Cementerio #2
Después de unos minutos, me topo con los chicos, que hablan animadamente. Le arrebato la botella a Jace y le doy un trago. El líquido frío me refresca la garganta, pero el sabor es realmente desagradable.
Hago una mueca y se la devuelvo. Ambos me observan sorprendidos.
—Eso sabe asqueroso.
—¿Qué sucedió?
—Unos idiotas. Me acerqué a uno de los esqueletos y se levantó como si tuviera vida propia.
—Misery, eres tan inocente. —Me aparto cuando el castaño intenta acariciarme la cabeza como si fuera un perro—. Hay miles de trampas por todo el cementerio.
—¿Y yo qué iba a saber? Pensé que era alguien disfrazado que ya estaba ahogado en alcohol.
Ambos se echan a reír y yo bufo.
—¿Y si vamos a jugar a la botellita? Un par de besos no me vendrían mal y podría relajarnos —propone Jace.
Jett hace una mueca y me dirige una breve mirada.
—¿Quieres ir a ver?
—No, no, no. Si va, es a jugar. Siempre se queda mirando y nunca participa. Ya va siendo hora de que nuestra niña crezca.
Elevo una ceja.
—¿Desde cuándo soy su niña?
—Desde siempre. Eres la pequeña del grupo, recuérdalo.
—No vamos a obligarla, Jace. Si quiere jugar, jugará.
El aludido rueda los ojos con fastidio y le da un trago a su botella. Ambos empiezan a discutir sobre la promesa que le hicieron a Gema de conseguir que jugara a la botella y me divirtiera.
Me acomodo un mechón de cabello y me mordisqueo el labio.
Las palabras de Gema vuelven a cobrar fuerza en mi cabeza. Dijo que me divirtiera, así que ¿qué me detiene? No voy a volver a vivir esta noche con diecinueve años. Todos mis cumpleaños me los he pasado encerrada en casa viendo alguna película y comiendo palomitas.
Hoy no va a ser igual.
Sonrío, me quito el sombrero de pirata y se lo pongo a Jace.
—Va. Vamos a jugar.
Los dos me miran sorprendidos por mi decisión.
—¿Estás segura? No tienes que hacerle caso a todo lo que diga este idiota.
—Estoy segura, Jett. Quiero jugar. Quiero divertirme por una vez en la vida y, para eso, necesito que traigas algo de beber. —Le doy una palmada en el brazo y engancho el mío con el de su hermano, que está más que satisfecho—. Menos esa cosa de botellas, saben asqueroso.
—Ya oíste a nuestra pirata, hermano. Esta noche nos emborrachamos y tú serás el piloto resignado.
El rubio no parece convencido. Examina mi rostro en busca de alguna duda, pero no encuentra ninguna. Estoy decidida y que justo empiece a sonar una canción de Rihanna solo consigue reforzar mi resolución.
Un par de bebidas, unas risas y el juego de la botella no le hacen mal a nadie. No voy a hacer nada que no quiera, eso lo tengo más que claro, y tampoco planeo emborracharme —hablo por mí, no por Jace—. Solo quiero divertirme por una vez.
Cuando llegamos al círculo, formado por al menos cinco personas entre hombres y mujeres, una pequeña inquietud se instala en la boca de mi estómago. Sé perfectamente de qué va el juego y también que no puedo escoger verdad más de tres veces, pero aun así lo hago.
Agoto mis tres verdades aferrada al vaso de plástico que me ha traído mi amigo. La bebida tiene un sabor dulce y eso me agrada.
La cuarta vez que la botella termina apuntándome, trago saliva.
—Te quedaste sin verdades. —La chica pelirroja que está sentada al lado de Jace sonríe. Se besó con él en la última ronda—. Alguien tiene que ponerte un reto.
—Bien.
—¿Qué te parece besar a quien te parezca más guapo? —propone con una sonrisa pícara.
Niego despacio. Ni siquiera echo un vistazo a los que tengo alrededor. Si los miro, probablemente salga corriendo.
—¿Besar al de tu izquierda?
—Besos no.
—Oh, vamos. Es solo un besito.
—Los besos no significan nada. Son indefensos —añade una chica desde la otra esquina.
Me remuevo, incómoda.
—Cualquier otro reto, menos eso.
Escucho un par de bufidos y varios cuchicheos a mi alrededor, pero los ignoro y apuro lo que queda en el vaso.
—Si no quieres besos… entonces métete en una tumba durante diez minutos.
Levanto la cabeza con rapidez hacia la chica pelirroja vestida de conejita. Sonríe con inocencia mientras acaricia el brazo de Jace, que parece completamente engatusado.
—¿Una tumba?
—Sí. En un agujero. Solo durante diez minutos.
Me mordisqueo el labio mientras sopeso las opciones. Aunque, en realidad, no hay muchas. No pienso besarme con nadie ni dejar que me toquen, así que no me queda de otra.
—Si no quieres, puedes decir que no, Misery —susurra Jett.
Le dedico una pequeña sonrisa.
—¿Diez minutos no es poco?
Jett y yo fulminamos a Jace con la mirada. Por eso digo que son tan parecidos y, al mismo tiempo, tan diferentes, y no me refiero únicamente a sus caras.
Me pongo de pie mientras me acomodo el cabello.
—Lo haré.
El estallido de gritos no se hace esperar y, de alguna manera, una ligera descarga de adrenalina me recorre las venas. Caminamos todos juntos hacia la zona donde están las tumbas. No quisiera profanar ninguna, pero, si pido permiso antes, no sucederá nada, ¿cierto?
El área está un poco alejada de la fiesta. Durante todo el camino me animan y repiten que tengo muchas agallas.
Lo que hago por no darle mi primer beso a cualquier imbécil.
Cuando llegamos, dos chicos mueven la lápida de una de las tumbas y una nube de polvo se levanta a nuestro alrededor. Toso mientras me aparto. El interior está oscuro y apenas alcanzo a distinguir un féretro viejo y descuidado.
—¿No puede ser una vacía?
—No hay vacías.
—Puede haber arañas o insectos.
—¿Te estás echando para atrás? —La rubia vestida de Alicia en el País de las Maravillas se cruza de brazos.
—No.
—Entonces acuéstate ahí. Solo serán diez minutos. No es para tanto.
—Tranquila, Ashley. Tampoco hace falta ser tan dura con ella. Quizá le teme a la oscuridad —interviene la conejita.
Aprieto los puños.
—No le temo.
—Entonces hazlo. No quiero seguir perdiéndome la fiesta.
Observo el agujero y aprieto los labios.
—Tranquila, Mis. Estaremos aquí cuando salgas.
Carraspeo y asiento. Le doy un apretón al rubio.
—Bien.
Alumbran con las linternas de los celulares y dejan al descubierto la tierra y parte del féretro, que parece de un rojo oscuro.
Le dejo el sombrero de pirata a Jett y me ayudan a bajar.
Los pies me resbalan por culpa de la tierra y tengo que sostenerme como puedo hasta que termino acostada, mirando todos aquellos pares de ojos que me observan desde arriba con diversión.
Aprieto la falda del vestido dentro de un puño y trago saliva, intentando deshacer el nudo que tengo en la garganta.
—Solo serán diez minutos, Mis.
Asiento con una sonrisa tensa.
Arrastran la lápida de piedra hasta cubrir la abertura y un poco de tierra me cae encima. Dejo escapar un quejido y cierro los ojos.
Todos los sonidos desaparecen.
No escucho nada.
Mantengo los párpados apretados e intento respirar despacio para no entrar en pánico.
No le tengo miedo a la oscuridad. Pero saber que debajo de mí puede haber un cuerpo en descomposición o un montón de huesos sí que me aterra.
Permanezco completamente quieta, tan tensa que me empiezan a doler los músculos. Intento relajar las piernas poco a poco, pero vuelven a endurecerse sin que me dé cuenta.
Pienso en Gema. En que mañana iremos al cine, comeremos mis palomitas favoritas y le contaré todo esto. Seguramente me dirá algo como: «¡Perra, qué agallas! Yo me habría hecho encima».
Sonrío con solo imaginarlo.
No sé cuánto tiempo pasa. Lleno los pulmones de aire y lo único que consigo es respirar olor a tierra.
De pronto, siento algo trepando por mi pierna.
La piel se me eriza y empiezo a patalear mientras abro los ojos de golpe. Todo está completamente oscuro. No veo absolutamente nada.
Encojo las piernas contra el pecho y las abrazo, haciéndome un ovillo.
Puede haber sido una araña.
Miro hacia la lápida, esperando que se mueva en cualquier momento.
¿Cuánto tiempo ha pasado?
Empiezo a respirar con más rapidez e intento tomar grandes bocanadas de aire, aunque cada vez que inhalo solo consigo tragar más tierra.
Entonces siento una ligera caricia en el brazo.
Me quedo completamente inmóvil, con los ojos abiertos de par en par.
¿Me lo he imaginado o…?
La caricia vuelve a rozarme la piel.
La boca se me seca.
Giro la cabeza, aunque no puedo ver absolutamente nada.
—¿Chicos? —La voz me sale ahogada, apenas un hilo que rebota contra las paredes de tierra—. ¡Chicos!
Me incorporo todo lo que el espacio me permite y el corazón empieza a golpearme con tanta fuerza que parece querer salirse del pecho. Un sollozo se me escapa mientras noto la piel erizada, con la sensación cada vez más intensa de que no estoy sola .
Como puedo, jalo de la lápida.
Es demasiado pesada.
No se mueve.
—¡Sáquenme ya! ¡Sáquenme, por favor!
La garganta se me desgarra por culpa de los gritos, y eso ni siquiera es lo peor. Intento convencerme de que quizá sean engaños de mi cabeza, de que simplemente estoy asustada y me lo estoy imaginando, pero lo que ocurre después no puede ser producto de mi mente.
Manos.
Manos por todas partes empiezan a agarrarme.
Miles de ellas.
Grito mientras sigo empujando la piedra con todas mis fuerzas.
Apenas consigo abrir un pequeño hilo de luz.
—¡Jett! ¡Jace! ¡Ayuda, por favor! ¡SÁQUENME!
Sollozo. La desesperación se apodera de mí y, en cuanto logro abrir un hueco lo bastante grande, me impulso hacia arriba y arrastro el cuerpo fuera. La piedra me rasga el vestido y también parte de la piel.
Mi llanto es desgarrador.
Estoy aterrada.
No dejo de sentir aquellas manos sobre mi cuerpo hasta que consigo salir por completo.
Me arrastro por la tierra y me sorprende que nadie se acerque a ayudarme. Ni siquiera mis amigos.
Observo mis manos temblorosas. Tengo las palmas magulladas y algo de sangre por el esfuerzo de empujar la piedra. Dejo escapar un sonido lastimero y el estómago se me revuelve.
La luz de algunas calabazas que cuelgan de los árboles apenas alcanza a iluminarme.
Lo único que escucho es mi propio llanto y la música sonando a lo lejos.
—¿Ya terminaste de llorar o todavía tengo que esperar?