Breakaway 1 Mackenzie
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Breakaway

Breakaway

Por Isabel Martinez

© inepub.com

1 Mackenzie

Soy patética, y lo peor de todo es que lo sé.

Mientras cruzo el campus con la bufanda subida hasta las orejas y la cabeza gacha para protegerme del viento, lo único en lo que puedo pensar es en el desastre que ha sido el entrenamiento de hoy.

La nieve cruje bajo mis botas, las mejillas me arden por el frío y, aun así, la incomodidad más intensa no viene de fuera, sino de dentro, de esa sensación persistente de que estoy fallando a todos. En especial, a mí misma.

Entrenar con Sean solía ser fácil, cómodo.

Teníamos esa clase de química que no hacía falta forzar.

Él entendía mis tiempos, mi ritmo, y yo los suyos.

Nos bastaba con una mirada para saber cuál sería el siguiente paso del otro.

Pero últimamente... nada encaja. Nuestros movimientos son una sucesión de pasos torpes, descoordinados, como si estuviéramos bailando dos coreografías distintas en el mismo hielo.

Y aunque él no lo diga, sé que está frustrado, que está esperando a que yo diga algo.

Pero no lo hago. No puedo, porque si abro la boca, voy a tener que contarle lo que pasó con Grayson Abbott la noche de Halloween, y no estoy lista para enfrentarme eso.

«Cobarde».

Me da rabia haberlo arruinado todo. Nos habíamos preparado durante meses para los nacionales.

El primer puesto era la meta, pero quedamos segundos.

Y aunque me obligué a sonreír en la entrega de medallas, sentí cómo el mundo se me caía encima cuando bajé del podio.

No por el resultado en sí, sino porque supe que, de alguna manera, había arrastrado a Sean conmigo.

«El segundo puesto es para los perdedores», me recuerda una voz en mi cabeza.

Todos están decepcionados conmigo. Mamá, papá, Sean, la entrenadora...

Incluso yo misma. No estoy rindiendo bien.

Hay algo dentro de mí que está desconectado, y no sé cómo volver a encenderlo.

Por eso hoy, mientras daba vueltas en la cama incapaz de dormir, decidí que si el día no tenía suficientes horas, yo se las añadiría.

Y así fue como acabé aquí, caminando entre las sombras con una bolsa de deporte colgando del hombro y los patines golpeando mi espalda a cada paso.

Son más de las dos de la mañana, y en vez de dormir como una persona normal, estoy dirigiéndome a la pista con la absurda esperanza de que entrenar horas extra me haga sentir menos fracasada.

Frank, el encargado de mantenimiento, me prestó las llaves con una media sonrisa y un «no te metas en líos, ¿vale?». No pienso liarla, obviamente. Solo necesito silencio y tiempo a solas para mí. Un lugar donde volver a sentir que sé lo que estoy haciendo.

Cuando llego a la pista, atravieso rápidamente el pasillo.

La luz de la luna se cuela por los ventanales y mis pasos hacen eco en el suelo, pero enseguida descubro que no estoy sola.

Lo sé por el sonido, ese ruido áspero inconfundible de las cuchillas deslizándose sobre el hielo.

Alguien patina, y cuando me abro paso entre las filas de gradas y llego a la barandilla, lo veo.

Grayson.

Se mueve con agilidad, alineando su cuerpo con una precisión que me resulta envidiable. Aunque está patinando, no lleva la equipación de hockey, solo unos pantalones de chándal y una camiseta térmica negra que se ajusta tanto a su cuerpo que permite distinguir cada músculo de su espalda.

Sin darme cuenta, me siento en las gradas a observarlo.

Él aún no se ha dado cuenta de que estoy aquí, está demasiado concentrado en lo suyo.

Con un movimiento enérgico, golpea el disco con el stick y este se desliza a toda velocidad, pero no llega a entrar en la portería.

Entonces, Grayson suelta un gruñido y lanza el palo contra el hielo, frustrado.

Estoy acostumbrada a eso. Al fin y al cabo, gruñidos, exasperación y ceños fruncidos son todo lo que obtengo de él. Nunca palabras, nunca gestos amables. Y sin embargo hoy, algo dentro de mí (seguramente la parte más impulsiva y estúpida) quiere comprobar si eso puede cambiar.

Ya me he atado los patines y estoy entrando en la pista cuando él se gira y me ve.

Su expresión cambia repentinamente, pasando de la furia total a algo más suave que, de momento, no logro identificar. Pero enseguida vuelve a la indiferencia.

Grayson Abbott es como un libro cerrado con candado: imposible de leer. Siempre distante, frío, hermético. Además, tengo la absurda sensación de que debe de llevar años levantando barreras a su alrededor.

—No puedes estar aquí —me espeta de repente.

No espera mi respuesta, por supuesto, simplemente se limita a darme la espalda, recupera el disco y vuelve a posicionarse frente a la portería, como si mi presencia no mereciera más de un segundo de su atención.

—Tú tampoco —respondo sin pensarlo.

Ni yo me creo que le haya contestado. A él, a Grayson Abbott. Pero lo he hecho, y la prueba está en el suspiro profundo que suelta justo antes de girarse para mirarme.

Me siento diminuta bajo sus ojos oscuros. No sé cómo lo hace, pero tiene esa forma de mirar que hace que todo a su alrededor se desvanezca. Los ojos de Grayson no son solo oscuros, son un abismo infinito. Uno que me consume.

El silencio que se ha instalado entre nosotros se rompe solo por el sonido suave de sus cuchillas cortando el hielo al acercarse.

Me entra el pánico, lo reconozco, y quiero huir y esconderme en el rincón más remoto del vestuario.

O que el hielo se resquebraje y me trague.

Pero ninguna de las dos opciones es realista: la pista tiene un mantenimiento impecable y mis piernas no responden.

Cuando Grayson llega a mi altura, tengo que esforzarme para no echarme a temblar.

—Yo tengo permiso para estar aquí. El entrenador habló con el rector —dice, y sus ojos me recorren de arriba abajo, como si intentara decidir si merece la pena seguir perdiendo el tiempo conmigo o no. Después, aún con más desdén, suelta—: Lárgate, Reed.

Patina de nuevo hacia el centro de la pista, pero esta vez, lo sigo.

—Yo también tengo permiso, ¿sabes? —murmuro—. Frank me dio las llaves.

—Eso no cuenta —escupe de inmediato, y juraría que una vena empieza a marcarse en su sien.

Dejo el labio tranquilo, y sin darme cuenta, empiezo a pellizcarme las uñas.

Arrancarme pequeñas pielecillas es un viejo tic que aparece cuando los nervios me superan, y si lo estoy haciendo ahora, significa que debería darme la vuelta, volver a mi apartamento e intentar dormir.

Pero Grayson me tiene intrigada. Demasiado.

Quizá porque sé el gran desgaste emocional y psicológico que conlleva levantar tantos muros a tu alrededor.

O quizá porque jamás pensé que conocería a alguien que tuviera más que yo.

—Te dejo entrenar —balbuceo, bajando la mirada.

Como era de esperar, él no responde.

Ignorando la punzada de decepción que me atraviesa, patino rápidamente hacia la salida, saco mis cascos de la bolsa de deporte y me los pongo. En cuanto la música empieza a sonar, algo dentro de mí se afloja y me permito relajarme, patinar tranquila. Pero la calma dura poco.

Una mano grande y firme se aferra de repente a mi antebrazo, obligándome a frenar en seco, y la escarcha salpica todo a mi alrededor. Para no caerme, me agarro a Grayson casi por instinto.

—¿Pero qué coño haces? —gruñe, alejándose de inmediato.

—Creo que es obvio, patino.

—Dijiste que me dejabas entrenar.

—Y eso hago. Tú a lo tuyo y yo a lo mío. La pista es lo bastante grande para los dos.

—Lo dudo —me espeta acercándose de nuevo—. Lárgate, Mackenzie, no pienso repetírtelo. Me estás haciendo perder el tiempo.

Intento sostenerle la mirada, pero en cuanto su ceño se frunce un poco más, agacho la cabeza.

Todo el mundo cree que soy fuerte. Que soy esa chica decidida y segura que se come el hielo y el mundo sin miedo. Pero no es verdad, por dentro me rompo con facilidad. Soy demasiado frágil, sobre todo para soportar las palabras que salen de su boca a continuación.

—¿Por qué no te vas a molestar a tu novio? Yo no voy a volver a follar contigo.

«Porque ni siquiera para eso vales la pena», le ha faltado añadir. Pero seguro que lo piensa.

Si creía que podía estar esperando una respuesta por mi parte, me doy cuenta de que no es así cuando me rodea como si nada y reanuda su entrenamiento.

Yo me quedo ahí, en medio del hielo, inmóvil.

No porque quiera quedarme, sino porque me zumban los oídos y se me empieza a nublar la vista.

Sé que si doy un solo paso, acabaré desplomada.

«Respira. Puedes hacerlo. Respira».

Y lo hago. Poco a poco. Como he hecho tantas otras veces.

Avanzo hacia la salida con pasos pequeños, concentrándome en cada inhalación. El aire entra, pero mis pulmones arden como si no estuvieran recibiendo ni una sola gota de oxígeno.

«No pasa nada, sigue respirando».

Cuando por fin salgo de la pista y el aire helado me golpea el rostro, la quemazón en el pecho disminuye un poco, aunque no desaparece del todo.

Grayson Abbott es cruel.

Y yo soy una mentirosa.

Una cobarde.

Una completa patética.