Bendito Karma CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

P or primera vez desde que desperté por la mañana, el miedo que siento ya no tiene nada que ver con Rigoberto.

Glenda me mira con pánico y dice:

—¿Cómo que no está?

—Cuando desperté ya no estaba. Pensé que estaba en el baño, pero no. Ya lo busqué por toda la casa y no está. El portón está abierto.

Glenda se pone de pie.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¡Ay, Dios! —Sale al jardín buscando a mi abuelo, yo la sigo. Entra a la casa, sube las escaleras, las dos buscamos cuarto por cuarto y nada, absolutamente nada. Vuelve a la sala, revisa la cocina, el balcón trasero y regresa al jardín. —¡Dionisio! ¿Dónde estás?

Ni una respuesta.

Ni un ruido.

Solo el portón abierto.

Glenda vuelve a entrar y toma su chamarra.

—Voy a buscarlo.

—Voy contigo.

—No.

—Glenda…

—Alguien tiene que quedarse aquí por si regresa.

—Glenda, no puedes ir sola.

—Conozco muy bien este vecindario.

Sé que no voy a hacerla cambiar de opinión, así que saco el teléfono y le marco a Francia. Ella ya va caminando hacia la salida.

—¿Nina?

—Francia, mi abuelo desapareció.

Al otro lado se hace un silencio.

—¿Qué?

—No sabemos dónde está. Me quedé dormida en su habitación y cuando desperté ya no estaba. El portón está abierto. Glenda quiere salir a buscarlo sola.

—Por Dios. No la dejes.

—Es lo que estoy intentando, pero ya está saliendo de la casa.

—Voy para allá.

La llamada termina.

Miro a Glenda, que ya está cruzando el portón.

—¡Glenda! Francia ya viene, podemos salir a buscarlo…

—Nina, no hay tiempo.

Se va.

Yo estoy temblando. Intento calmarme. Quizás solo está merodeando por ahí. Quizás está en alguna casa de los vecinos. Quizás solo quiso salir a tomar aire fresco. Necesito creer que existe una explicación sencilla para esto.

Dejo de morderme las uñas y tomo el control remoto. Enciendo el televisor y, por supuesto, el canal que estaba puesto es el de noticias.

Siguen hablando de Rigoberto.

Del video.

De la conferencia de prensa.

Mi abuelo pudo haber visto ese video…

Me pongo de pie y empiezo a caminar de un lado a otro. Dios mío, que no esté muy lejos. Que Glenda lo encuentre. Que Francia llegue pronto.

Entonces algo en la televisión consigue que me detenga.

Están mostrando la grabación de la conferencia de prensa. Por suerte no estaba despierta para escuchar las mil mentiras que Rigoberto decidió contar en vivo.

El susodicho está frente a los periodistas, diciendo exactamente las estupideces que esperaba que dijera. Habla de Dios, de su familia, de la provocación, de todo menos de la mano que terminó estampada contra mi cara.

Hasta que una voz atraviesa el salón.

Una voz demasiado conocida.

—Mentiroso.

Todo queda en silencio.

Las cámaras giran.

Y entonces lo veo: Lucas.

Rigoberto también lo ve y el color abandona su cara.

—¿Quién es él? —pregunta uno de los periodistas.

Lucas ni siquiera espera a que alguien responda. Sigue caminando hacia la tarima mientras dice:

—Su hijo. —Mira directamente a Rigoberto. —Soy Lucas Beltrán. Su otro «error» ¿Verdad, Rigo?

Oh, no.

Rigoberto retrocede.

Dos hombres de seguridad se acercan a Lucas, pero él los esquiva antes de que puedan sujetarlo. Sube a la tarima de un salto y, antes de que alguien consiga reaccionar, le suelta un puñetazo directo en la cara.

El salón estalla en gritos.

—Este es por ser tan cobarde.

Otro golpe.

—¡Y este por atreverte a golpear a mi hermana!

Los periodistas se abalanzan hacia adelante.

Las cámaras no dejan de grabar. Algunos incluso se apartan para conseguir un mejor ángulo, mientras los fotógrafos disparan una ráfaga tras otra.

Los de seguridad consiguen llegar hasta Lucas y lo sujetan por los brazos para bajarlo de la tarima.

Los flashes estallan por todas partes y los periodistas prácticamente se empujan entre ellos para no perderse un solo segundo de lo que acaba de ocurrir.

—¡Ahora sí, victimízate todo lo que quieras! —le grita Lucas—. ¡Pero esta vez asegúrate de contar también por qué tus hijos están hartos de ti!

Los hombres finalmente consiguen que se baje y no lo sueltan mientras lo llevan hacia la salida. Lucas simplemente se deja llevar, mientras los periodistas se lanzan detrás de él con las cámaras en alto, los flashes estallando a su alrededor y las preguntas llegando desde todos los ángulos.

—¡Lucas! ¡Lucas, una declaración!

—No voten por Rigoberto Beltrán.

Sigue caminando, dejando detrás de él a un Rigoberto completamente descompuesto y a decenas de cámaras grabando hasta el último segundo.

Yo sigo frente al televisor, con la boca abierta.

En ese instante la puerta se abre y Francia aparece tras ella.

—¿Qué pasó?

Me giro de inmediato.

—Es que no lo sé. Me quedé dormida. Cuando desperté, mi abuelo ya no estaba. Lo busqué por toda la casa, pero no lo encontré. No pude detener a Glenda, salió a buscarlo.

—Okey, iré a buscar a mi abuela. En auto es más fácil recorrer todo el vecindario.

Entonces vemos una silueta cruzando el portón.

Es Glenda.

—No está por ninguna parte —dice, con la voz quebrada—. Le pregunté a los vecinos y todos aseguran no haberlo visto. ¿A dónde podrá haber ido? Es que estaba bien, todo estaba bien ¿Cómo pasó esto?

Glenda empieza a llorar y yo siento que el estómago se me cae al suelo. Mi respiración empieza a acelerarse y el pecho se me contrae de golpe.

Mi abuelo está en alguna parte.

Solo.

Desorientado.

Y no sabemos dónde.

—Nina…

No escucho a Francia.

La garganta se me cierra, las manos me tiemblan tanto que se me cae el control remoto. Francia me toma por los hombros y me dice:

—Nina, respira… vamos a encontrarlo ¿Okey? Sí vamos a encontrarlo. No debe estar lejos.

Yo solo comienzo a asentir, pero en el fondo no puedo dejar de pensar en todas las cosas que pueden pasarle a una persona que no sabe dónde está.

Puede haberse caído, puede estar desorientado en alguna calle que no conoce.

Puede haberlo atropellado un auto. Puede estar herido en algún lugar sin recordar como volver a casa.

Siento que me falta el aire.

No sé dónde está.

No sé cuánto tiempo lleva fuera.

O quizás solo anda dando una caminata completamente cuerdo.

Mi abuelo nunca hace eso.

Busco el teléfono con las manos temblorosas y llamo a Nico. Como siempre, él contesta al primer tono.

Ni siquiera lo dejo hablar.

—¿Una persona con Alzheimer puede…? —Tengo que tomar aire—. ¿Puede salir de su casa si se desorienta? ¿Puede simplemente levantarse e irse?

Nico se toma un momento para contestar.

—Sí, puede pasar. Una persona con Alzheimer puede desorientarse y salir de un lugar conocido sin darse cuenta. Olvidar dónde está e incluso intentar llegar a un lugar que recuerda. También puede salir buscando a alguien o siguiendo una idea que, en ese momento, le parece completamente lógica.

—¿Entonces mi abuelo puede estar por ahí caminando solo sin saber cómo volver?

—¿Qué pasó?

Se me quiebra la voz. Casi me cuesta hablar.

—Salió de la casa sin que nos diéramos cuenta. No sabemos dónde está. Glenda salió a buscarlo y tampoco lo encuentra. Preguntó a los vecinos y nadie lo ha visto.

—Voy para allá.

—No hace falta. Saldré con Francia a buscarlo. No debe estar muy lejos… ¿verdad?

—Nina…

—Nico, de verdad, no…

—Voy en camino.

Cuelga.

Ni siquiera tengo fuerzas para discutir.

—Vamos a la policía —le digo a Francia.

Glenda se queda en casa por si mi abuelo recuerda el camino y vuelve. Yo quiero creer que eso puede pasar. Necesito creerlo.

Francia arranca y durante todo el trayecto miro por la ventana, buscando una silueta conocida entre las calles. Cada hombre que aparece a lo lejos consigue que mi corazón dé un salto antes de descubrir que no es él.

Nada.

Ni una señal.

La ciudad parece haberse quedado vacía justo cuando más necesito encontrar a alguien.

Cuando llegamos a la policía, prácticamente entro corriendo.

—Mi abuelo desapareció. Tiene Alzheimer. Salió de su casa y no sabemos dónde está.

El oficial detrás del escritorio empieza a hacer preguntas.

Nombre.

Edad.

Descripción.

Hora aproximada en la que lo vieron por última vez.

—¿Qué ropa llevaba?

Abro la boca, pero no sale nada.

No lo sé.

Cuando entré a su habitación no me fijé en su ropa. Solo lo vi dormido, me acosté a su lado y después… después desapareció.

—No… no me acuerdo. —Siento que la culpa me cae encima de golpe. —Pero, aunque esté en casa, siempre usa camisas de vestir. Nunca lo he visto con una camiseta. Siempre lleva camisas, de botones, normalmente de manga larga.

—Esta mañana llevaba un pantalón gris —interviene Francia—. Estoy casi segura.

El oficial anota la información.

—¿Tiene alguna fotografía reciente?

Niego con la cabeza.

—No.

—¿Ninguna?

—No una reciente.

Busco el teléfono por puro instinto, como si de repente fuera a aparecer una fotografía que nunca existió.

Soy fotógrafa. Paso la vida tomándole fotos a cualquier cosa. Tengo cientos de fotografías de personas que apenas conozco y ninguna de mi propio abuelo.

—A él no le gusta que lo fotografíen.

El oficial me mira durante un segundo y vuelve a su computadora.

—Bien. Vamos a ver qué podemos hacer con la información que tenemos. Sin una foto o qué ropa vestía será mucho más difícil identificarlo.

Me quedo mirándolo. «Mas difícil ». No tengo tiempo para que esto sea difícil.

—¡Tiene Alzheimer!

Mi voz sale más alta de lo que esperaba.

—Entendemos su preocupación, pero tenemos muy pocos datos. Enviaremos una patrulla para recorrer la zona y avisaremos a las demás unidades.

Francia me toma del brazo y me susurra:

—Deja que envíen una patrulla. Nosotras seguiremos buscándolo.

Salgo de ahí con una rabia que no sé dónde poner. No sé en qué momento comienzan a salirme lágrimas de los ojos, pero ya tengo la cara empapada. Justo al llegar al auto, siento una gota de lluvia caer sobre mi frente.

Lo que faltaba.

Me subo y damos otra vuelta por el vecindario. Incluso vamos más allá de esa zona. Salimos a la carretera. Recorremos barrios vecinos. Preguntamos a algunas personas. Y no. Simplemente es como si se lo hubiera tragado la tierra.