Beso #2
—¿Quiere que venga alguien a revisarla, comandante?
—Sí. Trae a un paramédico.
Los escucho hablar a mi alrededor. Varios se quedan mirándome como si tuviera dos cabezas en lugar de una, pero sigo demasiado conmocionada por la cantidad de gente que hay allí y porque la mayoría son policías.
—¿Recuerdas tu nombre? —El mismo agente vuelve a hablar mientras alumbra el interior del agujero en el que me encontraba.
—Claro que sí.
—Dímelo.
—Misery.
—Misery, ¿cómo te escondiste ahí?
—Yo… no me escondí.
Vuelvo a mirar a mi alrededor hasta que mis ojos se detienen en el lugar donde se estaba celebrando la fiesta. Hay agentes por todas partes y personas con batas blancas tomando fotografías. Una cinta amarilla acordona toda la zona.
Se me seca la boca.
—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué dice que soy una sobreviviente?
Las manos empiezan a temblarme, así que las entrelazo con fuerza para intentar detenerlas.
El policía se acuclilla frente a mí mientras otros dos permanecen de pie a su espalda.
—Si no te escondiste… ¿cómo llegaste ahí, Misery?
—Por el juego de la botella. Me retaron.
Por alguna razón, omito todo lo relacionado con King.
—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué hay tantos policías? ¿Y mis amigos? ¿Dónde están mis amigos? Ellos estaban en la fiesta.
Los miro uno por uno cuando ninguno responde.
El hombre mayor dirige una mirada a los dos agentes que tiene detrás antes de ponerse de pie.
—Tendrá que acompañarnos a la comisaría. Una vez allá, llamaremos a tus padres antes de que rindas declaración.
—¿Declaración? ¿De qué habla? —pregunto con más brusquedad, porque la incertidumbre empieza a desesperarme—. ¡Dígame! ¿Qué ha pasado?
El hombre inspira profundamente antes de pronunciar las palabras que me parten algo por dentro.
—Ha habido una masacre. Todos los que estaban en la fiesta están muertos. Pensábamos que no había sobrevivientes hasta que escuchamos tus gritos.
—¿Qué?
—Los paramédicos vendrán a revisarte. Tienes sangre en las rodillas y…
Dejo de escucharlo.
Todo a mi alrededor se queda sin sonido, como si alguien acabara de bajar el volumen del mundo. Lo único que oigo son esas tres palabras repitiéndose una y otra vez dentro de mi cabeza.
Todos están muertos.
Niego lentamente.
Los ojos se me llenan de lágrimas mientras pienso en mis amigos.
—No… No puede ser. —El aire se me atasca en la garganta—. Mis… mis amigos. No pueden estar muertos. —Hundo los dedos en la tierra y la aprieto entre las manos—. Y-yo los vi… antes de que me metieran aquí —sollozo—. Dijeron que solo serían diez minutos y que vendrían a buscarme.
—Lo siento mucho, Misery.
En cuanto siento su mano sobre mi hombro, me aparto bruscamente.
—¡No! ¡No puede decirme que están muertos! ¡¿Cómo?! ¡¿Quién?! ¡Yo estaba aquí, a pocos metros de ellos!
Mi llanto retumba por el cementerio. Gruesas lágrimas surcan mis mejillas y el dolor que siento en el pecho supera todos los demás.
—Aún no lo sabemos. Tranquilízate. —Levanta las manos y le susurra algo a uno de los policías, que asiente antes de alejarse.
—Eso es mentira. ¡Dígame que no es cierto! —lloro desconsoladamente. Todo suena irreal, como si se tratara de un sueño—. Por favor, no. No puede ser verdad.
Apoyo la frente sobre las manos, clavadas en la tierra, y me desahogo. Siento impotencia, dolor. Algo así no puede estar pasando. Definitivamente estoy soñando.
El cuerpo me tiembla tanto que siento que en cualquier momento va a darme algo. El estómago se me revuelve hasta tal punto que apenas alcanzo a incorporarme un poco antes de terminar vomitando.
Escupo y me aparto el cabello hacia atrás. Unas manos me sujetan y me hacen retroceder para alejarme del desastre que acabo de dejar en el suelo. Todo se escucha tan lejano que, cuando alguien me pregunta si quiero agua, ni siquiera reacciono.
Dejo de gritar y de sollozar.
Las lágrimas, sin embargo, continúan cayendo en silencio.
Me limpio la boca con el dorso de la mano y un pensamiento fugaz atraviesa mi cabeza.
—¿Con qué los mataron? —pregunto tan bajo que nadie parece escucharme—. ¿Con qué los mataron?
El comandante se vuelve hacia mí. Debo de tener un aspecto horrible, porque alcanzo a distinguir lástima en su mirada.
—No puedo decirlo, Misery.
—Por favor. Por favor.
Suspira mientras se frota la mandíbula y dirige los ojos hacia algún punto del cementerio.
—Con un hacha.
Alguien vuelve a hablarle y me da la espalda.
La boca se me seca y todo empieza a dar vueltas otra vez.
«Si no corres, mataré a todos los que están aquí».
«—Soy malo.
—¿Qué tan malo?
—Malo. Muy malo».
«Entonces voy a matarte fácilmente».
«—Dije que se acabó el juego. Ahora jugaremos mi juego.
—No quiero jugar tu maldito juego —murmuro entre dientes, molesta.
—Todos están jugando y tú no puedes ser la excepción».
«Cavaste tu propia tumba, Misery».
Inhalo hondo, como si acabara de salir del agua y necesitara llenar los pulmones de aire. Niego un par de veces mientras observo mis manos hundidas en la tierra.
Las mismas manos que…
Las mismas manos que tocaron al asesino.
Una lágrima cae detrás de otra.
No.
No.
No.
Abrazo mi propio cuerpo, intentando contener el llanto.
No puedo dejar que me revisen.
No puedo.
Al rodearme con los brazos, algo cruje dentro de la chaqueta. Frunzo el ceño y meto una mano en uno de los bolsillos. Sorbo por la nariz mientras saco un trozo de papel arrugado y lo desdoblo con los dedos temblorosos.
Las chicas malas nunca mueren, Misery.
Arrugo el papel hasta convertirlo en una bolita y lo aprieto contra mi pecho mientras miro a todas partes con los ojos muy abiertos. Después vuelvo a esconderlo en el mismo bolsillo.
No consigo dejar de temblar.
Doy un respingo cuando una mano se posa sobre mi hombro. Al girarme, una mujer rubia me dedica una sonrisa amable.
—Tranquila, Misery. Todo está bien. Ya no estás en peligro. —Me acaricia el cabello con suavidad—. ¿Puedes ponerte de pie? Necesito limpiarte las heridas.
—Yo…
Bajo la mirada hacia mis manos y, de pronto, las veo cubiertas de sangre.
Cierro los ojos con fuerza, intentando contener el llanto.
Cuando vuelvo a abrirlos, no hay nada.
—Lo entiendo. Ahora mismo estás conmocionada por la noticia y es normal que te sientas así. Pero necesito llevarte a la ambulancia y atender tus heridas antes de que te trasladen a la comisaría.
Niego deprisa.
—No.
—Por favor, ponte de pie.
Sollozo.
En cuanto intento incorporarme, todos los músculos de mi cuerpo protestan. Y ni hablar del dolor en la parte baja. Se me escapa un quejido que no consigo contener.
Varias miradas se clavan en mí y aparto rápidamente la mano de la pelvis.
—Si no consigues relajarte, tendré que darte un calmante. Inhala y exhala varias veces. Eso puede ayudarte.
Me ayuda a incorporarme pasando uno de mis brazos por encima de sus hombros. Cuando por fin consigo mantenerme en pie frente a la tumba, mi atención vuelve al agujero del que acaban de sacarme y, casi por inercia, alzo la mirada hacia la lápida.
El calor abandona mi cuerpo de golpe.
Mis ojos se quedan clavados en el nombre grabado en la piedra y las piernas dejan de responderme. La mujer grita pidiendo ayuda cuando todo mi peso cae sobre ella y ya no consigue sostenerme.
Tiene que ser una broma.
No aparto la vista de esas dos palabras que parecen incrustarse cada vez más hondo en mis entrañas.
Ryder King.
¿King?
¿King está muerto?