CAPÍTULO 50 #2
—Así no funcionan las cosas.
—Claro que funcionan así. Si ese muchacho te quiere tanto como dices que no te quiere, seguro viene.
—Yo nunca dije que no me quisiera.
Mi abuelo me observa durante un segundo y suelta una carcajadita.
—Bueno…
Glenda nos interrumpe:
—¿Nico no se quedó a comer?
—No…
—Nina va a llamarlo.
—Abuelo…
—Dile que venga. Que la comida de Glenda es deliciosa.
—Eso ya lo sabe.
—Entonces llámalo.
Saco el teléfono frente a él.
—Está bien, pero solo porque tú lo estás pidiendo.
Busco el contacto de Nico y presiono «llamar».
Espero.
Primer tono.
Dos.
Tres.
La llamada termina sin respuesta.
Miro la pantalla durante unos segundos con el entrecejo fruncido. Vuelvo a llamarlo y sucede lo mismo. Entonces me guardo el teléfono.
—¿Ves? —digo, intentando restarle importancia—. Está ocupado.
Mi abuelo me observa con una expresión divertida.
—Bueno, de esta te salvaste.
Intento sonreír, pero algo se queda dando vueltas en mi cabeza.
Nico jamás había perdido una llamada mía.
Al día siguiente, para felicidad de todos, la lucidez de mi abuelo sigue ahí.
No es perfecta. Hay momentos en los que se queda mirando algo durante unos segundos más de la cuenta o hace una pregunta que ya respondió unos minutos antes, pero está presente. Lo suficiente para reconocerme, bromear y hasta quejarse de que el café está demasiado caliente.
Estoy sirviéndome un vaso de jugo de naranja cuando escucho un auto detenerse frente a la casa.
Me acerco a la ventana y, en cuanto veo quién baja, enarco una ceja.
Lucas.
Pero no viene solo, Luciana sale del auto y él inmediatamente le toma la mano. Caminan hacia la casa abrazados, se detienen a mitad del camino para darse un beso y luego continúan como si estuvieran protagonizando una película romántica de bajo presupuesto.
Otro beso.
Otro abrazo.
Pongo los ojos en blanco.
Definitivamente, demasiada miel para una sola mañana.
Me quedo viéndolos un rato y mi mente traicionera decide sustituir la imagen de ellos por la de Nico.
Aprieto los labios.
Genial.
Justo lo que necesitaba.
Me alejo de la ventana y tomo mi celular. Nada. No tengo absolutamente nada. Ni un mensaje, ni una sola llamada perdida. Lo dejo boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera convencerme de que no estaba esperando ninguna de las dos cosas.
El timbre suena justo entonces. Respiro hondo y voy a abrir. No alcanzo ni siquiera a decir buenos días.
—¡Nina! —Luciana se lanza sobre mí en un abrazo. Tengo que hacer malabares con el vaso para evitar que el jugo termine sobre alguna de las dos—. ¡Tanto tiempo sin verte!
Me quedo atrapada entre sus brazos durante un segundo, completamente desconcertada.
—Hola…
Ni siquiera termino de responder cuando escucho la voz de mi abuelo desde la sala.
—¿Quién llegó?
Luciana se separa de mí y mira hacia dentro. Ahora Lucas me da un abrazo fuerte, pero de inmediato se vuelve a mi abuelo:
—¡Soy yo, abuelo! —Baja la voz solo para que yo lo escuche: —¿Cómo está hoy? No me habías mencionado nada del avance de su enfermedad.
—¿Quién te lo contó?
—Nico.
Se separa de mí cuando mi abuelo aparece detrás de nosotros. Lucas se para frente a él con una postura solemne. Él lo observa de pies a cabeza durante unos segundos.
—¿Lucas? —Esboza una sonrisa alegre. —¿Cuál es el honor de esta visita? La última vez que te vi todavía no te salía pelo en las axilas.
Lucas aprieta los labios para no reírse.
—Eso es mentira. Nos vimos el año pasado.
—¿El año pasado?
—Sí. Vine a visitarte y te traje un regalo de Escocia.
Mi abuelo parece buscar el recuerdo y, de pronto, asiente.
—Ah, sí. Me trajiste una falda.
—Una falda escocesa —corrige Lucas—. Muy elegante, por cierto. ¿Ya la usaste?
—Todavía no he tenido una ocasión especial.
Lucas mira a Luciana y sonríe.
—Pues ya la tendrá.
Mi abuelo frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Porque voy a casarme.
Justo en ese momento yo le estoy dando el primer sorbo al jugo.
Error.
Grave error.
Me atraganto.
El líquido se me va por el camino equivocado y empiezo a toser. Los tres me miran y es Luciana la que se me acerca:
—¿Estás bien?
Levanto una mano para indicar que sí, aunque por dentro estoy a punto de llamar al 911.
—Perfectamente —consigo decir entre una tos—. Es el jugo. Está muy ácido.
Luciana no parece convencida, pero regresa a la par de Lucas sin quitarme un ojo de encima. Mi abuelo los mira, primero a ella y después a él.
—Oh, vaya…
—Sí… oh, vaya…
—Nunca me imaginé que llegaría este día —agrega mi abuelo.
—Yo tampoco —dice él.
Luciana se ríe y se acerca a mi abuelo.
—Es un placer conocerlo. Lucas me ha hablado muchísimo de usted.
—Espero que cosas buenas.
—Todas buenas.
—Entonces te ha estado mintiendo.
Los tres soltamos una risa. Yo todavía estoy intentando sobrevivir al ataque sorpresa que me dio el bendito jugo. Lucas vuelve a hablar:
—Mi amor, él es Dionisio, el abuelo de Nina.
No es mi abuelo biológico, pero sí de corazón.
Cuando mi mamá estaba peleándose en la corte con Rigoberto y no querían que yo quedara envuelto en todo ese drama familiar, don Dionisio se ofrecía a cuidarme.
A veces pasaba con él hasta una semana entera porque nadie más de la familia quería hacerse cargo de mí.
Mi abuelo levanta una ceja.
—Y no los culpo. Este muchacho era demasiado trabajo.
Lucas se ríe y niega con la cabeza.
—Pero me consentías.
—Eso sí.
La respuesta sale de mi abuelo con una naturalidad que me hace sonreír.
Lucas se acerca a él.
—Precisamente por eso vine. Hoy te llevo a pescar.
Los ojos de mi abuelo se iluminan.
—¿Todavía pescas?
—Siempre que puedo.
—Entonces vamos.
—Tengo todo preparado.
Mi abuelo se queda mirándolo unos segundos, como si la idea acabara de traerle un recuerdo especialmente querido.
—Antes era yo quien te llevaba.
Lucas sonríe.
—Ahora me toca a mí.
Mi abuelo le da una palmada en el brazo.
—Entonces será mejor que no hayas olvidado cómo se hace. —Se da media vuelta. —Solo voy a buscar mi sombrero. Ya regreso.
Glenda se acerca detrás de mí y en un susurro me pregunta:
—¿Esa es la novia robada?
—La misma.
Entonces suelta una risita.
—Pues sus decisiones serán cuestionables, pero malos gustos no tiene, eh.
Camina hacia Lucas, abre los brazos para recibirlo y después mira a Luciana con una sonrisa demasiado conocedora.
—Y ella es Glenda, la esposa del abuelo Dionisio.
—¿Así que tú eres la que hizo sentar cabeza a este delincuente?
—¡Glenda!
—¿Qué? Un pajarito me dijo que te robaste a una novia del altar.
—Yo solo la ayudé a escapar de esa boda.
—Es lo mismo, pero de ti no me sorprende. —Glenda mira a Luciana. —Parpadea dos veces si necesitas ayuda.
Luciana suelta una carcajada. Será mejor que empiece a acostumbrarse a la particular amistad que tienen estos dos.
Mi hermano ni siquiera intenta defenderse. Con Glenda aprendió hace años que discutir solo consigue que ella encuentre otro motivo para molestarlo.
En fin, unos minutos después, todos salimos rumbo al río.
Bueno, cuatro salimos rumbo al río, porque Glenda prefiere quedarse en casa, alegando que alguien tiene que asegurarse de que la casa siga en pie mientras nosotros estamos fuera.
Por supuesto, a mí nadie me consultó lo del plan, pero de todas formas alguien tiene que vigilar de cerca al abuelo, que hoy está de un humor excelente.
Durante el camino, mi abuelo no deja de hacerle preguntas a Lucas. Quiere saber dónde ha estado estos últimos días, cómo va el trabajo y hasta si sigue viviendo en el mismo lugar. También quiere saber cómo conoció a Luciana.
Los tres nos quedamos callados por un instante.
Lucas, por supuesto, no tiene pelos en la lengua.
—Nina me la presentó el día de la cena de ensayo de la boda de Luciana.
Mi abuelo gira la cabeza hacia él.
—¿Qué?
Soy yo la que responde:
—Tu nieto del corazón se llevó a Luciana de su propia boda.
Mi abuelo vuelve a mirarlo, completamente desconcertado.
—¿Qué?
Lucas se ríe.
—Es una historia larga.
—Y bastante buena —dice la misma Luciana.
Mi abuelo los observa a los dos y, por un momento, parece intentar ordenar la información en su cabeza.
—Entonces me la tienen que contar.
Nos echamos a reír.
A estas alturas, en lugar de ser una conversación incómoda, parece que acabamos de crear la anécdota familiar que vamos a contar durante los próximos veinte años.
El lugar queda a unos minutos de la carretera, rodeado de árboles y con un pequeño embarcadero junto a la orilla. Lucas ya tiene una lancha preparada, así que no tardamos en subirnos los cuatro.
Mi abuelo se sienta frente a Lucas, que empieza a explicarle a Luciana cómo lanzar la caña.
Yo me acomodo a un lado con la cámara, feliz de tener una excusa para no participar demasiado.
El motor nos aleja poco a poco de la orilla mientras el ruido de la ciudad desaparece entre los árboles, y durante unos minutos me permito simplemente disfrutar de la tranquilidad.
Lucas intenta enseñarle a Luciana a lanzar la caña, pero mi abuelo termina interviniendo antes de que ella siquiera tenga oportunidad de intentarlo.
—Así no. Es demasiada fuerza, parece que Lucas quiere pescar un tiburón.
Luciana suelta una carcajada.
—¿Sí? ¿Verdad? No debería confiar tanto en Lucas.
—Yo te diría que no —le responde mi abuelo —pero dado que hoy me trajo a uno de mis lugares favoritos, no diré nada cuestionable.
—Traición familiar… —se queja Lucas con ironía —pensé que solo existía en las novelas turcas.
Mi abuelo se ríe y empieza a explicarle a Luciana cómo debe sujetar la caña. Ella lo escucha con atención, mientras Lucas se queda a un lado, fingiendo que no está siendo desplazado de su propio papel de instructor.
Tomo varias fotografías. Una de mi abuelo concentrado con la caña entre las manos.
Otra de Luciana riéndose. Otra de Lucas poniendo los ojos en blanco mientras escucha una historia que probablemente ya conoce de memoria.
Mi abuelo está especialmente animado hoy, y verlo así consigue que algo dentro de mí se relaje.
Hasta que mi mirada cae sobre el celular.