Bendito Karma CAPÍTULO 52 #2
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CAPÍTULO 52 #2

Mi hermano asiente.

—Vamos, Nina. No hagas despertar la furia de Glenda.

—Es verdad —interviene ella—. Mira que todavía no se me pasa eso de que Lucas se robara a una novia del altar.

Lucas sonríe.

—Y lo volvería a hacer.

Glenda lo mira durante unos segundos, completamente seria.

—Por supuesto que lo harías.

Por primera vez en todo el día me río de verdad. Miro a mi abuelo. El doctor dijo que está estable por el momento. Glenda y Lucas insisten, así que termino accediendo.

El trayecto hasta su casa transcurre en silencio. Después de unos minutos, abro la caja de chocolates que Lucas me dio, saco uno y me lo llevo a la boca.

—¿De casualidad sabes si todavía hay reporteros afuera de mi apartamento?

Lucas mantiene la mirada fija en la carretera.

—No tengo idea. Me he estado quedando con Luciana y no he ido por allá. Puede que sí y puede que no. Rigoberto retiró su candidatura.

Lo miro.

—¿En serio?

—Sí. Después de todo lo que pasó sus campañas han sido un fiasco. Hizo un comunicado diciendo que se retira solo poque necesita trabajar en recuperar a su familia.

—¿Qué familia?

—La imaginaria, tal vez.

Los dos nos reímos al mismo tiempo.

—Bueno, necesito averiguar si todavía hay reporteros. Tengo que ir a ver mis plantas. No me sorprendería que alguna ya se hubiera secado.

—Por tus plantas no te preocupes, Nico se ha encargado de ellas.

El simple sonido de su nombre me da un pequeño brinquito en el pecho. Intento disimularlo sacando otro chocolate y llevándomelo a la boca. Por suerte, el comentario coincide con el momento en que llegamos a la casa de mi abuelo.

Me bajo del auto y entro.

—Ponte cómodo —le digo mientras dejo mis cosas—. Voy a tomar una ducha.

Lucas asiente y yo me alisto en tiempo récord. Como le prometí a Glenda que descansaría, no le pido que volvamos de inmediato al hospital. Tomo la comida que me compró y salgo al porche trasero, el lugar favorito de mi abuelo. Su banqueta y los cojines siguen exactamente como los dejó.

Lucas está en la cocina, hablando por teléfono con esa voz ridículamente dulce que no necesito adivinar con quién habla.

Ruedo los ojos, pero no puedo evitar sonreír al escucharlo.

Me dejo caer en la banqueta mirando el horizonte.

Como despacio, pero después del tercer bocado la comida ya no quiere pasar.

Dejo la bandeja a un lado y me recuesto.

No sé en qué momento me quedo dormida.

Cuando abro los ojos, ya está oscuro.

Me incorporo de golpe y busco mi teléfono. Tengo una llamada perdida de Glenda y otra de Francia. Llamo a ambas de regreso, pero ninguna contesta.

Me pongo de pie y entro a la casa.

—Lucas.

Está dormido en el sofá.

—Lucas —repito, acercándome para sacudirle suavemente el hombro—. Ya es demasiado tarde. Glenda me llamó y ni siquiera me di cuenta.

Él abre los ojos, todavía adormilado, y busca su teléfono.

—A mí también me llamó.

Nos miramos.

Eso es suficiente para que salgamos de la casa.

◆◆◆

Al llegar al hospital, encuentro al doctor hablando con Glenda. Esta vez, su expresión no es la misma de antes. No necesito acercarme demasiado para escuchar lo que dice.

—No queríamos llegar a esto, pero vamos a tener que colocarle oxígeno.

Siento que el corazón se me hunde. Acelero el paso hasta llegar junto a ellos y pregunto:

—¿Está peor?

—La saturación ha bajado un poco más. No quiero esperar a que siga descendiendo. Pero la fiebre ha respondido al tratamiento y eso es una buena señal. Vamos a ayudarlo con oxígeno mientras sus pulmones se recuperan.

Asiento.

Es lo único que consigo hacer.

Entro a la habitación y veo a una enfermera comenzando a preparar el equipo. Me siento junto a mi abuelo y le tomo la mano mientras le colocan la cánula bajo la nariz. El sonido suave del oxígeno empieza a llenar la habitación.

Miro su rostro.

De pronto, solo quiero escuchar la voz de Nico y que me diga que todo va a estar bien. Saco el teléfono… pero recuerdo de que es muy probable que no vaya a contestarme. Después de unos segundos, vuelvo a guardarlo en el bolsillo.

La noche pasa sin que ocurra nada más. El oxígeno sigue ahí, llenando la habitación con ese sonido suave y constante, y mi abuelo permanece dormido.

Amanece y todo sigue igual, aunque la fiebre sí ha bajado un poco, la respiración parece más estable, pero la cánula continúa bajo su nariz y nadie habla de quitársela todavía.

Me dicen que es una buena señal que esté respondiendo al tratamiento, aunque todavía necesitan vigilarlo de cerca.

Escucho al doctor Cárdenas hablar con Nico varias veces durante el día.

Le dice cosas de la saturación, los medicamentos, cómo ha pasado la noche.

Lo sé, porque cuando está dentro de la habitación logro reconocer su voz y, por un instante, todo dentro de mí se calma, pero en ningún momento me llama a mí y yo tampoco me atrevo a buscarlo.

Amanece otra vez y todo sigue igual. Anochece y todavía nada cambia.

El oxígeno, los monitores, el olor a desinfectante, las enfermeras entrando y saliendo, mi abuelo dormido la mayor parte del tiempo y Nico apareciendo de vez en cuando en pequeños detalles que no tienen nada que ver con él: una taza de café que alguien deja sobre la mesa.

Un hombre alto caminando por el pasillo que me hace girar la cabeza antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo.

Incluso una canción de metal con una letra de dudoso significado que suena a lo lejos.

Es absurdo.

No estoy buscándolo.

Mi cabeza lo hace por mí.

Una tarde, mientras intento distraerme con el teléfono, comienzo a deslizar el dedo por las redes sociales sin prestar demasiada atención. Paso una publicación, luego otra, hasta que algo me hace detenerme.

El video.

Aquella noche de la kiss cam. Nosotros dos. Él detrás de mí, con un brazo alrededor de mi cintura. Después, el beso. Ese beso que empezó como una broma y terminó durando mucho más de lo necesario.

Sobre el video alguien escribió:

«Yo solo quiero un hombre que me bese así.»

Debajo hay cientos de comentarios: mujeres etiquetando a sus parejas, diciendo que eso es amor, que qué suerte la mía, que quieren algo así. Algunas incluso escriben que darían cualquier cosa por un hombre que las mire así.

Por un momento dejo de leer los comentarios y solo nos veo a los dos en la pantalla. De repente, extraño tanto a esa versión de nosotros que tengo que bloquear el teléfono y dejarlo a un lado.

—Nina.

Levanto la cabeza. Es la voz de mi abuelo.

Me incorporo tan rápido que casi tiro el celular. Sus ojos están abiertos, pero esta vez no parecen perdidos. Me está mirando.

—¿Abuelo?

—¿Por qué tienes esa cara?

—Porque me asustaste.

—¿Yo? ¿Tan feo me veo? Bueno, no te juzgo. Uno en bata de hospital parece la niña del Aro.

Me hace soltar una carcajada. Parpadea un par de veces y mira a su alrededor.

—Qué lugar tan feo.

—Bueno, es un hospital, no un parque. —Me acerco a la cama y le acomodo un poco la almohada—. ¿Cómo te sientes?

—Con hambre.

—¿Hambre?

—Claro.

Lo miro durante unos segundos. No sé si reírme, llorar o llamar a alguien. Al final, hago lo tercero.

—Voy a llamar al doctor.

Él aparece unos minutos después. Se acerca a la cama y empieza a hacerle preguntas sencillas. Mi abuelo responde a todas correctamente, aunque aprovecha cada oportunidad para quejarse del hospital y de la decoración de la habitación.

El doctor sonríe.

—Bueno, parece que hoy tenemos buenas noticias.

No sé por qué, pero esa frase consigue que vuelva a respirar.

Después de revisarlo y comprobar que puede tragar sin dificultad, el neumólogo finalmente asiente cuando le pregunto si mi abuelo puede comer un chocolate.

—Uno pequeño para empezar y despacio.

Tomo uno de los chocolates que Lucas dejó ayer y se lo entrego.

—Tus favoritos.

—¿Los que me hacen engordar? Ay, no. Pásame la mitad nada más.

—Después vas a pedirme más.

Lo ayudo a incorporarse un poco. Él toma el chocolate y finalmente se lo lleva a la boca. Apenas lo prueba, hace uno de esos gestos que parecen indicar que alguien acaba de tocar el cielo.

—Siguen siendo buenos. —Me rio. —Pásame otro.

—¿Ves? Te lo dije.

—El doctor dijo que podía comer.

Cárdenas suelta una risa.

—Pero solo uno más, don Dionisio.

Mi abuelo me mira con una expresión de triunfo.

—Uno más después de este que me voy a comer.

—Eres insoportable.

—Pero feliz.

No puedo evitar sonreír.

El doctor le hace un último chequeo antes de salir de la habitación. Tomo el teléfono y le escribo a Glenda, a Francia y hasta a Lucas…. Digo, todos tienen que saber que ya está probando los chocolates que mi hermano le trajo.

El primero en responder es Lucas y lo hace hasta en mayúsculas:

«¿ESTÁ DESPIERTO? VOY YA MISMO»

Sonrío mirando la pantalla. Entonces me encuentro con el nombre de Nico y abro nuestra última conversación.

Fue él quien me pidió que lo mantuviera al tanto de la salud de mi abuelo, pero eso fue hace días y lo más probable es que Cárdenas ya le haya contado que está mejor.

Mi dedo se queda unos segundos sobre la pantalla antes de que termine dejando el teléfono sobre la cama.

—¿Y el descuartizador?

La pregunta de mi abuelo me toma por sorpresa. Bueno, al parecer le importa más Nico que el resto de su familia.

—En la morgue, quizás.

—Dile que venga. Quiero hablar con él.

—No creo que venga.

—Dile que soy yo.

—No va a contestar.

—A mí sí va a contestarme.

—Sigue siendo mi número. Lo llamo una vez más y estoy segura de me bloquea.

Estoy exagerando, claro; aunque, últimamente, no me sorprendería si Nico reacciona así.

—Qué terca, Dios mío.

—Creo que eso lo heredé de ti.

Me siento a su lado. Él, con algo de dificultad, se mueve haciéndome espacio para que me acomode mejor.

—No. Tú eres más experta en eso. —Se me escapa una risita y él me hace una seña para que le alcance la caja de chocolates. Primero dijo que solo una mitad y ahora ya vamos por el tercero. Le digo que mejor no coma más y me ignora. —¿Se pelearon?

—¿Nico y yo? Algo así.

—¿Algo así?

Suspiro y dejo salir el aire poco a poco.