King
Una voz cercana me sobresalta.
Aparto la mirada de mis manos y, al levantar la cabeza, me encuentro con una figura completamente vestida de negro.
Lleva el rostro maquillado como una calavera: las cuencas oscurecidas, algunas líneas negras y toques de blanco.
No es un maquillaje demasiado elaborado, más bien una versión sencilla que deja ver con claridad sus facciones.
Tiene el cabello revuelto, ligeramente ondulado, con algunos mechones cayéndole sobre la frente.
Mi mirada desciende hasta el hacha que sostiene sobre uno de los hombros con una sola mano.
Me sorbo la nariz, sin entender muy bien qué pretende.
—¿Qué hacías allá abajo? ¿Buscando compañía?
No percibo burla en su voz. Suena frío. Despreocupado.
—Mis amigos…
Mira a su alrededor como si los estuviera buscando.
—Parece que no tienes.
Me tiembla el labio. Termino sentada sobre mis piernas y bajo la vista hacia mis manos magulladas.
—Había algo allá abajo. Me estaba tocando… Yo lo sentía.
Arquea una ceja y se acerca unos pasos a la tumba de la que acabo de salir.
—Hay un muerto. Hay muchos, de hecho. Estamos en un cementerio.
—Lo sé. Pero se sentía demasiado real. Las manos me agarraban como si quisieran que me quedara ahí abajo. No fue imaginación mía. Yo lo sentí. De verdad.
Lo digo casi implorándole que me crea.
Sé que suena absurdo. Nunca he vivido nada paranormal ni llegué a imaginar que algo así pudiera pasarme, mucho menos aquí.
Y justo en mi cumpleaños.
Las manos todavía me tiemblan al recordar el miedo, la desesperación por salir, la sensación de estar atrapada. Los ojos vuelven a llenárseme de lágrimas.
—Oye, tranquila. —El chico se acerca y se pone en cuclillas frente a mí. Sus dedos fríos apenas me rozan la mandíbula mientras me levanta el rostro—. No llores. Pudo ser peor.
—¿Peor?
—Sí. ¿Nunca has escuchado eso de que hay que temerle más a los vivos que a los muertos?
Lo observo.
Ahora que lo tengo más cerca consigo distinguir unos ojos grises, una mandíbula marcada, labios carnosos y el cabello negro como la noche.
A pesar del maquillaje de calavera, sus rasgos se distinguen perfectamente bajo la capa traslúcida de blanco.
El efecto hace que su piel parezca todavía más pálida, fría, casi fantasmal, pero sin ocultar su rostro como una máscara.
Un ligero estremecimiento me recorre la espina dorsal.
—Tú estás vivo… ¿o muerto?
—Estoy muerto en vida.
Alejo el rostro de su toque.
—Explícate.
—Soy una calavera, ¿no lo ves? —Sonríe de lado mientras se incorpora, sin soltar el hacha que lleva apoyada sobre el hombro.
—¿Quién eres? Nunca te he visto en la facultad.
Me pongo de pie con cuidado. Un ligero ardor me atraviesa la rodilla.
Ahora que ambos estamos erguidos, la diferencia de altura resulta evidente. Lo recorro rápidamente de arriba abajo: hombros anchos, cuerpo trabajado, atlético. En el dorso de su mano derecha alcanzo a distinguir un tatuaje: media calavera.
—King.
Frunzo el ceño. El nombre no me suena de nada.
—¿Solo King?
—Solo King.
Trago saliva al notar la boca seca. Me abrazo a mí misma y retrocedo un par de pasos.
—Bien. Un gusto conocerte King. Tengo que ir a buscar a mis amigos.
—¿Los que intentaron matarte?
—No intentaron…
—Ah, los que te dejaron a tu suerte.
Frunzo el ceño ante sus palabras. En algo tiene razón. No puedo creer que Jace y Jett se hayan marchado y me hayan dejado sola aquí. Dijeron que solo serían diez minutos y, sin saber siquiera si podría salir de ahí por mi cuenta, me abandonaron.
—Iré a buscarlos para preguntarles qué fue lo que sucedió. Ellos no me dejarían así como así.
—Depositas demasiada confianza en la gente, Misery.
Me quedo petrificada al escuchar mi nombre salir de sus labios.
Estoy segura de que no se lo he dicho.
Trago saliva y vuelvo a repasarlo despacio con la mirada.
—¿Quién te dijo mi nombre?
—Pareces demasiado tranquila para estar en un cementerio a estas horas —cambia de tema de forma drástica.
—¿Debería estar gritando? Ya lo hice con lo que me pasó hace unos minutos.
—Y, aun así, te recompusiste muy rápido.
Empieza a caminar a mi alrededor como si estuviera analizándome. Miro hacia las luces de la fiesta, a lo lejos. No hay nadie más por esta zona.
Solo este loco y yo.
—¿Te gustaría jugar a un juego?
—¿Un juego?
—Tú te escondes. Yo te busco.
Lo observo confundida. Se detiene de nuevo frente a mí.
—¿Acaso tenemos seis años?
Una sonrisa sombría le cruza los labios. Inclina la cabeza y algunos mechones de cabello caen sobre su frente.
—Te aseguro que será mucho más divertido.
—No quiero jugar.
Ladea la cabeza sin apartar los ojos de mí.
—Entonces tendremos que hacerlo de otra manera.
—¿De qué estás hablando?
—Si no corres, mataré a todos los que están aquí.
Una risa incrédula escapa de mis labios. No le creo ni por un segundo.
—Claro. Porque es eso exactamente lo que hace un universitario en Halloween.
Da un paso hacia mí y la sonrisa empieza a borrárseme poco a poco.
—Corre.
—No estás hablando en serio.
—Corre, Misery.
Permanezco inmóvil durante unos segundos.
¿Está hablando en serio?
Mi nombre en sus labios suena extraño. Dulce y amenazante al mismo tiempo.
Sin pensarlo, echo a correr.
Me doy cuenta demasiado tarde de que voy en dirección contraria a la fiesta, hacia una zona donde apenas hay luz y el cementerio parece todavía más desolado.
Esquivo las tumbas y aparto las ramas que podrían lastimarme.
El corazón me late a mil por hora. El miedo se mezcla con la adrenalina dentro de mi cuerpo y una inquietud extraña se instala en la boca de mi estómago.
Busco algún lugar donde esconderme.
Ha dicho que vendría a buscarme, como si estuviéramos jugando a las escondidas.
De niña ni siquiera me gustaban esos juegos. Me aterraba que alguien apareciera de repente y terminaba conteniendo hasta las ganas de hacer pipí por puro miedo. Ahora siento algo parecido, solo que mezclado con otra sensación que no consigo identificar.
Si quería asustarme con aquella amenaza, lo ha conseguido.
¿Quién le dice a alguien que va a matar a un montón de personas segundos antes de empezar a perseguirla?
¿Y quién me asegura que no piensa matarme a mí?
Debería estar mucho más aterrada.
Debería cambiar de dirección y correr hacia la fiesta, donde sé que hay gente, en lugar de internarme todavía más en una zona donde nadie podrá ayudarme.
Corro tan rápido como me lo permiten las piernas. Salto una roca con la que estoy a punto de tropezar y las heridas de hace un rato vuelven a escocerme.
Entonces escucho pasos detrás de mí.
Algo dentro de mi estómago da un vuelco.
No es solo miedo.
Es la certeza de que alguien me está persiguiendo. No saber qué ocurrirá cuando me alcance. Sentir el peligro corriéndome por las venas y ser consciente de que, tarde o temprano, va a atraparme.
Y, para mi absoluto desconcierto, noto las bragas húmedas.
Apoyo la espalda contra uno de los mausoleos. Aquí la oscuridad es casi total y la única claridad procede de la luna. Me pongo en cuclillas y me cubro la boca con ambas manos.
Intento controlar la respiración.
Me tiemblan los dedos y ya no sé si estoy más asustada por lo que siento o por el hombre que me está siguiendo.
Para empezar, ¿por qué quiere perseguirme?
¿Por qué quiere que me esconda de él?
Escucho mi propio corazón golpeándome los oídos. Parece un tambor anunciando mi muerte.
Al principio me pregunté qué podía ser peor que cumplir años el treinta y uno de octubre.
Ya tengo la respuesta.
Morir el día de tu cumpleaños en un cementerio.
Un grito empieza a formarse en mi garganta cuando escucho la voz de King justo a mi lado.
Retrocedo sin conseguir ponerme de pie, pero su cuerpo se abalanza sobre el mío antes de que pueda reaccionar. No me quedo quieta. Lo empujo, pataleo y entierro las uñas en cualquier centímetro de piel que encuentro.
—¡Quítate! ¡No me toques!
—Ni siquiera te estoy tocando. ¿Quieres que lo haga? —susurra junto a mi oído mientras me inmoviliza las muñecas por encima de la cabeza.
—¡No!
Me remuevo violentamente debajo de él y pateo su cuerpo mientras dejo escapar un grito desesperado. Lo único que recibo a cambio es un gruñido.
—Quédate quieta o esto será mucho peor, Misery.
—¡Ayuda! ¡Ayúdenme!
—Corriste en dirección contraria. Aquí nadie va a ayudarte.
Me quedo completamente inmóvil cuando siento una mano fría deslizarse por mis muslos. Los ojos se me llenan de lágrimas y apenas consigo enfocarlo a través de ellas.
—¿Q-qué haces?
—Nada.
—No me toques.
—¿Por qué? ¿Acaso me ocultas algo?
—Basta. Detente.
Vuelvo a revolverme contra la tierra, pero sus piernas separan las mías sin esfuerzo hasta que noto su mano sobre mis bragas, que son un desastre.
El rostro se me enciende y agradezco la falta de luz.
—Vaya… ¿Qué tenemos aquí?
—¡Deja de tocarme, pervertido!
—Si yo soy un pervertido, ¿qué eres tú? Te excitó que te persiguiera.
Sus palabras me roban el aire.
Me tiembla el labio inferior y quisiera hundir la cabeza en la tierra. Que el cementerio me tragara. No haber salido de aquella tumba.
—Tan correcta y niña buena que pareces, Misery…
Consigo liberar una de las manos y la levanto hasta estamparle una bofetada que le gira el rostro.
Sus ojos, grises como una tormenta, se oscurecen varios tonos.
Temo que me regrese el golpe, pero lo que hace me parece todavía peor.
Vuelve a deslizar la mano bajo mi ropa interior y uno de sus dedos se abre paso dentro de mí.
Chillo.
—¿Te duele escuchar la verdad? Estás mojada. Mi dedo entra con tanta facilidad que no me extrañaría que tus jugos comiencen a chorrear por tus muslos.
Aprieto los labios al sentir la invasión.
Lo observo fijamente, respirando con dificultad. Me siento sucia como nunca antes.
¿Por qué me siento así?
—No te conozco.
—No necesitas conocerme para excitarte. —Entreabro los labios cuando mueve el dedo y vuelve a hundirlo despacio. Me muerdo el labio—. Eres el tipo de chica reprimida que nunca hace nada con su vida y se la pasa encerrada en casa.
Me retuerzo, intentando resistirme a lo que siente mi cuerpo.
—Deja de tocarme.
—Tu boca dice una cosa y tu cuerpo otra, muñeca.
—No me gusta que me toques —gruño con hastío.
—¿Ah, no?
Saca la mano de mis bragas y la deja entre ambos. Su dedo brilla húmedo bajo la escasa luz y las mejillas me arden.
—Tus ojos dilatados y tu coño apretado dicen exactamente lo contrario.
—Asqueroso.
Lo empujo y, esta vez, sí se aparta.
Su sonrisa crece mientras me pongo de pie. Apoyo la espalda contra el mausoleo y junto las piernas, todavía consciente de la humedad entre ellas.
—No te sientas mal, muñeca. Es normal. A mí me excitaron tus lágrimas y no estoy asustado como tú.
Sus palabras hacen que baje la mirada hacia sus pantalones, donde se marca un bulto bastante evidente. Parece completamente relajado, a diferencia de mí, que soy un desastre andante.
Me limpio el rastro de lágrimas que todavía permanece en mis mejillas y trago saliva.
Es como un demonio.
Uno siniestro.
—No soy como tú.
—Me estás pintando como si fuera lo peor, muñeca. Y tú tampoco te quedas tan lejos.
—Déjame en paz.
Sacudo la parte delantera del vestido y paso por su lado en dirección a la fiesta.
Ya he tenido suficiente por una noche como para, además, tener que lidiar con un desquiciado que ha hecho estragos en mi cuerpo con métodos… nada ortodoxos.
—Oh, vamos —escucho sus pisadas a mi espalda—. ¿Tienes miedo?
Aparto una rama y sigo caminando sin prestarle atención.
Nunca debí aceptar aquel reto.
Es más, nunca debí venir a esta fiesta.
Todo para que mis amigos me abandonen a mi suerte y me dejen tirada.
—Solo te propuse el juego por diversión, ¿sabes?
—Claro. Y después me amenazaste con matar a todos si no corría. —Ruedo los ojos mientras rodeo una tumba—. No te conozco, King. Así que déjame en paz.
—En realidad, no quieres que te deje en paz. No pensé que fuera a gustarte que te persiguiera. Si te soy sincero, te he visto en la facultad y pareces tan niña buena…
Aprieto los puños sin detenerme.
—No está bien que te reprimas, muñeca.
—Yo no te conozco. Nunca te he visto.
—¿Y eso no te da un poco de tranquilidad? No le diré nada a nadie si quieres seguir jugando.
—No quiero jugar contigo.
La música, poco a poco se escucha más cercana. Las palabras de Gema vienen a mi memoria diciéndome que me divierta, que diga que sí a todo, pero… mi lado racional no puede hacerlo. Es como si se resistiera a ello.
Reprimida.
Reprimida.
Reprimida.
Me detengo de golpe, con todo el cuerpo tenso. Desde donde estoy alcanzo a ver a los adolescentes bailando, divirtiéndose, bebiendo. Algunos se encuentran más alejados, besándose con alguien a quien seguramente mañana ni siquiera recuerden o no vuelvan a ver.
Trago saliva.
El mismo palpitar que siento entre las piernas y que lleva torturándome desde que me levanté del suelo se vuelve más intenso.
—¿Es porque eres virgen?
Otra vez esa voz, haciendo estragos.
Me giro y descubro su cuerpo apoyado contra un árbol, rodeado por la misma aura que percibí desde que lo vi por primera vez hace… ni siquiera sé cuánto tiempo.
—¿Cómo…?
Levanta el dedo índice y lo mueve frente a mí con una sonrisa socarrona. Lo observo fijamente y me doy cuenta de que es el mismo que estuvo entre mis pliegues.
—¿Tienes miedo de que duela? —Se acerca poco a poco mientras yo aprieto la falda dentro de un puño, necesitando aferrarme a algo—.
Con el debido juego previo, no sentirás más que placer.
Se te erizará la piel, te morderás el labio por las sensaciones, apretarás los dedos de los pies. Solo vas a disfrutar.
Aparta un mechón de mi cabello y lo coloca detrás de mi oreja.
—¿En un cementerio?
—Eso es lo que lo hará excitante, Misery.
Sopeso sus palabras durante unos segundos.
—¿Y si siento que es demasiado?
—Entonces dirás la palabra de seguridad.
Doy un respingo cuando sus manos me sujetan las mejillas. Me saca una cabeza y, aunque no consigo distinguir del todo su rostro, esos ojos me hipnotizan.
—¿Y esa es…?
—Cuando sientas que es suficiente, que no puedes más o que estoy yendo más allá de lo que tú quieres o de lo que te gusta, la dirás. Escógela tú.
—Gris —susurro mientras observo fijamente sus ojos, grises como una tormenta.
Su sonrisa se ensancha.
—Perfecto, muñeca.
¿Por qué siento que acabo de sentenciar mi vida o de firmar un acuerdo con el diablo?
La adrenalina de la anticipación hace que me tiemble todo el cuerpo. Y parece afectarlo también a él, porque sus ojos vuelven a oscurecerse.
—Ahora… vas a correr y, si te atrapo, Misery, voy a comerme ese dulce y empapado coño que tienes entre las piernas. —Me aprieta la mandíbula y habla contra mis labios. Un ligero dolor me recorre por la fuerza de su agarre—. ¿Entendiste?
Asiento.
En cuanto me suelta, no pierdo el tiempo y echo a correr.
Corro.
Aunque una parte de mí quisiera tropezar y que me atrapara cuanto antes, no pienso darle el gusto. Voy a ponérselo difícil.
Si voy a disfrutar de mi cumpleaños, lo haré a lo grande.