Mausoleo
No sé cuánto tiempo llevo corriendo. Todo a mi alrededor se ve desolado, tétrico y tenebroso. Me pregunto una y mil veces si lo que estoy haciendo está bien, mientras mi parte más racional intenta hacerme entrar en razón y convencerme de que me estoy volviendo loca.
Quizá sí.
No creo estar muy bien de la cabeza si me calienta que un hombre al que no conozco me persiga por un cementerio.
Tiro a la basura mi lado correcto y rodeo una lápida sin saber dónde esconderme.
—Piensa rápido, Misery.
Echo un vistazo a mi alrededor hasta que mis ojos se detienen en un mausoleo cuya puerta está ligeramente entreabierta. Me acerco mientras las hojas crujen bajo mis botas y trago saliva antes de empujar la puerta de concreto. Cede sin demasiado esfuerzo.
Desde fuera se ve terrorífico y descuidado, rodeado de polvo y plantas, así que me sorprende encontrar el interior bastante limpio.
Vuelvo a cerrar y frunzo la nariz mientras toso un poco por el polvo que levanta la puerta.
Hay al menos cuatro columnas alrededor de una lápida alta y, en medio, una estatua de lo que parece ser un ángel con los brazos abiertos y las palmas hacia arriba, como si rogara por el alma que yace aquí.
Me muerdo el labio mientras observo los detalles de la cripta. Hay un par de flores marchitas y algunas hojas desperdigadas. La única luz entra por los orificios del techo, bañándolo todo con la claridad pálida de la luna.
Todo se siente frío y antiguo, como si este lugar llevara siglos detenido en el tiempo. Observo por las ventanas el silencio del exterior y me pregunto si King estará buscándome. El cementerio es enorme, así que no creo que le resulte fácil encontrarme.
Leo el nombre grabado en la lápida y trago saliva. Espero que me perdone por haberme metido en la que ahora es su casa sin pedir permiso.
Pasan por lo menos tres minutos. Mantengo la espalda pegada a la piedra fría de la pared mientras la tensión me envuelve, aunque no dejo de estar alerta.
Escucho un ligero movimiento en el exterior y aprieto las manos.
Una sombra aparece frente a una de las ventanas, la respiración se me agita e intento mantenerla bajo control.
De pronto, la puerta se abre de golpe y dejo salir un grito con el corazón en la garganta.
Un cuerpo enorme, vestido completamente de negro, entra en el mausoleo. Esta vez hay algo distinto en el aura que lo rodea. Sé que se trata de King, pero, por alguna razón, no parece él.
Sus ojos se clavan en mí y una sonrisa sombría le surca los labios. Retrocedo mientras el miedo vuelve a recorrerme el cuerpo.
—¿King?
Cierra la puerta a su espalda, dejándome sin escapatoria, y nos observamos durante apenas unos segundos antes de que se abalance hacia mí.
Grito y corro hacia el lado contrario. La tumba de piedra queda entre nosotros y el cuerpo me tiembla, atrapado entre la anticipación y el miedo. Cuando intenta acercarse por un extremo, corro hacia el otro, y eso parece irritarlo cada vez más.
Verlo con el hacha entre las manos solo consigue hacerme pensar que quiere matarme.
Y eso, por más que me excite, también me aterra.
Observo de reojo la puerta y esa mínima distracción es suficiente para que salte por encima de la tumba de piedra y quede frente a mí.
Grito al retroceder, pero ya no tengo tiempo de correr: sus enormes manos me aprisionan contra la pared tras de mí.
Antes de que vea pasar mi vida entera frente a los ojos, arroja el hacha al suelo y se abalanza directo a mis mallas de red, comenzando a desgarrarlas.
Es ahí donde salgo de mi asombro y le aparto los brazos con ferocidad, luchando.
—¡No me toques! —Empujo su cuerpo y clavo las uñas en su piel expuesta—. ¡Sucio asqueroso!
Su mano libre me sujeta de la nuca y me da la vuelta, pegando mi mejilla a la fría pared; la presión de su anatomía sobre la mía es tan brutal y firme que me roba el aliento.
—La puta sucia eres tú, que por más que grita, anhela ser profanada. Te mueres porque mi polla abra tu coño, ¿cierto?
—No es cierto…
—¿No? ¿Y entonces por qué chorreas tanto?
Parpadeo un par de veces y aprieto las piernas.
Dios mío, estoy tan mojada.
Estoy tan empapada que resulta vergonzoso.
Esto no debería calentarme, no tendría que causarme nada más que repulsión.
Empujo su musculatura con todas mis fuerzas, pero no logro moverlo ni un centímetro; en cambio, siento algo rígido justo en mi espalda baja. La boca se me hace agua y niego.
—¡Déjame! ¡Suéltame!
No dejo de luchar ni un solo segundo. De un tajo, una de sus manos me arranca la ropa interior y una brisa helada me recorre la intimidad. Jadeo y, en cuanto me voltea, entierro los dientes en lo primero que tengo cerca: su brazo. King se queja antes de arrojarme contra el suelo.
Si mis rodillas ya estaban magulladas, ahora se resienten aún más.
Me aparto la cabellera del rostro y gateo sin detenerme.
—Maldita perra.
Lo único que resuena dentro del mausoleo son nuestras respiraciones agitadas y el silbido del aire atravesando las grietas. No logro avanzar mucho cuando un tirón en el pelo me detiene; suelto un alarido de dolor, sintiendo que en cualquier momento me arrancará un mechón.
—Te resistes tanto que solo consigues hacerme enojar y postergar lo inevitable.
—No.
—Sí. Me estás cabreando y vas a lograr que te folle antes de lo previsto.
—No quiero… No quiero que me toques. —Me remuevo para que me suelte, pero solo provoco que su agarre se intensifique.
—Sí quieres. Te mueres por sentir mi polla dentro, por venirte como se debe y por que algo más que tus dedos entre en ese coño apretado.
Niego, sintiendo cómo las lágrimas se agolpan en mis ojos. Observo la gran puerta cerrada: no hay escapatoria.
Al sentir que me levanta del suelo, aprovecho para tirarle del cabello, arañarle la piel y morderlo. Me deposita sobre la lápida y me inmoviliza las muñecas.
—Basta. ¡Basta! —grito contra su rostro.
Sonríe, fijando la vista en mis ojos llorosos.
—Lo único que consigues es excitarme más —susurra sobre mi boca—. Sabes cómo detener esto, lo sabes… y, aun así, no lo haces. No quieres parar.
—Maldito mentiroso asqueroso.
—Vaya… la niña buena maldiciendo. Eso es nuevo.
Con pasmosa facilidad, me recuesta sobre la losa helada y me aprisiona las muñecas contra el pecho; su cadera se abre paso a fuerza entre mis piernas. El roce de su pantalón hace estragos en mi piel sensible; cualquier contacto me vuelve histérica.
—¡Suéltame! —pataleo, tendida sobre la piedra—. ¡Ayuda! ¡Ayuda!
—Grita. Grita todo lo que quieras. Nadie va a escucharte y, si alguien lo hace y viene… —Se inclina sobre mí, aplastándome; el maquillaje de calavera le otorga un aspecto aún más tétrico—, lo mato frente a ti.
Me trago el nudo en la garganta y me quedo inmóvil, con el pecho agitado. Su mirada es oscura: de nuevo la tormenta gris lo invade todo.
—Ahora, vas a quedarte quietecita. Vas a abrir las piernas y vas a dejar que te pruebe.
—¡Nunca!
Sus palabras provocan el efecto contrario: me remuevo como un gusano sobre el mármol e incluso logro encajarle una patada en la cara.
—¡Puta madre! —ruge.
Parece que eso sí lo enfurece de verdad, porque me reduce con brusquedad, dejándome sin margen de movimiento. Separa mis piernas y yo grito.
Apenas percibo el calor de su respiración allí abajo, todo se me vuelve gelatina. Antes sentí su dedo y la sensación fue distinta, nada que ver con las veces que solía tocarme a solas. Pero esto… saber que su lengua va a estar ahí.
Justo ahí.
Las piernas se me abren un poco más y los pechos se me vuelven pesados dentro del sujetador. Por mucho que me intente zafar y desee salir corriendo, también quiero esto.
Algo retorcido y sombrío dentro de mí anhela que me haga todo lo que ha dicho. ¿A quién le importa si no vuelvo a verlo?
Quizá a mí.
Muy en el fondo sé que siempre he anhelado una relación bonita, con flores, chocolates y la posibilidad de entregarme plenamente, sin barreras. Aunque eso era antes de que me persiguieran y terminase empapada por ello.
A lo que voy es a que siempre he sido delicada; me gusta que sean suaves conmigo… Por eso todo esto resulta tan contradictorio para mí. ¿Por qué me gusta?
Suelto un suspiro al sentir su respiración entre mis pliegues; contraigo mi intimidad con anticipación y los pezones me escuecen.
Comienzo a percibir ligeros besos que hacen que me remueva. Suelto un gemido cuando succiona uno de mis labios. Intento retener cada uno de los sonidos que pugnan por escapar de mi boca, pero resulta imposible.
Su lengua recorre cada centímetro de mi piel, haciendo que me retuerza sobre la losa; ahora ya no es por querer huir, sino por las sensaciones que me sacuden. Cualquier pensamiento reflexivo se ha ido de vacaciones.
Abro más las piernas, como si eso fuera físicamente posible, y apenas entreabro los párpados para atisbar el nacimiento de su cabellera sepultada en mi sexo. Sus manos se aferran a mis muslos dejándome la piel al rojo vivo y la marca de sus dedos impresa. Gimo echando la cabeza hacia atrás.
Dije que solo me escondería aquí un rato y ahora estoy profanando su santuario.
Su pulgar traza movimientos ligeros sobre mi clítoris, volviéndome loca.
¿A esto se refería Gema?
Todo este tiempo me lo he estado perdiendo.
Su lengua se abre paso entre mis pliegues, penetrándome. Añade uno de sus dedos y siento que me derrito. Las emociones comienzan a acumularse en mi vientre mientras una fina capa de sudor me cubre; incluso noto cómo una gota me resbala entre los pechos.
Mis uñas, ya maltrechas, raspan la piedra a mi espalda en busca de a lo que aferrarme.
—Mierda, sí.
—Deliciosa.
Me muerdo el labio con fuerza, apretando mi sexo y rodeando su figura con las piernas.
—Ah, sí…
—Así como succionas mi dedo, ¿lo harás con mi polla, muñeca? —Sus palabras subidas de tono lo único que consiguen es humedecerme aún más—. Mírame, Misery.
No le hago caso y de pronto recibo un azote seco en mi centro. Una descarga eléctrica me recorre la columna; grito en un lloriqueo y abro los ojos, enfocándolo con el ceño fruncido.
—¿Qué quieres?
—Sé obediente cuando te hablo.
—Vete al diablo.
La comisura de sus labios se tuerce en una sonrisa siniestra.
—Quiero que sigas diciendo lo mismo cuando mi polla se manche de tu sangre virgen.
Sus palabras me encienden todavía más. Afianza el agarre en mis piernas y me lleva al límite, elevando mi cadera para tener un acceso total. El pudor de estar semidesnuda frente a un hombre por primera vez, al igual que la vergüenza, se ha evaporado.
Sollozo de pura anticipación; incluso me remuevo para que empiece de una vez por todas. Pasa un brazo por mi cadera y envuelvo su cuello con las piernas. Arqueo la espalda al sentir su boca; escuchar cómo succiona y se da un festín con mi cuerpo lo vuelve todo desmesuradamente placentero.
Los gemidos no dejan de brotar de mi garganta, articulando una auténtica orquesta. Encojo los dedos de los pies dentro de las botas y aprieto los puños.
—King... King…
—Eso. Gime mi nombre, muñeca.
—Dios mío, King…
Siento todo lejano, con el pulso desbocado. Una presión insostenible se acumula paulatinamente entre mis piernas e intento distanciarme un poco del hombre; lloriqueo al ver que no se aparta y continúa torturándome. Apenas abro los ojos me doy cuenta de que me está observando; sus pupilas brillan.
Está disfrutando.
Y va a verme romperme en pedazos por su culpa.
—Eso es… vente para mí, muñeca.
La oleada de placer explota haciéndome gritar; las piernas me quedan sin fuerza, al igual que el resto del cuerpo. King tarda unos segundos en apartarse: me dedica una última lamida y me deja tendida contra la losa.
El corazón todavía me late a mil por hora. Todo se percibe liviano, yo me siento liviana… Como si fuera a despeñarme por un precipicio en cualquier instante. Las piernas me tiemblan y las cierro para hacerme un ovillo. El cabello se me pega al rostro, pero no tengo energías para apartarlo.
Hasta que, con una leve caricia, él mismo me lo retira. Mantengo los ojos cerrados.
—Si así has quedado solo con mi boca… te arruinaré con mi polla.
Apenas consigo abrir los párpados; su maquillaje sigue intacto. Se pasa la lengua por los labios mientras me observa con satisfacción, y que me parta un rayo si no resulta atractivo.
Lo que tiene de atractivo lo tiene de desquiciado.
Vuelvo a cerrar los ojos; me invade un cansancio atroz y eso que todavía no me ha follado.
Dios mío, tengo miedo.
Escucho de nuevo su susurro cerca de mi boca:
—Dejaré que descanses unos minutos. Pero no he terminado contigo.
No digo absolutamente nada, solo me quedo allí inmóvil, con los ojos cerrados, intentando recomponerme. Porque, con lo loco que está, seguro que volverá a perseguirme por todo el cementerio antes de atraparme otra vez.
Mierda, debo admitir que me está gustando.