CAPÍTULO 53
L amentablemente, reconocería esa voz en cualquier parte.
No.
No puede ser.
Por un instante, no puedo moverme. El teléfono sigue en mi mano y mis llaves están sobre la mesa, pero siento como si todo a mi alrededor se hubiera quedado suspendido.
—¡Nina! —Vuelve a golpear la puerta ahora con más fuerza. —Que abras te digo.
Es Rigoberto.
Doy un paso hacia atrás.
Las manos empiezan a temblarme.
No sé qué hace aquí. No sé cómo sabe que estoy en este apartamento. No sé qué quiere de mí.
De lo único que estoy segura es de lo que Rigoberto es capaz si entra.
—Si no abres te juro que voy a tirar esta maldita puerta.
Comienza a golpear más fuerte.
—¡Nina! Ábreme. Te vi salir del hospital, te vi entrar a este edificio y sé que estás aquí. Más te vale que me abras antes de que yo mismo bote la puerta.
Mis dedos se mueven sobre la pantalla antes de que mi cabeza termine de procesar lo que estoy haciendo. Estoy tan asustada que no recuerdo el número que tengo que marcar para llamar a la policía.
Abro la conversación con Nico y, como si de alguna forma supiera en qué estoy metida, él aparece escribiendo.
Logro teclear un «Rigoberto está en mi apartamento» cuándo él al mismo tiempo me envía un: «No vayas sola a ninguna parte.
La persona detrás del auto que intentó provocarte el accidente es Rigoberto»
El alma se me va a los pies.
Entonces comienzo a teclear de regreso cuando una llamada de Nico me interrumpe. Contesto de inmediato y antes de que yo pueda hablar, lo escucho:
—¿Rigoberto está en tu apartamento?
Camino a la cocina buscando un cuchillo. Solo sé que, si Rigoberto entra, tengo que buscar la forma de defenderme. Conozco a Rigo lo suficiente como para saber que no viene a hablar.
—Yo estoy aquí. No sé en qué momento me siguió. —Un estruendo en la puerta me hace temblar. —Me ha estado vigilando. Quiere tirar la puerta.
Me doy cuenta de lo entrecortadas que salen las palabras de mi boca. Además, lo más seguro es que Nico lo escuche, porque ahora mismo mi padre está gritando desde afuera.
—Escúchame, escóndete en algún lugar donde no pueda encontrarte fácilmente. Y si intenta hacerte daño, defiéndete a cómo sea. ¿Entendido?
—Sí.
—No estoy cerca, pero voy a localizar a un oficial que esté patrullando por la zona y pedirle que vaya inmediatamente.
Un golpe más fuerte me hace apretar el teléfono contra mi oído.
—Nico...
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
Hay un silencio de apenas un segundo.
—No lo tengas ¿Okey? Yo no voy a permitir que ese idiota te ponga un dedo encima. Dame un momento, voy a buscar una patrulla. Yo llego lo más rápido que pueda.
Asiento como si pudiera verme.
La llamada se cuelga y yo tomo el cuchillo más grande que me encuentro. El apartamento parece demasiado grande de repente… demasiado silencioso y vacío. Corro hacia el baño y me encierro.
La puerta conecta con mi habitación, así que, si él entra y comienza a buscarme allí, todavía tengo una segunda salida.
Me quedo junto a la pared, agarrando el cuchillo con ambas manos.
El teléfono vibra. Parece un mensaje. No puedo mirarlo ahorita porque toda mi atención está puesta en la puerta principal.
Los golpes continúan durante varios segundos.
—¡Nina! —Me quedo inmóvil. —¡Me estás haciendo perder la paciencia! Abre la puerta. Me arruinaste la vida, la reputación, mi campaña ¡Todo!
Después de eso solo hay silencio.
Espero un rato. Un segundo, dos, tres… nada.
Mi respiración comienza a calmarse.
Quizá se fue.
Quizá la policía...
Entonces escucho un golpe seco, después otro. Parecen patadas. Sigo temblando, pero me armo de valor porque es muy probable que logre entrar. Ahora parece estar pegándole a la cerradura. Hasta que escucho un estruendo de la maldita puerta cediendo.
Me llevo una mano a la boca para contener el sonido que intenta escapar de mi garganta.
Escucho pasos… pesados, lentos. Camina por toda la sala con si estuviera paseándose por su propia casa. Entonces escucho una de mis plantas caer y después otra. Las macetas de barro se hacen añicos y Rigoberto dice:
—Hija mía... —Me provoca un escalofrío que no puedo explicar. —Sé que estás aquí. No te puedes esconder por mucho tiempo.
Aprieto con más fuerza el cuchillo.
—Recuerdas que pasa cuando te escondes de mí ¿verdad? Y hoy no estoy de buen humor. —Los pasos continúan. —Sal de donde sea que estés para que podamos hablar racionalmente sobre cómo arruinaste mi carrera.
Otra planta cae.
Cierro los ojos.
Un golpe contra la pared me hace dar un brinco.
—¡TE PREGUNTÉ DÓNDE ESTÁS!
Me quedo completamente quieta.
Los pasos se alejan.
Después vuelven a acercarse.
Mi corazón late tan fuerte que estoy convencida de que puede escucharlo.
Se está acercando a la puerta del baño, toma el pomo y cuando se da cuenta de que cerré desde adentro comienza a sacudirlo con fuerza. Grita, da un golpe y yo mantengo el cuchillo firme.
Entonces escucho voces.
—¡Señor Beltrán! ¡Las manos arriba!
Entonces se detiene.
—¿Qué?
—Las manos arriba. Ahora.
—Esperen… yo solo vine a hablar con mi hija.
—Señor Beltrán, aléjese de esa puerta y mantenga las manos donde podamos verlas.
—Oigan… este es un malentendido. —La forma «educada» que usa para engañar a la policía me hace rabiar. —Este es el apartamento de mi hija, Nina.
—Eso ya lo sabemos, pero va a acompañarnos a la estación.
—Ella me invitó. Pueden preguntarle, está aquí.
—Bueno, eso lo podrá explicar en la comisaría, con un abogado presente.
No escucho el resto.
Solo me quedo allí, temblando, escuchando como se acercan a él. Rigoberto intenta sobornarlos, pero no se lo permiten. Lo sacan de mi apartamento y es hasta que una voz diferente desde la sala que me atrevo a abrir la puerta.
—¿Señorita Beltrán? Puede salir. Su padre ya fue llevado a comisaría.
Las piernas me tiemblan tanto que tengo que apoyarme un instante en el marco.
El oficial me mira.
—¿Está bien?
Trago saliva.
—Sí.
La palabra sale más débil de lo que me gustaría. Todavía sostengo el cuchillo con tanta fuerza que cuando aflojo los dedos quedan entumecidos y tardan unos segundos en recuperar su posición natural. El oficial asiente y toma su teléfono.
—Doctor, el señor Beltrán fue capturado. Ya había entrado, pero llegamos a tiempo.
Reconozco la voz al otro lado.
—¿Nina está bien?
Cierro los ojos.
Solo escuchar mi nombre en su voz consigue que algo dentro de mí se afloje.
—Sí, ella está bien.
El oficial escucha unos segundos.
—Sí. Está bien. —Cuelga. Se dirige a mí y dice: —El doctor ya está llegando.
Asiento. El oficial se queda cerca de la puerta y yo dejo el cuchillo sobre la encimera. Antes de que pueda decir algo, escucho pasos acercándose por el pasillo. Levanto la mirada y, un segundo después, Nico aparece en la puerta.
No dice nada.
Yo tampoco.
Solo camino hacia él y él hace lo mismo. Cuando llegamos el uno frente al otro, simplemente me abraza y yo me aferro a él. No sé cuánto tiempo llevaba conteniendo la respiración hasta ese momento.
Nico se separa apenas lo suficiente para mirarme.
—¿Estás bien?
—Sí.
Tengo los ojos llenos de lágrimas. Parpadeo varias veces y consigo contenerlas, aunque siento ese nudo incómodo en la garganta. Nico me observa durante unos segundos, como si quisiera asegurarse de que estoy diciendo la verdad.
Después me vuelve a abrazar.
—Gracias, Ramírez.
El oficial asiente y se despide con un apretón de manos antes de salir del apartamento.
La puerta queda abierta unos segundos más, hasta que Nico intenta cerrarla y se da cuenta que Rigoberto arruinó la cerradura. Como siempre, no deja las cosas así. Se acerca a inspeccionarla más de cerca.
—Por cierto, toma.
Me entrega su computadora.
—¿Qué es?
—El video de una cámara de seguridad instalada en una gasolinera. Muestra a Rigoberto subiéndose al sedán negro horas antes de que te persiguiera en la carretera. El dueño actual dijo que conoce a Rigoberto y se lo prestó por unos días, pero no ha vuelto a saber de él desde entonces.
Nico deja de revisar la cerradura y su mirada cae sobre mis plantas, esparcidas por el suelo.
No dice nada. Se agacha para revisar una de ellas y después se pone de pie, va hasta la cocina y empieza a buscar entre los gabinetes.
Regresa con algunos envases que pueden servir como macetas improvisadas.
—Puedes dejarlas así —le digo—. Yo me encargo después.
Nico ni siquiera me mira.
—No las cuidé todo este tiempo para que terminen arruinándose por ese idiota de Rigoberto.
Lo miro trabajar en la primera con una delicadeza que no me esperaba de él.
Intento no pensar demasiado en eso y abro su laptop. Me doy cuenta de que todavía conserva como foto de usuario una de él y yo.
Me quedo mirándola unos segundos más de lo necesario.
Aparto la mirada de la pantalla y vuelvo a él. Hay muchas cosas que quiero decirle… que necesito decirle, más bien. Pero ahora mismo tengo demasiadas cosas en la cabeza y necesito un momento para procesar lo qué acaba de pasar.
Me siento sobre el brazo del sillón y reproduzco el archivo. Sí, es Rigoberto y no quiero verlo. Entonces recuerdo el auto estacionado en la calle de abajo. Después de todo, no estaba alucinando. Sí era él.
En ese preciso instante, la notificación de un correo electrónico aparece en la esquina de su laptop. El asunto ocupa toda mi atención: «Bienvenido a Alemania, Dr. Nicolás Bernabéu».
No es mi intención mirarlo, pero termino dándole clic y me encuentro con toda una conversación entre Nico y un instituto universitario alemán de medicina legal.
Leo con el corazón acelerado, intentando entender algo entre tantos términos médicos.
Hay información sobre un puesto médico-científico, una fecha de incorporación al instituto y la confirmación de un vuelo, pero más abajo aparece algo que hace que deje de leer por completo:
Nico le dijo que sí al puesto en Alemania.
Me quedo mirando esas palabras, después levanto lentamente la mirada hacia él.
—¿Te vas?
Nico no me mira. Está concentrado en la siguiente planta.
—Sí.