Bendito Karma CAPÍTULO 55
99%

CAPÍTULO 55

M e despierto con la sensación de que algo está mal antes siquiera de abrir los ojos.

Extiendo una mano hacia el otro lado de la cama por pura costumbre, pero encuentro las sábanas frías y vacías. Abro los ojos lentamente y durante unos segundos me quedo mirando el techo, intentando recordar qué día es, dónde estoy y por qué tengo este peso horrible en el pecho.

Entonces lo recuerdo todo.

El día anterior. Mi abuelo. Alemania. Nico.

Me incorporo esperando escuchar algún ruido en el apartamento, el sonido de sus pasos o el agua de la ducha. Nada.

Salgo de la habitación. El apartamento está completamente en silencio. Voy primero a la cocina, después reviso la sala y hasta me asomo al baño, como si existiera alguna posibilidad absurda de encontrarlo ahí. No está. Tampoco hay rastro suyo, excepto por su llave.

La copia de la llave de mi apartamento que le regalé hace meses está ahí, junto a las otras cosas que normalmente dejo sobre la encimera.

La tomo entre los dedos y la miro durante unos segundos, sintiendo que ese pequeño pedazo de metal pesa mucho más de lo que debería. Un suspiro se me escapa sin querer.

Así que ya se fue.

Ayer sí fue una despedida.

Me obligo a dejar la llave donde estaba y me quedo unos segundos apoyada contra la encimera, mirando hacia ningún lugar en particular.

Intento convencerme de que está bien. Que él tiene un avión que tomar, una oportunidad que llevaba tiempo esperando y una vida que seguir.

Que esto era inevitable. Que las personas se van, que la vida continúa y que, en teoría, yo debería ser capaz de hacerlo también.

Salgo al balcón y miro el apartamento de Nico. Está vacío.

Las cortinas no están y, desde aquí, puedo ver el interior con una claridad extraña.

Ya no están sus cosas. No hay nada que diga que Nico vivió ahí.

El lugar sigue siendo el mismo, pero perdió algo que no sé cómo explicar.

Ya no tiene su personalidad. Parece simplemente un apartamento vacío al otro lado de la calle.

Entonces mi teléfono empieza a sonar.

Una notificación.

Después otra.

Y otra.

Frunzo el ceño. El sonido continúa hasta que termina llamándome la atención. Entro a la sala y tomo mi celular que está sobre el sillón. Tengo un video en el que me han etiquetado varias veces y, debajo, ocho mensajes de Lucas.

Lo único que puedo pensar es: ¿Qué mierda dijo Rigoberto esta vez?

No quiero verlo, pero me armo de valor solo para saber contra qué tengo que defenderme después si es que dijo algo en contra mía. Maldito Rigoberto.

Abro la notificación antes que nada, porque el mensaje de Lucas es un:

«¿Ya viste?»

Y sé que se refiere a ese preciso video.

La imagen tarda un segundo en cargar y entonces aparece su rostro.

Claro, tenía que ser él. Rigo. Por un momento pienso que se trata de otra de sus jugadas de marketing.

Algo para ganar simpatía. Alguna declaración para la prensa.

Algún intento desesperado de limpiar su imagen ahora que todo el mundo sabe lo que realmente es, pero entonces veo el titular sobre el video:

« Se confirma la muerte del excandidato a alcalde Rigoberto Beltrán »

Me quedo inmóvil.

Lo que se está reproduciendo es una grabación que muestra a Rigoberto saliendo de la comisaría. Hay periodistas esperándolo afuera y, en cuanto aparece, todos se abalanzan sobre él. Las preguntas llegan desde distintos lados:

—Señor Beltrán ¿Por qué estuvo detenido?

—¿Es verdad que irrumpió por la fuerza en el apartamento de su hija?

Mi padre intenta avanzar entre ellos.

—Eso es mentira.

No lleva la sonrisa que siempre usaba frente a las cámaras durante sus campañas. No intenta parecer amable ni conciliador. Está furioso y se le nota. Empuja a quién se le atraviese enfrente e incluso la misma policía tiene que intervenir para que no agreda a nadie.

—¡Déjenme en paz! Son unos metiches de mierda ¿Qué no tienen otra cosa que hacer? Bola de inútiles.

Los periodistas no le toman importancia a lo que dice y continúan siguiéndolo. Lo interceptan, le cortan el paso. Él les grita de nuevo.

—Señor Beltrán ¿Es verdad que también agrede a su esposa?

—¿Es cierto que intentó provocarle un accidente a su propia hija en plena carretera?

Se detiene apenas un segundo.

—¡No! Claro que no ¡Dejen de inventarse cosas! Estoy libere ¿Qué no ven? Si estoy aquí es porque no hay pruebas de nada de eso. Yo jamás me atrevería a hacerle algo a mi hija.

Un reportero vuelve a acercarle el micrófono. Él lo tira de un empujón. Intenta abrirse paso entre todas las personas y es entonces cuando cruza la calle.

Todo ocurre en cuestión de segundos.

Rigoberto no mira hacia ninguna parte y es cuando un camión aparece de la nada.

El conductor intenta frenar, pero ya es demasiado tarde.

La cámara se mueve bruscamente cuando el impacto ocurre.

El video continúa durante unos segundos más.

Alguien intenta apartar a los periodistas, pero alguien logra captar una imagen clara de Rigoberto en el suelo, inmóvil, en una posición que es incompatible con la vida.

No puedo apartar la mirada de la pantalla.

La imagen cambia y aparece el presentador del noticiero.

Habla de que Rigoberto Beltrán fue trasladado de emergencia al hospital.

Que ingresó con muerte cerebral. Según la información que tienen hasta el momento, su esposa tomó la decisión de retirarle el soporte vital, ya que, de acuerdo con lo declarado por ella misma, él presuntamente no habría querido permanecer conectado en esas circunstancias.

Me comienzan a temblar las manos.

No por él precisamente, si no, por la forma en que ocurrió todo.

La cantidad de cámaras apuntándolo. Los periodistas rodeándolo.

Su última discusión con ellos se reproduce una y otra vez.

La manera absurda y repentina en la que, después de tantos años creyéndose intocable, terminó muriendo en la calle a plena luz del día.

Hay otros videos más explícitos que no me atrevo a ver.

Pienso en mi abuelo y, por primera vez desde que murió, una parte de mí siente que ahora sí está descansando en paz. Rigoberto era su pesadilla. Ya no tendrá que preocuparse por mí. Ya no estará pensando en que Rigoberto podría hacerme daño.

Y yo, ya no tendré que vivir con el miedo de que Rigoberto volverá a buscarme.

Todavía tengo el teléfono entre las manos cuando escucho que tocan la puerta.

En otras circunstancias, probablemente habría sentido que se me paralizaba el cuerpo. Después de lo que pasó con Rigoberto, cualquier golpe habría sido suficiente para ponerme en alerta.

Pero Rigoberto ya no está y eso me alivia enormemente.

Me pongo de pie. Ni siquiera me acordaba de esta cerradura. Recuerdo que estaba dañada cuando me fui, pero ya funciona correctamente. Giro el pomo sin detenerme a preguntar quién es.

Nico está del otro lado.

Me quedo mirándolo. Él también se queda quieto al verme. Sus ojos recorren mi cara durante unos segundos y su expresión cambia inmediatamente.

—Perdón. Olvidé mi llave. —Lo miro como si acabara de aparecer de otra dimensión. —¿Pasó algo?

Parpadeo.

Todavía debo tener la cara completamente blanca.

Por Rigoberto y por él.

A ver, ¿no se supone que ya debería estar camino a Alemania?

—Rigoberto murió.

Nico se queda inmóvil.

—¿Qué?

—Murió. Acabo de verlo todo en un video. Salió de la comisaría, estaba rodeado de periodistas, intentó cruzar la calle y un camión lo atropelló.

Nico procesa la información en silencio.

—Qué suerte que ya no me toca a mí ir a recogerlo.

Ingresa a mi apartamento sin que yo tenga que decirle que pase. Al parecer, todavía conservamos algunas viejas costumbres.

Yo lo miro durante unos segundos.

—Oye… ¿no te ibas hoy?

—Yo no dije que me iba hoy… ¿Cómo podría irme sin despedirme de ti, pulga?

—Pensé que te habías despedido ayer.

—Definitivamente, no sabes qué es una despedida de mi parte.

Me hace sonreír.

Me gusta volver a escuchar al Nico de siempre.

Entonces veo lo que lleva en las manos.

—¿Saliste a comprar unas macetas?

—Sí. —Las deja sobre la mesa—. Una de tus plantas ya no cabe en la que tiene. La otra es un repuesto de las que el idiota de Rigoberto rompió.

Saca el helecho con cuidado, afloja un poco la tierra alrededor de las raíces y comienza a trasplantarla a la macetera nueva. Lo observo durante unos segundos. Es un gesto tan cotidiano que casi consigue hacerme olvidar todo lo demás.

Casi.

—¿Cuándo te vas?

Nico levanta la mirada.

—¿Tan rápido quieres que me vaya?

—No. Necesito prepararme psicológicamente.

Está de espaldas a mí, pero noto que esboza una sonrisa grande. Termina de tapar la plantita y se vuelve a mí:

—¿Alguna vez pensaste en mudarte a Alemania?

Frunzo el ceño.

—No. Hace demasiado frío.

—Bueno, la casa tiene buena calefacción.

Lo miro con atención.

—¿Qué estás insinuando?

Se limpia las manos. Cuando vuelve a levantar la mirada, dice:

—Alemania es mi sueño, Nina. —Hace una pausa. —Pero tú también lo eres. Me gusta estar contigo. No quiero ni pensar en un futuro en el que tú no estés. Tan así de loco estoy por ti.

Nico sostiene mi mirada y a mí no se me ocurre nada mejor que recordarle aquella conversación que tuvimos:

—¿Te acuerdas de una fotografía tuya que comenté? ¿Una donde te señalé el espacio en el que iba a estar mi nombre? ¿Recuerdas qué me respondiste?

Nico parece buscar algo en su memoria y suelta una risa.

—Que tendrías que volverme loco.

—Y ahora lo estás admitiendo en voz alta. —Nos miramos a los ojos y me acerco a él. Le agarro el brazo y busco un espacio donde pueda caber una palabra de cuatro letras. —Lo quiero con mi puño y letra.

—Bueno, podemos hablar de eso después. Ahora necesito una respuesta, porque estoy a tiempo de comprar otro vuelo si…

—¿Me estás pidiendo que me vaya a Alemania contigo?

—Sí.

La respuesta es tan sencilla que por un segundo no sé qué hacer con ella.

Nico toma su computadora de la mesa y la abre.

—La casa tiene suficiente espacio para los dos, además de una vista espectacular… —Busca algo en su laptop y me la entrega. —Hay muy buenos programas de dirección cinematográfica. También de fotografía. De lo que quieras hacer, de hecho.

Bajo la mirada hacia la pantalla.

Hay varias páginas abiertas. Universidades. Programas. Fechas. Requisitos de admisión. Hasta correos con ofertas académicas.

No son búsquedas hechas ayer.

—Estos emails son de hace meses.

—Sí.

Lo miro.

—¿Cuánto tiempo llevas viendo esto?

—El mismo tiempo que tú y yo llevamos siendo «nada».

Eventualmente iba a pedirte que te fueras conmigo.

Era una idea loca, lo sé. Pero en algún momento sí pensé que me dirías que sí.

Después me di cuenta de que quizás me estaba haciendo ideas erróneas.

Así que, simplemente, dejé el pensamiento a un lado.

No sé qué decir.

Miro otra vez la pantalla.

Un programa de dirección cinematográfica. Una ciudad que no conozco. Un país al otro lado del mundo. Una vida que nunca había imaginado para mí.

Después miro a Nico.

Y pienso en mi abuelo… en qué diría si llegara a contarle que quiero irme con Nico a Alemania.

Efectivamente, me diría: «Vete con él».

—Tengo que pensarlo.

Nico asiente. Reviso una vez más el programa de dirección cinematográfica. Es demasiado interesante como para dejarlo ir.

—Yo puedo esperar. Mi fecha de inicio en el instituto es hasta la otra semana. Quería irme antes para conocer la ciudad, pero simplemente no pude subirme a ese avión después de enterarme de lo de tu abuelo.

Todavía resulta extraño escuchar esa palabra «abuelo» y caer en cuenta de que él ya no está.

—No tienes que responderme ahora. Piénsalo bien, porque si vienes conmigo, no podrás deshacerte de mí tan fácilmente.

Yo suelto una risa.

—¿Es eso un premio o una amenaza?

—Depende de cuánto me quieras.

Una media sonrisa es mi respuesta.

Agradezco que no intente convencerme.

Que tampoco me pida una respuesta inmediata.

Porque eso es precisamente lo que necesito… pensar.

Necesito descubrir si realmente estoy dispuesta a dejar atrás todo lo que conozco para empezar una vida completamente diferente. De lo que sí estoy segura es de que confío ciegamente en Nico.

Se lo cuento a todos: a mis amigas de la revista, a Lucas, a Luciana, a Francia, incluso a Glenda. Y, para mi absoluta desgracia, ninguno de ellos me dice que estoy a punto de cometer una locura.

Al contrario, todos parecen demasiado entusiasmados con la idea.

Entonces le doy mi respuesta al día siguiente. Tal vez sea la estupidez más grande de mi vida, pero mientras estamos en un bar con su grupo de amigos, le digo:

—¿Sabes qué?

Levanta una ceja.

—¿Qué?

Sonrío.

—Sí quiero irme a Alemania contigo, pero tengo una condición…

Nico frunce el ceño y gira su cuerpo completamente hacia mí.

—Dime… —saco de mi bolso un volante de un estudio de tatuajes y se lo entrego. Nico lo mira y suelta una carcajada. —Eso no tienes que pedírmelo, mi amor.

Entonces es así como termino sobre Nico, en un estudio de tatuajes a medianoche, escribiéndole mi nombre en el antebrazo. Sí, como dije… con mi puño y letra.

Quizás yo me arrepienta de irme a Alemania.

O quizás él se arrepienta de haber dejado que lo tatúe yo.

Pero de lo que estoy absolutamente segura es de que sí quiero estar con Nico por el resto de mi vida. ¿Quién lo diría? El hombre que me hacía la vida imposible desde el balcón de enfrente.

Cuando termino la última letra, levanto la mirada.

—Ya.

—¿Tan rápido?

Nico se revisa el brazo y se incorpora sin quitarme de encima, así que termino sentada sobre él, con nuestras caras a pocos centímetros de distancia. Me mira durante unos segundos y luego me toma suavemente de la barbilla.

—Entonces… ¿quieres ser mi novia? Esta vez quiero hacer las cosas bien. Quiero tomarte de la mano y presentarte a todo el mundo como mi novia. Quiero decir que eres la futura madre de mis hijos…

—De tus cuatro hijos…

Creo que estoy borracha. Nico suelta una carcajada y, solo para cerciorarse, repite:

—¿Cuatro?

—Sí. Quiero cuatro hijos.

—Entonces cuatro serán.

Yo estoy bromeando. Absolutamente bromeando. Pero entonces lo miro a los ojos y respondo su pregunta:

—Sí. Sí quiero ser tu novia.

La sonrisa que aparece en su rostro es pequeña, pero hace que algo dentro de mí se quede completamente quieto. Nico me toma el rostro con ambas manos y me da un beso corto, dulce y lleno de una ternura que me hace sonreír sobre su boca.

Cuando se separa, mantiene la frente apoyada contra la mía.

—Te amo, mi pulga.

Lo miro.

Y, por primera vez, no necesito esconderme detrás de ninguna broma.

—Y yo te amo a ti.