Bendito Karma CAPÍTULO 49 #2
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CAPÍTULO 49 #2

—Necesita aceptar que hay cosas que ya no puede hacer sola, doña Glenda. Le dejaré una nueva medicina.

—¡Ay, Dios! Más pastillas.

—Sí, pero necesarias.

Mientras el doctor continúa explicándole cómo debe tomar la medicina, mi teléfono vibra en mi bolsillo.

Es Nico.

Su texto es corto:

«¿Estamos bien?»

Me quedo mirando la pantalla.

La pregunta parece sencilla, pero no lo es. No está preguntando por mi abuelo o por mí. Está preguntando por nosotros.

Abro la conversación y escribo:

«Sí. Claro que sí».

Me quedo mirando la palabra durante unos segundos.

Debería agregar algo más.

Un siento mucho lo que te dije , quizá.

O tal vez un gracias por estar pendiente.

Porque después de todo lo que le dije, aún sigue aquí. Pero no sé por dónde empezar.

El doctor vuelve a hablar y levanto la mirada para escucharlo. Está explicándole a Francia cómo Glenda tiene que tomar sus medicinas y yo pongo atención porque seré la persona que estará con ellos estos días.

Salgo de la conversación con Nico convencida de que ya le respondí. Abro el contacto de Alfonso y escribo:

«Mañana voy a volver. Necesito hablar contigo».

La respuesta llega casi de inmediato:

«Claro. Avísame cuando estés llegando. Tienes que entrar por la puerta trasera»

Frunzo el ceño.

«¿Todavía hay reporteros?»

Los tres puntos aparecen en la pantalla.

«Sí. Y ahora probablemente haya más»

Una segunda notificación aparece enseguida:

«Por lo que acaba de publicar tu padre hace una hora»

Me quedo inmóvil.

¿Mi padre?

No tengo idea de qué está hablando. Tengo días de no saber absolutamente nada de Rigoberto. Abro las redes sociales y busco su nombre.

Aparece un video de él publicado hace exactamente una hora.

Está sentado en lo que parece ser la sala de su casa. Lleva una camisa sencilla, tiene los ojos enrojecidos, ojeras profundas y el aspecto de una persona que lleva días sin comer o dormir. Le habla directamente a la cámara de su teléfono.

Demasiado sencillo.

Demasiado íntimo.

Demasiado perfecto.

—He cometido muchos errores —dice con la voz quebrada—. Y sé que muchas personas han perdido la confianza en mí. No voy a justificar mis acciones. Durante demasiado tiempo fui un hombre que creyó que tener poder significaba tener derecho a hacer lo que quisiera.

Parpadeo.

Es que cada vez es más cínico.

—A mis hijos quiero pedirles perdón. Especialmente a mi hija.

Hace una pausa y se limpia una lágrima.

—Sé que ella también está pasando por un momento muy difícil y quizá no quiera escucharme ahora.

Lo entiendo. Sé que he fallado como padre y que probablemente hice cosas que la hicieron sentir que no podía confiar en mí.

Este tiempo he aprendido que, inconscientemente, cometí el mismo error de crianza que mi papá.

Al que tanto odié por mucho tiempo. Yo me convertí en lo mismo. Distante, violento…

Aprieto la mandíbula.

Mentira.

Su padre murió cuando él estaba recién nacido. Recuerdo perfectamente la caja con sus cenizas que tenían en el recibidor de la antigua casa de Rigoberto, donde me obligó a vivir mientras le hacía la vida imposible a mi abuelo en la corte.

Maldito mentiroso.

—Pero sigo intentando ser un padre… tal vez no el mejor —continúa—. Y aunque entiendo que mis hijos están enojados conmigo, quiero que sepan que los extraño. Extraño a mis hijos. Extraño a mi familia. Y estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para recuperarlos.

Hace otra pausa.

—No espero que me perdonen de un día para otro. Solo quiero una oportunidad para demostrarles que puedo ser diferente.

Las lágrimas vuelven a aparecer y siento una punzada de rabia.

—No quiero que mi vida se termine sin tener a mis hijos a mi lado. Sé que quizá muchas de las decisiones que tomé estuvieron equivocadas, pero también sé que todo lo hice creyendo que estaba protegiendo a mi familia.

Protegiéndonos.

Cierro los ojos por un segundo.

—Si alguna vez hice que mis hijos sintieran que no los quería, lo lamento. Si alguna vez fui demasiado duro, lo lamento. Y si alguna vez sentí que tenía que ser fuerte por todos, cuando en realidad solo estaba asustado… también lo lamento.

La cámara permanece fija sobre su rostro.

Un hombre arrepentido.

Un padre destrozado.

Eso es lo que cualquiera que vea el video va a pensar.

—Solo les pido que no olviden que, a pesar de todo, sigo siendo su padre. Hijos míos, no sean muy duros conmigo, por favor. Una familia puede romperse, pero también puede volver a encontrarse.

Cierro la aplicación y tiro el celular al sofá.

No quiero escuchar más.

No quiero leer los comentarios.

No quiero saber qué está diciendo la gente.

No quiero saber cuántas personas ya lo perdonaron.

◆◆◆

A la mañana siguiente, sigo pensando en el video de Rigoberto cuando entro por el portón trasero del edificio de la revista.

Alfonso me pidió que lo hiciera así y, de todos modos, prefiero que los reporteros no vean el auto que estoy conduciendo ahora. No pienso darles una pista que puedan seguir hasta la casa de mi abuelo.

Lo dejo estacionado frente a una de las empresas que hay atrás, pero no entro directamente por la puerta trasera, yo camino hasta la entrada principal.

Los reporteros siguen ahí. Eso era precisamente lo que buscaba. En cuanto me reconocen, las cámaras se levantan y las preguntas comienzan a caer sobre mí. Esta vez no estoy confundida, no bajo la cabeza, no intento huir.

—¡Nina!

—¡Nina, ¿ya viste el video que publicó tu padre?!

—¿No sientes lástima por él?

—¿Tu hermano y tú van a perdonarlo?

Me detengo. Ni siquiera pensé muy bien si esta era buena idea o no, pero estoy harta de Rigoberto.

—El papá de Rigoberto Beltrán murió cuando él tenía tres días de nacido.

Pueden investigarlo. —Miro directamente a las cámaras—.

Así que eso de que «repitió los mismos errores que él» suena muy conmovedor, pero resulta difícil repetir los errores de alguien que ni siquiera estuvo presente para enseñártelos.

Yo no me creería un video que empieza con una mentira tan fácil de comprobar.

Por un instante, nadie dice nada.

Después, todos hablan al mismo tiempo.

Las preguntas se multiplican, pero yo camino directo a la puerta. He dicho exactamente lo que vine a decir. Entro a la revista y dejo el ruido de las cámaras detrás de mí.

Intento respirar profundo para no caer en la locura.

Alfonso me ve, después mira a la cantidad de reporteros afuera y se masajea la sien.

—Qué días más locos hemos tenido últimamente.

Yo no tengo otro escudo más que el sarcasmo en el peor momento.

—Al menos podemos decir que no nos falta publicidad.

Alfonso me mira con ambas manos en la cintura.

—Sí, claro. Voy a ponerlo en el próximo informe: “Gracias a Rigoberto Beltrán, nuestras visitas aumentaron un trescientos por ciento” . Siempre soñé con que la revista se hiciera más famosa porque uno de mis empleados tiene un padre sinvergüenza.

Eso consigue arrancarme una pequeña risa.

—Me alegra poder contribuir al crecimiento de la empresa.

—Tu sacrificio será recordado.

Lo sigo por el pasillo hasta que cierra la puerta detrás de nosotros. El silencio que queda al otro lado resulta casi extraño después del ruido de afuera.

Alfonso señala la silla frente a su escritorio.

—¿Ya estás lista para volver?

Lo miro durante unos segundos. Esta es la parte difícil.

—No voy a volver.

Su expresión cambia.

—¿Qué pasa?

—Quiero renunciar.

Alfonso se queda en silencio.

—¿Renunciar?

—Sí, renuncia inmediata. Rigoberto Beltrán es el menor de mis problemas.

Mi abuelo tiene Alzheimer y la enfermedad está avanzando demasiado rápido.

No puede quedarse solo y su esposa ya es una mujer mayor que no tiene las mismas energías de antes.

Yo jamás enviaría a mi abuelo a un asilo para que alguien más se ocupe de él. Así que necesito hacerlo yo.

Alfonso me escucha sin interrumpirme.

—Siento que perdí demasiado tiempo con él. No quiero seguir diciéndome a mí misma que ya tendré tiempo para ir a verlo. No sé cuánto tiempo le quede y mi mayor temor es que no sea mucho.

Alfonso permanece unos segundos en silencio, después se recuesta en su silla.

—Mi papá tuvo cáncer —dice de pronto—. Fue hace años ya. Cuando empezó a necesitarme de verdad, yo estaba demasiado ocupado trabajando. Siempre había algo. Un problema, una reunión, una campaña. Me decía que iría a verlo cuando terminara todo.

Su sonrisa es apenas una sombra.

—¿Y qué pasó?