CAPÍTULO 48 #2
—De todo. ¿Por qué el agua cambiaba de color? ¿Por qué las estrellas no se caían? ¿Por qué su mamá, su abuela y su tía Carmen no podían venir con nosotros? Esa quizás era la pregunta más difícil.
La última frase me golpea de una manera distinta.
Yo decido seguirle la corriente y me siento junto a él.
—¿Le contabas historias?
—Todas las noches, si hacía falta.
Lo observo.
Hay cosas de las que yo no me acuerdo, pero él aún las tiene frescas en la memoria a pesar de todo. Mis recuerdos son vagos, como una manta sobre el césped y el atardecer frente a nosotros.
Quiero preguntarle tantas cosas.
Quiero hablarle sobre lo de ayer.
Quiero que me aconseje como siempre lo hace.
Pero no tengo otra opción más que quedarme ahí, a su lado, como si somos dos personas comenzando a conocerse.
La puerta que comunica con la casa se abre y Glenda me habla.
—Nina.
Me levanto. Camino hacia ella y pregunto:
—¿Qué pasa?
—Llamó la doctora.
Mi estómago se encoge.
—¿Qué dijo?
—Quiere ver a tu abuelo hoy. No es su cita hasta dentro de dos días, pero dijo que después del episodio de ayer, quiere verlo.
—¿Cómo sabe que…?
Creo que Glenda entiende mi pregunta.
—Nico la llamó. —Mi corazón hace algo extraño. —Le contó lo que pasó. Me preguntó cómo estaba hoy y le conté todo sobre cómo ha sido nuestra interacción con él toda la mañana.
—Lo llevo yo. No te preocupes.
Solo quiero pasar más tiempo con él… aunque sea camino a una cita médica.
—Está bien.
Glenda me observa unos segundos antes de volver a entrar.
Me giro para ver a mi abuelo. Él sigue contemplando la laguna, completamente ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor y entonces escucho la voz de Francia detrás de mí.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
Por la expresión de su rostro sé que no va a decirme algo bueno.
—Sí, ¿Qué pasa?
Francia se acerca y cruza los brazos.
—Sé que no debería meterme en esto. Es tu vida y tú decides a quién metes y a quién sacas, pero ya sabes que no estoy tranquila si no te digo lo que pienso.
Dejo salir un suspiro lento.
—¿Qué pasó ahora?
—Escuché parte de lo que hablaste con Nico anoche.
Mi cuerpo se tensa.
—¿Estabas escuchando mi conversación?
—No lo hice adrede. Yo estaba en la cocina cuando le gritaste.
Sostengo la respiración. A ver, tampoco es como que le haya gritado como Francia asegura.
—No le grité.
—Sí lo hiciste y tengo que decirte que de verdad te pasaste.
La miro fijo.
—Solo le pedí que se fuera.
—Le gritaste que se fuera.
—¿Prefieres que me aproveche de él y le pida que se quede toda la noche en vela cuidando a mi abuelo? Cuando esa es solo mi responsabilidad, no de él, ni de nadie más.
—Tampoco es a lo que me refiero. Hay formas de decir las cosas sin que parezca que alguien que solo quiere ayudar es un estorbo.
Aprieto la mandíbula.
—Francia, no voy a discutir esto ahora.
—Claro que no, porque a ti te es más fácil hacer las cosas y fingir demencia.
—¿De qué hablas? Yo no estoy fingiendo nada. Sí, le pedí a Nico que se fuera, pero no porque quisiera echarlo. Ya había hecho demasiado por mí.
—¿Entonces en tu cabeza hiciste lo correcto?
Abro la boca.
No sale nada.
Francia me observa y, por primera vez, su expresión pierde cualquier rastro de reproche.
—Eso pensé.
—No voy a discutir eso aquí. —Bajo más la voz, porque mi abuelo ya nos está mirando.
—Nico ha hecho demasiado. Por él conseguimos que su mamá atendiera a mi abuelo.
Si no fuera por él, quizás… ni siquiera estuviera aquí ahora mismo.
Tampoco quiero que Nico crea que me aprovecho de él ¿Entiendes?
No somos nada. ¿Por qué fingir que sí y dejarlo que haga todo por mí?
—Ese es precisamente el punto.
Vuelvo a mirarla.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que eres la única que sigue diciendo que no son nada, aunque lleven un buen rato viviendo como si lo fueran. Estás consciente de que él hace cualquier cosa por ti y, aun así, decidiste echarlo como si no significara nada.
—¡Yo no lo eché como si no significara nada! Solo no puedo permitirme depender tanto de alguien que no sé si mañana va a decidir seguir con su vida lejos de mí.
—¡Es a lo que tú misma lo estás orillando! ¡A seguir con su vida lejos de ti! Sabes que ese hombre besa el suelo por el que pasas, pero hasta la persona más enamorada se cansa de acercarse a alguien que no sabe qué quiere de él.
Aprieto la mandíbula. No quiero hablar de Nico. No ahora.
—Francia, tengo demasiadas cosas encima.
Mi abuelo está enfermo, ayer lo perdimos, tengo a media prensa siguiéndome por culpa de Rigoberto.
No puedo ir a mi apartamento porque está plagado de reporteros…
—Lo siguiente lo digo casi en un susurro: —No sé cuánto tiempo me queda con mi abuelo, por eso él es mi prioridad ahora.
Las siguientes palabras me salen firmes… convencidas. O al menos eso es lo que intento:
—Nico puede esperar.
Francia me sostiene la mirada durante unos segundos, pero no dice nada más. Me doy media vuelta y miro a mi abuelo. Sigue en la misma banca, con una taza entre las manos, contemplando la laguna. Cuando nota que lo observo, levanta la cabeza.
Cambio el gesto y le sonrío.
—¿Quieres ir a dar una vuelta por la ciudad?
Él me devuelve la mirada, pero no responde de inmediato.
—¿Con quién?
La pregunta me toma por sorpresa.
—Conmigo.
Frunce el ceño.
—¿Tú eres…?
Se queda callado.
Por un instante parece buscar mi nombre.
—Nina —le digo suavemente.
Sus facciones se relajan.
—Ah, sí. Nina.
Sonríe, pero después vuelve a mirarme de arriba abajo.
—¿Dónde está la niña?
—¿Qué niña?
—Nina, mi pequeñita. No puedo dejarla sola.
Me quedo mirándolo.
—Soy yo abuelo, soy Nina.
Él niega lentamente con la cabeza.
—No. —No lo dice con dureza. Lo dice con absoluta seguridad. —Nina es una niñita.
Trago saliva.
—Ya no. Crecí. Un poco, pero crecí.
Quiero hacerlo sonar como una broma, de esas mismas que nos solíamos decir él y yo, pero ahora mismo no se sienten igual.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Ella estaba aquí conmigo hace un rato. O quizás fue hace tiempo.
Él vuelve a mirarme, confundido, y esta vez no intento convencerlo.
—Vamos. Vamos a dar una vuelta.
Le tomo el brazo y cuando sus ojos hacen contacto con los míos, repite:
—Nina…
—Sí…
Me toma la mano.
—Sí has crecido…
Se me escapa una sonrisa, pero siempre con el nudo en la garganta.
—Sí, abuelo.
Él sonríe, satisfecho con algo que solo él parece comprender.
—Entonces vamos.
El trayecto hasta el hospital es tranquilo.
Mi abuelo pasa buena parte del camino mirando por la ventana.
Ya no recuerda que este es su auto, aquel clásico que cuidó durante años con un esmero casi obsesivo y que terminó guardando cuando ya no estuvo en condiciones de conducir.
Ahora observa la ciudad con atención, siguiendo las calles con la mirada, como si algunos lugares le resultaran conocidos, aunque no consiguiera recordar por qué.
De vez en cuando señala algo que llama su atención:
—Ahí había una tienda de discos.
Miro hacia donde señala.
—¿Ahí?
—Sí. Hace muchos años.
Unos minutos después pasamos frente a una panadería.
—Esa no estaba antes.
—¿No?
—Claro que no. Una panadería nunca la olvidaría.
Suelta una risita que me hace sonreír.
Dejo que siga hablando.
Me cuenta cosas pequeñas, casi insignificantes.
Que él recuerda las calles con mucho menos tráfico.
Que había árboles enormes. Que la única vez que se quedó atrapado en un embotellamiento fue porque había una procesión.
No sé cuánto de lo que dice es exacto y cuánto pertenece a recuerdos mezclados, pero por primera vez no siento la necesidad de comprobarlo.
Solo lo escucho.
En uno de los semáforos, me mira.
—¿Tú sigues viviendo conmigo?
La pregunta me toma desprevenida.
—No, abuelo.
Frunce el ceño.
—¿Entonces dónde vives?
—¿Recuerdas tu apartamento? El que tenías antes de mudarnos a la casa con vistas a esa laguna.
—¿El que está en el centro de la ciudad?
—Sí. Me lo diste a mí. Lo he cuidado muy bien y ahora tiene más plantas.
Esboza una sonrisa.
—¿De verdad?
—Sí. Y nunca le conté a nadie que me lo regalaste. Hasta compartí el apartamento con una chica y le cobraba la mitad del alquiler.
Deja salir una carcajada.
—Qué lista.
—Ella fue la que insistió. Bueno, su primo, pero no tienes porqué saber de él.
Él esboza una sonrisa.
Por unos segundos, se siente como antes. Hasta que llegamos al hospital, aunque él parece bastante tranquilo su mirada es diferente.
—¿Dónde estamos?
—Vamos a ver a tu doctora.
—¿Estoy enfermo?
—Solo vamos a asegurarnos de que todo esté bien.
—Bueno.
Entramos juntos al hospital y nos acercamos a recepción. Después de registrarnos, una enfermera nos indica que la doctora ya está esperando.
No tardamos mucho en encontrarla.
La mamá de Nico está junto a la puerta de uno de los consultorios. Al verme, me dedica una sonrisa antes de dirigir su atención hacia mi abuelo.
—Buenos días, don Dionisio.
Él la observa unos segundos.
—Buenos días.
—Soy Natasha. ¿Me recuerda?
—No, no mucho.
Ella no parece sorprendida.
—Nos hemos visto algunas veces.
—Ah.
No insiste en que la recuerde.
Simplemente abre la puerta.
—¿Pasamos?
Mi abuelo entra primero.
La consulta comienza con preguntas sencillas. Su nombre completo. La fecha. Dónde estamos. Por qué hemos venido. Algunas las responde correctamente. En otras duda. En un par de ocasiones mira hacia mí buscando una respuesta, como si yo pudiera darle la pieza que le falta.
Natasha también le pide que haga algunas cosas simples y observa cómo responde.
Después habla conmigo sobre lo sucedido el día de ayer.
Le cuento lo del cementerio. Que salió de casa sin que nadie se diera cuenta. Que caminó hasta allí. Que cuando lo encontré estaba muy desorientado y no parecía reconocerme. Que después pareció recordar algunas cosas, pero confundía momentos y personas.
Natasha escucha sin interrumpirme, tomando algunas notas.
—Dionisio, ¿recuerda haber salido de casa ayer?
—Sí… creo que fui a la tienda.
—¿Recuerda haber estado en un cementerio?
Niega con la cabeza.
—No.
Natasha hace una anotación.
—¿Recuerda haber visto a Nina?