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Beso

Aparto una rama de mi camino sin dejar de moverme e ignoro el dolor que se dispara en mi entrepierna con cada paso. No es insoportable, pero sí molesto y dificulta mi huida.

Hay una parte de mí que teme por su vida y activa automáticamente el modo de supervivencia. Sin embargo, la otra mitad, estúpida y todavía atontada por los buenos orgasmos que me ha dado, se muestra renuente a creer que vaya a hacerme daño.

Por lo menos, no fuera del acto sexual.

O quizá sí. Porque no lo conoces, Misery.

Ese pensamiento es una cachetada mental.

Apresuro el paso y rodeo un mausoleo. No escucho pisadas a mi espalda, pero no pienso confiarme.

Al intentar esquivar una tumba en una de las vueltas, casi resbalo.

No quiero terminar como esas típicas protagonistas de las películas de terror que se caen en el peor momento y acaban muriendo por ello.

Puede que no sea la mejor haciendo ejercicio, pero estoy en forma y pienso sacarle provecho.

Me detengo de golpe al descubrir a King apoyado contra una pared como si llevara allí todo el tiempo, esperándome.

Trago saliva e intento recuperar el aliento con la boca seca.

¿Cómo llegó ahí tan rápido?

Acaricia el filo del hacha con una ceja arqueada.

—La verdad es que me intrigas, Misery.

—¿Cómo…?

—No pensé que alguien como tú tuviera una mente tan retorcida. Me sorprendiste. —Baja el arma y avanza un paso.

Yo retrocedo otro.

—Estás… loco.

Todavía respiro agitadamente por el esfuerzo. Él, en cambio, se encuentra completamente tranquilo, con el cabello negro cayéndole de forma desordenada sobre la frente.

Sonríe con crueldad.

—Sí. Nunca oculté eso. Y, aun sabiéndolo… quisiste jugar conmigo.

Frunzo el ceño ante sus palabras y ladeo un poco la cabeza, observándolo mejor.

—¿Qué te sucede? No te he hecho nada. Dijiste que el juego se había terminado. Déjame volver con mis amigos.

—Dije que se acabó el juego. Ahora jugaremos mi juego.

—No quiero jugar a tu maldito juego —murmuro entre dientes, molesta.

— Todos están jugando y tú no puedes ser la excepción.

Corro en cuanto tengo oportunidad, pero no llego muy lejos antes de que una mano se cierre alrededor de mi cabello. Mi grito retumba por todo el cementerio.

Estampa mi cuerpo contra la pared y me inmoviliza con el suyo. No dejo de gritar mientras me retuerzo como un gusano, intentando apartarlo.

—¡Suéltame, idiota! ¡No me toques! ¡Me repugnas!

—Que te pongas así de furiosa solo consigue excitarme más —susurra junto a mi oído.

Gruño y aparto el rostro.

—Dices que te repugno, pero gritabas pidiendo más. Te gustó que te follara como un loco. Que te doliera. Que te usara a mi antojo.

Sus palabras resuenan en mi cabeza y envían una descarga eléctrica directa a mi feminidad. Trago saliva con dificultad y él parece darse cuenta, porque mi cuerpo no deja de temblar.

Quiero pensar que todo esto se debe a la adrenalina y no a que mi desgraciado cuerpo me está traicionando.

Cierro los ojos, intentando ocultar inútilmente la forma en que consigue hacerme vibrar.

King me gira con brusquedad y pega mi espalda contra la pared. Su mano se afianza alrededor de mi garganta y aprieta con fuerza. Abro los ojos de golpe y entierro las uñas en su antebrazo.

Esta vez no me ahorca para estimularme. Lo sé por la mirada que me dedica y por la presión que ejerce.

Me roba el aire.

Y eso me desespera.

Me retuerzo, luchando por apartarlo, e incluso tiro de su cabello con fuerza, pero nada consigue que se aleje.

Siento que está sí podría ser mi última noche, que voy a morir a manos del hombre que me dio placer y que ahora, en lugar de hacerme venir, va a hacerme irme.

Una idea vaga cruza mi mente. Es estúpida y no debería intentarla. Sin embargo, no tengo nada que perder.

Con las pocas fuerzas que me quedan, porque siento que la vista empieza a nublárseme, acerco poco a poco el rostro de King tirando de su cabello. Aprieta la mandíbula y se resiste, pero no desisto.

Apenas mis labios rozan los suyos, los entreabro y lo beso despacio. No solo porque apenas me quedan fuerzas, sino porque temo que su reacción no sea buena.

Sus labios son cálidos y consiguen darle algo de calor a los míos, completamente fríos.

Se queda inmóvil, sin mover un solo músculo.

Cierro los ojos, sintiendo que empiezo a desvanecerme, hasta que la presión alrededor de mi cuello disminuye y por fin me permite respirar.

Pero ahora es la boca de King la que me roba el aliento cuando se apodera de mis labios con una ferocidad brutal.

Me reclama con vehemencia, como si estuviera furioso, como si lo que acabo de hacer lo hubiese enfadado y quisiera castigarme por ello.

Sus dientes chocan contra los míos y me devora, arrebatándome el aire que acabo de recuperar. Dejo escapar un jadeo y, cuando se aparta, me muerde el labio hasta abrirlo.

Inhalo con fuerza, llenando de oxígeno mis pulmones. Todavía estoy mareada y apenas tengo fuerzas.

Sus labios vuelven a estrellarse contra los míos con una desesperación que nunca antes había sentido. La conexión resulta tan intensa que parece que pudiera sentir absolutamente todas sus emociones.

Le devuelvo el beso, intentando igualar su furia. Su lengua entra en acción y yo, sin saber muy bien qué hacer, imito sus movimientos. Gruñe contra mi boca y me levanta sujetándome por los muslos. Automáticamente, envuelvo su cadera con las piernas.

—Eres una tonta, Misery. —Se aparta apenas y habla contra mi boca, agitado—. Te contradices a ti misma. ¿No estabas huyendo de mí? ¿Dónde quedaron tus principios de niña buena?

—Bésame o mátame.

Le sostengo la mirada con toda la firmeza que me queda. Una de sus comisuras se curva en una débil sonrisa y sus ojos brillan con algo que no consigo descifrar.

Vuelve a besarme con la misma intensidad.

Rodeo su cuello con los brazos para atraerlo más hacia mí y tiro de su cabello un par de veces.

Gruñe y desliza una mano entre nuestros cuerpos. Levanta mi vestido y me embiste de una sola estocada.

Mi grito queda amortiguado por el beso mientras un ardor abrasador me recorre toda la columna.

Parece que va a besarme mientras me mata.

—Eso es, muñeca. Aguántamela toda.

Echo la cabeza hacia atrás con los ojos cristalizados. Cada empuje es una tortura y un placer absoluto al mismo tiempo. Gimo entre sollozos mientras abre mi chaqueta y su boca desciende hasta mis pechos, torturándolos a su antojo.

El cielo se desdibuja sobre nosotros.

O quizá es que realmente estoy viendo estrellas.

—Voy a arruinarte, Misery. Sentirás mi polla durante semanas, durante años. Ninguna te llenará como la mía. —Embiste hasta el fondo y clava los dientes en mi mandíbula—. ¿Echarás de menos que te folle así de duro, muñeca?

—Sí.

¿Acabo de decir que sí?

—Eres una sucia y me echas la culpa a mí.

—Oh, Dios, sí.

Gimo cuando alcanza un punto que me vuelve completamente loca. Su manera de follarme es aterradora, brusca y, lo peor de todo, es que me encanta.

—Puta madre. Te sientes tan bien... —maldice entre dientes sin detener sus movimientos.

El mundo a mi alrededor parece sumergirse bajo el agua. Los oídos me pitan, todo empieza a darme vueltas y lo único que siento es que voy a hacerme pedazos.

Voy a desmayarme.

Voy a morir.

No lo sé. Lo que suceda primero .

—King...

—Mierda.

Deja caer el rostro sobre mi cuello mientras la cabeza me da vueltas.

—King...

—Muñeca...

—Voy a… desmayarme.

Son tantas las sensaciones que invaden mi cuerpo que no creo poder soportar mucho más. Las fuerzas me abandonan y termino dejándome ir.

Lo último que escucho es la voz ronca del pelinegro, que todavía no le da tregua a mi cuerpo.

—Cavaste tu propia tumba, Misery.

Siento calor.

Hace tanto calor que incluso estoy sudando.

Me remuevo y, al estirarme, dejo escapar un quejido por la punzada de dolor que me atraviesa la zona íntima y el bajo vientre. Frunzo el ceño ante las molestias que asaltan mi cuerpo; parece que me ha pasado un tráiler por encima.

Cuando abro los ojos, no veo nada.

Está todo completamente oscuro.

Trago saliva y, al apoyar una mano en el suelo, esta se me resbala. El olor a tierra mojada se cuela por mi nariz y lo reconozco de inmediato. No corre ni una pizca de aire y tampoco se escucha un solo ruido. Me siento sofocada y sé perfectamente dónde estoy.

—¿King? —Mi voz retumba en el interior del agujero.

Me incorporo con dificultad, todavía atontada. Llevo una mano hasta la pelvis, donde el dolor se intensifica cada vez que me muevo, parecido a unos cólicos menstruales. Entonces escucho voces y gritos en el exterior.

Levanto la cabeza hacia la piedra que me cubre, tomo todo el aire que puedo y grito.

—¡Ayuda! ¡Sáquenme de aquí! ¡Ayuda!

Las cuerdas vocales me arden por el esfuerzo.

¿Por qué estoy aquí? ¿Él me trajo o…?

Solo recuerdo que me desmayé. Estábamos haciéndolo y todo empezó a nublarse debido al cúmulo de emociones. Mi cuerpo no lo soportó y colapsó. Sabía que algo así podía suceder. Por Dios, no tengo experiencia. Fue mi primera vez y él me follaba como si yo llevara años haciendo esto.

Sus últimas palabras resuenan en mi cabeza.

Habló de la tumba.

¿Es por eso que me dejó aquí? ¿Dónde está?

La piedra comienza a moverse y cierro los ojos en cuanto una luz cegadora se cuela por la abertura. Tardo unos segundos en acostumbrarme y, cuando por fin consigo distinguir a la persona que ha apartado la lápida, frunzo el ceño.

Podría haber esperado que fueran mis amigos, alguien de la fiesta o incluso King.

Lo último que esperaba encontrar era a la policía.

—Señorita, ¿se encuentra bien?

—Hay que sacarla de ahí.

—¿Puede levantarse? —pregunta el hombre de la linterna.

Asiento y me muerdo el labio para contener un quejido. Llevo la chaqueta negra completamente cerrada, así que no se ve nada.

Dos agentes me ayudan a salir y termino sentada junto al agujero. Observo a mi alrededor sin comprender por qué hay tantos policías recorriendo el cementerio con linternas.

El hombre que me ha ayudado me examina de arriba abajo, como si buscara alguna herida, antes de incorporarse.

—¡Tenemos una sobreviviente!

Mi corazón da un vuelco.