Bendito Karma CAPÍTULO 52 #3
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CAPÍTULO 52 #3

—Bueno, me dijo que no quería seguir con... lo que sea que teníamos.

Mi abuelo hace una mueca.

—Me encanta decir «te lo dije». Es que solo en tu cabeza tenía sentido eso de las informalidades. Eso yo no te lo enseñé.

—Claro que no. Tú te casaste dos veces.

—Y tú sigues soltera. Algo debo estar haciendo mejor yo.

Finjo ofenderme. El abuelo suelta una risita que termina convertida en una tos, pero más leve que la de antes.

—Eso no tiene nada que ver, abuelo.

—Es un dato nada más.

—Como sea... no hay forma de que lo haga cambiar de opinión.

—¿Y tú? —pregunta—. ¿Tú quieres seguir con lo que sea que ustedes tenían?

Bajo la mirada hacia el chocolate que me regala.

—No sé si queda algo que «seguir».

—¿Por qué?

—Porque me dijo que lo mejor es que cada uno siga con su vida.

Mi abuelo tarda unos segundos en responder.

—¿Sabes qué significa eso?

—¿Qué crees tú?

—Que está cansado de esperar a que tú decidas si quieres que se quede.

Me quedo callada.

—Yo creí que estábamos bien. Que él estaba de acuerdo. Solo me estaba protegiendo de que me rompiera el corazón.

—Nadie nunca te ha roto el corazón.

—Porque nunca me tomé a nadie en serio. Con Nico las cosas eran diferente y me asusté. Quería parar todo cuando vi que lo nuestro iba tomando un rumbo demasiado serio.

Mi abuelo se queda mirándome durante unos segundos.

—Una cosa es no saber qué quieres y otra muy distinta es saberlo y tener miedo de decirlo. Lo sigues queriendo y estoy seguro de que él te sigue queriendo a ti. Si esperas a estar segura de que nunca va a doler, vas a pasar la vida entera dejando ir a las personas que más quieres.

—No nos pongamos sentimentales.

Él suelta otra risa.

—Dile la verdad y deja que él decida qué hacer con ella.

—Bueno, ¿y si él no quiere y quedo como estúpida?

—Aquí vamos de nuevo. Bueno, si él no quiere, él se lo pierde. Pero no quiero que un día te sientes a pensar en todas las cosas que pudiste decirle y descubras que solo tuviste miedo de perderlo... y por ese mismo miedo lo perdiste.

No sé qué responder. Me quedo un momento analizando lo que me dijo y él mismo me interrumpe el pensamiento:

—Ustedes los jóvenes son tan complicados. Mejor dame otro chocolate.

—No te daré otro chocolate.

Quito la caja de su alcance.

—Entonces llama al descuartizador.

—No quiere hablarme.

—No le has dicho que se lo pido yo.

—Bueno, y si viene… ¿qué le vas a decir?

Mi abuelo se encoge de hombros.

—Eso es lo de menos. Te prometo que, de alguna u otra forma, voy a hacer que regresen.

Lo miro con una ceja levantada.

—¿Te consigo el disfraz de Cupido?

—El de la niña del aro me queda mejor.

Estoy a punto de responderle cuando la puerta se abre.

—¡Llegó el refuerzo!

Lucas entra con un globo que dice:

«DEMASIADO GUAPO PARA ESTE HOSPITAL»

Lo miro.

—¿Es en serio?

—Fue el más apropiado que encontré. ¿Qué le parece, abuelo Dionisio?

Mi abuelo se ríe.

—Es perfecto. Déjalo por aquí.

Detrás de Lucas aparecen Glenda y Francia, mucho más alegres que cuando las vi irse del hospital. En cuestión de minutos, la habitación vuelve a llenarse de voces, bromas y ese caos familiar que para nada me molesta.

Yo simplemente los observo.

Mi abuelo está despierto. Está comiendo. Está haciendo bromas.

Todo eso me permite relajarme un poco.

El doctor llega un momento después para ver cómo sigue y la expresión en su cara me hace suspirar de alivio. Lo revisa, comprueba sus signos vitales y nos dice que ha respondido muy bien al tratamiento, pero que necesita descansar.

—Déjenlo dormir un rato —nos pide.

Glenda asiente y se acerca para acomodarle la almohada. Nosotros esperamos unos segundos más, hasta que finalmente salimos de la habitación en silencio dejando la puerta entreabierta.

—Voy a ir a mi apartamento —le digo a Glenda—. Necesito más ropa y comprobar que todo sigue de pie.

—Ve —me dice ella—. Yo me quedo con él.

Asiento.

—Voy a pedir un Uber. Tengo que asegurarme de que no haya reporteros afuera.

En realidad, no quiero conducir sola desde lo que pasó con aquel auto.

Guardo el teléfono en el bolsillo y miro una última vez a mi abuelo. Está dormido, tranquilo. Por primera vez, desde que empezó todo esto, siento que puedo alejarme unas horas sin pensar que algo terrible va a pasar mientras no estoy.

Cuando llego a mi edificio, por suerte ya no hay reporteros.

Bueno, al menos no de los que llevan cámaras.

Hay un par de personas en la entrada que me resultan sospechosas, así que, por si acaso, le pido al conductor que me deje por la parte trasera.

En cuanto el auto se detiene, bajo y entro al edificio sin mirar demasiado a mi alrededor.

Subo directamente por las escaleras, intentando no llamar la atención.

Todo está exactamente como lo dejé y, para mi sorpresa, mis plantas siguen perfectas.

Me acerco a una de ellas para comprobar que no estoy imaginándolo y, entonces, el aroma del perfume de Nico me llega de alguna de mis cosas.

Me quedo quieta un segundo. Es extraño cómo algo tan pequeño puede traer de vuelta tantos recuerdos de golpe.

Siento una nostalgia que no necesito ahora mismo, así que salgo al balcón para despejarme.

Veo el apartamento de Nico. Está completamente oscuro y algo me llama la atención: las cortinas negras que siempre cubrían la puerta de vidrio de la terraza ya no están.

No sé por qué las habría quitado, porque Nico prácticamente vivía detrás de esas cortinas, pero decido no darle demasiadas vueltas.

Me doy una ducha, me cambio y aprovecho para arreglarme un poco.

Regreso al balcón mientras termino de acomodarme el cabello y esta vez noto movimiento al otro lado.

Hay varias personas entrando y saliendo del apartamento de Nico con cajas.

Frunzo el ceño y saco el teléfono. ¿Se está mudando?

¿Le embargaron las cosas? ¿Lo están desvalijando?

Estoy a punto de llamarlo cuando algo abajo me hace detenerme.

Un sedán negro está estacionado en esa calle entre su edificio y el mío.

Lo miro durante unos segundos.

No puedo ver la placa desde aquí, pero tiene una pequeña abolladura cerca de una de las luces. El parachoques parece ligeramente desencajado y, hay una marca que parece haber sido cubierta con pintura demasiado reciente. Se me seca la boca.

Se parece mucho a aquel auto que me siguió en la carretera.

El corazón empieza a golpearme con fuerza, pero intento encontrar cualquier explicación que no sea la que acaba de cruzarme por la cabeza. Hay miles de sedanes negros. Miles. No significa nada.

Me aparto del balcón por puro reflejo. Espero unos segundos antes de volver a mirar, pero el auto sigue ahí. Algo dentro de mí me dice que no debería quedarme.

Tomo mis cosas a toda prisa y, justo cuando estoy a punto de salir, escucho el pomo de la puerta moverse.

Alguien intenta abrir.

Me quedo paralizada.

La cerradura no cede. Entonces llegan los golpes, fuertes y urgentes.

—Nina, sé que estás aquí. Abre la maldita puerta.