Bendito Karma CAPÍTULO 47 #3
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CAPÍTULO 47 #3

—Todavía no lo sabemos —responde con absoluta seriedad—. Por eso tenemos que probarlo.

Lo piensa durante unos segundos antes de estirar el brazo.

—Bueno, hazlo.

Nico le aplica el medicamento directo en la vena mientras le habla de cualquier cosa para mantenerlo entretenido.

—Listo. —Tapa la jeringa y se quita los guantes—. Ahora solo tiene que descansar.

Mi abuelo mira su brazo.

—¿Ya funcionan?

—En unos minutos. Déjeme ayudarle a ir a su habitación.

—Bien.

Yo me quedo mirándolos.

Hace unas horas estaba con el temor de que nunca volvería a ver a mi abuelo y ahora está aquí con nosotros, pero una parte de mí sigue atrapada en aquel cementerio, frente a un hombre que me miraba sin saber quién era.

Me quito la chaqueta que está empapada por lluvia.

Francia y Glenda hablan en voz baja.

—¿Quieres que te traiga tu medicamento?

Glenda asiente.

—Sí. Con todo esto, creo que lo necesito.

Las dos se van a la cocina. Yo me quedo ahí, sin moverme, hasta que caigo en cuenta de que mis zapatos también están llenos de agua. Me dejo caer en el sillón.

Me quito uno, después el otro.

Escucho los pasos de Nico bajando por las escaleras y después se acuclilla frente a mí.

—¿Estás bien?

—Sí.

No espera que le responda nada más. Solo toma mi mano entre las suyas y eso es suficiente.

Siento que las lágrimas vuelven a acumularse detrás de mis ojos.

No voy a llorar.

No delante de él.

Retiro la mano con cuidado, fingiendo que solo necesito moverme, y alcanzo mi bolso al otro lado del sillón. Busco dentro hasta encontrar las llaves.

—Tuve que refugiarme en una cafetería, porque unos malditos reporteros me estaban siguiendo. El auto quedó ahí.

—No te preocupes. Yo voy por él.

—Gracias.

Se queda mirándome al mismo tiempo que toma las llaves de mis manos.

—¿Cómo te sientes?

—Bien. ¿Por qué? —La respuesta sale demasiado rápido, así que mejor cambio de tema. —Muchas gracias por ayudarme con mi abuelo.

—No es nada.

—Sí es mucho. Yo ni siquiera sé cómo pasó todo y cuando lo encontré no sabía qué hacer. —Me obligo a respirar. —Estaba con él y me quedé dormida. Me desperté y ya no estaba. Ni siquiera pude traerlo de vuelta.

Nico se acerca un poco más.

—Mi amor… basta. No es tu culpa.

—No me llames «mi amor». Eso es… demasiado romántico para dos personas que no son nada.

Por un instante, algo cambia en su expresión. Es tan rápido que podría jurar que me lo imaginé. Después sonríe apenas.

—Ah, mira nada más. Después de pelear tanto, ¿prefieres que te llame «mi pulga»?

—Tampoco.

La sonrisa le dura un segundo.

—Necesitas descansar.

—Sí, pero también necesito asegurarme de que a mi abuelo no se le ocurra salir por una ventana.

—Estará bien, ¿sí? Confía en mí.

Suelto una risa desganada.

—¿Cómo va a estar bien? Se escapó. Pudo pasarle cualquier cosa. —Mi voz empieza a temblar y odio que lo note. — Todo mientras yo estaba dormida. Pudo haberlo atropellado un auto, pudo haberse caído, pudo…

Me detengo.

No quiero decirlo.

No quiero imaginar nada más.

—Nina…

—Estoy bien.

—Ve a dormir.

—No puedo.

—Yo me quedo aquí. Me aseguraré de que no vuelva a salir.

Niego con la cabeza.

—No. Por favor, vete.

Me mira directamente a los ojos.

—¿Quieres que me vaya?

—Sí. Ya hiciste demasiado hoy. De verdad te lo agradezco, pero no puedes quedarte. Esta no es tu responsabilidad.

—No es mi responsabilidad —dice con calma—. Pero quiero ayudarte.

—Nico, por favor, no.

—No tienes que hacerlo todo sola.

Algo dentro de mí termina de desmoronarse.

—¡¿Y qué quieres que haga?! —Él se queda inmóvil. —¿Qué me siente aquí mientras tú vigilas a mi abuelo porque yo no fui capaz de hacerlo? ¿Qué me vaya a dormir tranquilamente después de que todo esto empezó porque yo me quedé dormida?

—Eso no es lo que estoy diciendo.

—Todo el día ha sido un desastre. Todo. Y ahora resulta que ni siquiera puedo cuidar de mi propio abuelo sin necesitar que vengas a salvarme.

Las lágrimas amenazan con salir y aprieto los dientes.

—Nina…

—¡No! Solo vete. Ya hiciste suficiente. Me ayudaste a encontrarlo. Lo trajiste a casa. Lo tranquilizaste. Gracias. De verdad, gracias. Ahora déjame sola.

El silencio que sigue me hace querer desaparecer.

Nico no se mueve y eso me enfurece todavía más.

—No necesito que te quedes aquí, ¿okey? No necesito que me cuides. Y no necesito que conviertas esto en otra cosa que tengas que solucionar por mí. Necesito espacio, Nico, y quiero que lo respetes.

—Solo intentaba ayudarte.

—Pues ya me ayudaste.

Siento que la garganta empieza a cerrárseme, así que cruzo los brazos para esconder el temblor de mis manos.

—Nina… Mírame a los ojos y dime que de verdad quieres que me vaya.

Entonces hago lo que me pide, aunque es una de las cosas más difíciles.

—Sí, quiero que te vayas.

Nico desvía la mirada y asiente levemente. Se pone de pie, toma sus cosas y camina hacia la puerta.

Se detiene antes de salir y vuelve a mirarme.

—Si necesitas algo, llámame.

—Sí.

—A cualquier hora.

Asiento.

Nico me sostiene la mirada durante un segundo, como si quisiera decir algo más, pero finalmente solo abre la puerta y se marcha.