CAPÍTULO 46 #2
Lo primero que veo al abrir mis redes sociales es todo mi feed plagado de ese maldito video. No quiero volver a repetir la escena en mi cabeza, pero sí me tengo que cerciorar que no incluyó el momento en que Nico lo tiró al suelo. Las imágenes llegan hasta donde él me da el puñetazo.
Tomó una calada de aire y busco la pendejada que pudo haber puesto Rigo en su «comunicado».
Ahí está.
Con fondo blanco, su foto y su familia comprada.
«Ante las imágenes que circulan en redes sociales y la interpretación que se ha hecho de una situación estrictamente familiar, he decidido ofrecer una conferencia de prensa para aclarar los hechos.
Como padre, lamento profundamente que un momento de tensión haya terminado de esta manera.
Durante años he intentado acercarme a mi hija y reconstruir una relación que ha estado marcada por circunstancias difíciles y heridas que, lamentablemente, aún no han sanado.
No pretendo justificar mis errores, pero tampoco permitiré que se presente una situación familiar compleja fuera de contexto.
Soy un hombre de fe y creo que Dios nos enseña a perdonar, a reconocer nuestras faltas y, sobre todo, a no juzgar sin conocer toda la verdad. Mi hija atraviesa sus propias dificultades y, aunque algunas de sus palabras fueron profundamente dolorosas, como padre seguiré orando por ella.
Convoco a los medios de comunicación a una conferencia de prensa para aclarar los hechos y responder a las preguntas que consideren pertinentes.»
Leo cada palabra con impotencia y se llenan los ojos de lágrimas por la rabia.
Qué hijo de su puta madre.
Qué hijo de su…
Entonces levanto la vista y a través del espejo retrovisor miro un auto detrás de mí. Logro ver a una persona y es el tipo que se plantó frente a mi vehículo antes de salir de la revista.
—No puede ser.
Tiro el celular al asiento del copiloto y aprieto el volante.
Intento perderlo en la próxima calle, pero me doy cuenta de que no solo es él…
hay tres autos más siguiéndome… ¡Siguiéndome!
Yo tenía una vida tranquila antes de que ese maldito hombre apareciera en mi vida otra vez.
Giro donde normalmente no lo haría, cambio de carril, reduzco la velocidad y vuelvo a acelerar.
No sé en qué momento me volví tan ágil, pero ellos hacen exactamente lo mismo.
Aprieto el volante con más fuerza.
Esto ya no es gente intentando hacerme una pregunta.
¡Son periodistas siguiéndome!
Miro nuevamente por el espejo retrovisor.
Ahí vienen, demasiado rápido y yo tengo que acelerar un poco más.
Mi teléfono vibra varias veces. No lo miro. No pienso sacar los ojos de la carretera mientras tengo a tres imbéciles siguiéndome como si acabara de robar un banco.
Doblo en la siguiente esquina y veo un café que conozco. Hay algunos vehículos estacionados afuera y, por alguna razón, me parece mejor idea detenerme ahí que conducir directamente hasta mi apartamento.
No quiero que sepan dónde vivo.
Esa idea aparece de repente, limpia y aterradora, porque… si encontraron mi trabajo, encontrar mi casa tampoco debería ser demasiado complicado.
Estaciono, me bajo rápido y me meto al café.
El aire acondicionado me golpea de lleno y, durante unos segundos, agradezco el silencio, pero siempre estoy mirando si esos idiotas van a seguirme hasta aquí. Hay varias personas, casi todas las mesas ocupadas. Creo que podría mezclarme aquí y no me encontrarían… o eso espero.
Entonces miro la tv y me quedo quieta.
En la pantalla estamos Rigoberto y yo discutiendo. El video se detiene exactamente en la escena que me va a generar las siguientes pesadillas.
Y entonces aparece el titular:
«¿ESTE ES EL ALCALDE QUE QUIERES?»
El video cambia a uno de su propia competencia. El otro candidato comienza con la frase: La ciudad necesita un alcalde, no un actor. ¿Quién es realmente tu candidato cuando nadie lo está mirando? ¿Un violento? ¿Un abusador? Los valores no se predican, se demuestran.
Ahora cambian al foro. El candidato está ahí sentado frente a dos presentadores en una entrevista en vivo. Por supuesto, es la oportunidad perfecta para hablar sobre esto.
En fin, políticos.
—Rigoberto Beltrán… —dice uno de los hombres —hombre de familia o así es como se quiso vender.
El candidato hace una pausa y mira a la cámara.
—Yo no voy a decirles a los ciudadanos qué deben pensar. Las imágenes hablan por sí solas. Pero sí puedo decirles algo: un hombre no demuestra sus valores cuando está frente a una cámara. Los demuestra cuando cree que nadie lo está mirando.
Uno de los presentadores asiente.
—¿Entonces considera que Rigoberto Beltrán no es una persona de valores?
—Considero que no podemos elegir a un hombre para dirigir una ciudad basándonos únicamente en lo que dice desde un escenario. Si habla de respeto, debe practicarlo. Si habla de familia, debe honrarla. Y si habla de Dios, debería recordar que la fe también exige responsabilidad.
Todo mundo está concentrado en el televisor. Hasta que alguien me mira… disimuladamente le dice algo a la persona a su lado y esa otra persona también me da un vistazo. Antes de que se corra la voz, salgo disparada al baño.
Empujo la puerta y entro. Cierro detrás de mí y apoyo la espalda contra ella.
Respiro como alguna vez me enseñaron para detener los ataques de pánico. Mi celular me está enviando notificaciones:
Te etiquetaron en un video.
Te etiquetaron en un video.
Te etiquetaron en un video.
Abro una.
Es el mismo video de la cena que ya tiene miles de reproducciones y, por supuesto, los primeros en publicarlo fueron los del periódico para el que trabaja Emiliano.
Ya tiene más de mil comentarios y cometo el error de leer algunos:
«¿Este es el hombre que quiere hablar de valores y familia? Qué vergüenza.»
«No importa lo que haya dicho la hija. Un hombre no golpea a una mujer. Punto.»
«¿Alguien más escuchó lo que ella le dijo? No justifico el golpe, pero claramente esa discusión venía de antes.»
«Dejen de sacar las cosas de contexto. Es una discusión familiar y nadie sabe qué pasó antes de que comenzara el video.»
«Qué conveniente que justo ahora aparezca este video, cuando estamos en campaña. Esto huele a campaña sucia.»
«Yo sí le creo a Rigoberto.»
«¿Alguien sabe quién es ella? La he visto antes.»
Me detengo en ese último comentario.
Y entonces aparece otro.
«Nina Beltrán. Es fotógrafa.» Y agregó mi usuario.
Cierro la aplicación.
Me están sudando las manos. Solo quiero llegar a mi apartamento y dormir hasta que todo esto haya acabado. Hace unas horas me preocupaba que manipularan el video para hacer quedar mal a Nico. Ahora entiendo que ese era el menor de mis problemas.
Mi teléfono vibra otra vez.
Es una llamada… de Lucas.
Estoy casi segura de que ya vio el maldito video. Me aclaro la garganta e intento sonar igual que siempre:
—¿Ya se acabó tu luna de miel, hermanito?
Él no responde con la misma ironía, su pregunta es directa:
—¿Ese video es verdad? ¿El de Rigoberto?
Cierro los ojos.
—¿Ya lo viste? Pensé que estabas perdido en algún lugar sin señal o algo así.
—Pues más o menos, pero se me ocurrió buscar un sitio con cobertura para asegurarme que todo seguía igual que cuando me fui y, mira qué suerte, mi sexto sentido me estaba advirtiendo que Rigoberto había hecho alguna estupidez.
Hay un silencio breve.
—Bueno, no es la primera vez que hace algo tonto.
—¿Te golpeó?
Miro mi reflejo en el espejo. Durante unos segundos pienso en decirle que no por vergüenza. Pero el video lo deja bastante claro, además ¿Para qué mentirle? Lucas conoce a Rigoberto mejor que yo.
—Sí.
Guarda silencio. No dice nada, pero puedo escuchar su respiración al otro lado de la línea y, de alguna manera, eso basta para saber que está furioso.
—Así que no ha cambiado —dice finalmente.
—No.
—Esperaba que fuera un montaje. —Hace una pausa—. Quiero decir… no es que le tuviera mucha fe, pero… supongo que guardaba la esperanza de que por primera vez en su vida hiciera algo bien.
—Ya hizo un comunicado, por cierto. Dice que hará una conferencia de prensa.
—¿Sabes a qué hora?
—Gracias a Dios, no.
—¿Quieres ir conmigo?
Suelto una risa sin humor.
—Obviamente no. Ya tuve suficiente prensa por hoy. Me atacaron en la entrada de la revista, me siguieron hasta un café y ahora estoy encerrada en el baño como una criminal, porque estoy segura de que me están esperando afuera.
Lucas deja salir un suspiro.
—Tienes que salir de ahí. Lo más probable es que ya conozcan tu auto. No dejes que te sigan a tu apartamento, después no te los vas a quitar de encima. ¿Y Nico?
—No quiero meterlo en esto. Ya fue suficiente ayuda quebrándole la nariz a Rigoberto. Pensé que ese sería el video que usarían para convertirlo en la víctima, pero… al parecer, los periodistas no son amigos de nadie.
—El lugar debe de tener una puerta trasera. Sal por ahí y toma un taxi. No dejes que descubran donde vives. ¿Entendido?
—Sí, entendido.
—De Rigoberto me encargo yo.
—¿Qué vas a hacer?
La llamada termina.
Me quedo mirando la pantalla y unos golpes en la puerta me hacen reaccionar.
Guardo el teléfono y salgo del baño intentando mantener la cabeza baja y cubrirme la cara todo lo que puedo.
Me acerco a una de las meseras y le pregunto si tienen una puerta trasera.
Mientras lo hago, mi cabeza empieza a fabricar alguna excusa creíble por si pregunta para qué la necesito, pero no hace falta.
La joven me mira un segundo, asiente y me señala el pasillo que lleva hasta la salida.
—Por ahí.
—Gracias.
No espero a que cambie de opinión.
Desde el ventanal delantero veo a los periodistas fuera de sus autos hablando por teléfono. Camino directo a la puerta de atrás como si estuviera participando en una misión clandestina que nadie me pidió.
Salgo sin atreverme a mirar demasiado hacia atrás. Un taxi pasa justo cuando más lo necesito y levanto la mano. El conductor frena y me subo al asiento trasero antes de que alguien pueda reconocerme.
—¿A dónde?