CAPÍTULO 48 #3
Mi abuelo guarda silencio unos segundos. Su mirada se pierde en algún punto del consultorio, como si estuviera rebuscando entre recuerdos que no terminan de encajar.
—Sí… —murmura al fin—. Estaba conmigo. Fuimos a ver el atardecer.
Natasha asiente.
—¿Y dónde está Nina ahora?
Él parece confundido.
—No… no lo sé. —Me mira directamente a los ojos. Se queda así unos segundos y, cuando creo que acaba de reconocerme, dice: —¿Tú sabes dónde está Nina?
Siento un vacío repentino en el estómago. Trago saliva y mantengo la expresión serena, aunque por un instante siento los ojos arderme. Aparto la mirada antes de que él pueda notarlo.
Natasha me observa en silencio y después se vuelve a mi abuelo:
—Don Dionisio, vamos a hacerle unos exámenes. Nada complicado.
Él la mira con desconfianza.
—¿Y para qué?
—Para comprobar que todo esté funcionando como debe. No se preocupe.
Parece pensarlo y finalmente acepta. Una enfermera viene por él y mi abuelo se pone de pie. Cuando se va, la doctora me habla directamente a mí:
—Quiero hacerle algunos estudios. Necesitamos descartar que haya algo más que esté empeorando su confusión. Una infección, una alteración metabólica, deshidratación… incluso algunos medicamentos pueden producir cambios importantes en una persona con deterioro cognitivo.
Asiento mientras anoto mentalmente cada palabra.
Natasha permanece en silencio unos segundos. Entonces me mira.
—Nina, necesito decirte algo.
Su tono hace que mi estómago se apriete.
—¿Sí?
—Lo de ayer es preocupante.
Trago saliva.
—Me lo imagino.
—No fue solamente un episodio de desorientación. Tu abuelo salió de un entorno que conoce, caminó hasta un lugar al que aparentemente no sabía por qué había ido y, cuando lo encontraste, no podía reconocerte.
Yo solo puedo asentir.
—Esta mañana recordó algunas cosas… antiguas, pero es buena señal ¿no?
Intento parecer entusiasta, pero ya no me sale tan bien lo de actuar.
—Que haya tenido momentos de claridad esta mañana es algo bueno.
Pero necesito que entiendas algo. —Su voz se vuelve más suave.
—Esos momentos no significan necesariamente que haya recuperado esos recuerdos.
Su memoria todavía puede darle acceso a ciertas cosas en determinados momentos.
Algunos pueden durar unos minutos, otros más tiempo.
Puede hablar contigo, recordar algo, reconocer a una persona… y después volver a perder esa conexión.
Me quedo inmóvil.
Pienso en él quitándole las orillas al sándwich.
En su sonrisa cuando habló de las trenzas.
En la laguna.
En sus ojos buscando a una niña que ya no existe.
—¿Y así será de ahora en adelante?
Natasha no responde inmediatamente.
Ese silencio me asusta más que cualquier palabra.
—Es posible.
—¿Se vuelve cada vez peor?
Ella siente.
—La enfermedad es progresiva. No puedo decirte exactamente qué va a pasar mañana, pero sí puedo asegurarte de que habrá días mejores que otros.
Trago saliva.
—¿Y puede llegar un momento en que ya no recuerde absolutamente nada?
—Puede llegar a ocurrir.
Siento que se me enfrían las manos y me dejo caer en el respaldar de la silla. Lo siguiente lo digo en un hilo de voz.
—Pero hoy me reconoció.
—Sí.
—Se acordó de cosas de cuando yo era pequeña.
—Lo sé.
—Entonces… —Mi voz se quiebra y tengo que detenerme. Natasha espera. —Entonces, ¿de qué sirve que tenga esos momentos si después puede olvidarlos otra vez?
—Sirven porque en ese momento son reales. Cuando no te reconozca, preséntate. Recuérdale que estás con él. Háblale de cosas que le resulten familiares. Y cuando te reconozca, aprovecha ese momento todo lo que puedas.
Bajo la mirada. Siento los ojos arderme y me quedo en silencio, intentando recomponerme. Durante unos segundos ninguna de las dos dice nada, hasta que Natasha rompe el silencio.
—Mi abuelo también tuvo Alzheimer. ¿Nico no te lo ha contado?
Entonces levanto la cabeza.
—No…
—Mi abuelo también fue como un padre para mí.
Mi familia siempre ha sido muy unida y, aunque mi padre siempre estaba presente, mi abuelo era mi confidente…
—sonríe con cierta nostalgia—. Cuando empezó a apagarse poco a poco, quise entender todo lo que pudiera sobre la enfermedad.
Me involucré en grupos de investigación sobre el Alzheimer, escribí algunos artículos y terminé haciendo un doctorado.
Pensé que, si aprendía lo suficiente, quizá podría hacer algo para detenerla.
Nico nunca me comentó nada de esto.
—Pero terminé llegando a la misma conclusión una y otra vez. No podía curarlo. Podía ayudar a controlar algunos síntomas y, en algunos casos, ralentizar el avance de la enfermedad, pero no podía detenerla.
La miro en silencio y agrega:
—Y entonces aprendí a atesorar los momentos que todavía tenía con él.
Respiro hondo y me trago el nudo que tengo en la garganta.
—No sé qué hacer.
—Hasta ahora lo has hecho todo muy bien.
Esboza una sonrisa dulce. En eso, la enfermera regresa al consultorio y llama a la doctora un momento. Natasha me dice que ya regresa y yo le respondo que no hay problema, que iré a traer algo al auto.
Deja la puerta abierta para que pueda salir. No le doy las gracias. Si abro la boca, sé que voy a llorar.
Salgo del consultorio y camino por el pasillo intentando mantener la espalda recta.
Llego al estacionamiento y subo al auto.
Cierro la puerta y es entonces cuando dejo de fingir.
Me cubro la cara con las manos y las lágrimas empiezan a salir antes de que pueda detenerlas.
Lloro en silencio, intentando respirar despacio, pero todo lo que llevo conteniendo desde ayer parece haber encontrado el peor momento para salir.
Mi abuelo.
El cementerio.
Su mirada vacía…
Aprieto los ojos.
—No —susurro.
No quiero pensar en eso.
No quiero imaginar el día en que tenga que volver a presentarme con él.
Quiero despertar y que mi abuelo vuelva a ser el mismo de siempre…
aquel con el que me reía a carcajadas, con quien podía pasar horas haciendo bromas, el que no se cansaba de regañarme por mis pésimas decisiones.
El que podía decirme que estaba haciendo una estupidez y cinco minutos después preguntarme si necesitaba ayuda.
Quiero volver a escuchar sus historias, aunque ya me las haya contado mil veces, y verlo sentado en su sillón, quejándose de todo como si el mundo entero estuviera empeñado en molestarlo.
Me limpio las mejillas con ambas manos y miro hacia el asiento del copiloto. Entonces mi teléfono vibra. Lo saco de mi bolso y miro dos llamadas perdidas. Una de ahorita y otra de antes de venir al consultorio.
Nico, por supuesto.
Me quedo mirando su nombre durante unos segundos. El teléfono vuelve a vibrar y esta vez sé que es él antes de mirar la pantalla.
No contesto.
No puedo.
No quiero que me escuche así. No quiero que sepa que estoy llorando.
Guardo mi celular cuando la llamada termina y apoyo la cabeza contra el asiento. Segundos después me llega un mensaje. Solo le doy un vistazo rápido. Me pregunta si todo está bien y me dice que, si necesito algo, solo lo llame.
Y eso es precisamente lo que no puedo soportar ahora.
Porque la verdad es que no estoy bien.
Y no sé cómo decírselo.