Beso Sombrío Premio
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Premio

Abro los ojos observando la luz de la luna entrar por los tragaluces. Tendida así sobre la lápida, me siento la ofrenda de un sacrificio. Apenas mis pies tocan el suelo, las piernas me tiemblan y percibo un latido placentero en mi centro que me obliga a morderme el labio.

Todo se encuentra en completo silencio; desconozco cuántos minutos han transcurrido. Me toma un instante recomponerme: me aplaco el cabello y aprieto los muslos, sintiendo aún la humedad entre ellos.

No puedo creer que esté sin bragas y que haya permitido que un desconocido me tocara de esa manera.

¿Estaré bien de la cabeza? Esto no puede ser normal; quizá necesite un psiquiatra después de esto. Me estoy volviendo tan retorcida como todo lo que me rodea.

Me limpio un poco las mejillas; el maquillaje que me hizo Gema seguro es un desastre.

Al salir, un frío lúgubre me azota la cara.

El paisaje resulta abrumadoramente solitario.

Me abrazo a mí misma en busca de King; no creo que se haya ido así como así.

La fiesta se siente lejana… ¿Estarán preocupados mis amigos o no les importaré en absoluto?

Se han quedado con mis pertenencias y no quiero que se vayan sin mí.

Camino entre las tumbas rodeada por una neblina densa que ha comenzado a posarse sobre el suelo. Ignoro qué hora es, pero siento que esta noche ha durado siglos. Me relamo los labios al percibir los ligeros cortes provocados por mis propios dientes y vuelvo a morderlos en un acto masoquista.

Me subo a una lápida para tener mejor perspectiva. Estoy a punto de llamarlo cuando siento una respiración tibia en la nuca:

—¿Me buscas, muñeca?

Me giro, topándome de frente con esa mirada gris. No entiendo cómo logra verse tan impecable, tan sereno, sin que se le haya corrido el maquillaje. Yo, en cambio, debo de parecer un desastre andante.

—¿Qué hacías?

—Platicando.

Frunzo el ceño.

—¿Con quién? Si no hay nadie más aquí.

Busco con la mirada por encima de su hombro, pero solo obtengo una leve risa por su parte; un hoyuelo se le marca en la mejilla izquierda.

—Estamos rodeados de gente, Misery.

Lo observo confundida. Apoyo la palma en su frente para comprobar si tiene fiebre, pero su piel está helada; retiro la mano deprisa.

—¿Estás enloqueciendo?

—Tal vez.

—Estamos rodeados de gente… que está muerta.

—Eso no es un impedimento para conversar con ellos. —Camina hacia un monumento de piedra—. Pia Fletcher —lee el nombre grabado en la losa—. ¿Cómo te va por allá? ¿Hace frío o calor? Porque aquí hace un frío que te cagas.

Una carcajada se me escapa sin que pueda contenerla; resulta absurdo y gracioso verlo hablar de esa forma. Se desplaza hacia otra tumba y se pone de cuclillas.

—Oye, ¿qué tal, Thomas? Llevas ahí treinta años, hermano. ¿No te resulta cansado? Siempre en la misma posición… Seguro que tienes un dolor de espalda terrible.

Niego entre risas, bajo del pedestal y leo la inscripción más cercana para seguirle el juego:

—Siento haberte pisado, Grace. No era mi intención.

Percibo sus pasos a mis espaldas. King se coloca a mi lado con las manos hundidas en las bolsas de la chaqueta.

—Dice que ahora tendrás que barrer el polvo de su tumba por toda la eternidad.

—¡Qué mentiroso! —le doy un empujón, riendo.

El hombre deja escapar una risotada mientras agacha la cabeza y se aleja unos pasos.

Admiro su sonrisa: es sumamente atractiva. Se le nota relajado. Lo sigo en silencio hasta que se detiene frente al mausoleo del que salí hace unos minutos.

—¿Qué dirá este? Seguro que le diste un show extraordinario.

Las mejillas se me encienden y la sonrisa se me desvanece de pura vergüenza.

—Profanamos su recinto sagrado.

— Profanaste . Yo no hice nada. —Levanta las manos, deslindándose de toda responsabilidad.

—¡Fue culpa tuya!

—La que estaba semidesnuda y gritando mi nombre eras tú —se gira hacia mí con una sonrisa ladina.

Entreabro la boca sin saber qué responder; siento el rostro y el cuerpo arder a más no poder. Si antes hacía frío, ahora ni lo noto. Su mirada de tempestad gris me atraviesa con tal intensidad que quema.

—La culpa es tuya.

—¿Por qué? —Eleva una ceja.

—Grité por tu culpa.

La leve sonrisa que mantenía se ensancha.

Se aproxima a pasos medidos hasta quedar a escasos centímetros de mí; levanto la cabeza para sostenerle la mirada.

Retira un mechón de mi cara y lo acomoda tras mi oreja.

Entreabro los labios cuando desvía la vista hacia ellos.

Se acerca un poco más y cierro los ojos pensando que va a besarme, pero apenas percibo un leve roce en la piel.

—Todavía te falta gritar más.

Abro los párpados al ver que el beso nunca llega. Sigue ahí, observándome con detenimiento mientras nuestras respiraciones se entremezclan.

—¿Más?

—Más.

Me sujeta de la mandíbula y me gira la cabeza hacia la izquierda para pegar sus labios fríos a mi tez ardiente. Todo el cuerpo me vibra de anticipación y percibo un latido placentero en mi centro.

—¿Ves aquel árbol?

Enfoco la mirada donde señala, aunque me sienta ebria por un placer exquisito.

—Sí.

—El que llegue primero se lleva un premio .

—¿Un premio?

—Sí, muñeca.

—No es justo, vas a ganarme.

Siento su sonrisa dibujada sobre mi piel. Se aproxima a mi oído y susurra:

—Entonces corre de una vez.

No lo pienso dos veces: me zafo de su agarre y echo a correr. La adrenalina vuelve a elevarme alto, aunque esta vez es diferente: hay expectación.

El tronco hacia el que me dirijo es corpulento, de aspecto viejo y retorcido. Posee numerosas ramas delgadas y desnudas que cuelgan hacia el suelo, dándole una apariencia de cortina. Luce melancólico y lúgubre, especialmente rodeado de neblina y tumbas.

Rodeo una lápida y llego casi tropezándome. Apenas toco la corteza, toso entre risas debido al esfuerzo.

—¡Gané! ¡Gané! —salto, eufórica, al tiempo que lo observo aproximarse a pasos calmados—. ¡Gané!

—Ganaste. —Sonríe.

—Gané. —Sonrío, llevándome una mano al pecho—. ¿Qué gané?

Su mirada muta hacia un matiz más oscuro. Se acerca, me sujeta el cabello con un puño y, con la otra mano, comienza a desabrocharse el pantalón.

—Una paleta.

—¿Una paleta? —Trago saliva—. ¿De las que se muerden?

—No, muñeca. Esta no se muerde, solo se chupa.

—Ah...

—Sí, ah. Abre la boca.

La presión de su agarre me empuja hacia el suelo; las rodillas me duelen por las piedritas que se incrustan en la piel.

—Yo… yo no sé hacer esto.

—Yo te guiaré. —Acaricia mi labio inferior con el pulgar.

Bajo la vista hacia su ingle y abro los ojos con asombro: piel rosada y venas marcadas. La boca se me hace agua de pronto; siempre pensé que el miembro masculino era desagradable a la vista.

¿Cómo es posible que este me parezca bonito?

—No creo que eso me quepa en la boca.

—Tampoco te va a caber en el coño, muñeca, pero haremos que entre aunque grites.

Trago saliva. Aproxima la punta a mi rostro y me golpea la mejilla, dejándome pasmada.

—Abre la boca.

Hago lo que me ordena. Aprieto las piernas en la posición en la que me encuentro. Saboreo el glande e imagino que realmente se trata de un dulce; chupo mientras observo detenidamente su reacción.

Me sujeta con más fuerza de la melena y me empuja, obligándome a acogerlo un poco más profundo.

—Saca la lengua. —Lo hago sintiendo que los ojos se me llenan de lágrimas por la tensión; es tan grande que me duele la mandíbula—. Así es, lo estás haciendo bien.

Respiro por la nariz. Elevo las manos y le acaricio la base, provocando que una maldición se le escape de entre los labios. Los vídeos que he llegado a ver tienen que servir de algo en la práctica. Verlo apretar los dientes y entreabrir la boca solo consigue que me humedezca aún más.

Aprovecho que lo estoy tocando para deslizar una palma por su abdomen; noto su piel firme y tensa, fruto de una anatomía muy bien trabajada.

Lo imagino sin camisa y eso me estimula a succionar con mayor ímpetu.

Su piel se eriza y me aprisiona la cabeza con ambas manos, marcando un par de embestidas.

Permito que use mi boca a su antojo y muevo la cabeza de delante hacia atrás para acompasar sus movimientos.

—Eso es, muñeca. Te ves preciosa así, de rodillas ante mí. —Las venas se le saltan en el cuello por el esfuerzo—. Ah, mierda… Justo como te imaginé .

Sus palabras me incitan a succionar con más fuerza, a pesar del malestar.

Aprieto su base con ambas manos hasta que se retira unos centímetros.

Aprovecho el margen para tomar aire y tragar saliva, sintiendo los muslos pegajosos.

Le deposito un pequeño beso en la base sin dejar de acariciarlo; sus manos retiran los mechones de mi cara.

El frío que sentía hace unos minutos se ha esfumado por completo.

Ahora la piel me arde. Me quema.

Siento que en cualquier momento voy a arder en llamas y que mi única salvación es este hombre frente a mí.

Frota su miembro contra mi cara, manchándome con mi propia saliva y con su liquido preseminal. Es algo que jamás creí que me dejaría hacer; todo esto dista demasiado de mi realidad habitual. Hoy no soy Misery: soy otra persona.

—Eres una chica muy buena… —murmura con voz ronca—. Una que va a dejar que le folle la boca como se me antoje.

Vuelvo a probar la punta, degustando su sabor sin apartar mis ojos de los suyos.

—¿Y tú que eres? —pregunto solo para seguirle el juego.

—Soy malo.

—¿Qué tan malo?

—Malo. Muy malo.

Pienso que lo dice por lo que estamos haciendo, pero algo me dice que no se refiere precisamente a eso. Aun así, no le presto demasiada atención y sonrío.

Me recoge el cabello en una coleta y tira de él hacia atrás.

Un quejido se me escapa cuando el dolor se dispara por mi cuero cabelludo y King aprovecha ese instante para intensificar lo que está haciendo.

Apoyo las manos en sus muslos, intentando mantenerme firme mientras el aire empieza a faltarme y las lágrimas terminan escapando de mis ojos.

La sensación debería alertarme. Debería hacerme detenerlo, utilizar la palabra de seguridad que él mismo me obligó a elegir antes de empezar.

Debería.

Pero no quiero que pare.

Quizá haya algo profundamente retorcido en mí, porque, incluso con el corazón desbocado y el cuerpo al límite, verlo así está acabando conmigo. Mis pliegues cada vez están más húmedos, intensificando ese placer cuando mis pulmones arden, desesperados por aire.

Podría morir aquí de la manera más estúpida posible y, sinceramente, preferiría que nadie incluyera los detalles en mi expediente.

Aunque, al menos, moriría feliz.

Con la imagen de King embistiendo mi boca, el cabello sudado pegado a su frente y esos ojos color tormenta, tan oscuros y dilatados.

Sus gemidos roncos son lo único que escucho, junto con mis esfuerzos por apartarlo y conseguir respirar.

Se aleja un poco, dándome tregua, y después vuelve a embestir.

Un zumbido agudo me llena los oídos y siento que voy a desmayarme.

—Joder, muñeca.

Su miembro se hincha. Echa la cabeza hacia atrás y aguanto un poco más mientras las lágrimas me empapan las mejillas.

Dos minutos después, su semen se dispara dentro de mi boca y una arcada me sacude. El pelinegro me sostiene con fuerza sin sacar su miembro.

—Traga.

Hago lo que me pide con dificultad y, cuando por fin me suelta, toso un par de veces mientras apoyo las palmas sobre la tierra. Me duele la boca por el esfuerzo y siento que el corazón va a salírseme del pecho. Todavía tengo la sensación de su longitud alcanzándome hasta las anginas.

Me relamo los labios, que me hormiguean, y me limpio la boca con el dorso de la mano. Después me siento sobre mis piernas, intentando regular la respiración y asimilar lo que acaba de pasar.

Todavía tengo su sabor en la boca. Pensé que sería desagradable; sin embargo, no lo es.

O quizá ya terminé de volverme completamente loca.

Una ligera caricia en la barbilla me hace abrir los ojos. King sonríe mientras me acaricia el labio inferior con el pulgar. Se acerca y pasa la lengua por una de mis mejillas. El aire escapa de mis pulmones cuando repite la acción del otro lado, lamiendo el rastro de lágrimas.

—¿Te gustó? —me atrevo a preguntar, con las mejillas encendidas.

—Estuviste increíble.

—¿En serio?

Su agarre sobre mi mandíbula se endurece.

—No lo dudes, Misery.

Me ayuda a ponerme de pie. Las piernas me tiemblan un poco, y eso que no me ha tocado en ningún momento. Solo ha usado mi boca a su antojo.

El aire sopla y agita mi cabello. Echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que nos hemos alejado demasiado. Observo las luces tenues a lo lejos y un estremecimiento me recorre el cuerpo con tanta intensidad que hasta los pezones se me endurecen.

Dirijo la mirada hacia el hombre que tengo delante, que me repasa en silencio.

—¿Qué?

Mi pregunta seca le arranca una sonrisa.

Da un paso hacia mí con las intenciones pintadas en el rostro.

—¿Dulce o travesura?

Trago saliva mientras aprieto los puños contra la falda del vestido.

—Travesura.

—Voy a follarte tan duro que me sentirás dentro de ti durante días.

Te dolerá tanto que vas a gritar y no voy a detenerme, Misery…

a menos que tú quieras que lo haga. —Me sujeta las mejillas con una sola mano y habla contra mis labios con una voz tan ronca y baja que me derrito—.

Voy a arruinarte. No serás la misma después de esto y anhelarás volver a sentirte así.

—King…

Me gira bruscamente y me pega contra la corteza del árbol. El cuerpo me hormiguea por la anticipación y me muerdo el labio.

—Ahora... Palmas contra el árbol.