CAPÍTULO 47 #2
Entre más pasa el tiempo, la ansiedad se apoderada más de mí. Siento un nudo en el pecho y el corazón en la garganta. Cada minuto que pasa me parece demasiado. Cada calle que dejamos atrás sin encontrarlo hace que mi cabeza invente una posibilidad peor que la anterior.
Regresamos a casa con la esperanza casi nula de encontrarlo ahí.
Está comenzando a llover más fuerte.
Perfecto.
Como si el día no pudiera encontrar una manera más cruel de terminar.
Y ahora, cada relámpago me hace pensar en mi abuelo solo en algún lugar que no conoce. Caminando bajo la lluvia. Desorientado. Sin saber cómo volver a casa.
Glenda está sentada en el porche. Tiene los ojos rojos y las manos apretadas sobre el regazo. Cuando nos ve, se pone de pie.
—¿Nada? —pregunta.
—Nada. Ya pusimos una denuncia, pero no tenemos una foto reciente de él ¿Tú tienes una foto reciente de él?
Glenda niega con la cabeza.
—Ya sabes cómo es tu abuelo. Odia que le tomen fotos.
Un trueno hace vibrar los vidrios.
Me quedo inmóvil.
Glenda se pone de pie de inmediato.
—Entra, Nina. No te quedes ahí.
No necesito que me lo diga dos veces. Entro a la casa mientras ella cierra la puerta detrás de mí.
Francia dice que hará chocolate y que llamará a la policía para saber si ya enviaron una patrulla.
Yo no respondo. Estoy concentrada en la lluvia que golpea el cristal de la ventana y, entre el sonido de los truenos, aparece un recuerdo que llevaba años enterrado.
Mi abuelo. Más joven.
Yo todavía era una niña y él estaba frente a las tres tumbas, limpiando con paciencia las lápidas una por una mientras yo le ayudaba a poner las flores.
Recuerdo haberle preguntado por qué le gustaba ir. Él se había quedado mirando las tumbas unos segundos antes de responderme.
—Porque este es mi lugar seguro.
Yo no entendía del todo qué significaba eso.
—¿Y por qué?
Él sonrió y me acarició el cabello.
—Porque ellas también fueron mi hogar. Y si algún día llego a perder la memoria, este será el lugar que recordaré por siempre.
Se me corta la respiración.
El cementerio.
Mi abuelo siempre iba al cementerio.
—El cementerio —susurro.
Glenda se gira hacia mí.
—¿Qué?
—Creo que sé dónde está. Francia, préstame tu auto.
No espero su respuesta. Solo agarro las llaves que dejó sobre la mesa y salgo de la casa.
—¿A dónde vas?
—Al cementerio.
Pongo en marcha el vehículo sin dar más explicaciones.
Por ahora, no me importa la lluvia, ni los truenos, ni la poca visión que tengo en el parabrisas. El lugar está relativamente cerca, pero cuando llego me doy cuenta de que está cerrado. Me bajo del auto y corro hasta la pequeña caseta del guarda.
—Disculpe, ¿de casualidad ha visto a un señor de unos noventa años, un metro setenta, camisa de mangas largas?
—¿Don Dionisio?
Me quedo inmóvil.
—Sí.
El hombre abre la puerta de la caseta de inmediato.
—Siempre viene. Últimamente había dejado de hacerlo, pero hoy regresó. Le dije lo de la tormenta, pero no quiere escuchar.
—¿Dónde está?
—Frente a la tumba de su hija.
—¿Puedo pasar? Es importante. Puede estar desorientado, tiene Alzheimer.
Él me dice que sí de inmediato.
Entro. El cementerio está oscuro. La lluvia cae cada vez con más fuerza y, por un instante, un relámpago ilumina todo el camino de golpe.
Entonces lo veo.
Una silueta al fondo.
Mi abuelo.
Está de pie frente a las tumbas, completamente empapado.
—¡Abuelo! —Echo a correr. Siento como si el alma me volvió al cuerpo de golpe. —¡Abuelo! ¿Estás bien? Te vas a resfriar.
Se gira lentamente cuando me detengo junto a él.
Me mira.
Sus ojos recorren mi rostro como si estuviera intentando encontrar algo que no consigue recordar.
—¿Quién eres?
Se me rompe algo por dentro.
—Soy Nina. —Intento sonreír—. Tu nieta.
Frunce el ceño.
—¿Nina?
—Sí. Tú mismo elegiste ese nombre ¿Te acuerdas? Siempre me lo contabas antes de dormir.
Me observa unos segundos más.
—Nina…
—Sí. Vamos a casa, por favor. Vas a resfriarte aquí.
—¿Por qué te pareces a mi hija?
—Porque… ella era mi madre.
—No… —niega lentamente—. Catarina todavía es una niña.
Me quedo en silencio.
Otro trueno hace que cierre los ojos por un instante.
—Está bien —digo finalmente, intentando que mi voz no tiemble—. Pero vamos a casa ¿Sí? No puedes estar aquí, estás empapado.
—No.
—Abuelo…
Sus ojos vuelven a recorrerme y parece buscar algo en su memoria.
—Nina… es un nombre muy bonito.
—Sí. —Le extiendo la mano. —Vámonos ¿Sí?
Mi abuelo mira alrededor y después vuelve la vista hacia las tumbas.
—¿Qué estoy haciendo aquí?
Da un par de pasos hacia atrás y vuelve a recorrer el cementerio con los ojos.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
Abro la boca, pero no sé qué decir. No tengo una respuesta que pueda darle. No debería mencionar el motivo por el que está aquí. Él no lo recuerda.
Quiero explicárselo todo.
Quiero que me mire y de pronto me recuerde.
Quiero que volvamos a casa, que Glenda nos abra la puerta y que mañana todo esto sea solamente una pesadilla que ninguno de los dos quiera mencionar.
Pero él me está mirando como si fuera una desconocida y no sé cómo hacer que deje de hacerlo.
—No sé qué hacer —digo, casi para mí. —Solo quiero llevarte a casa.
—Es que no puedo irme.
—¿Por qué no?
—Tengo que esperarlas.
—¿A quiénes?
—A mi esposa y a mi niña. No tardan en regresar.
Otro relámpago atraviesa el cielo y me sobresalto. El trueno llega apenas unos segundos después.
Mi abuelo ni siquiera parece notarlo.
—Abuelo, no vendrán. Por favor, vente conmigo.
—Sí vendrán.
Lo dice convencido. Como si la persona que tiene enfrente fuera una desconocida que está intentando convencerlo de abandonar a su familia.
Entonces escucho pasos detrás de mí. Me giro. Nico viene corriendo, empapado, con la lluvia resbalándole por el rostro. Lo más seguro es que Glenda le dijo dónde encontrarme y el guarda debió dejarlo entrar.
Se acerca sin precipitarse. Primero me mira a mí y me pregunta si estoy bien. Después mira a mi abuelo.
—Don Dionisio.
Mi abuelo lo observa.
—¿Quién eres tú?
—Soy Nico. Un amigo de Nina.
—¿Nina?
Nico no me mira.
—Sí. Nina. Su nieta.
—Yo no tengo una nieta. Mi hija aún es una niña.
—Entiendo. Disculpe, entonces debo haberme confundido. —Se quita la chaqueta y se la pone a mi abuelo. Se agacha un poco para quedar a su altura y agrega: —Hace mucho frío y está lloviendo demasiado. Tenemos que irnos a un lugar seco.
—No puedo, tengo que esperar a mi esposa y a mi hija.
—Puede regresar más tarde.
—¿Más tarde?
—Sí. La tormenta no va a dejar que vengan ahorita.
Mi abuelo permanece en silencio.
—Es que…
Nico extiende una mano.
—Vamos. Podemos esperar en el auto. Estaremos más cómodos allí.
Mi abuelo mira su mano.
Después la toma.
Nico me lanza una mirada rápida y hace un pequeño movimiento con la cabeza que se interpreta como que vaya al auto. Obedezco.
Camino detrás de ellos, bajo la lluvia, escuchando a mi abuelo hablar cosas que no tienen nada de sentido, pero al menos va caminando junto a Nico y no pone resistencia cuando le dice que volverán a casa.
Mi abuelo se sube con Nico y yo regreso en el auto de Francia.
En casa, Nicolás espera a que mi abuelo se acomode en el sofá antes de hablar con nosotras. Glenda está a mi lado y Francia permanece de pie cerca de la puerta.
—Ahora mismo parece estar ubicado en un recuerdo de hace muchos años y esto es bastante común en una persona con Alzheimer —explica Nico, manteniendo la voz baja—.
Se fue buscando algo que él recuerda, aunque ya no existe.
El problema es que esta enfermedad los hace olvidar cómo regresar o reconocer el lugar en el que están.
En estos episodios, la memoria puede mezclarse de una forma muy extraña.
Lo importante es que ahora está tranquilo.
No intenten convencerlo de que está equivocado ni obligarlo a recordar.
Si vuelve a preguntar quiénes son, simplemente díganselo.
Con calma. Y si insiste en algo que pertenece al pasado, no es necesario corregirlo todo el tiempo.
Miro a mi abuelo.
Está sentado muy quieto, mirando alrededor como si no reconociera su propia casa.
—¿Qué hacemos ahora? Puede volver a escaparse. —pregunta Glenda.
—Hay que asegurarnos de que no pueda hacerlo. Ahora mismo voy a administrarle algo para que se relaje y pueda dormir. Cuando se despierte, veremos si vuelve a estar más orientado. Hoy ha sido demasiado para él.
Nico camina hacia el abuelo y se agacha frente a él.
—Don Dionisio ¿Confía en mí?
Mi abuelo lo mira.
—Claro que no, muchacho.
El doctor de muertos esboza una sonrisa y saca unos guantes de su maletín.
—Pues tendrá que hacerlo, porque ahora mismo le pondré un antídoto.
—¿Antídoto para qué?
—Para darle superpoderes.
Mi abuelo lo observa en silencio.
Glenda, entre toda la angustia, por fin sonríe de manera genuina. Nico prepara la jeringa con una tranquilidad que ahora mismo yo no consigo. Mi abuelo lo mira desconfianza.
—¿Qué clase de superpoderes?