CAPÍTULO 51
A la mañana siguiente, encuentro a mi abuelo sentado en la sala, con una manta sobre las piernas y una taza entre las manos. Cuando me acerco para darle un beso en la frente, algo me hace detenerme.
Está caliente.
Le pongo el dorso de la mano sobre la frente y frunzo el ceño.
—¿Estás bien?
—Perfectamente —responde, sin siquiera mirarme—. Como un roble.
Un segundo después tose.
Una tos seca, breve, que intenta disimular tomando un sorbo de su bebida.
Miro a Glenda.
Ella me mira a mí.
No necesitamos decir nada.
Glenda llama al médico de cabecera y, después de hablar con él y explicarle los síntomas, nos dice que probablemente se trata de un resfriado. Nada que parezca preocupante por el momento. Que vigilemos la fiebre, que se mantenga hidratado y que estemos pendientes de cualquier cambio.
Mi abuelo escucha la conversación desde su silla y parece bastante satisfecho con el diagnóstico.
—¿Ven? —dice—. Estoy bien. Como un roble.
—Los robles no tosen.
—Este sí.
No puedo evitar sonreír.
El resto del día transcurre con una normalidad extraña. Mi abuelo insiste en que está perfectamente, aunque cada vez tose un poco menos y pasa más tiempo descansando. Glenda y yo nos turnamos para estar pendientes de él, mientras yo intento convencerme de que no hay nada de qué preocuparme.
Pero hay otra cosa que no consigo sacar de mi cabeza: Nico.
La conversación de ayer sigue dando vueltas en mi cabeza.
Prácticamente no dormí nada, pero tampoco podía enviarle un mensaje a medianoche preguntándole si podía hablar con él o a primera hora diciéndole que quiero verlo. Entonces saco mi teléfono y le dejo un texto a una hora que creo es más racional:
«Hola…
¿Puedo hablar contigo? Digo… en persona»
No responde.
Dejo el celular un momento, miro la televisión con mi abuelo y es hasta media hora después que reviso el teléfono para darme cuenta de que todavía no ha contestado.
El resto de la noche miro la pantalla más veces de las que estoy dispuesta a admitir y no, definitivamente no.
Es hasta que finalmente me quedo dormida que llega su respuesta.
La veo apenas despierto.
«Cuando tú quieras»
Lo primero que hago es contestar.
«¿Puedes venir a la casa de mi abuelo? ¿O prefieres que vaya a tu apartamento?»
Nico lee el mensaje.
No responde.
Dejo el teléfono a un lado e intento continuar con mi día como si nada. Horas después aparece su respuesta:
«Llego a la casa de tu abuelo cuando tenga un tiempo libre»
Eso es todo.
Esa es la conversación que tenemos en todo el día… o el día siguiente, o el siguiente a ese. Estoy comenzando a comerme las uñas. Un día decido dejar a un lado mi orgullo y lo llamo.
La primera llamada no la contesta.
La segunda tampoco.
Me digo que está ocupado. Que tiene trabajo.
Que probablemente está con sus amigos o haciendo cualquier cosa que no implique mirar el teléfono.
Me repito todas las explicaciones razonables que encuentro.
Pero cada vez que la pantalla se ilumina, espero ver su nombre.
Y cada vez que no es él, siento algo que no quiero reconocer.
Mientras tanto, el resfriado de mi abuelo deja de parecer un simple resfriado y comienza a preocuparnos.
La tos empeora. Ahora aparece varias veces durante el día y en la noche lo despierta.
Sigue insistiendo en que está bien, que solo necesita descansar y que en unos días estará como nuevo, pero empieza a verse más débil y, después de volver a hablar con el médico, nos indica que necesita antibióticos.
Una tarde estoy ayudándolo a levantarse de la silla cuando noto que se queda quieto, como si hubiera olvidado qué estaba haciendo.
—¿Abuelo?
Me mira.
Durante un segundo parece no reconocerme.
Luego sonríe.
—Nina.
La tensión que tengo en el pecho desaparece de golpe.
—Sí. Soy yo.
Le aprieto la mano.
Está más caliente de lo normal.
—¿Ves? —dice él—. Te dije que estoy como un roble.
Sonrío porque sé que espera que lo haga, pero noto que su respiración es diferente.
—Sí, abuelo. Un roble.
Cuando lo ayudo a volver a sentarse, miro a Glenda. Y esta vez ninguna de las dos sonríe.
En ese preciso instante, aparece un mensaje de Nico. Al principio creo que es alguna notificación como las que me engañan siempre, así que me tomo unos minutos para buscar mi celular y encontrarme con un mensaje de Nicolás que dice:
«¿Cómo sigue tu abuelo?»
Cuando contesto, ni siquiera espero que su respuesta llegue tan rápido.
«Tiene fiebre y algo de tos. El médico dice que probablemente sea un resfriado, pero voy a seguir vigilándolo».
Para mi sorpresa, mi teléfono suena de inmediato:
«Voy a ir a verlo»
Miro la pantalla.
«¿Ahora?»
Nico responde rápido:
«Sí»
No añade nada más.
Por alguna razón, siento que algo dentro de mí se relaja. Quizá ya no está enojado. Tal vez simplemente necesitábamos unos días.
Cuando escucho el motor de su camioneta frente a la casa, voy hasta la puerta. Nico baja con la misma expresión seria de las últimas veces. Ni una mueca. Ni una sonrisa. Ni siquiera ese pequeño gesto que antes hacía cuando me veía.
—Hola —digo.
—Hola. ¿Dónde está?
—En su habitación.
Eso es todo.
Pasa junto a mí y va directamente hacia la habitación de mi abuelo. Lo encontramos sentado en la cama, con una manta sobre las piernas. Al verlo, su expresión se ilumina:
—¿Ya me morí o por qué hay un forense entrando a mi habitación?
Nico suelta una risa.
—Me alegra saber que todavía conserva el sentido del humor, don Dionisio. Y no, todavía no se muere. Aunque no lo crea, también puedo trabajar con personas vivas.
—Qué decepción.
Nico le sonríe.
Me quedo recostada en el marco de la puerta viéndolos. Nico lo revisa con paciencia, le pregunta cómo se siente, desde cuándo tiene fiebre y si le cuesta respirar. Escucha sus pulmones con el estetoscopio y le pide que respire profundamente varias veces.
Mi abuelo obedece y Nico se toma su tiempo.
Es el mismo Nico de siempre con él.
El que bromea, pero le acomoda la almohada. El que le habla con paciencia cuando mi abuelo se pierde a mitad de una respuesta. El que nunca parece tener prisa cuando se trata de él.
Cuando termina, le da unas palmadas suaves en el hombro.
—Bueno, ahora descanse. Hidrátese bien —le sirve un vaso con agua de la jarra que tiene sobre la mesa de noche —y tome sus medicinas.
—Claro, muchacho. ¿Te quedas a cenar con nosotros?
—Me encantaría, pero tengo que volver a la morgue a arreglar unos asuntos.
—Oh, entiendo. Siempre tan ocupado.
—Ya sabe cómo es esto. Los muertos no se atienden solos.
—Qué irresponsables.
Nico suelta una carcajada.
—Lo mismo les digo yo.
Se despide de él. La expresión de Nico me hace relajarme, pero entonces me hace un pequeño gesto con la cabeza para que lo siga. Bajamos juntos hasta la entrada de la casa y es ahí cuando me atrevo a preguntar:
—¿Qué pasa?
No responde enseguida.
—No quiero que te asustes, pero hay un sonido en sus pulmones que no me gusta.
Siento que el estómago se me cierra.
—¿Qué?
—Necesita una placa. Cuanto antes.
La voz me comienza a temblar. Está escribiendo algo en un papel y me lo entrega.
—¿Qué crees que es?
—Todavía no lo sé. Primero necesito ver la placa y, dependiendo de lo que aparezca, te ayudaré con un especialista.
—¿Crees que sea grave?
Nico me sostiene mi mirada.
—Esperemos que no.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos. Siento cómo se me llenan los ojos de lágrimas. Él baja la mirada. Es solo un instante, pero lo conozco lo suficiente para saber por qué lo hace. Es como si necesitara controlar algo dentro de sí mismo antes de volver a mirarme.
Cuando levanta la cabeza, su expresión vuelve a ser la misma de siempre.
—Me tengo que ir. Avísame en cuánto tengan el resultado.
Asiento.
Nico camina hacia donde está estacionada su camioneta, pero yo lo detengo.
—Nico...
Se gira.
—¿Sí?
Trago saliva. Camino hasta donde está y me atrevo a preguntar:
—¿Podrías quedarte un rato más?
Cierra los ojos un segundo y suspira. Cuando vuelve a mirarme, hay algo cansado en su expresión.
—Nina, no te digo esto porque esté molesto o porque quiera hacerte sentir mal ¿Okey? pero no creo que sea conveniente que me quede.
—¿Por qué no?
—Porque tienes razón. Tú y yo no somos nada.
La frase me golpea, aunque ya la haya escuchado de mi propia boca. Suspiro y quiero explicarme, pero él continúa:
—He pensado muchas veces en lo que me dijiste y… tienes razón. —Hace una pausa breve, pero no aparta la mirada de la mía—. Yo nunca me atreví a pedirte nada formal porque sabía que, si lo hacía, saldrías corriendo. Y, aunque suene estúpido, preferí tenerte así antes que arriesgarme a perderte.
Por un instante, se me olvida respirar. Él continúa:
—Pensé que, con el tiempo, quizá te enamorarías de mí. Que algún día podrías dejarme decirte que te amo sin que sintieras que tenías que escapar. Creí que podía esperar. Que podía dejar las cosas como estaban. Algo casual. Sin nombres, sin preguntas... solo porque quería estar contigo.
Siempre tengo algo que decir. Una respuesta rápida, una broma, cualquier cosa. Pero esta vez no encuentro las palabras. Estoy demasiado ocupada intentando procesar todo lo que acaba de decirme.
—Pero ahora me doy cuenta de que quizá estaba esperando algo que tú nunca viste de la misma manera.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos.
Quiero decir algo.
Debería decir algo.
Pero las palabras no llegan.
Él finalmente aparta la mirada y se dirige hacia su camioneta. Lo veo abrir la puerta, subir y cerrarla. Es justo entonces cuando reacciono y corro detrás de él.
—¡Nico! —Él baja la ventanilla y me mira—.
Sí eres importante para mí, ¿okey? Mucho más de lo que probablemente te he hecho creer.
Perdón por todas esas cosas que te dije.
Sé que probablemente hice que pensaras que todo esto te importaba más a ti que a mí, pero no es verdad.
—No sé cómo decirle el resto sin sentir que estoy arrancándome algo del pecho.
—No quiero que pienses que me da igual perderte, porque no es así.
—Ni siquiera sabes qué quieres de mí.
—Sé que no quiero perderte.