Breakaway 3 Mackenzie
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3 Mackenzie

—¡Parad, parad, parad! Esto es un desastre.

«Esto es un desastre». Creo que ya he perdido la cuenta de cuántas veces ha dicho Ariana esa frase desde que empezó el entreno. Quizá seis. O siete. No importa, lo importante es que ahora suena más fuerte, más real.

Anoche no dormí nada. Además, el tobillo izquierdo sigue doliéndome después de la caída en la biblioteca y es demasiado temprano para que mi cerebro pueda procesar cualquier tipo de información más allá de la de no caerme de morros contra el hielo.

Estoy cansada, necesito dormir y, sobre todo, necesito silencio.

Pero no lo hay.

Ariana se acerca a grandes zancadas sobre sus patines.

Su silueta, alta y delgada, se recorta por la neblina helada que envuelve la pista y su larga cola de caballo se balancea de un lado a otro con cada movimiento.

Cuando frena frente a nosotros, una nube de escarcha salta del hielo y me empapa las mallas.

Estoy temblando, pero no por el frío, sino por la bronca que se nos viene ahora.

—Tú —espeta, señalando a Sean, que está detrás de mí—.

Puedo olerte la resaca desde aquí. —Sean ni siquiera intenta negarlo, solo se pasa una mano por el pelo revuelto y aparta la mirada—.

Y tú —continúa Ariana, girándose hacia mí—.

No sé qué te pasa, pero he entrenado niñas de diez años que harían esta rutina mejor.

Mi garganta se cierra y noto cómo empiezan a crecer las ganas de llorar.

—¡Es Mackenzie! —salta Sean, indignado—. Sigue aterrizando mal el lutz . ¿Qué quieres que haga?

—¡Que la lances mejor! Esto es un trabajo en equipo. Si uno falla, falláis los dos. Y lo que pasa...

—Sean tiene razón —la interrumpo en un susurro—. Soy yo la que está haciéndolo mal.

En cuanto las palabras abandonan mi boca, me siento rota. Y no por el salto ni por el tobillo, que me palpita como si me fuera a estallar. Es otra cosa. Algo más profundo. Un sentimiento de culpa, fracaso y remordimiento que ni yo misma sé cómo explicar.

Ariana nos atraviesa con la mirada antes de continuar.

—Se supone que estamos preparándonos para la próxima temporada, así que ordenad vuestras prioridades —sentencia—. Y no os molestéis en venir el lunes si no las tenéis claras.

Sin decir nada más, da media vuelta y se aleja a paso firme.

El silencio que se instala en la pista pesa como plomo. A mis espaldas, Sean deja escapar un suspiro frustrado.

—No sé qué te pasa, Kenzie, pero nos está afectando. —Se desliza junto a mí hacia la salida. Yo lo sigo en silencio, con las piernas ardiendo y la culpa oprimiéndome el pecho—. Llevas meses así. ¿Qué ha pasado?

Antes de que pueda contestar, se detiene de golpe y se gira. Sus ojos verdes (antes mi lugar seguro) ya no brillan cuando me mira. Ahora solo hay cansancio en su mirada, y puede que un poco de dolor y confusión.

«Que tú has causado», me recuerdo.

Sean y yo nos conocemos desde niños, crecimos juntos sobre el hielo.

Recuerdo el primer día que lo vi en Fairbanks, con los patines colgando del hombro y el pelo rubio alborotado, como si acabara de salir de una tormenta de nieve.

Jules, mi entrenadora de entonces, me dijo que era nuevo y que quería ver si conectábamos.

Y lo hicimos. No solo como pareja en la pista, también fuera de ella.

Empezamos a salir en el instituto y, desde entonces, Sean se convirtió en mi todo.

Mi primer beso. Mi primera vez. Mi primer amor.

A mis padres les encantaba, y a mí también.

O, al menos, eso creía. Pero cuando llegamos a la universidad, todo cambió.

Empecé a conocer a otra gente, a salir más, a relacionarme fuera de mi círculo (que se resumía, casi siempre, en él y yo) y, lo más importante, empecé a conocerme a mí misma.

A la versión que podía ser sin Sean siempre ahí, diciéndome qué hacer o cómo ser.

Y entonces, en una de mis optativas del año pasado, apareció Grayson, con su sonrisa torcida, sus ojos negros y su voz rasgada.

Y aunque me parecía un chulo engreído, cada vez que me hablaba, aunque solo fuera para rebatirme algo en clase, el corazón amenazaba con salírseme del pecho. Con Sean ya no era así.

Y sí, sé que lo que le he hecho es horrible. Me merezco su mirada herida, aunque me parta el corazón, porque, si él supiera la verdad, yo le partiría el suyo.

—Lo siento —murmuro con la cabeza baja—. Me esforzaré más, te lo prometo.

Sean me observa con una mezcla de desconfianza y cariño.

—Te conozco desde los once años, Mackenzie. Sé que hay algo que no me estás contando. —Su mano roza mi mejilla con una ternura que sé que no me merezco—. ¿Qué es? ¿Son tus padres? ¿Tienen problemas de dinero otra vez?

Niego con la cabeza, aunque esa también es una parte del problema. Sean, por supuesto, no se lo cree.

—Si necesitan ayuda, puedo prestarte algo. Ya sabes que para mí no es un problema.

Ahí está otra vez. Esa forma suya de ser «amable», esa manera indirecta de recordarme que su familia nada en dinero mientras que la mía apenas mantiene a flote la pescadería de toda la vida.

—No necesito tu dinero —respondo, bajito, mientras intento contener las lágrimas—. Es solo que estoy saturada. Las clases, los exámenes, los entrenos... Tengo mil cosas en la cabeza.

Sean asiente despacio, me coge de la mano y tira de mí hacia uno de los bancos que rodean la pista.

—¿Y si esta noche desconectamos un poco? Te vendrá bien —dice mientras nos quitamos los patines—. Hay una fiesta de inauguración en Onda.

Frunzo el ceño.

—¿La discoteca? ¿No la habían cerrado?

—Porque cambiaron de dueño, pero vuelven a abrir hoy. Las cien primeras entradas están a mitad de precio.

Ya con las mochilas al hombro, cruzamos el túnel que conecta la pista con los vestuarios. Al otro lado del cristal, en la pista pequeña, un grupo de niñas con mallas de colores se desliza entre conos y risas.

Durante un segundo me quedo quieta, observándolas, y dejo que mi mente viaje a cuando era una de ellas, cuando lo único que me importaba era no romperme un diente y que mi moño no se deshiciera a mitad de la rutina.

Cuando patinar era algo que hacía por puro placer.

Sin presión, sin culpa, sin exigencias, sin miedo a decepcionar a alguien. Solo el hielo, la libertad y yo.

Sean se me acerca por la espalda y me rodea la cintura con sus brazos. Está tan cerca que puedo olor el leve rastro de colonia impregnado en su ropa.

—Tengo una idea —me susurra al oído, con esa voz suave que siempre usa cuando quiere algo—. Los vestuarios están vacíos. Podríamos ducharnos juntos.

Me quedo quieta, congelada por lo que acaba de insinuar. Su mano roza mi cadera, apenas un toque, pero mi cuerpo reacciona ante el contacto.

—Sean... —Trago saliva, a ver si así consigo que me salgan las palabras—. No creo que sea buena idea. Podría entrar alguien.

—No a esta hora, aún es muy temprano —murmura—. Vamos, solo un rato. Hace frío, estamos sudados y tengo muy buenas ideas para entrar en calor.

La forma en que sonríe cuando lo dice me hace rodar los ojos, pero no me muevo. Sean vuelve a sonreír y, sin soltar mi mano, empieza a guiarme por el pasillo. Cuando llegamos a la puerta de los vestuarios, me detengo.

—Es en serio, Sean, ¿y si viene alguien?

—Pues nos vestimos rápido y decimos que estábamos... lavando los patines —bromea, y suelta una risa baja cuando ve que me arranca una sonrisa a medias.

Entonces, me besa, y me dejo llevar. No del todo. No por completo. Pero algo dentro de mí cede cuando, por un momento, me doy cuenta de que me mira como antes. Como si volviéramos a ser ese par de adolescentes enamorados.

Dentro del vestuario, el silencio es total. Sean cierra la puerta tras de sí, y el eco amortiguado del golpe resuena más fuerte de lo que debería.

Me besa de nuevo. Primero suave, después con más urgencia, mientras sus manos bajan por mi espalda y su respiración se acelera contra mis labios. Poco a poco empieza a deshacerse de mi ropa, prenda por prenda, como si quisiera borrar con cada una la distancia que hay entre nosotros.

Antes de que me dé cuenta, estamos bajo el agua caliente y humeante. Sean me rodea la cintura con firmeza y me empuja suavemente contra los azulejos. El contacto me arranca un escalofrío.

Sus labios bajan por mi cuello, dejando besos húmedos por mi clavícula, hasta llegar a mis pechos.

Cuando atrapa uno de mis pezones entre sus dientes, no puedo evitar soltar un gemido agudo, como si mi cuerpo estuviera respondiendo por mí.

Él no pierde el tiempo y levanta una de mis piernas, obligándome a rodearlo con ella.

Me aferro a sus hombros anchos para no caerme y, en un solo movimiento, se introduce en mi interior.

Un jadeo escapa de mis labios y echo la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el contacto del azulejo frío contra mi nuca contrasta con el calor de su cuerpo.

Se mueve con fuerza, con ritmo. Nuestros gemidos, apagados por el murmullo constante del agua, resuenan por todo el vestuario.

El momento empieza a volverse más intenso, pero entonces, Sean levanta la cabeza y me mira.

Y en ese instante, no son sus ojos verdes los que veo, sino los de Grayson.

Un destello. Un recuerdo. Una mirada que no debería estar ahí, pero lo está.

Veo un par de ojos oscuros, como una noche sin estrellas, y el cuerpo de Sean, aunque presente, de pronto lo siento ajeno. Mi corazón se acelera, pero por la razón equivocada.

Por la persona equivocada.

—Sean... para —murmuro, girando la cabeza.

Él sigue, como si no me hubiera escuchado.

—Sean —repito más fuerte, poniendo las manos en su pecho para apartarlo.

Entonces, se detiene. Su cuerpo aún está tenso, dentro de mí, y su aliento me acaricia la mejilla.

—¿Qué pasa? —pregunta con la voz ronca y confundida, todavía atada a lo que estábamos haciendo.

—No puedo —susurro—. No aquí, no ahora. Podría venir alguien...

—¿En serio vas a parar?

—Lo siento —digo, bajando la mirada—. Es que... no me siento bien. No quiero seguir.

Sean suspira, da un paso atrás y se aparta. El agua cae entre nosotros como una barrera mientras él se pasa las manos por el pelo con frustración.

—Siempre es lo mismo últimamente —dice al fin, aunque no me mira—. ¿Qué te está pasando, Mackenzie?

No respondo, porque si lo hago, se acabará todo. Y, egoístamente, aún no estoy lista para eso.

Sean sale de la ducha y recoge su ropa del banco. Se viste rápido, sin decir ni una palabra. No me grita, no se va dando un portazo, simplemente se guarda el silencio para sí, y eso, de alguna manera, me duele más.

Cuando salgo de la ducha, ya se ha ido.

Lo llamo mientras cruzo el campus, con el pelo aún húmedo y las piernas temblorosas. Marco su número una vez, dos, tres... pero me salta el contestador automático.

«Hola, soy Sean. Ya sabes qué hacer».

Pero no, no sé qué hacer.