Beso Sombrío Gris
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Gris

La corteza raspa mis palmas. Trago saliva y se me eriza todo el cuerpo al sentir sus manos subir por mis muslos mientras levanta la falda.

Sus palmas ahuecan mis nalgas y mi cuerpo reacciona por sí solo. Arqueo la espalda y rozo el trasero contra sus pantalones. Pega su mejilla a la mía, sonriendo.

—Mi muñeca impaciente.

Una bofetada en la nalga derecha sacude mi cuerpo y doy un respingo por la sorpresa. Después desliza la palma abierta sobre la piel, como si quisiera aliviar el escozor, antes de volver a azotarme.

Me muerdo el labio para contener el grito.

Sus dedos se deslizan por mi feminidad mojada y separo un poco más las piernas. Gimo mientras apoyo la frente contra el tronco.

—King...

—¿Estás desesperada por que te folle?

—Sí.

Grito al sentir otra nalgada.

—Atrevida. Estás chorreando por mi polla.

Sus palabras no hacen más que intensificar las sensaciones. Cada vez que me muevo, mis pechos rozan contra el sujetador y quisiera quitármelo. Quisiera estar desnuda ahora mismo.

Sin pudor.

Sin que me importara que alguien pudiera vernos.

Debería salir corriendo del cementerio. Y no hablo de correr para provocarlo, sino de hacerlo de verdad. Decir la palabra de seguridad, encerrarme en mi habitación bajo las sábanas y beber agua bendita.

Sin embargo, eso significaría no hacer lo que realmente quiero.

Sentirme viva por una vez en la vida, sin pensar en las consecuencias ni en lo que ocurrirá mañana.

Mañana será otro día. Iré al cine con mi amiga, como prometimos.

—Por favor.

—Eso es… Ruégame. Ruega que te folle.

—Por favor.

—Dilo, Misery —susurra junto a mi oído.

Su voz suena tan agitada y necesitada como la mía. Sus dedos se mueven con mayor rapidez y un gemido se me escapa.

—Dilo, muñeca.

—Por favor, fóllame, King.

Un estremecimiento me recorre al escuchar la cremallera de sus pantalones. La boca se me seca y trago saliva.

Me gira bruscamente para obligarme a mirarlo.

—Quiero ver tu cara cuando estés llorando por culpa de mi polla.

Con un solo movimiento, me arroja al suelo. Hago una mueca por el golpe, pero no intento levantarme ni escapar.

Eso parece ensanchar su sonrisa mientras termina de desabrocharse los pantalones.

Trago saliva y retrocedo apenas unos centímetros. Me agarra del tobillo y me arrastra hacia él de nuevo.

Grito y me retuerzo, intentando apartarlo, pero una de sus manos me inmoviliza las muñecas mientras se inclina sobre mi cuerpo.

—Reaccionaste muy tarde, muñeca.

—Quizá no quería reaccionar.

Su sonrisa siniestra se ensancha.

—Tan necesitada de mí.

Deja un par de besos en mi cuello y, sin que lo vea venir, tira de las cintas del corsé y baja la cremallera, liberando mi cuerpo de ese horrible instrumento opresivo.

Lo arroja a un lado y, acto seguido, empieza a arrancar los botones de mi blusa como si no soportara esperar ni un minuto más.

Mi sujetador corre la misma suerte y mis pechos quedan al descubierto.

—El necesitado parece otro...

Su mirada brilla, intensa, encendida.

No aparta los ojos de mi cuerpo y debería cohibirme, porque es el primer hombre que me observa de esa forma. Sin embargo, hay algo en sus ojos que, en lugar de hacerme sentir vulnerable, me hace sentir poderosa.

—Quítate la camisa.

—El que da las órdenes aquí soy yo, muñeca.

Hago una mueca. Quiero ver aunque sea un poco de su piel, ese abdomen duro que toqué unos minutos atrás. Pero lo único que hace es quitarse la chaqueta y arrojarla a un lado. Debajo lleva una camisa negra de manga larga que me priva incluso de la visión de sus brazos.

Su mano derecha me sujeta por la mandíbula, justo donde asoma el tatuaje.

Gira mi rostro hacia un lado y desliza los labios por mi piel hasta alcanzar el cuello. Contengo la respiración cuando desciende hacia mis pechos y busco algo a lo que aferrarme. Termino sujetándome de sus hombros.

Se me eriza todo el cuerpo al sentir su aliento sobre uno de mis pezones. Entreabro los labios cuando su boca se apodera de él. Al principio es delicado, casi como si lo estuviera probando, pero enseguida sus dientes entran en juego y jadeo mientras arqueo la espalda.

Su otra mano cubre mi pecho libre, que reclama la misma atención.

Sus caricias consiguen que me humedezca todavía más. Quisiera juntar las piernas y frotarme, pero su cuerpo sobre el mío me lo impide, así que termino envolviendo una pierna alrededor de sus caderas y me froto contra él.

Gimo al sentir su miembro duro contra mi feminidad.

He perdido la cordura. Ahora mismo no me importa nada más que ser follada por King. Los pensamientos coherentes que tenía al principio se han desvanecido como neblina en el aire.

King magulla mi piel a su antojo y hago una mueca al sentir sus mordiscos y succiones. Sus dedos palpan mi entrada y acaricia mi clítoris, volviéndome loca. Gimo mientras ladeo la cabeza y él aprovecha para subir hasta mi cuello y succionar la piel. Entierro las uñas en sus hombros.

Sus manos acomodan mis caderas mientras me sube el vestido. Abro los ojos al sentir la punta de su miembro en mi entrada. Su mano derecha se cierra alrededor de mi cuello.

—Mírame. Quiero que me estés mirando cuando te arruine.

Apenas consigo mantener los ojos abiertos por las caricias y la anticipación de lo que está a punto de ocurrir. Me muerdo el labio. Aparta mis manos de su cuerpo y yo, necesitando aferrarme a algo, aprieto la tierra entre los dedos.

Me separa aún más las piernas antes de embestirme. La invasión no es gentil, aunque tampoco esperaba que lo fuera. Desde el principio dejó bastante claro lo que quería de mí y yo lo acepté.

El movimiento arde. Quema.

Me muerdo el labio para contener el grito, pero, con el segundo empuje, ya no puedo evitarlo. Los ojos se me llenan de lágrimas.

Acerca la boca a mis labios, respirando con dificultad.

—Relaja el cuerpo. Estás tan tensa que siento que vas a partirme.

—Tú eres quien va a partirme en dos.

Lo observo a través de los ojos empañados y él deja escapar una risa burlona. Pasa la lengua por una de las lágrimas que consigue escapar, como si pretendiera consolarme.

—Y eso que todavía no ha entrado todo, muñeca.

—¿Qué?

El corazón empieza a latirme a mil por hora.

Baja la boca hasta mis pechos y vuelve a prestarles atención mientras su pulgar acaricia mi clítoris, haciendo que me humedezca todavía más.

Gimo y echo la cabeza hacia atrás. Con cada movimiento siento cómo abre mi interior y mantiene ese ritmo durante un par de minutos, dándome tiempo para acostumbrarme poco a poco a su tamaño.

Dejo de estar tan tensa y comienzo a relajar el cuerpo. La invasión todavía escuece, pero el dolor empieza a mezclarse con el placer de una forma que consigue excitarme aún más.

Estoy enloqueciendo.

King parece darse cuenta porque empieza a aumentar el ritmo de las embestidas. Entreabro los labios, abrumada por todas las sensaciones que atraviesan mi cuerpo.

—Espera… Duele…

—Mentirosa. Lo estás disfrutando.

—King…

—Te duele. —Empuja de nuevo—. Pero te gusta.

La espalda me escuece por la fricción contra el suelo. Los movimientos medidos quedan atrás y empieza a follarme con más profundidad y fuerza. Mis gritos y lloriqueos se mezclan con su respiración agitada mientras sus dedos se hunden en la piel de mis caderas para sujetarme con mayor firmeza.

Por cómo grito, cualquiera pensaría que me están matando en lugar de follando.

Quizá muera hoy.

Follada en el cementerio por un desconocido con disfraz de calavera. La noche de Halloween.

El día de mi cumpleaños.

—Mierda, muñeca. Tu coño succiona muy bien mi polla. ¿Te gusta?

Me muerdo el labio mientras resisto y acepto cada una de sus embestidas. Apenas asiento, me sujeta las mejillas con fuerza.

Abro más los ojos cuando aumenta el ritmo.

Es como si me odiara. Como si quisiera hacerme daño.

Eso debería asustarme y, sin embargo, me aterra mucho más descubrir que todo esto solo consigue excitarme todavía más. Siento la humedad deslizándose por mis muslos.

King folla como un loco, como un demonio al que no le importa nada salvo su propio placer mientras arremete contra mi débil cuerpo.

—No contengas tus gemidos. Quiero escucharte, Misery —susurra contra mis labios.

Los entreabro, esperando al menos un beso que nunca llega.

—King… King... King...

—Eso, muñeca.

—Por favor...

—Suplícame. Dime qué quieres.

Grito entre sollozos mientras intento apartar el rostro de su agarre. Las sensaciones son tan arrolladoras que apenas consigo pensar. No disminuye el ritmo en ningún momento; al contrario, lo intensifica de vez en cuando, golpeando su pelvis contra la mía.

—Oh, Dios… Sí.

—¿Sí? ¿Te gusta? Respóndeme.

Desliza esa misma mano hasta mi cuello y aprieta.

Tendré la marca de sus dedos dibujada en la piel durante días.

—Sí, sí, sí.

—Eres una zorrita a la que le gusta que la follen duro.

Una bola caliente comienza a concentrarse en mi abdomen y siento mi cuerpo contraerse alrededor de su miembro, arrancándole un gemido.

—Mierda.

Muevo las piernas como si quisiera apartarlo. Entierro las uñas en uno de sus brazos y termino rompiéndome en pedazos antes de gritar.

Mis pechos rebotan con el vaivén de su cuerpo y las embestidas no se detienen ni siquiera mientras tiemblo por mi primer orgasmo de verdad.

La vista se me nubla durante unos segundos.

Solo alcanzo a distinguir el cielo oscuro y la copa de los árboles.

Me muerdo el labio con tanta fuerza que termino sintiendo el sabor metálico de la sangre en la boca. El pelinegro se inclina y succiona mi labio. Después me relamo despacio, sin apartar la mirada de sus ojos.

Tiene unos ojos muy bonitos, grises como las nubes que anuncian tormentas.

Un gemido escapa de su garganta. De pronto, se aparta y frunzo el ceño. Me agarra de las caderas, me gira y termina dejándome a cuatro patas.

Las piernas me tiemblan por la nueva posición y entierro los dedos en la tierra.

Sus manos acarician mi trasero antes de volver a hundirse en mi interior.

Entreabro los labios.