Bendito Karma CAPÍTULO 54
97%

CAPÍTULO 54

L lego al hospital sin recordar cómo hice el camino.

Corro por los pasillos hasta encontrar a Glenda. Está de pie frente a la habitación de mi abuelo, con las manos apretadas contra el pecho y los ojos llenos de lágrimas. Francia está junto a ella, acariciándole la espalda.

—¿Qué pasó?

Ella intenta responderme, pero las palabras no le salen. Solo consigue negar con la cabeza. Es Francia la que me habla.

—Se puso peor muy rápido. El doctor está haciendo todo lo posible.

—¿Cómo es que empeoró? —La pregunta me sale en un hilo de voz—. Estaba bien antes de irme. ¿Qué fue lo que pasó?

—El doctor dice que en pacientes de su edad y con una infección pulmonar como esta, las cosas pueden cambiar muy rápido.

La puerta está entreabierta.

Hay más personas de las que recuerdo haber visto antes. Una enfermera revisa una vía mientras el médico observa el monitor. Mi abuelo está conectado a más cosas que cuando me fui.

—¿Dicen que se va a poner bien? ¿Qué más les dijo?

Glenda comienza a llorar y Francia toma una bocanada de aire. Se aclara la garganta antes de responder.

—No lo saben.

El médico sale de la habitación. Su expresión no es la misma de cuando me fui. Se quita la mascarilla y habla con calma.

—Su saturación está cayendo y la respiración se está haciendo cada vez más débil. Su presión arterial también está bajando, aunque logramos estabilizarlo.

Se me cierra la garganta.

—¿Pero él está consciente?

—Sí, aunque ahora mismo está muy somnoliento por la medicación.

—Entonces puede mejorar.

El médico no me contradice, pero tampoco me da esperanzas.

—Vamos a seguir intentándolo y a vigilarlo muy de cerca.

Eso es todo lo que necesito escuchar.

—¿Puedo pasar?

—Sí, claro.

Me siento junto a mi abuelo y tomo su mano.

No pienso moverme.

Durante las horas siguientes, nadie consigue convencerme de salir de la habitación.

Glenda se queda conmigo. Francia aparece varias veces con café que ninguna de nosotras termina.

El doctor Cárdenas termina su turno y el siguiente doctor llega a revisarlo.

Las enfermeras entran y salen, revisan los medicamentos, cambian una bolsa, comprueban sus signos vitales y vuelven a marcharse.

La noche avanza.

Yo sigo ahí.

A ratos mi abuelo parece dormir. A ratos abre los ojos y me mira sin decir nada.

No sé qué hora es cuando la habitación está casi completamente en silencio. Glenda duerme en una silla junto a la ventana. Yo sigo despierta, sin procesar una pizca de todo lo que pasó hoy.

Tomo la mano de mi abuelo y me siento a su lado. Con el pulgar, acaricio lentamente el dorso de su mano.

—Tengo muchas cosas que contarte, abuelo —le hablo en voz baja. No quiero despertar a Glenda—. Odio admitirlo, pero tenías razón.

Me río un poco.

Sus dedos se mueven. Entonces siento un pequeño apretón en mi mano. Es tan débil que podría haber sido un movimiento involuntario. Pero un segundo después, vuelve a hacerlo. Esta vez con un poquito más de fuerza.

Y no me suelta.

Me quedo sentada junto a él, mirando nuestras manos.

La suya sigue siendo grande y cálida, aunque ahora se siente mucho más frágil entre las mías. Me fijo en sus uñas, están un poco moradas. Quizá la habitación está demasiado fría para él, siempre se quejaba del aire acondicionado.

Paso lentamente el pulgar por el dorso, siguiendo las pequeñas manchas y las arrugas que se acumulan alrededor de sus dedos.

No recuerdo mucho después de aquel accidente cuando tenía siete años, pero sí recuerdo las manos de mi abuelo sosteniendo las mías.

Ahora soy yo quien sostiene la suya.

Sigo acariciándole el dorso con el pulgar.

Es entonces cuando comienza a soltarme poco a poco y es en ese momento que el sonido del monitor cambia. Se vuelve irregular. Miro la pantalla y le hablo.

—¿Abuelo?

El pitido se alarga.

Glenda se despierta y se pone de pie de inmediato. La puerta se abre de golpe, una enfermera entra y dice:

—Necesitamos al doctor.

Regresa de inmediato con más personas. Todo ocurre demasiado rápido. Una voz dice algo que no alcanzo a entender. Otra persona mueve la cama. Alguien me pide que me aparte.

—No —digo, apretando la mano de mi abuelo—. No, esperen.

El monitor vuelve a emitir un sonido extraño.

Y entonces todo se llena de voces.

La enfermera me toma suavemente del brazo y me pide que salga un momento de la habitación. Yo le digo que no, que no pienso dejar a mi abuelo solo.

—Señorita, por favor…

—No. No me voy.

El médico da algunas indicaciones y las otras personas se mueven rápido. Alguien comprueba el monitor. Otra persona revisa a mi abuelo. La enfermera acompaña a Glenda hasta la puerta. Cuando regresa, lo único que me dice es:

—Manténgase aquí, por favor. No se acerque a la cama.

Yo solo puedo mirar.

El movimiento alrededor de la cama continúa durante unos minutos que parecen eternos Hasta que, poco a poco, todo empieza a detenerse.

El médico mira el monitor, después mira a mi abuelo. Comprueba algo más y finalmente baja la mirada.

—Hora de fallecimiento: cuatro y diecisiete de la mañana.

No entiendo las palabras. Las escucho, pero no consigo hacer que tengan sentido.

«Hora de fallecimiento». Hasta hace algunas horas mi abuelo estaba aquí haciendo bromas.

Alguien le da la noticia a Glenda, la escucho llorar.

Yo sigo mirando a mi abuelo como si esto es solo una pesadilla de la que no puedo despertarme.

—No —susurro.

El médico se acerca y dice:

—Lo siento mucho.

Hace apenas unos minutos me estaba apretando los dedos.

—Pero estaba aquí… —La voz se me rompe. —Estaba aquí hasta hace un momento.

Por primera vez en toda la noche, rompo a llorar.

Me acerco a su cama y le tomo la mano, pero ya no responde.

—No, abuelo. Por favor…

Las lágrimas empiezan a caer sin control. Me cubro el rostro con ambas manos y dejo escapar un sollozo que llevaba horas conteniendo. Me cuesta respirar. Una de las enfermeras se acerca y me acaricia lentamente la espalda.

—Lo siento mucho.

No respondo.

Siento que las piernas ya no me sostienen. La enfermera vuelve a tomarme del brazo y dice:

—Vamos. Tiene que salir un momento.

Esta vez me dejo llevar.

El médico hace una pequeña señal al personal y las demás enfermeras comienzan a retirar los equipos. Desconectan el monitor, retiran la cánula de oxígeno y comienzan a quitarle las vías con cuidado.

Cuando salgo al pasillo, encuentro a Glenda llorando desconsoladamente. Francia está abrazándola y también llora. En cuanto me ve, abre los brazos y me acerco a ellas sin decir nada.

No sé cuánto tiempo permanecemos así. Después todo se vuelve extraño.

Sigo escuchando voces a mi alrededor, pero parecen venir de muy lejos. Alguien habla conmigo y asiento. Alguien me pregunta algo y respondo. No estoy segura de qué estoy diciendo.

Dentro de mí, todo esto sigue sin ser verdad.

Mi abuelo está en casa.

Puedo verlo sentado en su banca, con su taza de café entre las manos, mirando la laguna como hacía tantas veces. Probablemente está quejándose del frío o diciéndole a alguien que deje de mover sus cosas.

Alguien me habla sobre los trámites.

Asiento.

Alguien más me explica qué documentos necesito.

Asiento otra vez.

Me entregan unos papeles.

Los firmo.

Me preguntan qué funeraria quiero utilizar.

Digo el nombre que mi abuelo había mencionado alguna vez.

No recuerdo cuándo.

Solo sé cuál era su deseo y que quería una ceremonia íntima en casa.

Así que hago exactamente eso.

Llamo a la funeraria, respondo preguntas. Hago todo lo que me dicen que tengo que hacer. Una cosa después de otra. Como si alguien hubiera dejado una lista frente a mí y yo solo tuviera que ir marcando cada punto.

No tengo tiempo de pensar.

Ni siquiera tengo tiempo de despedirme.

Mientras firmo documentos, recuerdo las manos de mi abuelo.

Mientras hablo con la funeraria, recuerdo su voz.

Mientras elijo las flores, recuerdo aquella tarde en la que me llevó a comprar unas porque decía que mi apartamento necesitaba color.

Mientras respondo preguntas que apenas entiendo, recuerdo cuando era niña y me esperaba en el portón cuando yo salía de la escuela.

Todos los recuerdos aparecen sin orden. Uno después de otro. Sus risas, sus frases, sus ironías, sus manos. Su voz llamándome por mi nombre. Y, entre todo eso, una sola idea que no consigo apartar de mi cabeza:

Hace unas horas estaba vivo.

Hace unas horas estaba hablando conmigo.

Hace unas horas me apretó la mano y ahora tengo que decidir dónde poner sus flores.

Nunca entendemos realmente lo frágil que es la vida hasta que alguien que creíamos que siempre estaría ahí deja de estarlo.

—Nina. —Estoy de pie frente a la laguna, perdida en mis pensamientos. El lugar que mi abuelo disfrutaba más de toda su casa. No me giro. —Nina…

Rebecca se acerca despacio.

—Llegó una corona de flores de la escuela de aviación. ¿Dónde quieres que las pongamos?

—Donde sea.

Rebecca asiente. No pregunta nada más.

Anastasia aparece unos segundos después, seguida de Deborah. Las dos chicas se acercan y me abrazan. Una de ellas le dice a Rebecca que las ponga con otras flores del mismo color porque todo tiene que verse «aesthetic».

—La ceremonia ya va a comenzar —habla una de ellas.

Miro mi reloj.

—Sí. Es verdad.

Deborah me observa unos segundos antes de preguntar:

—¿Tu no novio no va a venir?

—¿Quién?

—Nico.

Tardo un segundo en reaccionar.

—Nico se fue a Alemania.

—¿Qué?

—Ayer.

Antes de que puedan decir algo más, escucho la voz de Lucas desde la puerta.

—¿Nico se fue?

Me giro.

—Sí. A Alemania.

Lucas frunce el ceño.

—Eso es imposible. Hablé con él hace unos dos días.

—Se fue ayer.

Me mira durante unos segundos.

—Dame un momento.

Saca el teléfono y se aleja de nosotras.

No pregunto nada. No tengo fuerzas para hacerlo.

La ceremonia comienza poco después.

No recuerdo quién habla.

No recuerdo qué dicen.

Solo recuerdo mirar la urna sobre la mesa y la foto de mi abuelo sosteniendo el pescado que sacó aquel día. Solo puedo pensar que él no debería estar ahí. Debería estar en su banca, tomándose su café y leyendo el periódico.

En algún momento siento que me falta el aire.