4 Grayson
Un coro de aplausos me recibe en cuanto cruzo la puerta del salón.
Perfecto. Eso solo puede significar una cosa: los descerebrados con los que comparto casa han vuelto a hacer de las suyas.
—¿Sabéis que aún falta un mes para mi cumpleaños, no? —pregunto cuando veo los globos multicolores colgando de las paredes y la enorme pancarta con mi cara estampada colgando encima de la estantería.
—¡No es por eso! —exclama Theo, el grano en el culo al que tengo por mejor amigo—. Celebramos el fin de tu exilio y el regreso de mini Gray al juego —añade, señalando descaradamente mi entrepierna con una sonrisa idiota.
—Como vuelvas a llamar mini Gray a mi polla, te quedas sin la tuya —gruño, fulminándolo con la mirada.
—Vamos, Theo tiene razón —interviene Easton desde el sofá, con una cerveza en la mano y la misma sonrisa boba—. Nadie va a Onda y se marcha sin ligar. Es casi política del local.
De los dos, Easton es el más cuerdo. O solía serlo. Desde que pasa tanto tiempo con Theo, empiezo a notar su preocupante deterioro mental.
Resoplo, ya resignado.
—No voy a follar. Voy a pasar el rato, tomarme una cerveza, reírme con vosotros y volver a casa. Fin de la historia. Además, si de ese sitio nadie sale sin compañía, ¿crees que le hará gracia a Hailee que tú también vayas?
Solo con mencionar el nombre de su novia, Easton se transforma. La mirada le cambia por completo, pasando del Easton canalla al Easton enamorado en menos de un segundo. El muy cabrón está pillado por esa chica hasta las trancas.
—Yo no voy —dice rápidamente—. Solo me quedo a tu fiesta, luego me piro. Le prometí a Hails que la llevaría a cenar tacos. Y créeme, nunca le mientras a una chica sobre sus tacos. La última vez, me dejó sin sexo una semana.
—Toda una tragedia —ironizo justo cuando escuchamos la puerta principal abrirse de golpe.
Después de un portazo y unos pasos apresurados, Finn Howard y Ronan McGarry, los otros dos integrantes de la casa, entran en el salón cargando una caja enorme entre los dos. Llevan las chaquetas del equipo puestas, con el logo de los Artic Lynx de Northbrook bordado en el lado izquierdo.
—¿La tenéis? —pregunta Theo, levantándose del sillón de un salto.
—La tenemos, milord —responde McGarry mientras hace una ridícula reverencia.
Pongo los ojos en blanco.
Ronan y Finn son los novatos de la casa.
Ronan está en tercero y Finn en primero y, por alguna razón, eso los convierte en objetivos automáticos de nuestras bromas.
Especialmente para Theo. Hace una semana, McGarry se atrevió a corregirle una jugada durante un entrenamiento, y aunque tenía razón, Theo lo condenó a llamarlo milord durante un mes y a lavarle los calzoncillos. Sí, solo los calzoncillos.
Colocan la caja sobre la mesa de centro con una solemnidad innecesaria y, como si estuvieran lanzando una bomba nuclear, todos inician una cuenta atrás.
—Tres... dos... uno...
Levantan la tapa, revelando una enorme tarta de chocolate blanco. Todo sería perfecto, si no fuera porque en el glaseado hay impresa una foto mía. Desnudo. Con el culo al aire. Roncando boca abajo en la habitación de Theodore.
Reconozco la imagen al instante. Es de la noche de graduación del instituto, mi primera gran borrachera. Esa vez bebí tanto que estuve dos días con resaca y le prometí a mi yo del futuro que nunca volvería a beber.
Spoiler : le mentí.
Bajo la foto, escrito en caramelo dorado, se lee: «Hoy termino así».
—Sois unos putos gilipollas —digo después de unos largos diez segundos mirando la tarta con horror.
—¡Pero si es de chocolate blanco! ¡Tu favorita! —exclama Theo, como si eso lo compensara todo.
—Y no veas la cara de la pastelera cuando le enseñamos la foto de referencia —añade Easton entre risas.
No quiero ni imaginarlo; dos tíos apareciendo en una pastelería con una foto de su amigo en bolas pidiendo que la impriman en glaseado. Maravillosa escena.
Mientras Howard empieza a sacar botellas del minibar improvisado que tenemos, Theo ya está sirviendo la tarta con entusiasmo.
—Me reservo la parte del culito para mí.
Intento darle una colleja, pero la esquiva con agilidad. Capullo. Si se moviera así de rápido en la pista, no tendría que estar echándole la bronca cada dos por tres.
—No vas a comerte mi culo —le advierto.
—Tarde —contesta con la boca llena—. ¡Uhm! ¡Qué rico estás, Gray-Gray! —gime de forma obscena, como si estuviera en pleno vídeo porno.
Las carcajadas llenan la sala mientras me dejo caer en el sofá y me tapo la cara con las manos.
No sé en qué momento acepté ir a la inauguración de esa estúpida discoteca, pero ya me estoy arrepintiendo.
Theodore tenían razón: a este sitio no se viene a bailar. Se viene a ligar, punto.
Y, por supuesto, él no está perdiendo el tiempo. En cuanto vio entrar a Montana, la amiga de Mackenzie que lo tiene obsesionado desde que empezó el curso, se lanzó detrás de ella como si le fuera la vida en alcanzarla.
Yo me quedé en la barra con Howard y McGarry, intentando fingir que les sigo la conversación. Pero lo cierto es que llevo un buen rato con la atención dividida entre lo que dicen, la música que retumba tan fuerte que me hace vibrar los huesos, y... ella.
Mackenzie está en medio de la pista, rodeada de cuerpos que se mueven con un ritmo torpe y descoordinado y, aun así, logra destacar como si los focos de la sala se centraran solo en ella.
Es casi hipnótica. Cada movimiento de sus caderas parece calculado para llamar la atención.
Y lo consigue, porque no soy el único imbécil que no puede dejar de mirarla.
Lleva un vestido blanco que se le ajusta al cuerpo y contrasta a la perfección con el tono tostado de su piel.
El escote le marca los hombros desnudos y el pecho, y cuando se gira, la melena castaña le cae por la espalda como una cascada desordenada.
Sus mejillas están sonrojadas, seguramente por el alcohol, y se ríe de esa manera suya tan ligera, tan irritante, como si ahora mismo no tuviera una sola preocupación en el mundo.
Su novio se inclina para decirle algo al oído y ella echa la cabeza hacia atrás, riendo más fuerte, y yo prefiero no pensar demasiado en por qué me jode tanto verla así.
Cada vez que Sean mete las manos debajo de su vestido, siento los dedos tensarse alrededor de mi vaso. No puedo apartar la mirada, aunque quiera. Es masoquista, lo sé, pero no puedo evitarlo. De hecho, no puedo hacer más que observarla, atrapado entre el recuerdo difuso y la culpa.
Sin poder evitarlo, mi mente viaja a esa noche de octubre. Me esfuerzo por reconstruirla, por recordar si llevaba un vestido como ese, si yo también colé las manos por debajo, si me pidió que se lo quitara o si gemía mi nombre mientras lo hacía. Pero lo único que hay es un jodido agujero negro.
Y quizá sea mejor así.
Ya es bastante difícil verla en todas mis clase optativas, aguantar su voz cuando pregunta lo que el profesor acaba de explicar, ignorar cómo muerde el extremo del bolígrafo o el gesto que hace con la nariz cuando está concentrada.
No podría con todo eso y, además, recordar exactamente cómo sonaban sus gemidos cuando se corría conmigo.
Estoy tan atrapado en mis pensamientos, que no me doy cuenta de que alguien me ha tirado la copa encima hasta que lo tengo delante. Y no es cualquiera, es el gilipollas de Sean Coleman.
—¿Tienes algún problema con mi novia? —me espeta.
Podría decirle que sí, que tengo un montón de problemas con su novia, pero que el más grande de todos es haberme acostado con ella y no poder recordarlo. Se lo soltaría solo para ver la cara de imbécil que se le queda.
Pero me muerdo la lengua.
—Me debes una copa —respondo entre dientes.
Sean ni se inmuta, simplemente se cruza de brazos y me lanza una mirada de superioridad tan sobreactuada que me dan ganas de echarme a reír.
—Deja de mirarla —suelta, como si estuviéramos en el puto instituto—. Por mucho que te guste, no tienes ninguna posibilidad con ella.
Ahí está. El comentario que me hace querer reventarle un botellín de cerveza en la cabeza. Sin embargo, me obligo a respirar. Yo soy de los que aguantan, de los que esperan y no entran al trapo fácilmente, pero este tío parece que tiene un don para poner a prueba mi autocontrol.
—Me pagas la bebida y lo dejamos estar —consigo decir tras reunir la poca paciencia que me queda.
—No voy a pagarte una mierda.
Y... bueno, hasta aquí llega mi autocontrol.
—Si supieras lo que hace tu novia cuando no estás mirando...
Las palabras salen solas, y en cuanto las suelto, me arrepiento. Pero ya es demasiado tarde. El silencio que sigue es espeso. La expresión de Sean pasa de la arrogancia a la incredulidad, y luego, a la furia.
—¿Qué coño has dicho? —gruñe.
En un segundo, me agarra por el cuello de la camiseta. En otro, yo le devuelvo el gesto y lo estampo contra la barra. Estoy a un empujón de hacer que se coma un taburete cuando unas manos tiran de mí hacia atrás. No con suficiente fuerza para apartarme, pero sí para que me gire.
Mackenzie me mira con sus ojos marrones encendidos y la mandíbula apretada. No necesita gritar lo que piensa para que todo su cuerpo lo grite por ella.
—¡¿Pero qué haces?! —exclama, furiosa—. ¿Te has vuelto loco?
—¡Ha empezado él! —estallo.
Howard y McGarry, que lo han visto todo, intentan apoyarme, pero una sola mirada de Mackenzie (fría y fulminante) basta para que cierren la boca y den un paso atrás. Joder con la chihuahua, no llega al metro sesenta y cinco, pero tiene más presencia que un defensa con mala hostia.
Sean resopla, sacudiéndose la camiseta mientras me dedica una última sonrisa falsa cargada de veneno.
—Me largo de aquí.
Me empuja al pasar. Mackenzie no despega la vista de él mientras desaparece entre la multitud. Luego, se gira hacia mí, todavía con el ceño fruncido y los labios tensos, lanzándome una mirada afilada que, sin duda, me partiría en dos si yo no estuviera tan acostumbrado a disfrazar lo que siento.
—¿Se puede saber qué haces? —No se molesta en disimular el enfado—. ¿Qué ha sido eso?
—¿Qué? ¿Defenderme?
—No te hagas el tonto, Grayson. Un día me ignoras como si no existiera y al siguiente te estás peleando con mi novio. ¿Qué te pasa conmigo, eh? Porque esta mierda de actitud tuya me está volviendo loca.
Y ahí está la Mackenzie orgullosa y decidida que conozco. No la chica frágil que se ha dejado ver estos días.
Miro hacia otro lado. No porque no tenga una respuesta, sino porque sí la tengo, y es justo la que no quiero admitir. Porque lo que me pasa con ella no es nada... y a la vez, parece algo. Y si lo dejo entrar, si lo dejo empezar, sé perfectamente que no voy a poder controlarlo.
Y yo lo controlo todo .
—No me pasa nada —digo, cruzándome de brazos.
—Mentira.
No respondo, aunque tiene razón. La verdad es que no debería molestarme verla con su novio, porque lo de aquella noche fue un error, un accidente que ninguno de los dos recuerda bien y, sobre todo, porque yo no soy ese tipo de tío.
El que se mete en líos que no puede manejar.
El que deja entrar a gente en su vida. El que complica las cosas.
Pero el problema es que Mackenzie sí que me complica. Incluso cuando no lo intenta. Y la detesto por ello.
—Mira, hazte un favor —le suelto finalmente—. Deja de buscarle sentido a esto. No lo tiene. Y créeme, por nada del mundo voy a volver a perder el tiempo en algo que ni siquiera debería haber empezado.
—¿Perdón? —repite con una risa sarcástica.
—No eres nada para mí —le espeto—. Y así está mejor.
Sé que he ido demasiado lejos en cuanto veo cómo desaparece la chispa en su mirada, pero no retrocedo. No puedo, porque si doy un paso atrás, no me quedarán muros que pueda volver a levantar.
—Perfecto —dice al fin—. Quédate en tu zona segura, entonces. Mírame desde lejos. Ignórame como siempre. Así no corres el riesgo de sentir nada, ¿no?
No contesto.
Ella asiente y, cuando ve que no va a obtener una respuesta, se gira y se marcha.
Yo me alegro de que lo haya entendido. No es tanto por lo que yo pueda sentir, sino por ella. Sentir algo, lo que sea, por mí, sería la forma más absurda que podría encontrar de autodestruirse.