Bendito Karma CAPÍTULO 46 #3
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CAPÍTULO 46 #3

Le doy la dirección de mi apartamento y, por primera vez desde que salí del café, siento que quizá estoy a salvo. Me recuesto contra el asiento y cierro los ojos. Solo necesito llegar a casa, cerrar la puerta y fingir que el resto del mundo no existe.

Ilusa.

Cuando estamos a pocas calles de mi edificio, lo primero que veo son dos cámaras junto a la entrada. Hay varios periodistas afuera, algunos hablando por teléfono y otros mirando constantemente hacia la puerta como si esperaran que apareciera alguien.

—No, no, no…

Me incorporo de golpe.

—¿Qué pasa? —pregunta el taxista.

—¿Puede rodear el edificio? Necesito entrar por atrás.

El hombre no parece entender demasiado, pero asiente y gira en la siguiente esquina. Durante unos segundos vuelvo a respirar.

Hasta que llegamos a la parte trasera.

También hay periodistas.

—Perfecto —murmuro.

El taxista me mira por el retrovisor.

—¿Es famosa?

—No de la buena manera.

Entonces veo el edificio de Nico. También hay gente afuera. No parece que estén esperándolo a él; ni siquiera saben que existe en esta historia. Probablemente alguien me vio entrar o salir de ahí alguna vez y decidió que valía la pena averiguar dónde más paso el tiempo.

No pienso arriesgarme.

—Siga conduciendo, por favor.

—¿A dónde?

Le doy la dirección de la casa de mi abuelo.

El hombre enciende la direccional y continúa como si acabara de pedirle que me lleve a urgencias. Durante el trayecto miro varias veces por la ventana, esperando ver otro auto siguiéndonos. No sé si lo hacen o si mi paranoia ya decidió acompañarme permanentemente.

Cuando finalmente doblamos hacia la casa de mi abuelo, cruzo los dedos.

Por favor.

Que aquí no.

La calle está tranquila.

No hay cámaras. No hay periodistas. No hay autos estacionados frente a la casa.

Suelto el aire que llevo quién sabe cuánto tiempo conteniendo.

—Aquí está bien.

Pago el viaje, bajo del taxi y cierro la puerta detrás de mí. Por primera vez en horas, nadie me está siguiendo.

Ya puedo respirar más tranquila y una parte de mí descasa al poner un pie en el jardín de mi abuelo.

Mi teléfono empieza a vibrar.

Es Nico.

Tengo más de cinco llamadas perdidas suyas, pero estaba más concentrada en no ser perseguida que no me di cuenta de que me estaba llamando. Lo más seguro es que ya vio el video, o ya habló con mi hermano, o ya se deshizo del cuerpo de Rigoberto.

Ninguna de las opciones me tranquiliza.

Contesto.

—¿Dónde estás?

Parece que está conduciendo. Nico nunca habla por teléfono mientras conduce.

—En casa de mi abuelo.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Nina.

—Estoy bien, Nico. De verdad.

—¿Te siguieron?

Miro por la ventana antes de responder.

—No. Creo que no.

Suelta el aire lentamente.

—Voy para allá.

—No.

—¿No?

—No vengas. Hay periodistas afuera de tu edificio.

—Sí me di cuenta. Temía que te hubieran seguido.

—Quédate ahí ¿Sí? A ti no te están buscando. Por suerte no publicaron esa parte del video.

—Nina, no te voy a dejar sola en esto.

—No estoy sola. Estoy con mi abuelo. Además, necesito que me avises cuando se hayan ido para volver.

—¿Segura?

—Sí.

Hay un silencio.

—Nina, si alguien vuelve a acercarse a ti…

—Lo sé.

—No, no lo sabes. —Su voz baja, pero la furia sigue ahí—. Si vuelven a seguirte, me llamas. Si se acercan a ti, me llamas. Si alguien llega hasta la casa de tu abuelo, me llamas.

Sonrío apenas.

—Sí, ya entendí.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

—Bien. —Hace una pausa. —Y una última cosa… lo que sea que necesites, me llamas ¿Sí? Rigoberto no me da confianza. Por favor, avísame cualquier cosa.

—Entendido.

Cuelgo.

Inconscientemente le sonrío a la pantalla de mi celular, pero la sonrisa desaparece en cuanto recuerdo todo el caos del día. Apenas voy a tocar la puerta cuando Glenda la abre desde dentro.

—Nina… —Sus ojos recorren mi cara y enseguida se le llenan de preocupación—. ¿Estás bien?

—No.

No alcanzo a responder. Me abraza y, en cuanto cierro los ojos, siento una tranquilidad momentánea, como si por fin hubiera llegado a un lugar donde nadie puede encontrarme. Glenda me acaricia la espalda y después se separa apenas para mirarme mejor.

—Entra, entra.

Me toma de los hombros y prácticamente me mete a la casa.

Me quita la chaqueta, me acomoda el cabello detrás de las orejas y vuelve a mirarme la cara con esa expresión que tienen las mujeres que llevan años cuidando a alguien y pueden detectar una tragedia, aunque intentes esconderla con maquillaje.

—Rigoberto va a pagarlas una por una.

Sus dedos llegan hasta mi barbilla y la levanta con cuidado para examinarme el labio. A estas alturas probablemente hasta perdí el tono del labial que me puse esta mañana.

—Mi abuelo no ha visto el video ¿Verdad?

—No. —Glenda niega rápidamente—. Y espero que no se entere, porque es capaz de ir a buscar a Rigoberto y ponerle una bala en la frente.

La miro durante unos segundos.

—No estás exagerando, ¿verdad?

—Con tu abuelo, nunca.

Entonces escucho la televisión.

Giro la cabeza y la pantalla vuelve a mostrar imágenes de Rigoberto. Esta vez aparece otro de los candidatos a alcalde hablando sobre lo ocurrido como si mi desgracia fuera el tema de sobremesa del país.

—Lo ocurrido es absolutamente inaceptable —dice el hombre, con el rostro serio frente a las cámaras—. Una persona que aspira a dirigir esta ciudad debe entender que el liderazgo comienza en casa, con respeto, con responsabilidad y, sobre todo, con el ejemplo.

En la pantalla aparece una gráfica.

El porcentaje de Rigoberto ha caído varios puntos desde la mañana y ahora es uno de los presentadores que dice:

—Los números del señor Beltrán han sufrido una caída considerable después de la publicación del video. Todo parece indicar que la conferencia de prensa anunciada para esta tarde será decisiva para su campaña.

Pero los presentadores no se detienen ahí. Empiezan a sacar más cosas de Rigoberto: declaraciones contradictorias, viejas fotografías, acusaciones de sus años como diputado y, finalmente, el fraude por el que terminó pasando un tiempo en prisión.

Glenda apaga la televisión.

Tomo aire profundamente y cierro los ojos un instante.

—¿Dónde está mi abuelo, por cierto?

—Descansando. La medicina es bastante fuerte y lo deja noqueado durante horas. Lo cual está bien, porque de lo contrario ya estaría subido en el techo intentando reparar algo que nadie le pidió.

Me hace gracia, pero solo consigo una sonrisa cansada.

—Voy a verlo un momento. No voy a despertarlo.

—Claro.

Subo las escaleras despacio, intentando no hacer ruido. Cuando abro la puerta de su habitación, lo encuentro exactamente como Glenda dijo: profundamente dormido, con el rostro tranquilo y la respiración lenta.

Cierro la puerta detrás de mí y camino hasta la cama.

Con cuidado, me acuesto a su lado, igual que hacía cuando tenía ocho años y las pesadillas me despertaban a mitad de la noche.

Yo siempre lo buscaba a él. A veces bastaba con meterme debajo de sus cobijas y sentir que estaba ahí.

Su presencia conseguía hacer que cualquier monstruo pareciera menos aterrador.

Ahora soy adulta y los monstruos tienen nombre, apellido y una campaña política.

No quiero llorar.

Sobre todo, porque sé que, si se despierta y me encuentra así, voy a tener que mentirle. Y si descubre lo que hizo Rigoberto, conozco demasiado bien a mi abuelo como para pensar que no se quedaría sentado esperando a que la justicia hiciera su trabajo.

Como si pudiera sentir que estoy ahí, sus párpados se mueven lentamente.

Me quedo inmóvil.

Sus ojos se abren apenas y me mira.

Por un segundo temo que me pregunte qué pasó.

Pero no lo hace.

Solo sonríe.

—Me da gusto verte, mi niña.

Me toma la mano.

—A mí también, abuelo.

Sus ojos vuelven a cerrarse casi de inmediato.

Me quedo ahí, acariciándole lentamente los nudillos mientras miro el techo.

No sé en qué momento me quedo dormida.

Me despierto de golpe y todo está oscuro. Me incorporo rápidamente y miro hacia el otro lado de la cama.

Vacío.

Frunzo el ceño.

Me levanto pensando que mi abuelo quizá está en el baño, pero no está ahí. Salgo de la habitación y bajo las escaleras.

La casa está demasiado silenciosa, pero las luces están prendidas.

En la sala encuentro a Glenda dormida frente al televisor apagado. No quiero despertarla todavía, así que reviso la cocina. Nada. El otro baño. Nada. El cuarto de invitados. Nada.

Salgo al balcón.

Nada.

Voy hasta el corredor trasero.

Nada.

Entonces regreso hacia la entrada y abro la puerta principal.

Me quedo quieta.

El portón que da hacia la calle está abierto.

—No…

Bajo los escalones y le doy un vistazo al jardín.

—¿Papá?

No hay nadie.

Entonces veo algo en el suelo, cerca de la puerta: es el control remoto del televisor. Me giro lentamente hacia la sala. Glenda sigue dormida sobre el sofá. Corro hasta ella y me agacho a su lado.

—Glenda.

Se despierta sobresaltada.

—¿Qué pasó?

—Mi abuelo no está.