Bendito Karma CAPÍTULO 54 #3
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CAPÍTULO 54 #3

Aunque Nico es un mandón de primera, siempre su tono de voz es suave… aunque sea solo cuando habla conmigo. Lo observo preparar algo sencillo. Y, aunque no tengo hambre, termino sentándome frente a él en el comedor.

Comemos en silencio.

Pruebo un par de bocados, después dejo el tenedor. Siento que los ojos vuelven a llenárseme de lágrimas cuando miro alrededor.

—No puedo comer.

—Solo un poco más.

Muevo la cabeza.

—No puedo. Todo aquí me recuerda a mi abuelo.

Estas son sus cosas. Al menos la mitad de las plantas son de él.

Yo solo me encargué de cuidarlas. —Nico deja el tenedor y me escucha.

—Nunca te lo conté, pero este apartamento es suyo.

Vivía aquí con mi abuela antes del accidente.

Después nunca quiso regresar, así que lo rentaba.

Un día me dijo que era mío y que, cuando estuviera lista, podía empezar a vivir aquí porque estaba más cerca de todo.

Ahora no sé qué voy a hacer con tantas cosas recordándome a él.

Nico me observa durante un segundo.

—Puedes empezar por no decidirlo esta noche.

Lo miro.

—¿Eso fue un consejo?

—No, una orden.

Suelto una risa pequeña, todavía con los ojos húmedos.

—Por cierto, no te cuento esto para que me tengas lástima.

La expresión de Nico cambia apenas.

—Nunca te tendría lástima. —Lo dice con absoluta naturalidad. —Te conozco demasiado bien, Nina.

Algo en esa frase me aprieta el pecho.

Miro nuevamente el plato.

—No puedo comer más.

Nico asiente.

—Está bien.

Agradezco que no insista. Me levanto, voy al baño y me lavo los dientes. Después entro en mi habitación y me meto bajo las cobijas.

No estoy pensando en si Nico va a quedarse.

No tengo fuerzas para pensar en eso. Lo único que quiero es dormir, aunque mi mente esté a mil revoluciones.

Unos minutos después escucho sus pasos. La puerta se abre y Nico aparece vestido únicamente con un pantalón.

Tiene el cabello ligeramente húmedo y algunas gotas todavía pegadas cerca de la sien.

Lo miro desde la cama.

—¿Quieres...? —Me aclaro la garganta. Está guardando una de las toallas en mi armario. —¿Quieres quedarte un rato? No puedo dormir.

Nico no parece sorprendido.

—Claro que sí, pulga.

Se acerca a la cama.

Me acomodo de lado dándole la espalda para que esto no sea incómodo en lo absoluto. Entonces siento su brazo deslizarse debajo de mi cabeza y el otro rodearme la cintura. Me acerca contra su pecho y yo entrelazo mis dedos con los suyos.

Por un momento, todo parece estar bien.

Solo por un momento.

Hasta que recuerdo que probablemente mañana ya no estaremos así.

—¿A qué hora te vas mañana?

Siento que sus dedos se mueven ligeramente entre los míos.

—No vamos a hablar de eso ahora.

—No me digas que piensas quedarte por lástima.

Nico suelta una pequeña risa.

—No.

Me quedo quieta.

No debería sorprenderme, digo… ya lo sabía. No creo que haya decidido quedarse solo por mí. El instituto en Alemania es importante para él. Me giro lentamente hasta quedar frente a frente. Apenas puedo distinguir sus facciones por la luz tenue de mi lámpara.

—Prométeme que vas a llamarme.

Una sonrisa pequeña aparece en sus labios.

—Todos los días.

—En cuanto llegues.

—En cuanto llegue.

Lo observo unos segundos.

—Y prométeme que no vas a andar metido en esos lugares donde parece que vas a terminar siendo víctima de un grupo de caníbales.

Nico suelta una carcajada baja.

—Eso sí no puedo prometértelo.

Me río.

Y durante unos segundos volvemos a ser nosotros.

Los mismos de siempre.

Nuestras miradas se encuentran y ninguno de los dos se aparta. Después de todo lo que ha pasado, de todos los días intentando mantenerme entera, de haberlo perdido y encontrado otra vez en cuestión de días, ya no sé qué decir.

Tampoco hace falta.

Nico se acerca despacio y me acaricia el rostro. Yo cierro los ojos justo antes de sentir sus labios sobre los míos.

Es un beso lento.

Sin prisa.

Lo beso de vuelta y siento cómo algo dentro de mí, algo que llevaba horas apretado, empieza a aflojarse. Sus labios se mueven sobre los míos con una suavidad que me hace pensar en todas las veces que lo besé sin imaginar que algún día podría echar de menos algo tan sencillo.

Hay algo triste en este beso.

Algo que sabe a despedida.

Quizá porque los dos sabemos que Alemania sigue ahí. Quizá porque todavía no hemos hablado de qué va a pasar después. O quizá porque ya aprendí que cualquier cosa puede terminar mucho antes de que estemos preparados para dejarla ir.

Cuando nos separamos, no digo nada.

Tampoco él.

Simplemente apoyo la cabeza contra su pecho.

Nico me rodea con los brazos y cierro los ojos.

Escucho su respiración. Siento el movimiento lento de su pecho bajo mi mejilla. Por primera vez en todo el día, no tengo que pensar en nada.

No tengo que ser fuerte.

No tengo que responder preguntas.

No tengo que decidir qué hacer mañana.

Solo quiero quedarme aquí… con él.

Y, poco a poco, mientras sus dedos recorren mi cabello, siento que todo el cansancio que llevaba horas ignorando finalmente me alcanza.

No sé cuánto tiempo pasa.

Solo sé que, antes de quedarme dormida, pienso que si existe un lugar donde querría quedarme para siempre, es exactamente aquí.