Bendito Karma CAPÍTULO 53 #2
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CAPÍTULO 53 #2

La palabra me cae encima como un balde de agua helada. Respiro hondo, cierro los ojos un momento y dejo la computadora a un lado. Ahora entiendo lo de su apartamento, ya no vive ahí.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Me pongo de pie.

—¿Y cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando fuera el momento indicado.

—¿Cuándo? ¿Cuándo estuvieras dentro del avión rumbo a Alemania?

Se incorpora. Deja la planta sobre el estante y se gira hacia mí.

—En realidad, no sabía si decírtelo. —Lo miro incrédula. —Estabas atravesando la situación de tu abuelo, así que esperar hasta que estuviera mejor era lo más conveniente.

La voz se me quiebra de pura indignación.

—Hay muchos correos. Esto no es reciente.

—Mi decisión sí lo es. La oferta la recibí exactamente el día que Benjamín te dejó en aquel restaurante.

—Su expresión permanece serena, pero su mandíbula está ligeramente tensa.

—En ese momento les dije que me dieran un tiempo para pensarlo, aunque ya sabía que mi respuesta iba a ser un sí.

Entonces las cosas contigo comenzaron a suceder y cada vez me resultaba más difícil imaginarme haciendo una vida lejos de ti.

Siento algo extraño en el pecho y los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas.

—Pero aceptaste…

—Tú eras la única persona que me mantenía aquí.

—La respuesta es inmediata. No hay reproche en ella.

Solo una verdad que, por alguna razón, duele muchísimo.

—Al principio creía que, como tú no querías nada serio, tampoco sería tan complicado irme, pero no funcionó.

Me gustabas demasiado. Creo que desde la primera vez que te vi en ese balcón, mirándome como si yo fuera la persona más insoportable que habías conocido.

Deja escapar una risa breve y amarga, como si hasta a él le resultara irónico recordar cómo empezó todo. Después de una pausa mínima, continúa:

—Y supongo que ahí fue cuando empecé a cambiar mis planes sin darme cuenta.

No porque tú me lo pidieras, ni siquiera lo sabías.

Simplemente no quería irme y dejarte atrás como si todo esto hubiera sido una aventura que terminó porque apareció una oportunidad mejor.

Entonces empecé a imaginar que podía continuar mi vida aquí, contigo.

Cuando finalmente entendí que quizá tú nunca ibas a querer lo mismo que yo, tuve que recordar qué era lo que quería antes de conocerte.

Nos quedamos en silencio. No hay sonrisa. No hay dramatismo. Lo dice como quien finalmente acepta en voz alta algo que lleva demasiado tiempo sabiendo.

Yo por mi parte intento procesar lo que está diciendo, pero mi cabeza parece incapaz de seguir el ritmo de todo lo que está pasando. Rigoberto. Mi abuelo. El hospital. Nico. Alemania.

Siento que un par de lágrimas se me escapan antes de que pueda detenerlas.

—No quiero que te vayas.

Nico se queda mirándome durante unos segundos.

—Nina… —No sé qué hay en su voz, pero hace que algo dentro de mí se desarme. —No hagas esto, por favor. No ahora.

—Yo no te estoy pidiendo que te quedes. Me alegro por ti ¡Claro que me alegro!

Es tu sueño ¿no? Es algo que querías desde antes de que yo apareciera en tu vida y tampoco voy a pedirte que renuncies a él.

Pero tampoco puedes estar ahí diciéndome que yo no quería lo mismo que tú después de todo lo que ha pasado entre nosotros.

¡Claro que sí lo quería! ¡Pero esto es a lo que le tenía tanto miedo!

¡A enamorarme de alguien que decidiera hacer su vida lejos de mí!

Quería que no me doliera tanto cuando te fueras.

—Es que yo ni siquiera habría pensado en irme si hubiera sentido que yo también tenía un lugar en tu vida.

Lo dice con tanta calma que me dan ganas de gritar.

—¡Cometí un error! ¿Okey? ¡Perdón! No quería que me rompieras el corazón.

No quería terminar sufriendo por ti. Debí decírtelo.

Debí decirte que me enamoré de ti cuando todavía podía fingir que no me estaba pasando.

Debí decirte que me importabas cuando ya no quería que te fueras de mi casa, aunque tontamente fingía que sí.

Debí decirte que cada vez que decía que no éramos nada me daban ganas de gritar que en realidad tú eras lo más parecido a un hogar y…

—el nudo que me aprieta la garganta no me deja continuar.

Me limpio las lágrimas que están saliendo sin permiso. No, no voy a llorar ahora.

—Pero no te estoy diciendo esto para que te quedes.

Nico no se mueve. Me mira en silencio, con una expresión que no consigo descifrar.

—No pienso quedarme. Yo ya tomé mi decisión.

Ninguno de los dos dice nada más.

Siento el nudo en la garganta cada vez más fuerte. Si me quedo un minuto más, voy a terminar llorando delante de él.

Me giro para buscar el bolso que dejé sobre el sillón. Hace apenas unos minutos estaba aterrada porque Rigoberto había entrado a mi apartamento. Ahora ese miedo fue reemplazado por otro mucho más difícil de procesar: Nico se va del país.

Tomo mi bolso y camino hacia la puerta.

Cuando paso junto a él, Nico mueve la mano por instinto, como si fuera a detenerme, pero se contiene. Sus dedos apenas rozan mi muñeca antes de apartarse.

Me detengo.

Lo miro.

En sus ojos hay algo que conozco demasiado bien. Algo que parece decirme que tampoco quiere que me vaya, aunque sé que no va a pedirme que me quede.

Bajo la mirada.

Él también aparta la suya.

Y me obligo a seguir caminando.

Las lágrimas vuelven a escaparse mientras espero el elevador.

Me las limpio rápidamente con el dorso de la mano, como si así pudiera obligarlas a detenerse.

Respiro hondo y mantengo la mirada fija en las puertas.

Aprieto el bolso contra mi cuerpo para que no se note cuánto me tiemblan las manos.

Siento la garganta cerrada y obligo a respirar despacio. Una vez. Otra.

Entonces mi teléfono comienza a sonar.

Miro la pantalla y algo se me encoge dentro del pecho. Contesto de inmediato y escucho la voz entrecortada de Glenda.

—¿Sí?

Lo que escucho al otro lado hace que se me borre cualquier otro pensamiento.

—Nina… ven al hospital rápido, por favor. Tu abuelo se puso peor.