Bendito Karma CAPÍTULO 54 #2
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CAPÍTULO 54 #2

Me levanto antes de que termine la ceremonia y salgo al jardín.

Necesito respirar.

El aire fresco me golpea la cara. Cierro los ojos y tomo una bocanada profunda.

Cuando los abro, miro alrededor. Todo sigue exactamente como mi abuelo lo dejó. Sus plantas. Las flores. Durante unos segundos me quedo ahí, observándolo todo. Mi abuelo amaba este jardín. Me limpio rápidamente los ojos cuando siento que las lágrimas empiezan a acumularse otra vez.

Respiro hondo una vez más.

Entonces escucho una voz detrás de mí.

Una voz que reconozco inmediatamente.

Y, por primera vez desde que murió mi abuelo, siento algo que no es tristeza. Es rabia.

—Nina…

Me giro.

Benjamín está de pie a unos metros de mí.

Y, como si necesitara una razón más para irritarme, acaba de pisar una de las flores.

Miro su zapato. Después lo miro a él.

—¿Qué diablos haces aquí?

—Me di cuenta de lo de tu abuelo y…

—No.

Se queda callado.

—¿No, qué?

—Vete.

Benjamín frunce el ceño.

—Nina…

—Ni siquiera le caías bien.

—Bueno, eso no significa que no pueda venir y darte mi apoyo.

—Que no necesito.

—Nina, por favor. Ya basta.

Lo miro, incrédula.

—¿Ya basta de qué?

—Sea cual sea la guerra que hay entre nosotros, quiero que termine. Quiero que sepas que estoy aquí para ti, para lo que sea. —Hace una pausa. —No me interesa Luciana. Ni Valentina. Ni ninguna otra mujer. La única persona que no puedo sacarme de la cabeza eres tú.

Cierro los ojos un segundo.

No puede estar haciendo esto.

No hoy.

Todavía continúa:

—Y tal vez no sea el mejor momento para hablarlo…

—¡Claro que no es el mejor momento!

Mi voz sale mucho más fuerte de lo que esperaba.

Benjamín da un pequeño paso hacia mí y aplasta otra flor.

—Solo quería decirte que todavía te amo.

Lo miro.

—¡Estás pisando las flores!

Él brinca hacia atrás.

—Mierda.

—Solo vete.

Recojo las que este inútil dañó y paso a su lado sin verlo.

—Nina, por favor. Ya me castigaste lo suficiente. Solo quiero que volvamos, por favor. Además, Nico se fue. Ya nadie puede interferir entre nosotros.

Me detengo y me giro lentamente.

—¿Interferir?

Benjamín asiente, como si acabara de decir algo perfectamente razonable.

—Sí.

Lo miro durante unos segundos intentando mantener la calma.

—Tú ni siquiera eres competencia para Nico. Incluso si él hubiera desaparecido de mi vida hace años, yo seguiría sin querer volver contigo. Tú mismo eres la razón por la que jamás volvería contigo, Benjamín. Ahora vete. Estás arruinando la despedida de mi abuelo.

Benjamín abre la boca para responder, pero su mirada se pierde en algún punto sobre mi hombro. Yo me giro y es entonces cuando lo veo.

A Nico.

Me quedo completamente quieta.

Durante un segundo, mi cabeza se niega a entender lo que estoy viendo. Se supone que está en Alemania. Se supone que se fue ayer ¿No? Pero está ahí. De pie en la entrada de la casa.

Nuestros ojos se encuentran y solo sé que no puedo apartar la mirada.

Él tampoco.

Y entonces sucede algo que no alcanzo a pensar. Voy hacia él casi sin darme cuenta, acortando rápidamente la distancia que nos separa. Nico hace lo mismo. Uno hacia el otro, sin decir una palabra.

Cuando estamos lo suficientemente cerca, sus brazos me rodean y yo me aferro a él. Es un abrazo fuerte, desesperado, de esos que no necesitan ninguna explicación. Hundo el rostro contra su pecho y cierro los ojos.

Por primera vez en horas, dejo de intentar mantenerme de pie por mí misma.

Siento que mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas. Intento contenerlas, pero ya no puedo. El primer sollozo se me escapa contra su pecho y, después de eso, todo lo que llevo horas intentando mantener bajo control se desborda.

No sé en qué momento se va Benjamín.

No sé en qué momento acaba la ceremonia.

No sé en qué momento comienza a llover.

Lo único que me importa ahora mismo es que Nico está aquí, que sus brazos permanecen alrededor de mí mientras yo sigo llorando. Él no me pide que me calme. No me pregunta qué pasó. No intenta arreglar nada.

Simplemente se queda.

Junto a mí.

Junto al jardín que mi abuelo cuidó durante tantos años.

◆◆◆

Cuando todo finaliza, Nico me lleva a mi apartamento. Todo el camino es silencioso, pero no de esos silencios incómodos, sino de esos que se sienten bien después de tanto caos.

No tengo fuerzas ni para pensar.

Mucho menos para hacer algo tan sencillo como lavarme el cabello.

Me quedo sentada en el borde de la bañera, todavía con la ropa que llevaba para la ceremonia de mi abuelo, mirando un punto cualquiera de la pared mientras Nico se mueve por el baño sin preguntarme demasiado.

Abre el grifo.

Comprueba la temperatura del agua.

Busca una toalla y la coloca cerca.

Después se arrodilla frente a mí.

—Ven.

Lo miro.

—¿Qué?

—Te voy a lavar el cabello.

—Puedo hacerlo yo.

Nico me mira con esa expresión que deja bastante claro que no piensa discutirlo.

—Sé que puedes hacerlo tú, pero quiero ayudarte.

Me acomodo en el borde de la bañera y recuesto la cabeza hacia atrás. Nico coloca una toalla debajo de mi cuello para que esté más cómoda y comienza a mojarme el cabello con cuidado.

Sus dedos recorren lentamente mi cuero cabelludo, masajeándolo con esa delicadeza que siempre ha tenido conmigo. Cierro los ojos y dejo que el movimiento lento de sus dedos me calme.

Por unos minutos no pienso en nada.

Solo siento el agua tibia, sus manos y su presencia.

Cuando termina, me ayuda a incorporarme y me da espacio para que pueda meterme a la ducha sola. Me tomo mi tiempo. Cada movimiento parece requerir una cantidad absurda de energía. Dejo que el agua termine de asear mi cuerpo sin ninguna prisa.

Después me pongo mi pijama más cómodo, uno de esos de felpa que normalmente uso cuando quiero pasar todo el día sin salir de la cama.

—¿Has comido?

Niego con la cabeza.

—No tengo hambre.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste?

Abro la boca.

Nada.

No lo recuerdo.

Nico me mira.

—Eso pensé.

Antes de que pueda protestar, ya está entrando en la cocina.

—Nico...

—Siéntate.

—De verdad no tengo apetito.

—No te estoy preguntando si tienes apetito.