Bendito Karma CAPÍTULO 51 #2
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CAPÍTULO 51 #2

Nico baja la mirada y esboza una sonrisa pequeña, triste, que desaparece casi de inmediato. Su voz no tiene enojo. Eso lo hace peor.

—No es lo que quiero escuchar ahora.

—Entonces, ¿qué quieres que te diga? —pregunto, pero mi voz sale mucho más débil de lo que esperaba. —Estoy intentando explicártelo. No sé cómo decirlo de otra manera.

—Lo mejor es que cada quien siga con su vida.

—¿Qué? No…

—Tú y yo no queremos lo mismo, Nina. Es mejor así. Pero eso no significa que no me interese saber cómo sigue tu abuelo. Envíame el resultado de la placa y avísame cualquier cambio en su salud.

Lo miro.

Y durante apenas un segundo creo ver algo en sus ojos. Un brillo que no estaba ahí antes. Como si él también estuviera conteniendo algo que no piensa dejar salir.

Aparta la mirada y sube la ventanilla.

Me quedo ahí, con los ojos llenos de lágrimas.

Doy un paso atrás y me quedo viendo cómo la camioneta se aleja por la calle.

Nunca en mi vida había sentido las ganas de correr detrás de alguien y miro el auto de mi abuelo estacionado en el garaje.

No estoy pensando muy bien las cosas cuando entro a la casa a buscar las llaves, pero el sonido de la tos de mi abuelo me hace detenerme.

Glenda me mira durante unos segundos. No pregunta qué pasó. No pregunta por qué estoy llorando. Solo frunce un poco el ceño.

—¿Todo bien?

Me trago el nudo que tengo en la garganta.

—Sí. —La miro. —Bueno... no tanto.

Saco el papel que Nico me dejó y se lo entrego.

—¿Qué es eso?

—Nico dice que mi abuelo necesita una placa de tórax urgente.

Glenda lo lee en silencio.

—¿Para qué?

—Escuchó algo en sus pulmones que no le gustó. Dijo que hay que hacerla cuanto antes para saber qué está pasando.

Glenda dobla el papel con cuidado y vuelve a mirarme.

Y entonces, como si acabara de entender algo que yo todavía estoy intentando ordenar, pregunta:

—¿Quieres ir a hablar con ese muchacho?

—¿Qué?

—Con Nico.

No respondo.

Glenda se acerca un poco y me toma la mano.

—Puedo quedarme con tu abuelo el tiempo que necesites.

El nudo vuelve a formarse en mi garganta. Porque, por supuesto, ella lo sabe. Sabe que no estoy llorando solo por mi abuelo.

—Pero antes que nada tengo que sacarle esa placa, ¿vienes conmigo?

Glenda aprieta mi mano.

—Claro que sí.

Por suerte, mi abuelo todavía no se ha dado cuenta del rayón que tiene su auto.

Glenda lo ayuda a subir por el lado contrario, procurando que no pase demasiado cerca del rayón, y varios minutos después ya estamos en el lugar que Nico me indicó.

No voy a mentir, lo que pasó con el auto el otro día hizo que el miedo a conducir regresara. Esta vez es diferente. No es solo el recuerdo; ahora cada vez que miro por el retrovisor espero encontrar un sedán negro detrás de nosotros.

Pero, para mi suerte, nada de eso pasó.

Registramos a mi abuelo, entregamos la orden y nos dicen que esperemos nuestro turno. Mi abuelo se queda sentado entre Glenda y yo, que de vez en cuando le acomodo la manta sobre las piernas porque insiste en que no tiene frío.

Saco el teléfono.

Tengo la conversación con Nico abierta desde hace varios minutos. No sé qué decirle. Después de lo que acaba de pasar cualquier cosa es insuficiente.

Al final termino texteándole lo único que puedo:

«Ya estamos aquí. En un rato le sacan la radiografía.»

Lo envío.

Los dos pequeños vistos aparecen casi enseguida.

Me quedo esperando un rato, pero Nico no contesta. Guardo el teléfono.

Unos minutos después llaman a mi abuelo. Glenda y yo nos levantamos con él y lo acompañamos hasta la puerta. Lo esperamos en unas sillas más cerca. Glenda se sienta, pero yo empiezo a caminar de un lado a otro, con el teléfono en la mano, mirando la pantalla.

Vuelvo a guardarlo.

Lo saco otra vez unos minutos después.

Nico aparece en línea, pero no hay ningún mensaje suyo.

Aprieto los labios y tomo un lugar a la par de Glenda.

—¿No te respondió?

Niego con la cabeza.

—No.

Unos minutos después, mi abuelo sale de la sala acompañado por la técnica.

—¿Ya terminamos? —pregunta.

—Sí, don Dionisio. Puede sentarse mientras le entregamos los resultados.

Me indican que la imagen estará disponible de inmediato y que puedo descargarla desde un enlace que me envían al teléfono. También me entregan una copia impresa en un sobre.

—El informe del radiólogo estará disponible en un rato.

Asiento, aunque, sinceramente, apenas estoy escuchando. Abro el enlace y no entiendo absolutamente nada de lo que estoy viendo. Sé que son sus pulmones. Eso es todo.

Le tomo una captura y se la envío a Nico.

Esta vez responde casi de inmediato:

«Voy a conseguir que lo vea un neumólogo hoy.»

Leo el mensaje dos veces.

La rapidez con la que está escribiendo me pone nerviosa. Entonces le dejo un segundo mensaje:

«¿Es grave?»

No responde.

Miro la pantalla.

Nada.

Escribo otra vez.

«Nico, no me asustes. Dime qué está pasando.»

Esta vez tarda un poco más. Cuando aparece su respuesta, siento que el estómago se me cae:

«Tiene neumonía. Necesita que un neumólogo lo valore urgente.»

Levanto la mirada hacia mi abuelo.

Está sentado junto a Glenda, hablando de cualquier cosa como si acabáramos de venir de hacer una diligencia más, pero yo ya no escucho lo que dicen.

Neumonía.

La palabra se queda repitiéndose en mi cabeza.

Abro la conversación con Nico.

Mi dedo se queda sobre el botón de llamada. Quiero escucharlo. Quiero que me diga qué significa todo esto, que me diga qué tan grave es, qué tengo que hacer. Pero quizás ni siquiera va a contestarme.

Bajo el teléfono. Hago lo peor que podría hacer en este momento: buscar en Google. Leo durante unos minutos varias cosas relacionadas a la neumonía en adultos mayores.

Todo parece grave.

Todo parece urgente.

Todo parece llevarme al peor escenario posible.

Dejo de leer. Siento el corazón golpeándome contra las costillas. Entonces me llega otro mensaje:

«Un neumólogo puede verlo en una hora, Te envío la dirección del hospital. Cuando lleguen pregunta por el doctor Cárdenas.»

Debajo aparece la ubicación.

Nico ya organizó todo. Miro el teléfono unos segundos antes de guardarlo. No sé cómo explicarle esto a Glenda. Mucho menos a mi abuelo.

Cuando me acerco, él está mirando alrededor con una expresión perdida.

—¿Dónde estamos?

Glenda le acaricia el dorso de la mano.

—En una clínica. Vinimos a que te revisaran.

Mi abuelo la mira.

—¿Estoy enfermo?

Siento que se me cierra la garganta. Entonces le respondo yo:

—Solo es un chequeo, abuelo. Vamos, tiene que verte un médico.

Glenda me mira.

Ella sabe perfectamente que no es simplemente un chequeo. Me acerco a ella y se lo digo en voz baja:

—Un neumólogo lo verá en una hora.

Su expresión cambia inmediatamente.

No pregunta nada más.

Se pone de pie y ayuda a mi abuelo a levantarse. Mientras caminamos hacia el auto, recibo un mensaje de Francia:

«¿Dónde están?»

Le respondo mientras ayudo a mi abuelo y a Glenda a subir al auto.

«Camino al hospital. Mi abuelo tiene neumonía. Nico se movió demasiado rápido para conseguirle una valoración. Creo que esto es grave.»

La respuesta llega enseguida:

«Pásame la dirección. Nos vemos allá».

Me subo del lado del volante y se la envío.

Cuando llegamos al hospital, el doctor ya no está esperando en su oficina. Se presenta, toma las copias impresas de la radiografía que llevo en el sobre y me dice:

—Bernabéu ya me envió una copia. Quiero hacerle algunos estudios adicionales para valorar cómo está respirando y qué tan comprometidos están sus pulmones.

Nada de lo que dice me tranquiliza.

El doctor le toma la temperatura y la saturación de oxígeno. Después escucha sus pulmones por delante y por la espalda, le pide que respire profundamente y le hace algunas preguntas sobre la tos, la fiebre y desde cuándo se siente así.

También solicita análisis de sangre y otros estudios para valorar su estado general.

Yo permanezco a un lado intentando no mirar cada número que aparece en el monitor.

No entiendo la mitad de lo que significa. Solo sé que quiero que alguien me diga que todo está bien.

Después de un rato, el médico se acerca a nosotras.

—Quiero que se quede ingresado esta noche.

Siento que el corazón me brinca hasta la garganta.

—¿Está grave?

—No quiero que se alarmen. Tiene noventa años, presenta una infección pulmonar y prefiero que podamos vigilarlo de cerca. Necesita antibióticos por vía intravenosa y quiero observar cómo responde durante las próximas horas. Si evoluciona bien, iremos ajustando el tratamiento.

Asiento.

No sé si realmente estoy entendiendo todo.

Solo escucho una cosa: se queda.

Aunque él insiste que está bien, pero la tos es más fuerte que ayer.

Cuando finalmente trasladan a mi abuelo a una habitación, Francia consigue convencer a Glenda de que se vaya a descansar. Yo le aseguro que puedo quedarme para cuidarlo esta noche.

Además, no voy a dejarlo solo.

—Regreso mañana temprano para que tú te vayas a descansar.

Le digo que sí.

Las veo alejarse por el pasillo y yo vuelvo a la habitación. Mi abuelo está durmiendo. Hay un pequeño monitor junto a la cama y una vía conectada a su brazo.

Me siento en la silla a su lado.

Por primera vez en todo el día, estamos solos… o eso creo, hasta que escucho voces al otro lado de la puerta.

Levanto la mirada.

El neumólogo está hablando por teléfono con alguien en el pasillo. No puedo escuchar todo, pero sí algunas palabras sueltas: la saturación, la radiografía, los antibióticos, la evolución. Por algún motivo sé que está hablando con Nico y lo confirmo cuando se despide de él.

Me quedo mirando la puerta. Espero un rato con el teléfono sobre mis piernas.

No vibra.

No llega ningún mensaje.

Nico acaba de hablar directamente con el médico sobre mi abuelo y no me ha escrito ni una sola palabra a mí. Así que soy yo la que da el primer paso:

«¿Crees que va a estar bien?»

Él no contesta. Dejo el teléfono sobre mis piernas, aunque sigo mirando la pantalla de vez en cuando. Después de varios minutos, asumo que no va a responderme.

Entonces el teléfono vibra.

Lo tomo casi por reflejo y abro el mensaje.

«No lo sé.»