Breakaway 5 Mackenzie
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5 Mackenzie

—Has estado genial —dice Sean cuando atravesamos las puertas de la pista—. ¿Cuándo practicaste? Hace dos días no podías aterrizar ese salto.

Me encojo de hombros.

—No sé, supongo que hoy estaba más concentrada.

Mentira.

La verdad es que no tuve la cabeza en la pista ni un solo segundo.

Todo el entrenamiento fue una secuencia automática que ejecuté sin pensar, un paso tras otro, pero sin sentir.

Mi mente no hacía más que reproducir la misma imagen: los ojos negros de Grayson, fríos como el hielo de la pista, y su voz, grave y contenida, diciéndome: «no eres nada para mí».

Esa frase se me clavó hondo, como una espina que eres incapaz de sacarte.

Al menos, Sean y Ariana están satisfechos con mi técnica y mi energía. Lo cual es irónico, porque yo nunca lo he estado menos.

—¿Adónde vas?

No me doy cuenta de que me he desviado hasta que la voz de Sean me saca de mis pensamientos.

—Prefiero ir andando —digo, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.

La pista donde entrenamos está a unos veinte minutos del campus. En coche, llegaríamos en cinco y sin que se me congelaran los dedos. Pero necesito aire. Y paz. Y que nadie me mire como si esperara algo de mí.

—¿Esto es por lo de la otra noche en Onda? Ya te dije que lo siento. Ese capullo me provocó. No paraba de mirarte... —dice Sean, buscando mis manos. Sus dedos envuelven los míos, pero yo no aprieto de vuelta.

—¿Y por eso fuiste a gritarle como un loco?

Frunce el ceño y me suelta.

—Lo hice por ti, Kenzie. Un gracias no te mataría, ¿sabes?

—Es que yo no te pedí que lo hicieras.

—¿Pero por qué lo defiendes? ¡A él! Al puto Abbott.

—¡No lo defiendo! —estallo. Varias cabezas se giran hacia nosotros.

Encojo los hombros, me subo la bufanda hasta la nariz y bajo la voz—.

Solo digo que no me gustó que reaccionaras así.

Nos arruinó la noche... —Mi voz se quiebra un poco, más vulnerable de lo que me gustaría—. Me lo estaba pasando bien.

Un silencio espeso se cuela entre nosotros, roto solo por el crujido de la nieve derretida bajo las botas de las personas que pasan.

El aire es frío, pero un rayo de sol logra colarse entre las nubes, impactando en los ojos verdes de Sean justo cuando da un paso hacia mí y me toma otra vez las manos.

—Tienes razón —dice en tono más suave—. Fui un imbécil. Déjame compensártelo. Martes por la noche. Tú y yo, velas y tu boloñesa favorita. Como antes.

Se me forma un nudo en el estómago.

Antes, una cita con Sean era lo mejor de la semana. Ahora... ahora solo pienso en si volveré a cruzarme con Grayson. Si volveré a ver esa mirada. Y eso me asusta, porque últimamente, cuando estoy con Sean, ya no lo veo a él.

Aun así, asiento.

Sean sonríe, aliviado, y me da un beso rápido en los labios. Aunque me da la sensación de que es un gesto casi automático, como yo en la pista.

Al final, acepto volver con él en coche. Pero no le digo que odio la canción que ha puesto. Ni que hace tiempo que la boloñesa dejó de ser mi plato favorito.

Otra noche sin dormir.

Ya he perdido la cuenta. Hace semanas que mi cuerpo se acuesta pero mi mente no le sigue. Cierro los ojos, me tapo hasta las orejas, cambio de lado mil veces... y nada. Y en esta ocasión, el silencio no ayuda, solo amplifica el ruido que tengo en la cabeza.

Pero si el insomnio se va a convertir en mi próximo mejor amigo, mejor sacarle provecho.

Salto de la cama, enciendo la luz tenue de la mesilla de noche y me visto rápidamente, casi en piloto automático.

Me pongo mis mallas grises más cómodas, la camiseta térmica que ya tiene el cuello algo desgastado y mis calentadores blancos favoritos, esos que me pongo cuando necesito sentirme un poco más yo.

En cinco minutos tengo la mochila lista: patines, botella de agua, cascos y una barrita de cereales con fresa que ni siquiera sé si me voy a comer.

Al abrir la puerta de mi habitación, el pasillo me recibe en penumbra.

Todo parece dormido, envuelto en esa calma densa de la una de la madrugada.

Al pasar por la puerta de Montana, veo luz colándose por debajo.

Seguramente se habrá vuelto a desvelar dibujando.

En serio, a esa chica, en cuanto coge un lápiz y una goma, no hay quien la despegue del cuaderno.

Ya en el salón, la televisión sigue encendida.

Una serie policiaca avanza en silencio mientras Hailee y Easton duermen profundamente en el sofá.

Él está tumbado de lado, ocupando medio sofá con su cuerpo enorme, y Hailee, encogida junto a él, parece encajar perfectamente en el hueco entre sus brazos.

Por un momento, me quedo parada, observando.

Y entonces, siento esa punzada de celos.

Aunque no por ellos. De hecho, me alegra que Hailee esté bien con él.

Después de todo lo que tuvieron que pasar, se lo merece.

La envidia viene de otro sitio, de un rincón más callado, más mío.

Y sé que es porque lo que tengo con Sean ya no es lo mismo.

Ya no hay paz en nuestros silencios ni sus brazos se sienten como un refugio.

Ahora solo hay gestos memorizados y palabras que antes me emocionaban y ya no me dicen nada.

«Y no olvides de quién es la culpa».

Afuera, el aire me corta la cara como si el invierno se hubiera negado a irse del todo. Abril en Northbrook es traicionero, a veces parece primavera, y otras, el frío se te mete directo en los huesos.

Camino por el campus en silencio, con los cascos colgando del cuello, la mochila a la espalda y la capucha del abrigo puesta. A estas horas no hay nadie, ni coches, ni voces, solo las luces tenues de las farolas que marcan el camino.

La pista está cerrada, claro, pero todavía tengo la llave que me dio Frank. En cuanto abro, la puerta cede y un eco seco me recibe al entrar.

Todo está igual que siempre. Paso por delante de los vestuarios vacíos, cruzo el pasillo sin encender las luces principales y subo hasta lo más alto de las gradas para tener un momento a solas con el hielo. Me gusta verlo desde arriba, así, intacto y puro, como si solo existiera para mí.

Pero otra vez, no estoy sola.

Hay una figura arrodillada en el centro de la pista, respirando rápido, tan rápido que da la sensación de que se está ahogando.

Me tenso de inmediato, porque incluso desde la distancia, lo reconozco.

Es imposible no hacerlo. El cuerpo de Grayson parece tallado a mano, incluso ahora, en esa postura tan rota.

Lleva una sudadera oscura empapada por el sudor, tiene el pelo mojado cayéndole sobre la frente, y los músculos de los brazos y la espalda tensos, marcados bajo la ropa como si su cuerpo estuviera a punto de colapsar.

Sus hombros suben y bajan con violencia.

Las manos, apoyadas contra el hielo, le tiemblan.

Está teniendo un ataque de pánico. Lo sé porque yo misma he tenido varios.

No me lo pienso dos veces y corro hacia los bancos más bajos, me siento y me pongo los patines a toda prisa, con los dedos fríos y torpes. No me importa si él no quiere que lo vea así, no voy a dejarlo solo.

Cuando salto al hielo, el sonido de las cuchillas rompe el silencio. Pero Grayson no se mueve. Ni siquiera levanta la cabeza. Solo respira, desesperado por llevar algo de aire a sus pulmones.

Me deslizo hasta él rápidamente, agachándome a su lado.

—Grayson —digo suave, casi en un susurro, mientras le toco el brazo. Él se aparta con violencia.

—No me toques.

Me congelo un segundo, sin saber qué hacer.

—Está bien —digo en voz baja, intentando que mi tono suene lo más calmado posible—. No voy a tocarte si no quieres, pero estás hiperventilando. —Nada—. Grayson, necesito que hagas algo conmigo, ¿vale?

Me arrodillo a su lado, con los patines apenas rozando los suyos. No lo toco, pero estoy lo bastante cerca para que me escuche. Para que me sienta.

—Solo... concéntrate en mi voz. Haz lo mismo que yo.

Inhalo despacio, lleno los pulmones y exhalo aún más lento, contando en mi cabeza.

«Uno... dos... tres... cuatro...»

Grayson no me imita, pero sus ojos me miran por fin.

—N-no puedo respirar —balbucea con la voz ronca.

—Sí que puedes —le digo—. Vamos a intentarlo otra vez. Inhala conmigo.

Esta vez, lo hace. A medias y con dificultad, pero lo intenta. Y así seguimos un buen rato, respirando. Dos extraños en medio de una pista vacía. Uno, tratando de no deshacerse, la otra, intentando sostenerlo sin manos.

Pasan los minutos, y la rigidez de sus hombros empieza a ceder. Su respiración se vuelve más profunda y regular, y ya no parece al borde del colapso, solo totalmente agotado.

—Lo siento —murmura.

—No tienes que disculparte.

No tiene por qué, pero lo ha hecho. Y mi sistema está a punto de colapsar porque esta es la primera vez que Grayson Abbott se disculpa conmigo. Sin embargo, lo achaco a su estado vulnerable, que seguramente no le está dejando pensar con claridad.

De repente, trata de levantarse, plantando una mano temblorosa en el hielo, pero se tambalea apenas intenta alzarse. Yo me enderezo de inmediato.

—Espera. —Le tiendo una mano sin pensarlo.

Él la mira, dubitativo.

—Si me apoyo en ti, nos vamos los dos al suelo —dice con la sombra de una sonrisa irónica bailándole en los labios. La primera en todo este tiempo, aunque no le llega a los ojos.

—Tal vez, pero al menos nos caemos juntos. Ninguno haría el ridículo.

Él vacila, pero finalmente asiente. Me pasa el brazo por los hombros y me rodea con cuidado, como si no supiera cuánto peso puede cederme. Es más alto y más fuerte que yo, pero se está dejando ayudar, y con eso basta.

Lo guío por la pista con pasos lentos, como si estuviera enseñando a patinar a un niño pequeño. Una vez fuera, nos dejamos caer en uno de los bancos junto al borde del hielo. Él todavía respira con algo de dificultad, con el pecho subiendo y bajando bajo la sudadera húmeda.

Pasamos un buen rato sin decir nada, escuchando el eco distante del sistema de refrigeración, hasta que al final, no aguanto más y rompo el silencio.

—Oye, lo que te ha pasado...

—No sigas por ahí —me corta antes de que termine. Tiene la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

—¡Pero es peligroso! Imagina si yo no hubiera estado aquí. ¿Entonces qué?

—Entonces habría salido del hielo solo —responde a la defensiva—. Como he hecho otras veces.

Frunzo el ceño. «¿Otras veces? ¿Esta no es la primera vez que le pasa algo así?»

—Me alegra saber que mi ayuda ha sido en vano.

—Yo no he dicho eso. Es solo que... —Se pasa una mano por la cara, frustrado—. No quieres meterte en mi mierda, créeme.

—Y no lo pretendía. Solo intentaba ayudarte.

—¿Quieres ayudarme?

Lo miro de reojo, arqueando una ceja.

—¿Supongo?

—Entonces, háblame de otra cosa.

Parpadeo, desconcertada.

—¿Y eso cómo va a ayudarte?

—Tú hazlo —murmura—. De lo que sea. De tu día, de tu canción favorita o del tiempo. Solo... habla.

No sé por qué me sorprende tanto. Tal vez porque nunca imaginé que él, que Grayson, me pediría que le contara nada.

—Está bien. —Tardo unos segundos en decidir qué decir, pero, al final, las palabras salen solas—: Hailee me ha dicho que te gustan los perros. —No dice nada, pero tampoco me detiene—. A mí también.