Bendito Karma CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

E stoy riéndome.

No sé de qué.

Solo sé que estoy enterrada entre las sábanas y que apenas puedo respirar porque Nico me tiene atrapada. Siento su pecho contra mi espalda y el peso cálido de sus brazos alrededor de mi cintura.

—Suéltame —consigo decir entre risas.

—No.

—Nico...

Me aprieta todavía más contra su pecho. Intento girarme para mirarlo, pero él me roba el intento con un beso en la mejilla.

Y otro.

Y otro.

—Deja de hacer eso.

—No quiero.

Vuelve a besarme la mejilla, esta vez justo debajo de la oreja, y termino riéndome otra vez mientras intento esconder la cara contra la almohada.

—Eres insoportable.

—Pero sigues siendo mía, mi pulga.

Levanto la cabeza para responderle, pero antes de que pueda hacerlo, sus brazos vuelven a cerrarse alrededor de mí.

Abro los ojos.

Durante unos segundos no entiendo dónde estoy. Entonces lo recuerdo: el hospital, mi abuelo, la neumonía…

Nico…

La sensación de sus brazos todavía parece estar alrededor de mi cintura.

Me incorporo lentamente. Tengo el cuello adolorido y una de mis manos sigue aferrada al teléfono sobre mi regazo.

No sé en qué momento amaneció.

Me levanto de la silla justo cuando una enfermera y el doctor entran en la habitación.

—Buenos días, señorita Beltrán.

—Buenos días, doctor.

La enfermera revisa los monitores mientras el doctor anota algo en la historia clínica. Después, es él quien me pide salir un momento de la habitación para hablar conmigo.

Eso no me da absolutamente nada de tranquilidad.

Cuando salgo con él al pasillo, soy la primera en hablar.

—¿Cómo sigue mi abuelo?

—La fiebre ha bajado, pero… todavía no está respondiendo como nos gustaría. Su saturación sigue siendo más baja de lo normal.

Siento que algo dentro de mí se hunde.

—¿Qué significa eso? Se pondrá bien, ¿verdad?

No responde de inmediato.

—Tenemos que seguir vigilándolo de cerca. Lo importante es que ya está recibiendo el tratamiento, pero por su edad y por cómo está respondiendo a la neumonía, tenemos que ser cuidadosos.

—¿Eso significa que está peor?

—No diría que esté peor. Pero tampoco ha mejorado lo suficiente.

No puede ser. Respiro hondo e intento recomponerme.

—¿Y ahora qué?

—Si la saturación continúa bajando, tendremos que colocarle oxígeno.

La palabra queda suspendida entre nosotros.

Oxígeno.

No sé por qué me asusta tanto. Tal vez porque hasta ayer mi abuelo estaba en su casa sin quejarse de la fiebre y diciéndonos que estaba como un roble. Ahora está conectado a una vía en una habitación de hospital.

—¿Eso significa que está grave?

—Significa que necesita ayuda para mantener una buena oxigenación. No necesariamente que esté en una situación crítica. Vamos a ver cómo responde durante las próximas horas.

Asiento, aunque no estoy segura de haber entendido realmente nada.

Regreso a la habitación y sigue dormido. Me siento junto a su cama y observo su rostro durante unos segundos. Parece más pequeño que ayer. Más frágil.

Le tomo la mano.

Está tibia.

Esto quizás debería tranquilizarme, pero no lo hace… no después de esa conversación con el médico.

Glenda regresa poco después. Trae una bolsa en una mano y un vaso de café en la otra.

—Buenos días —dice con la voz baja.

—Hola, Glenda.

Deja la bolsa sobre la silla y me entrega el café.

—Te traje algo de comer.

—No tengo hambre.

—Nina.

La miro.

—Estoy bien.

Glenda suspira.

—Nina, por favor come algo. A tu abuelo no le gustaría saber que estés aquí en vela y sin comer. Ve a casa y descansa un rato ¿Sí?

—Es que ya descansé.

Ella mira mi cara durante unos segundos.

—Ese sillón no parece nada cómodo.

—Glenda, no te preocupes. Estoy bien.

Se sienta a mi lado.

Durante unos segundos ninguna de las dos dice nada.

—Nina, ve a casa a descansar cómoda.

—No. No quiero que despierte y yo no esté.

Glenda no insiste.

Solo toma mi mano y le da un apretón suave.

—Al menos come lo que te traje ¿Sí?

Acepto, solo para que no insista en que me vaya a casa. Siento la garganta cerrada y lo único que logro pasar son dos bocados del sándwich y algunos sorbos de café.

Un rato más tarde, yo estoy quedándome dormida en el sillón cuando mi abuelo abre los ojos. Glenda se fue al baño. Mi abuelo parpadea varias veces antes de encontrarme.

—¿Nina?

Me pongo de pie de inmediato.

—Sí, abuelo.

Me acerco un poco más.

—¿Dormiste algo?

Sonrío.

—Un poquito.

Me mira durante unos segundos, como si necesitara asegurarse de que realmente estoy ahí.

—Entonces, no te vayas, por favor.

Lo miro y, por alguna razón, ya no me parece una petición. Me parece algo que necesito prometerle.

—No me voy a ir.

Le tomo la mano que me extiende y cierra los ojos otra vez. Me quedo así hasta que vuelve a quedarse dormido. Por unos minutos, todo parece estar bien. Me pongo de pie despacio y vuelvo a tomar mi lugar en el sillón. Él vuelve a abrir los ojos y mira alrededor de la habitación.

—¿Dónde está Cati?

El apodo con el que llamaba a mi mamá, pero ya no peleo contra esos momentos en los que la enfermedad toma terreno, así que me acerco lento y le acomodo su sábana.

—Está descansando.

Él asiente satisfecho con la respuesta y vuelve a cerrar los ojos.

Más tarde ese mismo día, me quedo junto al ventanal de la habitación, mirando la zona verde que se extiende detrás del hospital.

Hay algo extrañamente tranquilo ahí afuera.

Los árboles se mueven apenas con el viento y, por unos segundos, consigo olvidarme del sonido constante de los monitores, de la habitación y de todo lo que ha pasado desde ayer.

Hasta que pienso en Nico.

Bajo la mirada hacia el teléfono que tengo en la mano y miro nuestra conversación.

El último mensaje sigue ahí. Me quedo mirando la pantalla durante varios segundos.

Sé que no debería escribirle. Sé que quiere alejarse de mí.

Sé que quizá ni siquiera va a responderme.

Aun así, decido perder el poco de dignidad que me queda y escribo:

«Hola»

Me arrepiento de inmediato claro, pero sigo escribiendo:

«Si tienes un par de minutos, por favor, llámame.»

Nico no responde, por supuesto. Entonces dejo un último texto:

«Mi abuelo no parece estar mejor»

No sé si en realidad Nico lee mis mensajes o si simplemente los abre y los ignora a propósito.

Solo recuerdo el día que vi sus conversaciones y todas eran igual: otras personas le escribían y él respondía uno o dos mensajes, cuando mucho.

Ahora soy una más de esas personas que le escriben y se quedan esperando una respuesta.

Supongo que Nico ya comenzó a seguir con su vida.

Escucho al doctor en la puerta, todavía no entra porque está hablando por teléfono. No presto atención al principio, hasta que escucho un nombre:

—Así es, Nico.

Me quedo quieta.

No sé por qué mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

No puedo escuchar toda la conversación. Solo algunas palabras: saturación, radiografía, antibióticos, todavía no le hemos puesto oxígeno.

El doctor permanece en silencio unos segundos.

—Te aviso si cambia algo.

Hace una pausa:

—Sí, ella está bien.

Me quedo mirando la puerta.

¿Acaso preguntó sobre mí? Pero en mi celular mis mensajes solo aparecen leídos. No hay ni una sola respuesta de él. Bloqueo el teléfono y dejo mi celular sobre el sillón.

Cuando el doctor entra, le hace una seña a la enfermera para que se acerque a revisar los monitores.

—Hola, señorita Beltrán.

—¿Qué tal, doctor Cárdenas?

Los observo desde donde estoy, intentando descifrar sus expresiones. El doctor se acerca a la cama de mi abuelo, revisa nuevamente su respiración y me dice:

—Por ahora, todo parece estable.

—¿Eso es bueno?

—Esperemos que sí.

No sé si esas palabras deberían tranquilizarme, pero decido aferrarme a ellas.

El resto del día no miro mi celular. Hasta que por la tarde me acuerdo de mi hermano y le dejo un mensaje poniéndolo al día con la enfermedad de mi abuelo.

No pensé que aparecería tan rápido, pero yo estoy acurrucada en el sillón cuando la puerta se abre y Lucas entra con una caja de chocolates en cada mano.

—¿Esos son chocolates?

—Los favoritos de don Dionisio.

—¿Por qué dos?

Lucas deja una de las cajas sobre mi regazo.

—Porque una es para ti. Una vez me dijiste que no eras muy fan del chocolate, pero que estos eran la excepción. Que eran de los pocos que podrías comer mientras veías una película romántica.

Lo miro.

—Mira tú… resulta que sí me escuchas cuando hablo.

—Claro que te escucho. Otra cosa es que finja que no.

Lucas se da media vuelta y mira a mi abuelo. Aunque está dormido, habla con él como si estuviera esperando una respuesta.

—Don Dionisio, le traje sus chocolates favoritos. Esos que dice odiar porque, según usted, fueron los responsables de que subiera tres kilos la última vez.

Hace una pausa y asiente como si mi abuelo acabara de responderle.

—Sí, ya sé. Esta vez va a comerse solo uno.

Lo miro y niego con la cabeza.

—No le creo ni una palabra, don Dionisio —continúa Lucas. —Pero voy a fingir que sí.

Entonces lo interrumpo:

—Igual no puede comerlos.

Deja la otra caja sobre la mesita a la par de la cama de mi abuelo.

—Pero podrá. ¿Te acuerdas cuando me quebré el brazo? ¿Quién estaba ahí con mis dulces favoritos cuando desperté de la anestesia? Él.

Sonrío sin poder evitarlo.

—Entonces más le vale recuperarse, porque esos chocolates no pienso comérmelos yo.

—Ni te los iba a dar. —Finjo indignación. Nos quedamos unos segundos mirando a mi abuelo. Después, Lucas rompe el silencio. —Déjame llevarte a casa. Necesitas comer algo y descansar.

—Ya descansé.

—¿En ese sillón? He estado en uno similar y ahí no se descansa nada.

—No puedo irme.

—¿Por qué no?

—Porque le prometí a mi abuelo que no me iba a ir.

Glenda, quién había salido un rato a buscarme algo de comer, entra:

—Yo me quedo con él, Nina. No tienes que preocuparte. —Me tiende una pequeña bandeja de comida. —Come un poquito, aunque no tengas hambre. Llevas horas aquí. Ve a casa, descansa un rato y después vuelves. Si pregunta por ti, le diré que fuiste al baño.

—Glenda...

—Yo no voy a moverme de aquí. —Hace una pausa y luego se vuelve hacia Lucas. —Llévatela y asegúrate de que coma.