Breakaway 2 Grayson
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2 Grayson

Lo está volviendo a hacer.

Por tercera vez en menos de diez minutos, se enreda un mechón castaño oscuro alrededor del índice y tira de él con suavidad.

Al principio pensé que era un gesto sin importancia, una manía más, pero ahora me doy cuenta: es un tic nervioso.

Uno de los tantos que tiene. También me he fijado en que se arranca pielecillas de las uñas, por ejemplo, y en que hoy las lleva pintadas de negro, aunque hace un par de días eran azul clarito.

Suelto un suspiro y cierro el libro. No debería estar fijándome en ella.

Ni en sus movimientos, ni en cómo aprieta los labios cuando se concentra o en cómo arruga la nariz cada vez que pasa una página.

Los exámenes parciales previos a las vacaciones de primavera están a la vuelta de la esquina, y necesito subir mi media.

Por no hablar de que tengo al capullo de Murphy Carver, con su tono condescendiente y sus corbatas horteras, saturándome de trabajo y presionándome cada día.

La realidad es que preferiría que me hubiera atropellado una máquina quitanieves que hacer mis prácticas de último año en su bufete, pero, como siempre, mi padre decidió por mí.

Si él es bueno en algo, yo tengo que ser mejor. Así funciona. Y él es uno de los mejores abogados del país.

El hockey siempre ha sido mi vía de escape, lo único en lo que no necesito superarle, lo único que me pertenece de verdad.

Aunque, últimamente, también eso se me está yendo de las manos.

Debería estar enfocado en lo que se nos viene, en la Frozen Four, pero es innegable que mi rendimiento ha bajado.

Y una de las culpables está sentada justo enfrente.

Mackenzie Reed es un auténtico dolor de cabeza. Orgullosa, insoportablemente lista y siempre con una respuesta ingeniosa para todo. Me pone enfermo cómo camina por el campus, como si le perteneciera, como si fuera la maldita reina de Northbrook. Todo en ella grita: «Sí, soy mejor que tú y lo sé».

Me saca de quicio. Y, aun así, hace meses que ocupa demasiado tiempo en mis pensamientos. Tiempo que debería estar invirtiendo en centrarme, no en intentar recordar qué cojones pasó entre nosotros aquella maldita noche de octubre.

Es irónico, porque hoy decidí escabullirme a la biblioteca para huir de la fiesta que han montado los cafres de mis amigos en casa, aunque, ahora que lo pienso, estudiar con la música a todo volumen y borrachos golpeando mi puerta quizás habría sido más fácil que hacerlo con Mackenzie a escasos dos metros de distancia.

Y es que no solo me molestan su actitud y sus tics. No, va mucho más allá.

Mackenzie es guapa, lo sabe y lo usa a su favor.

Tiene ese tipo de belleza que atrapa la mirada sin tan siquiera proponérselo: piel morena, ojos marrón oliva, grandes y profundos, melena larga y cuerpo de infarto.

El tipo de cuerpo que se mueve con precisión sobre el hielo, que parece haber sido diseñado para el patinaje artístico.

Si no fuera por esa actitud de superioridad que siempre lleva encima, quizá incluso me caería bien.

La otra noche en la pista me sorprendió. Me pasé con ella, lo sé. Mencioné a su novio a propósito, sabiendo que le dolería, pero necesitaba quitármela de encima y recordarle nuestro estúpido desliz era mi mejor opción.

Maldigo de nuevo.

Han pasado casi cuarenta minutos y no he memorizado ni una línea.

¿Por qué coño tuvo que aparecer en la biblioteca a la una de la mañana?

Somos los únicos, claro. Es viernes, y todo el mundo tiene mejores cosas que hacer un viernes por la noche que aburrirse hasta la saciedad entre un puñado de libros.

Estoy tan inmerso en mis pensamientos, que no noto que Mackenzie ya no está en su sitio. Sus cosas siguen ahí, pero ella ha desaparecido.

Recorro la estancia, iluminada solo por las lámparas de nuestros escritorios, hasta que mi mirada la encuentra entre dos estanterías.

Está de puntillas, intentando alcanzar un libro de la última balda.

Sabe que no va a llegar, pero su orgullo herido probablemente le impide pedirme ayuda.

O tal vez sea el miedo a otra de mis contestaciones.

Aquí es donde en cualquier historia cursi, el protagonista se levanta, va hacia la chica, la ayuda y terminan besándose contra la estantería.

Pero yo no me muevo. Me limito a observarla, entretenido con sus saltitos inútiles y el mechón de pelo rebelde que le cae sobre los ojos.

Sopla para quitárselo de la cara, bufando como una niña mimada.

Lleva un jersey blanco y una falda plisada beige que se balancea a cada salto que da. Está ridículamente perfecta.

Sigo mirándola con una media sonrisa burlona, esa que solo aparece cuando me siento superior a ella.

Entonces, de pronto, la veo rodear la estantería y volver con una escalerita plegable.

La coloca con cuidado y se sube con una gracia casi ensayada.

Siempre se mueve así, como si estuviera actuando, como si tuviera que parecer perfecta a cada instante.

Y me resulta agotador.

La escalera, que no parece muy estable, tiembla en cuanto se sube y, cuando se estira, una de las patas cede y ella termina dándose de bruces contra el suelo.

Su chillido me hace compadecerme un poco, pero ni aun así me levanto. Aunque ahora ya no sonrío.

El tic de las uñas regresa al tiempo que Mackenzie se pone en pie, torciendo el gesto. El libro que quería ha caído también, pero se ha colado bajo la estantería, y aunque se agacha y estira el brazo todo lo que puede, no consigue alcanzarlo.

Visiblemente frustrada, recoge sus cosas en silencio y se marcha.

Cuando empieza a alejarse, no puedo evitar notar que cojea un poco.

Algo dentro de mí quiere preguntarle si está bien, pero me muerdo la lengua y me trago las palabras.

En cuestión de segundos, ella desaparece sin decir nada y yo finjo que me concentro de nuevo.

Como si pudiera.

Veinte minutos después, mis ojos no aguantan más.

Las sesiones de entrenamiento nocturno me dejan con cuatro horas de sueño como mucho, y cuando no estoy en la pista entrenando, estoy delante de algún libro.

Estoy exhausto, pero soy incapaz de ponerme límites.

Mi padre me lo enseñó desde bien pequeño.

«Siempre se puede un poco más», me repetía, aunque estuviera al borde del agotamiento.

Pero esta noche, por primera vez en mucho tiempo, he decidido que no. No puedo más.

Cuando salgo de la biblioteca, Mackenzie sigue ahí, sentada en un banco bajo una farola parpadeante que apenas ilumina. Está nevando ligeramente, los copos de nieve resaltan sobre su piel morena y su pelo oscuro brilla bajo la luz amarillenta.

Al pasar junto a ella, mis pies se detienen solos.

—¿Esperas a alguien?

No dice nada, pero la forma en que me mira es suficiente para responder a mi pregunta.

—No va a venir —dice al fin en voz baja. Luego traga saliva, y me da la sensación de que intenta no echarse a llorar—. Aunque le he dicho que me duele el tobillo, no va a venir. Está en la fiesta de un amigo.

Hay novios de mierda, y luego está Sean Coleman.

—Ya... —me limito a responder, porque no se me ocurre nada más. No me sale.

Y quizás no soy mejor que Sean, porque tampoco me ofrezco a ayudarla.

Pero, al fin y al cabo, no es mi novia, ni mi amiga.

No es nada mío. Yo no soy de los empáticos, de los que muestran sus sentimientos o se atan emocionalmente a alguien.

Tengo solo dos buenos amigos, y ni siquiera con ellos lo comparto todo.

Mackenzie no va a ser la excepción. No puede serlo.

Y, aun así, soy incapaz de mantener la boca cerrada y seguir andando.

—¿Y tus amigas? Llama a alguna.

—Ya lo he hecho, Montana está en camino.

Asiento con indiferencia y la miro de reojo. Ella me observa fijamente, esperando a que diga algo más, que haga algo. Pero no le doy ese lujo. En su lugar, desvío la mirada y me mantengo en silencio, un silencio solo interrumpido por la música distante de las fiestas del campus.

Cuando Mackenzie abre los labios, a punto de hablar, me doy la vuelta y la dejo con la palabra en la boca. Siempre he sabido cuándo terminar una conversación. De niño, hablaba sin parar, pero luego aprendí que a mis padres no les importaba lo que tenía que contar y, desde entonces, hablo poco.

Camino sobre la nieve con decisión, ansioso por llegar a casa, meterme en la cama e intentar dormir algo.

—Hola, guapa, ¿estás sola? —suelta una voz a mis espaldas, y enseguida me tenso y me pongo en alerta.

—¿Quieres compañía? —dice una segunda voz, que suena casi más borracha que la anterior.

Cuando me giro, descubro que dos idiotas se han sentado al lado de Mackenzie. Uno de ellos le pasa un brazo por los hombros, atrayéndola hacia su cuerpo. Ella se revuelve, visiblemente incómoda, e intenta apartarlo.

Puede que no sea de los que se involucran, pero tampoco la voy a dejar ahí sola con ese par de gilipollas.

Rápidamente, vuelvo sobre mis pasos y descubro que, cuanto más se acercan a ella, más crece mi rabia.

Cuando los alcanzo, agarro al rubio que la está rodeando con el brazo, lo levanto del banco y lo estampo contra el suelo. Mackenzie da un respingo y deja escapar un gritito de sorpresa, mientras el tipo se pone en pie, tambaleándose.

—¡¿Estás loco?! —me espeta.

—Fuera de aquí, payaso.

—Te has pasado —interviene su amigo, que tiene pinta de haber bebido bastante más de la cuenta—. Solo estábamos hablando con ella.

—No vais a poder hablar mucho cuando os parta la boca.

Se miran entre ellos unos segundos, dudando, antes de salir corriendo.

De pronto, soy muy consciente de lo que acabo de hacer.

Mackenzie sigue en el banco, mirándome con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que acaba de pasar.

No digo nada, no le doy explicaciones ni me justifico, solo me siento en el otro extremo del banco, lo más lejos posible de ella, y me limito a esperar en silencio.

—¿Falta mucho para que llegue Montana? Hace un frío de cojones.

—Ya casi está aquí —murmura.

Asiento y la miro de reojo. Tiene la vista fija en mí, y sé que, de nuevo, está esperando algo. Que la mire de vuelta, que le dé alguna señal... lo que sea. Pero no hago nada de eso. En su lugar, ignoro el cosquilleo en la nuca y giro el rostro hacia el otro lado.

La escucho suspirar.

Un par de minutos después, Montana aparece a lo lejos, lo que significa que, por fin, puedo largarme de aquí.

Mientras me alejo, escucho parte de su conversación.

—¿Ese era Grayson Abbott?

—Por desgracia —responde Mackenzie.