivo rodeado de universitarios, chaval, y créeme, ninguno de ellos parece un cadáver andante.

Desde luego, no en la pista. —Se cruza de brazos, y sé que eso no significa nada bueno—.

Te voy a decir lo mismo que le dije a Easton el semestre pasado: tienes que aflojar.

Porque lo que estás haciendo no es sostenible. Y tampoco es sano.

Que me relaje, dice. Como si fuera tan fácil. Si mi padre estuviera aquí, ya estaría riéndose en su cara.

—Lo tengo controlado, en serio. Pasará en cuanto termine la Frozen Four.

—Gray, necesitas llegar vivo a esa semifinal si quieres jugarla —responde, muy serio—. Y en las condiciones en las que estás...

—Estoy bien, no exageres.

Hotchner niega con la cabeza, como si mis palabras acabaran de confirmar exactamente lo que se temía.

—Voy a hablar con el rector. Se acabaron los entrenamientos nocturnos.

—¿Qué? ¡No! ¿Por qué?

—Por esto. —Me señala con ambas manos—. No pienso ser el entrenador que permitió que su capitán colapsara sobre el hielo por no saber decirle que parara. Lo siento, pero no estás bien.

—Pero...

—No hay «peros». Baja el ritmo o te quedas fuera de la Frozen Four.

El nudo en mi estómago se transforma en rabia. Aprieto los puños con tanta fuerza que me tiemblan los brazos.

—No puedes dejarme sin jugar —escupo las palabras entre dientes, como si me doliera incluso pronunciarlas.

—Sí que puedo, y lo haré si es necesario. Tienes una carrera brillante por delante, Grayson, no voy a permitir que la destruyas antes siquiera de empezar.

Y sin esperar respuestas, me da un apretón en el hombro (cariñoso, pero firme) y se aleja por el pasillo sin mirar atrás.

Cruzo la puerta del vestuario con el pecho ardiendo de impotencia. La rabia me quema por dentro, abrasadora, como un incendio sin control que amenaza con arrasarlo todo. Me tiemblan las manos, los músculos me duelen más de lo normal y tengo la mandíbula tan apretada que me duele hasta la cabeza.

Todo se tambalea. Todo me supera.

Sin decir palabra, me deshago de la equipación a toda prisa. El casco cae al suelo con un golpe sordo, las hombreras vuelan al banco y las espinilleras siguen el mismo camino. Ni me molesto en doblar nada. Lo único que quiero es que la ducha me borre este día de mierda de la piel.

Camino directo hacia las duchas, sin mirar a nadie. Abro el grifo y dejo que el agua caliente me empape, resbale por mi nuca, por mi espalda y por mi cara. Pero no siento que me calme.

—¿Estás bien, tío? —pregunta Easton desde la ducha de al lado. Su voz no suena intrusiva, más bien como si dijera «sé que no lo estás, pero te dejo espacio».

No contesto. Me quedo con la cabeza agachada, con el agua chorreándome por el pelo y los ojos cerrados, como si al no ver nada, el mundo también pudiera dejar de verme a mí.

—¿Hotchner te ha echado la bronca, Gray-Gray? —interviene Theo desde más allá, con ese tonito burlón tan suyo. Tiene el pelo rubio cubierto de espuma y se ha hecho una barba ridícula con ella. Hasta se ha moldeado unas cejas con burbujas. Qué puto crío.

Y sin embargo, me saca una sonrisa.

Solo él puede lograrlo. Un segundo antes quería estrellar el puño contra la pared, y ahora... bueno, no estoy bien, pero tampoco estoy tan mal .

—Todo bien. Me ha soltado un discursito sobre no exigirme tanto y esas mierdas —respondo al fin, restándole importancia con un encogimiento de hombros—. Lo mismo que te dijo a ti, East.

Easton asiente, apoyándose contra los azulejos de la pared mientras el agua le cae por los abdominales marcados. El cabrón ni siquiera lo intenta y parece sacado de una revista de modelos.

—¿Y te estás exigiendo de más? —pregunta en tono serio.

—Claro que no. Ya conocéis a Hotch, a veces se pasa de dramático. —«Pero si estás al límite»—. Estoy bien.

—Sí, bueno —dice Theo mientras se enjuaga la barba de espuma—. Pero en tu caso, igual Hotch tiene razón, ¿no? Llevas semanas con cara de zombi deprimido.

—Gracias por la sutileza —murmuro.

—No, en serio —insiste Easton—. No es solo hoy, Gray. Vives arrastrándote. En los entrenos, en clase... incluso cuando salimos. Te estás quemando, y lo peor es que ni siquiera parece que te des cuenta.

—Claro que me doy cuenta —espeto, levantando un poco la voz—. ¿Qué os pensáis, que me gusta sentirme así? ¿Que esto es un capricho? No me estoy matando por gusto, joder. Lo hago porque tengo que hacerlo, porque no hay otra.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie, yo mismo. Porque es la puta verdad.

Mi tono sale más seco de lo que pretendía, pero no tengo energía para disfrazarlo, y sé que Easton y Theo deben estar intercambiando miraditas, aunque no digan nada.

Me conocen lo suficiente como para saber cuándo dejar de presionarme, cuándo parar.

Al fin y al cabo, yo no soy de los que hablan ni de los que comparten sus sentimientos. Yo me lo guardo todo para mí.

Y aun así, ahí siguen. Siempre.

A continuación se hace un silencio incómodo, pero apenas dura unos segundos, porque Theo no sabe habitar silencios sin rellenarlos de estupideces.

—¿Sabes qué también es la puta verdad? —dice, como si estuviera a punto de soltar una revelación mística—. Que East tiene el pene más intimidante del equipo. Es como... agresivo. Yo no estaría cómodo con eso entre mis piernas, sinceramente.

—¿Perdón? —responde Easton, girándose hacia él como si hubiera escuchado una blasfemia.

—¿Qué? Estoy diciendo que es una polla poderosa. No es una crítica. Es un piropo, bro .

—¿Un piropo? Eso es lo que dices cuando te gusta la camiseta de alguien, no cuando opinas sobre su rabo.

—Todo puede ser un piropo si lo dices con suficiente convicción —responde Theo, muy serio, señalándole con un bote de champú.

Yo no digo nada. Me limito a quedarme bajo el agua, pero la comisura de mi boca se curva apenas, lo justo para que sepan que no me he desconectado del todo.

—A ver, ¿me estás diciendo que cuando vamos a ducharnos todos después de los entrenos te dedicas a analizar miembros?

—No me dedico, East. No es un trabajo a tiempo completo, pero si una polla me saluda con presencia... la respeto.

—Estás enfermo.

—Soy observador. Lo cual, por cierto, me lleva a una conclusión importante —dice, girándose ahora hacia mí—. Gray, la tuya es misteriosa. Tiene un aura diferente. La típica que no hace ruido pero cumple, ¿sabes?

Le echo una mirada con los ojos entrecerrados.

—¿Estás evaluando las vibras de mi polla?

—Obvio. Como con los vinos, tío. El aroma, la textura, la elegancia al reposar... —Hace un gesto exagerado con los dedos, como un catador profesional—. Polla de capitán, básicamente.

—Te voy a meter el champú en la boca, Theodore —le advierte Easton.

—¿Es una amenaza o una propuesta?

Easton no responde, simplemente le lanza una toalla empapada directo a la cara, y Theo no alcanza a esquivarla.

—¡Joder! —grita, tropezando ligeramente y casi resbalando.

Yo me apoyo un momento contra la pared, dejando que la escena me envuelva, aprovechando que, por un rato, no tengo que explicar nada. Ellos llenan el silencio por mí.

—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto? —dice Theodore, todavía recuperándose del ataque—. Que ningún puto periodista nos hace entrevistas en la ducha. Esto sería oro para las redes.

—Sí, claro —responde Easton—. Nos suspenden a los tres y la Frozen Four se va a la mierda porque tú quieres hacer un OnlyFans del equipo.

—¡Eh! No he dicho que enseñemos nada. Solo... el caos. Que la gente vea lo que tiene que aguantar Grayson como capitán. Él es el verdadero mártir de esta historia.

—Totalmente —respondo por fin, secándome la cara con la mano—. A veces me pregunto cómo no me he vuelto loco.

—Porque en el fondo nos quieres. Aunque tengas el carisma de una nevera vacía.

—Y tú el coeficiente intelectual de un ladrillo.

—Pero vaya ladrillo sería, ¿eh? —dice con tono pícaro—. Uno de los grandes...

Sacudo la cabeza, esbozando una sonrisa de lado mientras cierro el grifo. No se me ha pasado el cansancio. Ni el agobio. Ni el nudo en el pecho. Pero, por unos minutos, con ellos a mi lado, todo parece un poco más ligero.