CAPÍTULO 48
L o primero que recuerdo al despertar es a Nico.
No sé por qué aparece él antes que cualquier otra cosa, pero ahí está, ocupando ese primer espacio borroso entre el sueño y la realidad.
Su cara… su voz. Siento algo extraño instalarse en mi pecho cuando recuerdo la última conversación de ayer.
Abro los ojos lentamente y caigo en cuenta de que esta no es su habitación y él, por supuesto, no está por ninguna parte.
Me toma unos segundos adaptarme al lugar donde estoy. El techo me resulta familiar. También las paredes, la cortina, la pequeña lámpara sobre la mesa de noche. Entonces giro el rostro y los veo.
Mis libros de fotografía siguen apilados en la repisa.
Algunos peluches descansan sobre una esquina del estante, exactamente donde los dejé hace años.
Es mi antigua habitación.
Me quedo mirando el techo mientras los recuerdos empiezan a regresar, uno detrás de otro: Rigoberto, el maldito video, los reporteros siguiéndome por todas partes, Lucas, mi abuelo…
Me incorporo de golpe.
Anoche me prometí a mí misma que no me quedaría dormida para estar atenta a cualquier ruido de él intentando escaparse.
Glenda me aseguró que se quedaría con él y que pondría seguro en las puertas y ventanas, pero yo no pude conciliar el sueño hasta que finalmente me di por vencida hace poco más de tres horas.
Me levanto de la cama de un salto y salgo al pasillo solo para asegurarme de que todo está bien. La habitación de mi abuelo está justo al lado y la puerta está entreabierta. Me asomo un poco, pero la cama está vacía.
Mi corazón se detiene.
Busco en el baño. Nada.
Abro el armario como si fuera posible encontrarlo ahí dentro. Nada.
Vuelvo al pasillo sintiendo el pánico recorrerme entera y bajo corriendo las escaleras. Un pie se me resbala en el último escalón y tengo que sujetarme del pasamanos para no caerme.
—¡Uy! Con cuidado, jovencita.
Entonces lo veo.
Está sentado tranquilamente en el comedor, con una taza de café frente a él y el periódico abierto entre sus manos.
Me está viendo y es exactamente como solía encontrarlo cada mañana: sereno… tranquilo.
Como si la noche anterior nunca hubiera ocurrido.
Me acerco despacio.
Quizá ya está bien, quizá esta mañana volvió a ser él. Quizá…
—Buenos días, Cati. Y ya te he dicho lo de las escaleras, baja con cuidado.
Me quedo inmóvil.
Cati.
Así era como le llamaba a mi mamá.
—¿Y por qué estás despertando hasta ahorita? —dice, mirando el reloj—. ¿No deberías estar en la universidad a estas horas?
No respondo.
No sé si corregirlo.
No sé si seguirle la corriente.
Entonces veo a Glenda acercarse desde la cocina con un plato en las manos y antes de que yo pueda decir una sola palabra, habla con una calma que no sé de dónde saca:
—Ella es Nina, Dionisio. Tu nieta.
Mi abuelo vuelve a mirarme.
Durante unos segundos no dice nada. Sus ojos recorren mi rostro con una atención casi desconcertante, como si estuviera buscando en mí algo que se le hubiera escapado unos minutos antes. Después, su expresión cambia ligeramente.
—Nina…
Mi corazón da un pequeño vuelco.
—Sí, yo soy Nina.
Él asiente despacio, como si acabara de encontrar una palabra que llevaba rato intentando recordar.
—Ya me acordé.
No puedo evitar sonreír.
—¿Sí?
—Pero la última vez que te vi estabas así de pequeñita.
Levanta una mano hasta señalar aproximadamente la altura de una niña de siete años.
La sonrisa se me queda en los labios, aunque algo dentro de mí se aprieta.
Es como si me recordara, pero no a mi yo actual.
Él se acuerda de la niña que todavía necesitaba que alguien le abrochara los zapatos, le peinara el cabello y le preparara el desayuno antes de ir a la escuela.
La que él tuvo que cuidar cuando apenas sabía cómo cuidar de sí mismo.
Glenda coloca un plato en la mesa para mí.
—Come algo, Nina. No has probado bocado desde ayer.
Miro el sándwich y mi abuelo pregunta:
—¿Todavía no te gusta la orilla?
Levanto la mirada.
—¿Qué?
Señala mi plato.
—La orilla del pan.
Una sonrisa pequeña aparece en mi rostro.
—Todavía no.
Mi abuelo parece satisfecho con la respuesta. Se pone de pie, toma un cuchillo de mantequilla y, sin decir nada, comienza a quitarle las orillas al sándwich.
Lo observo en silencio.
—Así te lo hacía cuando eras pequeña —dice mientras trabaja—. No querías comértelas y descubrí que tu problema no eran mis sándwiches de mermelada, eran las orillas.
Él sonríe y continúa hasta dejar el pan completamente limpio de cualquier rastro de corteza. Después vuelve a dejar el cuchillo sobre la mesa y empuja el plato hacia mí.
—Ahora sí.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Gracias.
Él vuelve a sentarse como si no hubiera hecho nada especial y quizás para él no lo sea, pero para mí sí. Apenas tomo el primer bocado cuando mis ojos se encuentran con el periódico que está junto a su taza.
Mi nombre aparece en una de las páginas.
Me quedo quieta.
El titular habla de Rigoberto, de su campaña política ensombrecida por drama familiar, habla de Lucas, también me mencionan a mí. Dice algo sobre el video. También hay una gráfica de cómo Rigoberto Beltrán pasó de ser uno de los candidatos más queridos a los más odiados.
Por lo menos no soy la única persona cuyo nombre está en esas páginas.
Mi abuelo sigue tomando café. El lado bueno de todo esto es que quizás leyó todo, pero no recordó a Rigoberto, a Lucas, o a mí.
—¿Me prestas tu periódico, por favor?
—Claro.
Sin que él se dé cuenta, le quito esa página de periódico solo por si acaso… y se la paso a Glenda por debajo de la mesa.
Ella la toma, lee disimuladamente el titular y, sin decir nada, dobla el periódico sobre sus piernas.
—Buenos días —escucho a Francia bajando las escaleras.
Todos volvemos la cabeza.
Mi abuelo la observa con curiosidad.
Glenda sonríe.
—Ella es Francia. Mi nieta. Era la mejor amiga de Nina cuando iban a la primaria.
Dionisio entrecierra los ojos. Francia se acerca a la mesa y le sonríe.
—Mucho gusto, don Dionisio.
Él continúa estudiándola.
—Tú eres… —Hace una pausa. —La niña pelirroja.
Francia abre los ojos, sorprendida.
—¿Se acuerda de mí?
—Siempre estabas con Nina.
Ella sonríe.
—Sí.
Mi abuelo asiente lentamente, como si pudiera ver una imagen que nosotros no.
—Dos pequeñas que no se separaban para nada.
Mi abuelo deja escapar una pequeña risa y entonces mira a Glenda. Su expresión vuelve a cambiar.
—Y tú… —la señala. —Tú me enseñaste a hacer trenzas y moñitos.
La sonrisa de Glenda se vuelve más cálida.
—Sí, eso es verdad. Tú llevabas a Nina al barbero para que le cortara el cabello.
Entones todos soltamos una risa.
—Es que tenía que peinarla para ir la escuela y eso era lo más práctico.
—Parecía que se peinaba ella misma, Dionisio.
—A ver… —reclama mi abuelo con una sonrisa. —Yo hacía lo que podía. —Y de pronto su voz se apaga un poco. —No viví esos momentos con mi Cati porque yo siempre estaba trabajando, así que la vida me dio una segunda oportunidad y lo compensé a tiempo completo con mi nieta.
Yo esbozo una sonrisa, pero se me instala algo en el pecho. Así que bromeo:
—Pero las clases de Glenda no te sirvieron de mucho ¿te muestro fotos?
Mi abuelo me mira ofendido durante apenas un segundo, pero de inmediato se ríe y se defiende:
—¡Eran las mejores! Eras la envidia de las niñas de este vecindario.
Francia se ríe y Glenda niega con la cabeza.
Y por primera vez desde que lo encontré en el cementerio, siento algo más cercano a lo que él solía ser.
Nos sentamos alrededor de la mesa. Francia toma una taza de café. Glenda finalmente se sirve algo para comer. Mi abuelo vuelve a abrir el periódico, aunque esta vez parece más interesado en la conversación que en las noticias.
Y durante unos minutos, solo somos nosotros.
Como antes.
Como cuando yo era una niña, cuando Francia venía a mi casa después de la escuela, cuando Glenda enseñaba a mi abuelo a hacer trenzas y él insistía en que ya podía peinarme solo.
Como antes de que todo se fuera al carajo.
Después del desayuno, mi abuelo sale al patio trasero.
Yo lo sigo sutilmente, porque no quiero que encuentre otra forma de salir.
Toma lugar en la banca de madera con la mirada perdida hacia la laguna.
Su lugar favorito de siempre. El último lugar donde tuvimos una conversación de verdad.
El sol de la mañana apenas empieza a calentar el aire y, por primera vez desde ayer, la casa parece respirar con tranquilidad.
Me siento a su lado.
Por un rato, no me dice nada. Yo miro mi celular y me doy cuenta de un texto de Alfonso donde dice que me tome un par de días libres porque la prensa sigue frente a la revista, aunque ya le habló a la policía.
De todas formas, era lo que exactamente le iba a pedir y no solo un par de días, por ahora, necesito estar con mi abuelo a tiempo completo.
—¿Sabes? —escucho a mi abuelo hablarme—. Antes el agua llegaba mucho más cerca.
Miro hacia la laguna.
—Ah, ¿sí?
Asiente.
—Cuando compramos esta casa. —Se queda contemplándola con una sonrisa tranquila. —Yo venía a sentarme aquí con Nina cuando nos quedamos solos.
Siento algo apretarse dentro de mí.
—¿De verdad?
Él gira la cabeza y me observa como si soy todavía una extraña que conoció en una parada de buses.
—Era una pequeñita todavía. Le gustaba ver cómo se escondía el sol detrás de los árboles.
Se quedaba muy quieta cuando estaba cansada.
Mi mayor miedo era que un día se me escapara y no pudiera encontrarla, así que mandé a poner el cerco de malla alrededor de la casa.
Pero no quería quitarle esa vista tan hermosa de la laguna.
Así que esa fue la mejor opción. La mantendría dentro sin quitarle lo que tanto le gustaba mirar.
Bajo la mirada.
Él está hablando de mí, pero no de mí… si es que eso tiene sentido.
—A veces traíamos una manta —continúa—. Ella se acostaba aquí y me hacía preguntas hasta que se quedaba dormida.
Me cuesta sonreír.
—¿Qué clase de preguntas?
Mi abuelo suelta una pequeña risa.