Bendito Karma CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

H ace unos meses, ni siquiera me imaginaba una vida en la que mi abuelo no estuviera.

La idea de perderlo siempre había pertenecido a un futuro lejano, a uno de esos pensamientos que aparecen de vez en cuando y que una aparta antes de dejar que se vuelvan demasiado reales.

Por primera vez, ese día ya no parece tan lejano.

Después de la cita, todo pasa con una tranquilidad que casi parece prestada.

Mi abuelo tiene momentos en los que parece estar más presente y otros en los que vuelve a perderse en recuerdos que ya no sé cómo alcanzar.

Yo intento no pensar demasiado en ello. Me concentro en las cosas pequeñas: asegurarme de que coma, recordarle dónde está el baño, escuchar las mismas historias, aunque cambie algunos detalles cada vez que las cuenta.

Al día siguiente, las cosas cambian un poquito. A la hora del almuerzo, estoy sirviéndole la comida cuando él me observa desde la mesa.

—¿Ya vas a comer?

Levanto la mirada.

—Sí. En un momento.

Me mira unos segundos y entonces sonríe.

—Siempre has hecho eso.

—¿Qué cosa?

—Te ocupas de mí antes de sentarte a comer tú. Ya te lo he dicho, no tienes que hacerlo, mi niña.

La cuchara se queda suspendida sobre el plato.

Lo miro, esperando que continúe, pero él simplemente acomoda la servilleta sobre sus piernas.

No sé qué responder.

Hay algo en la forma en que lo dice que me hace pensar que, por un instante, sabe exactamente que soy yo… no la Nina del pasado.

Dejo el plato frente a él y me siento a su lado.

—¿Te acuerdas de mí?

Frunce ligeramente el ceño, como si la pregunta le pareciera extraña.

—Claro que sí, Nina. ¿Cómo no me voy a acordar de ti?

Y me despeina el cabello como lo ha hecho siempre.

Por primera vez siento un pequeño rayo de esperanza. Quizá sí pueda mejorar. Quizá solo necesite tiempo. Tal vez estos momentos en los que me reconoce significan que todavía puede recuperar sus recuerdos, que todo esto no tiene por qué ser permanente.

Mi teléfono vibra sobre la mesa.

Bajo la mirada.

Nico.

—No teléfonos a la hora de comer, señorita. Esa es nuestra regla ¿Te acuerdas?

Sí, una regla que teníamos cuando yo era adolescente. No la había escuchado desde entonces.

Dejo que la llamada se cuelgue.

Mi abuelo empieza a contarme historias de cuando era piloto, algunas que ya he escuchado más de una vez.

Pero la doctora dijo que hay que atesorar estos momentos, así que tomo mi plato y me siento a almorzar con él.

Le hago preguntas, me río cuando corresponde y dejo que me cuente cada historia como si fuera la primera vez que la escucho.

Pero más tarde ese mismo día, mi abuelo se despierta de su siesta convencido de que tiene que salir de la casa.

Tenemos todo asegurado para evitar que vuelva a ocurrir algo, pero aun así intenta salir mientras trato de convencerlo de que no tiene que ir a ninguna parte.

—Tengo que ir al aeropuerto.

Intento mantener la calma, como si esta fuera una conversación completamente normal.

—¿Al aeropuerto?

—Sí. Tengo un vuelo esta tarde.

—¿Un vuelo?

—Sí. No puedo llegar tarde.

Por un instante pienso en corregirlo, pero recuerdo las palabras de Nico. No tengo que corregirlo todo el tiempo.

—¿Y a qué hora sale?

—A las cuatro.

Asiento, como si fuera lo más normal del mundo.

—Todavía tenemos tiempo, entonces. Siéntate.

Eso parece tranquilizarlo un poco. Toma su lugar nuevamente y comienza a hablarme del vuelo que tiene que tomar, como si realmente fuera a despegar en unas horas.

Entonces cambia de tema.

—Hace mucho que no veo un atardecer desde arriba.

—¿Desde arriba?

—Desde la montaña. Las mejores vistas están allá arriba.

Sonrío. Debe estar hablando del lugar al que solía llevarme cuando era niña.

—¿Quieres ir?

Me mira.

—¿Conoces algún lugar?

—Sí.

Un rato después, estamos allí.

Mi abuelo se sienta a mi lado mientras el sol comienza a descender detrás de las cumbres. El cielo se tiñe lentamente de naranja y la ciudad, allá abajo, parece cada vez más pequeña.

Por unos minutos permanece en silencio y yo también. Observo las montañas frente a nosotros y no puedo evitar pensar en Nico.

Sé que le gustaría este lugar. Aunque, claro, para Nico una montaña no parece suficiente si no tiene que subirla a pie hasta quedar sin aliento.

No sé por qué estoy pensando en él ahora.

O en nuestra última conversación…

Quizás debería escribirle… digo, solo para saber cómo está.

Y… para decirle que siento mucho lo que dije.

Tomo el teléfono y desbloqueo la pantalla. Busco su nombre y me quedo mirándolo durante unos segundos.

—¿Sabes qué? —dice mi abuelo de pronto.

—¿Qué?

Me mira con una sonrisa.

—Nunca pregunté tu nombre.

Parpadeo.

—¿El mío?

—Sí.

Me quedo mirándolo, esperando que su sonrisa cambie, que se dé cuenta de quién soy y se corrija, pero no lo hace.

—Nina. Me llamo Nina.

—Qué bonito nombre. Así le pondré a mi nieta.

Lo observo unos segundos antes de comprender. Ahora mismo para él soy una desconocida sentada a su lado.

Esta es la parte que más duele.

—¿Y a qué te dedicas, Nina?

—Soy fotógrafa.

—¿Fotógrafa?

—Sí.

Guardo el teléfono y me pongo de pie. Recuerdo que no tenemos fotos recientes de él y, aprovechando que traje mi cámara para capturar estas vistas, se me ocurre preguntarle si quiere una.

Él me mira con curiosidad.

—No sé. Las cámaras me ponen nervioso. Amo la fotografía, pero no soy muy fotogénico.

Eso me hace reír.

—No importa, don Dionisio. Yo haré que se vea espectacular.

—Bueno, después de todo, ustedes los fotógrafos ven cosas que los demás mortales no, así que voy a confiar en ti.

Me río mientras levanto la cámara.

—Muy bien. Mire hacia aquí.

No sé cuántas fotos termino tomando. De él, del paisaje, de nosotros dos. Cuando bajo la cámara, me siento a su lado y empiezo a revisarlas una por una.

—Yo soy piloto de avión —dice de pronto.

Levanto la mirada.

—¡Oh! ¿De verdad?

—Sí. Siempre fue mi sueño.

Y, sin que tenga que preguntarle nada más, empieza a contarme una historia.

Lo escucho.

Habla de lugares que visitó, de compañeros de trabajo cuyos nombres apenas recuerdo, de cielos despejados y aterrizajes difíciles. Algunas cosas me resultan familiares. Otras no sé si pertenecen realmente a su pasado o si su mente las ha mezclado con otros recuerdos. Solo dejo que hable.

El sol continúa descendiendo mientras su voz se mezcla con el sonido del viento.

Estoy guardando la cámara dentro de su estuche cuando dice de pronto:

—¿Dónde está el Descuartizador?

Levanto la cabeza.

—¿Quién?

La pregunta sale antes de que pueda evitarla. Sé perfectamente de quién está hablando.

—El Descuartizador. —Frunce el ceño, como si intentara encontrar algo en su memoria—. No sé por qué acaba de venir a mi mente. Su rostro… —hace una pausa—. Lo veo borroso.

—Ah… es un amigo.

Me observa con curiosidad.

—¿Es un asesino en serie?

No puedo evitar soltar una pequeña risa.

—No. Tú le pusiste ese apodo porque es médico forense.

—Ah… ¿y qué clase de amigos son?

—Abuelo, no te voy a explicar esas cosas. Somos amigos, es todo.

—¿Abuelo?

Entonces caigo en cuenta de que para él sigo siendo la desconocida que le tomó fotos.

—Es de cariño.

Se queda pensativo durante unos segundos.

Entonces vuelve a mirarme.

—¿Tú y yo ya nos conocíamos?

Lo miro, esperando que de pronto recuerde mi nombre, mi cara, cualquier cosa que me devuelva al lugar que siempre he ocupado en su vida, pero eso no pasa.

—Sí.

No digo nada más.

Unos minutos después emprendemos el camino de regreso a casa.

Mi abuelo vuelve a mirar por la ventana y yo mantengo las manos firmes sobre el volante, intentando concentrarme en la carretera.

Cuando llegamos, me doy cuenta de que hay un auto que no reconozco frente a la casa y Francia está esperándonos en la puerta.

Salgo, rodeo mi vehículo y ayudo a mi abuelo a bajar.

—¿Ya llegamos?

—Sí.

Él mira alrededor, confundido.

—¿Dónde estamos?

—En tu casa.

Francia se nos acerca para ayudar a Dionisio con su bastón.

—¿Cómo estuvo el paseo?

—Muy bien —responde él, mirándola con cierta desconfianza.

Mi abuelo sigue caminando hacia la entrada y, cuando paso junto a Francia, ella se inclina hacia mí.

—El médico de Glenda está aquí. Lleva a Dionisio a su recámara, por favor. No queremos que se preocupe de más.

El corazón me da un pequeño vuelco.

Por ahora no pregunto. Tomo el brazo de mi abuelo y lo acompaño hacia las escaleras mientras le digo que después de cenar voy a enseñarle las fotografías que tomamos, pero que ahora necesita descansar.

—¿Fotos?

—Sí. Tomé muchas.

—Bueno, ya quiero verlas.

Una vez que mi abuelo está recostado en su habitación, bajo a toda prisa.

Glenda está sentada en el sillón de la sala frente al médico, que acaba de terminar de tomarle la presión. Francia permanece de pie a su lado.

—¿Qué pasó?

Se gira hacia mí y me pide ir a la cocina. Voy detrás de ella sin decir una palabra.

—Al parecer, mi abuela no está lidiando muy bien con todo lo que le está pasando a don Dionisio y su salud le está cobrando factura. Tiene ochenta y dos años. Sus enfermedades están empeorando porque no está descansando. Voy a cerrar el estudio unos días para quedarme con ella.

—No. ¿Y tus clientas?

—Mi abuela necesita mi ayuda…

—Escúchame —la interrumpo —esta es mi responsabilidad ¿Okey? Yo voy a cuidar a mi abuelo para que Glenda pueda descansar. No pongas en pausa tu estudio de pole. Tú has hecho mucho por ellos. Ahora es mi turno.

—Tú estás lidiando con muchas cosas, Nina.

—Estoy bien. —La miro directamente—. Te lo prometo.

Vuelvo con Glenda para asegurarme de que está bien. El doctor ya está dándole algunas recomendaciones y enfatiza una y otra vez en que necesita descansar.

Glenda es de esas personas que rara vez se permiten parar. Siempre está pendiente de los demás, incluso cuando debería ser ella quien recibiera todos los cuidados.

—No es nada que no podamos controlar —habla el médico—, pero necesita descansar. Nada de esfuerzos innecesarios y, sobre todo, tiene que entender que ya no puede hacerse cargo de todo como antes.

Glenda hace un gesto de protesta.

—Estoy perfectamente bien.