CAPÍTULO 50
D ios mío, voy a chocar.
El auto se desvía hacia el borde de la carretera.
Giro el volante con todas mis fuerzas y piso el freno al mismo tiempo. Las llantas chillan sobre el asfalto mientras el vehículo se sacude de un lado a otro. Por un instante, estoy convencida de que voy a terminar volcada, pero consigo enderezarlo a tiempo.
Me quedo aferrada al volante, con el corazón golpeándome las costillas y la respiración completamente desordenada. Tardo unos segundos en atreverme a levantar la mirada.
Entonces escucho el motor del sedán acercándose otra vez, lo miro por el espejo retrovisor. Sigue detrás de mí. Vuelve a acercarse, esta vez viene directamente hacia mi costado. Piso el acelerador, intentando poner la mayor distancia posible, pero el auto me sigue a la misma velocidad.
No tengo tiempo de pensar.
Piso el freno con todas mis fuerzas.
El auto se detiene de golpe, lo suficiente para que él pase de largo. El conductor, tomado completamente por sorpresa, intenta corregir la dirección demasiado tarde. El vehículo da un bandazo brusco y termina saliéndose hacia el área verde que rodea la carretera.
El vehículo golpea el desnivel, se levanta de un lado y termina volcándose con un estruendo que me hace encogerme contra el asiento. Da una vuelta y queda con las llantas hacia arriba, inmóvil, a unos metros de la carretera.
Me quedo congelada.
No bajo.
Ni siquiera pienso en hacerlo.
Solo miro el auto volcado a través del parabrisas, intentando procesar lo que acaba de ocurrir. Una parte de mí piensa que alguien podría estar muerto ahí dentro. Que quizá acabo de provocar un accidente. Que debería llamar a alguien.
Entonces veo la placa.
Tomo el teléfono con las manos temblorosas. La conversación con Nico sigue abierta desde antes. Sin pensarlo demasiado, escribo los números y se los envío.
Tiro mi teléfono sobre el asiento del copiloto, aprieto el acelerador y salgo disparada de ahí.
No vuelvo la mirada.
Durante todo el camino tengo la sensación de que alguien me está observando. No sé por qué, no sé quién o para qué. Solo quiero llegar a la casa de mi abuelo y encerrarme.
No me detengo ni una sola vez. Ni siquiera cuando escucho el sonido de un mensaje.
En cuánto llego Glenda sale a recibirme, me ve y frunce el ceño.
—Nina, ¿qué pasó?
Me bajo del auto todavía pálida y cierro la puerta detrás de mí.
—No lo sé —digo, intentando recuperar el aire—. Creo que alguien me siguió en la carretera. Intentó provocar un accidente y se volcó.
Su expresión cambia.
—¿Qué?
Miro alrededor para asegurarme de que mi abuelo no está cerca.
—Alguien intentó chocarme. O fue una maniobra torpe, o en realidad alguien quería hacerme perder el control.
—Dios mío… pero ¿quién…?
—No lo sé. Quizás algún reportero loco o algún fanático de Rigoberto. No tengo idea.
Glenda mira el auto y yo sigo su mirada. Hay una marca larga en uno de los costados, justo donde el sedán pasó demasiado cerca. Me acerco y paso los dedos sobre el rayón.
—Eso que me cuentas es demasiado peligroso, Nina. ¿Ya revisaste las cámaras del auto a ver si lograron captar al conductor?
En ese momento, mi teléfono vibra otra vez.
Es otro texto de Nico.
El primero lo envió cuando yo todavía venía conduciendo:
«Esa placa está registrada a nombre de una persona extranjera que murió hace varios años. No la han actualizado desde entonces»
«¿Qué pasó con esa placa?»
Estoy demasiado asustada como para decirle que no pasa nada, así que, con los dedos todavía temblando, le escribo:
«Ese auto me estaba siguiendo. Intentó sacarme de la carretera.»
«Se volcó»
Nico no tarda nada en responder:
«¿Dónde se volcó?»
Le envío más o menos la ubicación. No recuerdo nada con exactitud, porque en ese momento estaba bloqueada por el pánico.
Nico responde:
«Llego en un momento. Voy a ir a revisar la zona».
Guardo el teléfono y miro el auto.
La pintura negra del sedán quedó marcada en uno de los costados. La mancha es imposible de ignorar.
—Glenda… Necesito que me ayudes a quitar esto antes de que mi abuelo lo vea.
Glenda mira el rayón y después a mí.
—¿Quitarla? Nina, eso es evidencia.
Me quedo mirando la mancha.
Claro.
—Evidencia de que algún hombre podría estar muerto sobre la carretera.
—Solo recibió una cucharada de su propio karma. No vamos a tocar nada, Nina. Si esto fue a propósito, esta mancha servirá como prueba.
Asiento, aunque sigo mirando la mancha negra sobre la carrocería. Quiero dejar de pensar en lo que acaba de pasar, pero la imagen del auto volcando vuelve una y otra vez a mi cabeza.
—Por cierto, ¿cómo ha seguido mi abuelo?
—Un poco mejor, ahora mismo está tomando su siesta. Ha tenido más momentos de lucidez que ayer.
Eso consigue tranquilizarme un poco.
Abro la puerta del auto y saco la memoria de ambas cámaras.
—Voy a revisar las grabaciones.
Subo a mi habitación por la computadora. De regreso a la sala, le doy un vistazo a la habitación de mi abuelo. Él sigue dormido, tranquilo, con una mano sobre el pecho.
Cierro la puerta con cuidado.
Bajando las escaleras escucho un vehículo detenerse frente a la casa.
Mi corazón da un vuelco antes de que pueda evitarlo, porque sé quién es. Salgo al porche justo cuando Nico se baja de la camioneta.
Por un segundo, algo dentro de mí se ilumina.
Es una reacción automática, que nunca me atrevería a admitir en voz alta. Nico me mira también, pero no hay sonrisa, no hay un «hola» acompañado de un beso, ni ese gesto suyo de acercarme contra su pecho como si fuera lo más natural del mundo.
Pero hay algo en su mirada, un destello de preocupación que desaparece casi tan rápido como apareció. Sus ojos me recorren rápidamente, como comprobando que estoy bien después de mirar el rayón en la carrocería.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Te lastimaste?
—No.
Eso es todo.
Siento una pequeña punzada en el pecho. Él se detiene a revisar el golpe y dice:
—No hay un auto volcado en la carretera.
Eso hace que el corazón se me acelere de inmediato.
—¿Qué?
—Alguien debió ir por él antes de que yo pasara por ese lugar.
—Es imposible. Sería demasiado rápido.
—Quien hizo eso probablemente tiene a alguien que le está haciendo favores. ¿Tienes las grabaciones de las cámaras?
—Sí, iba a verlas ahorita.
Le entrego la computadora y las memorias.
Se sienta en el primer escalón, sin acercarse más de lo necesario.
Una sensación extraña me aprieta el pecho y, casi por reflejo, me siento un escalón más arriba.
—Ayer contesté tu mensaje —le digo—. El problema es que olvidé darle a enviar.
Sus labios se curvan apenas, pero la expresión desaparece casi de inmediato.
—No hay problema. —Y cambia de tema. —Por cierto, ya reporté esto con la policía. Estas grabaciones ayudarán de mucho.
Se pone de pie después de pasar los archivos a su teléfono. En ningún momento me mira a mí y nuestras manos ni siquiera se rozan cuando me entrega la laptop y las microSD.
—El informe completo puede tardar unos días.
—Está bien.
—Por ahora, cuídate. No salgas sola.
—Entendido.
—Si necesitas algo, me llamas… —Ahí se detiene—. Bueno, si crees que es necesario…
La frase me deja un pequeño vacío en el pecho.
Me pongo de pie y lo sigo con la mirada mientras se aleja.
No hay abrazo de despedida. No hay sonrisas. Solo esa mirada rápida antes de subir a su camioneta y marcharse.
Me quedo ahí unos segundos con una sensación extraña instalada en el estómago.
—¿Por qué se fue Nico?
Mi abuelo me da un susto de muerte. Está detrás de mí, mirando hacia afuera. Me giro sin entender.
—¿Qué?
—Nico. ¿Por qué se fue? Ni siquiera pude saludarlo ¿Qué le hiciste?
Parpadeo.
—¿Yo? Nada. —A ver, ¿sí recuerda a Nico? —¿Te acuerdas de él?
Él me mira como si acabara de preguntarle una grosería.
—Claro que me acuerdo de Nico.
Lo siguiente lo pregunto con cautela:
—¿Te acuerdas de mí?
—¿Cómo que si me acuerdo de ti? —suelta una pequeña risa—. Nina, ¿qué son estas preguntas? Ahora contéstame, ¿Por qué se fue?
—Tenía cosas que hacer, papá.
—Me gusta cuando me llamas papá, pero sé que lo haces para desviarme de la conversación. ¿Qué le hiciste a ese pobre hombre?
—¿Es en serio?
Él no parece dispuesto a dejar el asunto.
—Lo conozco lo suficiente como para saber que no solo se va a ir y va a dejarte aquí sola como si nada.
—No estoy sola. Estoy contigo y Glenda. Francia ya no debe tardar.
—¿Qué pasó con Nico?
—Nada.
—Nina.
—¡Okey! —Entro, le pido que pase y cierro la puerta —Tuvimos un malentendido. Es todo. Un día le pedí que se fuera, quizás me pasé.
—¿Y qué estás haciendo aquí en lugar de arreglarlo?
Suelto el aire lentamente. La doctora me dijo que atesorara estos momentos de lucidez, pero ¿cómo se supone que atesoro un momento así si lo está utilizando para regañarme?
—Es algo que puedo arreglar mañana.
Mi abuelo me observa durante unos segundos.
—No me gusta esa palabra.
—¿Cuál?
—Mañana.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Porque todos creemos que tenemos un mañana. —Hace una pausa—. Mañana para pedir perdón. Mañana para llamar. Mañana para decirle a alguien lo que sentimos. Mañana para hacer las cosas que hoy nos da miedo hacer.
No digo nada.
—Pero el problema es que el mañana no le pertenece a nadie, Nina.
Siento un nudo en la garganta.
—No siempre puedes arreglar las cosas de inmediato —me defiendo.
—No. —Sonríe suavemente—. Pero si puedes hacerlo hoy, ¿por qué arriesgarte a esperar que ese mañana no exista?
Por alguna razón, las palabras de mi abuelo me duelen más de lo que deberían. Quiero cambiar de tema, pero él continúa:
—Ese muchacho te quiere.
—Abuelo…
—Y tú lo quieres a él.
No respondo.
Mi abuelo sonríe, como si acabara de confirmar algo que ya sabía.
—Entonces deja de esperar a mañana.
No respondo. Me limito a suspirar y le ofrezco mi brazo para ayudarlo a ir al comedor cuando Glenda dice que la comida ya está lista.
—Vamos. Ya es hora de comer.
Lo acompaño hasta la mesa, intentando convencerme de que la conversación termina ahí. Pero apenas toma asiento, se le ocurre:
—Llámalo.
Lo miro.
—¿A quién?
—A Nico, ¿a quién más? Dile que venga a comer con nosotros.
—Abuelo, Nico tiene cosas que hacer.
—Entonces que las haga después.