Bendito Karma CAPÍTULO 50 #3
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CAPÍTULO 50 #3

Lo tengo junto a la cámara, boca abajo sobre el asiento. Lo tomo casi sin pensarlo y enciendo la pantalla.

Nada.

Todavía no hay mensajes… ni llamadas.

Abro la conversación con Nico y me quedo mirando su nombre durante unos segundos antes de bloquear el teléfono y dejarlo nuevamente a mi lado.

—¿Nina?

—¿Sí?

Mi abuelo está posando con la caña, muy serio.

—Hazme una fotografía.

Sonrío.

—¿No eres tú al que no le gustan las fotos?

—Hoy me siento especialmente fotogénico.

Esbozo una sonrisa y tomo la cámara. Por un momento vuelvo a olvidarme del teléfono. Tomo una fotografía y después otra cuando él cambia de posición porque, según él, «esa pose no le favorece».

Por unos minutos, todo vuelve a sentirse sencillo… hasta que el celular vibra y mi mirada baja hacia la pantalla por reflejo.

No es Nico.

Es una notificación cualquiera.

La deslizo para quitarla y vuelvo a dejar el teléfono con la pantalla hacia abajo.

—¿Y Nico?

Levanto la mirada. Lucas está de pie frente a mí con dos latas de soda en la mano y una me la extiende a mí.

—No lo sé. Creo que has hablado más tú con él que yo.

Se sienta a mi lado.

—¿Cómo que yo he hablado más con él?

—Eso mismo.

Lucas frunce el ceño.

—Ayer llegó a la casa de tu abuelo.

—¿Te lo contó?

—No. Tu abuelo.

—Ah, bueno…

—¿Qué pasó?

—Nada.

Me mira.

—Nina… te conozco. Estás distraída, pendiente del celular…

—Estoy esperando un informe… un auto me siguió ayer, intentó chocarme y se dio vuelta en la carretera.

Lucas se atraganta.

—¿Qué?

—Por eso Nico llegó a la casa de mi abuelo. Que esto no se te escape frente a él, por favor. No quiero preocuparlo.

—¿Y tienes alguna idea de quién estaba conduciendo?

—Es lo que Nico está averiguando. El auto pertenece a una persona que ya murió y nadie lo ha actualizado. Hablaste con él pensé que te lo había contado.

—De ti hablamos muy poco. Salí a correr con él y sus amigos. Hoy es su día libre y me sorprendió que, cuando lo invité a pescar contigo y don Dionisio, me dijera que tenía cosas que hacer. Nico nunca rechaza un plan que te incluya.

—Bueno, quizá está cansado de mí.

—¿Nico? —Él se ríe. —No creo que ese hombre alguna vez se canse de ti.

—Es una posibilidad.

Se gira completamente hacia mí y levanta ambas manos.

—Oye… no me quiero meter en tu vida, pero tal vez puedo ayudar… si quieres.

Doy un sorbo a la bebida.

—No, gracias. Es algo que puedo arreglar yo.

Lucas sonríe de lado.

—Es exactamente lo que me dijo tu abuelo que responderías.

Antes de que pueda defenderme, escuchamos la voz de mi abuelo:

—¡Nina! ¡Lucas! ¡Vean esto!

Nos mira con una sonrisa enorme, sosteniendo la caña con ambas manos. Lucas se levanta de inmediato.

—¿Qué pasó?

—¡Miren el tamaño de este animal! —exclama mi abuelo, orgulloso, mientras tira de la caña con fuerza hasta conseguir sacar el pez y dejarlo caer dentro de la lancha—. Ya tenemos cena.

—Abuelo, eso no es un pez. Eso parece la mascota de algún villano de Disney.

Se ríe.

—Pues es lo que comeremos esta noche.

Levanto la cámara y le tomo la última foto con su pez.

◆◆◆

Cuando regresamos a casa, los cuatro terminamos alrededor de la cocina, cada uno haciendo algo.

Lucas se encarga de limpiarlo, Luciana prepara parte de los acompañamientos, yo hago la ensalada, mi abuelo da instrucciones y Glenda intenta evitar que la cocina termine convertida en una zona de desastre.

Cuando termino los miro a todos trabajar en equipo.

Lucas y Luciana se mueven por la cocina con una naturalidad que me hace sonreír. Él le roba algo de la tabla de cortar, ella le da un manotazo en la mano, mi abuelo protesta porque están desperdiciando comida y yo me río mientras intento capturar el momento con la cámara.

Quisiera poder enmarcarlo.

De verdad.

Guardar esta tarde exactamente así, con el olor de la comida, las voces de todos mezclándose en la cocina y mi abuelo todavía aquí, riéndose como si el tiempo no pudiera tocarlo.

Pero entonces vuelvo a mirar a Lucas y Luciana, y ese vacío extraño aparece dentro de mí.

También miro a mi abuelo y a Glenda, pendientes el uno del otro en esos pequeños detalles que ya parecen formar parte de su rutina.

Glenda le acomoda el cuello de la camisa a mi abuelo y él, casi sin pensarlo, le acerca su vaso para que no tenga que levantarse.

Sonrío al verlos. Sé que, si Nico estuviera aquí, haría algún comentario sarcástico sobre lo cursis que son...

y después probablemente me llenaría de besos solo para que yo terminara quejándome de él.

¿Pero qué estoy pensando, Dios mío?

Me siento un poco mejor cuando Francia regresa, porque al menos ya no soy la única sin pareja.

Después de comer, todos se quedan en la sala hablando un rato y yo aprovecho para subir al segundo piso.

Necesito un poco de aire.

Salgo al balcón y apoyo las manos sobre la baranda. Desde aquí todavía puedo escuchar las voces de mi abuelo y los demás, mezcladas con alguna que otra carcajada.

Saco el teléfono.

A ver, quizás no debería llamarlo.

Después de todo, fui yo quien le pidió espacio y sin querer ignoré todas las llamadas y mensajes suyos. Ahora estoy aquí, contemplando la posibilidad de hablar con Nico como si no hubiera sido yo la que puso toda esta distancia entre nosotros.

Respiro hondo y pulso su nombre.

Un tono.

Dos.

Al tercero, justo cuando empiezo a prepararme mentalmente para escuchar el buzón de voz y fingir que no me importa, responde.

—¿Todo bien?

Cierro los ojos por un instante.

—Sí —respondo—. Todo bien.

—¿Segura?

—Sí. —Hago una pequeña pausa. —Solo te llamaba para preguntarte si hay algún avance con lo de la placa.

—Todavía no. El informe completo puede tardar.

—Ah. Está bien. —Al otro lado se escucha el ruido de varias personas hablando. —¿Estás ocupado?

—No. Solo salí con los chicos.

Reconozco de fondo la voz de uno de los amigos de él.

—Ayer te llamé.

—Sí, perdón. Iba conduciendo.

—No me llamaste de regreso.

Hay una pausa breve.

—Regresé a la morgue porque estaba de turno y después lo olvidé por completo.

No respondo.

Sé que no debería dolerme. No tiene por qué hacerlo. Tiene una explicación razonable.

Pero quizá lo que me duele no es que haya olvidado devolverme la llamada, sino la posibilidad de que esté empezando a tratarme como trata a cualquier otra persona.

Y, por alguna razón, eso me hace sentir mucho peor de lo que esperaba.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

Trago saliva.

Ya sé que no debería decirlo.

De hecho, mientras las palabras empiezan a formarse en mi cabeza, una parte de mí intenta detenerlas.

No puedo.

—Me gustaba más nuestra relación antes de involucrarnos...

en lo que sea que nos involucramos estos últimos meses.

—Al otro lado no se escucha nada. —Al menos antes podía decirte lo que fuera y tú simplemente te reías y hacías lo contrario solo por molestarme.

Eras un grano en el culo, pero sabía que estabas ahí siempre. Ahora…

Me quedo en silencio. Escucho cómo el ruido de fondo desaparece poco a poco. Nico debe haberse alejado de los demás.

—Nina... —Su voz suena diferente ahora. Más baja. —Yo solo te estoy dando el espacio que me pediste. ¿Eso no era lo que querías después de todo? Entiendo que quizás me involucro demasiado en cosas que no me corresponden.

—No dije eso.

—No hacía falta que lo dijeras.

Aprieto los labios.

—Solo te estaba pidiendo que esto me dejaras hacerlo yo misma.

—Y eso es lo que estoy haciendo. Si no hubiera pasado lo del auto, tú ni siquiera me habrías escrito.

Por un momento me quedo callada y lo siguiente lo digo casi balbuceando:

—Eso no es verdad... iba a hablar contigo una vez que todo se acomodara. Estaba preocupada por mi abuelo y…

—Eso lo entiendo, Nina. —Me interrumpe. —Pero lo que no puedo comprender es porqué sentiste la necesidad de apartarme de esa manera.

¿Hice algo mal? No lo sé, porque no querías hablar conmigo.

Yo solo quise ayudar, pero al parecer cometí un crimen.

O quizás solo estabas buscando una excusa para alejarme de ti.

La forma en que se le quiebra la voz me hace un nudo en la garganta.

—No es así…

—Sabes que te quiero demasiado como para dejarte sola en una situación como esta. Pero tampoco puedo seguir insistiendo cuando ni siquiera sé qué tan importante soy para ti.

Abro la boca, pero durante unos segundos no consigo encontrar las palabras. Quiero decirle que sí me importa, que sí es importante para mí, que ese día hablé desde el temor que estaba sintiendo, pero él me interrumpe:

—No creo que esta sea una conversación para tener por teléfono. Te envío los resultados de la placa en cuánto estén listos.

Entonces una voz se escucha a lo lejos. Es uno de los chicos. Le dice algo más pero no alcanzo a escuchar.

—Tengo que irme. Buenas noches, Nina.

La llamada termina antes de que pueda responder.

Bajo lentamente el teléfono y me quedo mirando la pantalla apagada. Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y respiro hondo.

Ya tendré tiempo para arreglar esto.