Bendito Karma CAPÍTULO 49 #3
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CAPÍTULO 49 #3

—Murió y yo me quedé con la sensación de que había dedicado demasiado tiempo a cosas que podían esperar y demasiado poco a la persona que no podía.

Trago saliva.

—Lo siento.

Alfonso asiente, pero enseguida recupera su expresión habitual.

—Por eso no voy a aceptar tu renuncia.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Puedo ponerle una pausa a tu contrato.

—Es que no sé cuánto tiempo podría necesitar.

—Eso no es problema —Se encoge de hombros—. Cuando estés lista, vuelves. Todos te vamos a estar esperando.

Eso me hace sonreír.

—Te lo agradezco mucho.

—No me agradezcas todavía. Cuando vuelvas, pienso hacerte trabajar el doble.

Suelto una pequeña carcajada.

—Bueno, gracias por avisarme. Ahora me pensaré seriamente lo de regresar.

Cuando salgo de la oficina de Alfonso, las chicas me están esperando.

Okey… escucharon todo. Lo sé. Digo… sus caras ahora mismo son de personas que parece que recibieron una mala noticia.

Apenas me ven, las tres se acercan a mí.

No tengo que explicarles demasiado. Les cuento que voy a tomarme un tiempo para cuidar a mi abuelo y que, por ahora, necesito concentrarme en él.

No escondo lo que está pasando, pero tampoco quiero convertirlo en una conversación triste.

Ellas me escuchan en silencio y, cuando termino, empiezan a decirme que no me preocupe por nada, que el trabajo puede esperar y que, si alguna vez necesito algo, solo tengo que llamarlas.

Una de ellas incluso me abraza con tanta fuerza que termino riéndome.

—No te vas a librar de nosotras tan fácilmente —me advierte.

—Eso parece.

—En serio, Nina. Para lo que necesites.

Asiento, intentando que la emoción no se me note demasiado.

—Gracias. A las tres.

Me despido de ellas y salgo por la puerta trasera del edificio.

No quiero volver a enfrentarme a los reporteros.

Subo al auto de mi abuelo y, antes de ponerlo en marcha, reviso los espejos. Espero unos segundos. No veo cámaras, ni personas siguiéndome, así que finalmente salgo.

Conduzco con cuidado y, a propósito, paso frente al edificio donde vivo. Sí, todavía hay reporteros. Quizás algunos ya se dieron cuenta de que no pienso regresar a mi casa mientras ellos sigan ahí, pero otros parecen dispuestos a esperar un milagro divino.

Suelto el aire por la nariz.

El video de Rigoberto parece haber conseguido exactamente lo que pretendía: convertir mi vida en un espectáculo como la de él. Es entonces cuando veo a Nico saliendo de su edificio.

Bueno… más bien, veo su camioneta salir de la zona de parqueo. No alcanzo a verlo a él a través del polarizado, pero una punzada me atraviesa el pecho. Su camioneta desaparece calle abajo. Yo me quedo mirándola unos segundos antes de volver la vista al frente.

No recuerdo haber recibido una respuesta suya después de último mensaje de ayer.

Cuando llego a un semáforo en rojo, tomo mi celular y entonces lo miro.

No hubo respuesta de mi parte.

Mierda.

No le envié un «sí» ni nada de lo que se me ocurrió en ese momento. Sigue ahí, todavía en el borrador.

Me quedo mirando la pantalla. Otra vez: Mierda. Voy a hacerlo ahora. Comienzo a escribir y un auto pita detrás de mí. Levanto la mirada y me doy cuenta de que la luz ya está en verde.

Dejo el teléfono sobre el asiento del copiloto y acelero. Le escribo en cuánto llegue, eso es lo primero que haré.

A medida que avanzo por la carretera que lleva a la casa de mi abuelo, el camino se vuelve cada vez más solitario. La ciudad queda atrás y, con ella, el tráfico y el ruido. Durante varios minutos, lo único que escucho es el motor y la música que suena a un volumen bajo.

Entonces miro por el espejo retrovisor.

Un sedán negro viene detrás de mí.

Al principio no le presto tanta atención hasta que se acerca demasiado. Frunzo el ceño. El auto mantiene una distancia mínima durante varios segundos que se sienten eternos, como si el conductor quisiera pegarse a mi vehículo.

—¿Qué demonios…?

Miro nuevamente por el espejo. Quizá es un periodista. Maldito Rigoberto y su esmero por quedar como la víctima.

Acelero un poco, pero el sedán hace lo mismo. Mi estómago comienza a tensarse. El auto se mueve hacia el carril contrario y por un momento pienso que finalmente va a adelantarme. Siento alivio. Quizás no es un reportero loco como creí.

Entonces el auto se coloca a mi lado y mantiene la misma velocidad. Yo lo miro de reojo. No alcanzo a distinguir al conductor. El vehículo se mueve bruscamente hacia mí.

—¿Qué carajos…?

Giro el volante justo a tiempo. El sedán vuelve a su carril. Mi corazón golpea con fuerza contra las costillas. Esto no lo haría un periodista ¿O sí?

El auto reduce la velocidad. Por un instante pienso que todo terminó, pero vuelve a acelerar y esta vez viene directo.

Piso el acelerador por instinto, pero el sedán se mueve hacia mi carril con una velocidad que me obliga a reaccionar.

Giro el volante con fuerza y siento cómo las llantas pierden un poco de estabilidad sobre el asfalto.

Se me corta la respiración.

Intento corregir la dirección, pero el auto no responde como debería.