Beso Sombrío Gris #2
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Gris #2

De esta manera lo siento todavía más profundo. Mis músculos protestan, entumecidos, y el sonido de nuestros cuerpos chocando hace que todo resulte aún más indecente.

King alcanza un punto dentro de mí que consigue hacerme retorcer.

Siento un tirón en el cabello que me obliga a incorporarme sobre las rodillas. Su pecho queda pegado a mi espalda mientras recoge mi pelo alrededor de su mano y tira de él con fuerza.

Acerca la boca a mi oído y empieza a susurrarme palabras obscenas que me encienden todavía más, como si eso fuera posible.

No sé cuánto más podré resistir.

Siento que en cualquier momento voy a desmayarme de placer.

Los ojos se me cierran, pero vuelvo a abrirlos de golpe cuando una palmada azota mi trasero.

Chillo y me remuevo, molesta.

—Ojos abiertos, muñeca.

Bufo.

Después de unos minutos, me suelta y empuja mi rostro contra el suelo, dejándome con el trasero levantado. Estoy a punto de quejarme cuando un gemido escapa de mis labios.

Apoyo la frente contra la tierra y recibo cada una de sus arremetidas bruscas.

Las lágrimas de placer se deslizan por mis mejillas hasta caer al suelo.

¿Cuándo va a terminar?

Un nuevo calor empieza a concentrarse dentro de mí y tengo la sensación de que esta vez será todavía más intenso.

—¡Ay, por Dios!

—Joder, Misery.

Escuchar mi nombre salir de su boca de esa manera, desesperado y con la voz ronca, me mata.

—King…

—Me estás estrangulando tan rico… Vente conmigo, muñeca.

Y eso hago.

Me rompo en pequeños pedazos y lloriqueo ante todas las sensaciones que desbordan mi cuerpo. Sus movimientos se vuelven más erráticos y noto cómo su miembro se hincha hasta que, de pronto, siento algo cálido derramarse en mi interior.

Nuestras respiraciones agitadas son lo único que se escucha a nuestro alrededor.

King deja caer el cuerpo sobre el mío y me aplasta ligeramente contra el suelo.

Tardo unos segundos en recomponerme.

Dejo escapar un jadeo cuando siento que se retira de mi interior y un líquido espeso y caliente empieza a deslizarse por mis muslos.

¿Eso es…?

Su respiración roza mi oreja y consigue que vuelva a erizárseme la piel.

—Tú sabrás qué haces con eso.

Sus palabras resuenan en mi cabeza. Permanezco en la misma posición durante unos minutos, intentando estabilizarme de nuevo.

De verdad me siento como una muñeca, tal y como él me llama, pero una maltrecha, utilizada a su antojo.

Y eso debería hacerme sentir mal o molestarme.

Pero no lo hace.

Creo que mañana mismo pediré cita con algún psiquiatra que tenga un hueco libre en la agenda.

Cuando consigo ponerme de pie, las piernas me tiemblan. Siento como si me hubieran prendido fuego entre las piernas y mejor ni hablar de esas palpitaciones placenteras que todavía no desaparecen. Es como si aún tuviera el miembro de King dentro de mí.

Apenas doy un par de pasos, hago una mueca y tengo que sostenerme del tronco del árbol más cercano. Cierro la blusa rota como puedo.

No sé cómo voy a salir de aquí con la ropa hecha jirones. Ni siquiera mi sujetador se ha salvado.

Dejo escapar un suspiro hasta que siento algo pesado caer sobre mis hombros. Giro apenas la cabeza y descubro la chaqueta del pelinegro. La sujeto antes de que resbale.

Le doy las gracias en un susurro y asiente antes de alejarse.

Quiero pensar que intenta darme algo de espacio, así que no le doy demasiada importancia.

Me limpio los muslos con la blusa destrozada. Ya no me sirve de nada, así que tampoco me importa terminar de arruinarla. Me abrocho la chaqueta y guardo el sujetador en uno de los bolsillos. No pienso dejar mi ropa tirada en medio del cementerio.

Aunque no tengo ni idea de dónde han terminado mis bragas.

Suspiro hondo al sentir un ligero dolor en la parte baja del abdomen. Giro despacio y me doy cuenta de que estoy sola. Hago un barrido rápido a mi alrededor, contemplando el lugar desolado, y un balde de agua fría parece caerme encima cuando la decepción se instala en mi pecho.

No sé qué me sorprende, si era algo que iba a pasar tarde o temprano esta noche.

Parpadeo varias veces para ahuyentar las lágrimas.

No puede ser, Misery. No puedes llorar por un hombre al que ni siquiera conoces. Te dio orgasmos fascinantes, sí, pero hay que aceptar que está un poco loco.

Tú también…

Además, nunca vas a volver a verlo. Es mejor que se marche sin decir nada. Despedirse habría sido más difícil.

Camino despacio hacia donde se celebra la fiesta. Estoy por lo menos a diez minutos si avanzo a este ritmo, porque el cementerio es enorme. No he dado ni cinco pasos cuando una voz ronca me detiene.

—¿Adónde crees que vas?

Giro la cabeza.

King está de pie a unos dos metros de distancia y lleva apoyada sobre el hombro la misma hacha con la que lo vi antes. Se ve oscuro, imperturbable, sombrío bajo ese maquillaje que ahora está ligeramente corrido.

Me relamo los labios resecos.

—Voy a la fiesta. Con mis amigos.

Arquea las cejas y da un solo paso en mi dirección.

Su aura ha cambiado por completo.

—No he terminado contigo, Misery.

Frunzo el ceño, sin comprender de todo.

¿No ha terminado?

—¿Qué quieres decir?

—Gris.

La palabra de seguridad escapa de sus labios y todo el aire abandona mis pulmones.

Como dije antes, sabía que esto terminaría tarde o temprano. Eso no hace que la desilusión que se instala dentro de mí duela menos.

—Bueno, ahora sí terminaste.

Intento que mi voz no suene apagada ni revele que estoy a punto de echarme a llorar. Podré ser demasiado sensible, pero necesito mantener mis emociones a raya.

—Oh, no, Misery. La mejor parte apenas comienza.

Da otro paso hacia mí y esta vez sí retrocedo, todavía con el ceño fruncido.

—¿De qué hablas?

—Corre.

—El juego terminó, King. Tú lo terminaste. —Lo observo confundida. Su indecisión empieza a molestarme—. No voy a correr.

Sus ojos parecen oscurecerse varios tonos y juraría que frunce el ceño durante unos segundos.

—Bien. Entonces voy a matarte fácilmente.

—¿Qué? —Retrocedo a medida que se acerca con el hacha en la mano—. No estás hablando en serio.

—Corre.

—Deja de jugar, King.

—¡Corre, Misery!

Su grito retumba por todo el cementerio. Incluso los pocos cuervos que descansan sobre los árboles alzan el vuelo de golpe.

Empiezo a correr tan rápido como me lo permiten las piernas y dejo escapar un quejido cuando un tirón me atraviesa la parte íntima. Me llevo una mano al bajo abdomen y me trago tanto las protestas como los insultos dirigidos al causante de mi dolor.

Ha dicho la palabra de seguridad.

Y que ahora me persiga con un hacha en la mano no tiene nada de divertido.

Esta vez es diferente.

No parece un juego.

Se siente real.

Como si de verdad fuera a matarme.