Beso Sombrío Cementerio
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Beso Sombrío

Beso Sombrío

Por Lizbeth R.C.

© inepub.com

Cementerio

¿Qué es peor que cumplir años el treinta y uno de octubre? Que tu mejor amiga te obligue a ir a una fiesta y no pueda acompañarte porque está enferma.

Me muerdo el labio mientras observo el disfraz en el espejo.

Medias de red, un vestido negro más corto por delante y largo por detrás, compuesto por varias capas, y un corsé café oscuro que me envuelve la cintura con paneles verticales y hebillas.

En la parte inferior lleva una cadena dorada de la que cuelgan pequeños adornos circulares; es lo que termina de darle el toque.

Completo el conjunto con unas botas altas del mismo color que el corsé y algunos accesorios, como el sombrero y varios collares.

Gema —mi mejor amiga— me ha hecho dos pequeñas trenzas a ambos lados del cabello, dejando el resto suelto, que elevan el disfraz, según ella. Y mejor ni hablar del maquillaje. Podrá tener la nariz congestionada, pero siempre hace magia.

—No puedo creer que tú te quedes aquí. ¿De verdad te sientes tan mal?

Suspira mientras cierra el labial y examina mi rostro con atención. Lleva el cabello rubio recogido en un chongo y ropa cómoda.

—No soportaría tener a todo el mundo bebiendo a mi alrededor con la música a todo volumen. Todavía me retumba la cabeza. Esta gripe va a terminar conmigo.

—No digas eso, tonta.

—No sé cuánto más voy a seguir así. Siento arruinar tu cumpleaños. Sé que prometí que este día sería increíble para ti y…

—¿Y si me quedo contigo? Podemos ver películas, comer palomitas y…

—¡De ninguna manera, perra! No hice semejante obra de arte para que te quedes encerrada aquí conmigo —me señala, más que indignada—. ¡Te miras preciosa! ¡Es tu cumpleaños! No vas a volver a cumplir diecinueve otra vez.

—Pero…

—No. Tienes que disfrutar, tienes que divertirte, Misery. Deja de pensar tanto las cosas y déjate llevar por el momento. Atrévete. No pierdes nada.

Hago una mueca mientras jugueteo con los dedos sobre mi regazo. Mi amiga parece descubrir algo en mi expresión porque termina inclinándose hacia mí para envolverme en un abrazo.

—Mañana podemos ir al cine a ver una película de terror de esas que tanto te gustan.

—No creo que aquellos idiotas estén disponibles mañana. Tendrán resaca hasta el domingo.

—Iremos nosotras solas. No los necesitamos. —Se aparta y me coloca el sombrero sobre la cabeza. Sonrío—. Y, si llegan a decirte que vas a ser la conductora designada, mándalos a la mierda. Es tu cumpleaños y te mereces unos cuantos tragos.

—No lo sé, Gema. Le prometí a mamá que no bebería.

Mi amiga deja escapar un quejido y se lleva ambas manos a la cara, frustrada. Cuando me pongo demasiado correcta , suelo sacarla de quicio.

—Hoy no eres la Misery que saca dieces en la escuela. Hoy eres Misery la pirata. Misery la atrevida. Misery la que no piensa antes de actuar. Misery la más divertida de la fiesta. La Misery que dice sí a todo.

—Creo que nunca nadie había dicho mi nombre tantas veces seguidas.

Carcajeamos al mismo tiempo. Incluso mi nombre empieza a sonarme extraño después de oírlo tantas veces.

—Por favor, prométeme que vas a divertirte. —Me entrega una pequeña daga de hule y me la cuelgo de la cinturilla—. Mañana quiero escuchar que hiciste locuras y quizá, quien sabe… que perdiste la pureza en tierra bendita.

—¡Gema! —Me pongo de pie, escandalizada, y niego varias veces con las mejillas incendiadas—. Como si hacerlo en un cementerio fuera a ser divertido.

—Quizá lo sea. ¿No quieres sentir toda esa adrenalina, toda esa euforia, corriendo por tu cuerpo?

La observo a través del espejo y trago saliva sin decir una palabra.

—Con la persona correcta.

—También existen las personas incorrectas. Y puede ser mucho más placentero. Lo sabrás cuando te pase.

Estornuda y sale corriendo en busca de un pañuelo.

Pienso en sus palabras y, aunque intento no hacerlo, terminan instalándose en algún rincón de mi cabeza. Me despido con un abrazo que dura casi un minuto.

Durante el trayecto, Jace y Jett no paran de hablar de tonterías y de lo emocionados que están. Al llegar, por fin puedo ver sus disfraces completos. Van vestidos de forma muy similar: trajes formales cubiertos por impermeables transparentes manchados de sangre falsa.

Estos dos sí que se toman en serio eso de llevar disfraces escalofriantes .

—¿De verdad se pusieron lentes de contacto?

—Compramos un par y nos lo repartimos. —Jett se detiene debajo de una farola para que pueda observar mejor su ojo, cubierto de venas rojas. Parece tan real que un escalofrío me recorre la espalda—. Salió más barato.

—Nos hacen ver tenebrosos. Además, es Halloween, Misery. Se supone que debemos dar miedo, no ternura. —Jace me aprieta una de las mejillas y dejo escapar un quejido mientras me aparto.

—Oye. Gema dijo que doy miedo con mi espada. —Saco el arma de juguete y los apunto con ella mientras apoyo la otra mano en la cintura—. Atrás, si no quieren que los lastime.

Los hermanos intercambian una mirada antes de echarse a reír. Hago una mueca mientras oculto la sonrisa y vuelvo a guardar la espada.

—¡Eres el capitán Jack, Misery!

—No, no, no. Es Elizabeth.

—Ustedes son unos idiotas. ¿Cómo es que no se quejan de las que van vestidas de conejitas? Esas no dan miedo —objeto, cruzándome de brazos.

—Verás, esas dan miedo en la cama. —Jace se acomoda el saco debajo del impermeable con una sonrisa socarrona.

—Te ves bien, Mis. Solo te hace falta un poco de sangre para lucir más tenebrosa.

Caminamos por la calle frente al cementerio. Hay muchos autos estacionados y adolescentes disfrazados por todas partes. Jett pasa un brazo por encima de mis hombros.

—Me gusta mi disfraz. No iba a ponerme uno de esos puti-disfraces que ustedes estaban sugiriendo el otro día.

—Está bien, Misery. Solo bromeábamos, pero Jett tiene razón. Un poco de sangre en ese disfraz no te vendría mal.

—¿Sangre falsa?

—Sí… ¿o no?

Ruedo los ojos y sus carcajadas terminan contagiándome. Siempre hacen ese tipo de bromas tontas.

Suelto un suspiro cuando llegamos a la entrada.

Hay un par de arañas decorativas y cabezas de calabaza clavadas en los picos de las rejas.

A lo lejos se escucha música y algunas de las personas que van llegando siguen el camino marcado por los organizadores hasta el lugar donde se celebra la fiesta.

Lámparas de estaca para jardín bordean el sendero, aunque parecen antorchas. Miro más allá, hacia las tumbas sumidas en la oscuridad. Apenas se distinguen las siluetas de los cipreses.

—No entiendo el afán de hacer una fiesta en un cementerio.

—Es innovador. La verdad, mis respetos a los organizadores. Escuché que habrá juegos —opina el chico a mi lado.

—No voy a jugar.

— Vas a jugar. Gema nos dio órdenes estrictas de que disfrutaras la fiesta y lo vas a hacer.

—Imagina que la fiesta es por tu cumpleaños, que la hicieron especialmente para ti, Misery. —Jace se da la vuelta y comienza a caminar de espaldas frente a nosotros. Cuanto más nos acercamos, más fuertes se escuchan la música y los gritos—. Yo estoy emocionado. Ya quiero llegar y beber.

—¿Y quién va a manejar de regreso? —Me quito el brazo de mi amigo de los hombros y observo a ambos con una ceja arqueada.

—Paso. En la última fiesta no bebí todo lo que quería por cuidar de Gema, y todo para que se enfermara después. —Jace levanta las manos, evadiendo cualquier responsabilidad.

Su hermano, a mi lado, deja escapar un suspiro.

Los dos son tan parecidos y, al mismo tiempo, tan distintos. Mientras Jace tiene el cabello miel castaño, Jett lo lleva más rubio. Los cuatro hemos crecido juntos desde que tengo uso de razón.

—Yo manejaré. No tengo problema con eso, pero tú —me apunta— vas a divertirte como si esta fuera la última fiesta de tu vida.

—La última en un cementerio. Genial.

Jace se carcajea por mi mal chiste y me atrae hacia su cuerpo para darme un abrazo eufórico.

—La más pequeña del grupo por fin cumple diecinueve años. ¡Vamos a festejar!

Cuando llegamos a la fiesta, descubro que no se parece en absoluto a lo que había imaginado. Pensé que solo habría música y alcohol; sin embargo, hay mesas con aperitivos, luces de colores, gente bailando y otros que simplemente están sentados sobre alguna lápida mientras beben.

Hay un espacio enorme completamente despejado y no me cabe duda de que estamos en pleno centro del cementerio.

Doy una vuelta sobre mí misma mientras observo el lugar. A lo lejos se distinguen un par de luces aisladas que probablemente pertenecen a otros grupos.

Me limpio las manos sudadas en la falda del vestido. De las ramas de los árboles cuelgan luces con forma de calabaza y fantasmas, y todos aquellos destellos tenues de distintos colores consiguen que el lugar resulte todavía más sombrío.

Me muerdo el labio.

Si soy sincera conmigo misma, nunca me ha gustado demasiado mi cumpleaños porque coincide con Halloween. Como si mi nombre no fuera suficiente, también tenía que tocarme semejante fecha de nacimiento.

Me acerco a un esqueleto que cuelga de la ventana de un mausoleo y ladeo la cabeza mientras intento averiguar cómo está colocado.

Entonces, sin previo aviso, aquella cosa se incorpora como si hubiera cobrado vida.

Un grito se me escapa de la garganta.

Trastabillo hacia atrás con el corazón desbocado mientras las risas estallan a mi alrededor. Me llevo una mano al pecho, intentando recuperarme del susto, y el esqueleto se desploma de nuevo hasta quedar en su posición inicial.

—¡Te dije que alguien caería, Raf! —escucho a mis espaldas.

Cuando me giro, descubro a dos chicos riéndose como desquiciados detrás de sus máscaras. Uno lleva la de Jason; la otra no consigo reconocerla.

—Son unos idiotas —murmuro entre dientes.

Me alejo de allí con el susto todavía recorriéndome el cuerpo y la irritación creciendo en mi interior.

—¡No vuelvas a caer en otra trampa!

Debí suponer que harían este tipo de cosas. Me sorprende que no haya una casa del terror y, si la hay, paso. No soy el tipo de chica que se asusta con facilidad, pero prefiero evitar ese tipo de emociones.