CAPÍTULO 46
D efinitivamente, no debí ir a esa cena.
Despierto poco a poco, todavía medio perdida entre el sueño y la realidad. Durante unos segundos no sé dónde estoy ni qué hora es. Solo recuerdo la voz de Nico, baja y tranquila, hablándome antes de irse:
—Tengo turno temprano, mi pulga. Cualquier cosa me escribes.
Y yo, que después de semejante noche ya no confiaba ni en mis propias decisiones, le respondí medio dormida:
—No vayas a matar a Rigoberto, por favor. No quiero que termines en la cárcel.
—¿Y quién dice que terminaría en la cárcel, mi amor? Soy forense.
Abro los ojos.
Estiro una mano hacia el otro lado de la cama por puro instinto, pero está vacío.
Tomo una calada de aire y es entonces cuando las imágenes de la noche anterior llegan a mí como una ola inmensa:
La cena.
Rigoberto.
Sus palabras.
La bofetada.
Cierro los ojos con fuerza. Por un instante deseo que haya sido una pesadilla especialmente cruel y demasiado real.
Hasta que muevo los labios.
El dolor me atraviesa la herida y me recuerda que, desgraciadamente, todo eso sí pasó.
Me incorporo despacio y me quedo sentada en el borde de la cama durante unos segundos, mirando al suelo. No quiero pensar en lo de anoche, así que hago lo único que puedo: me obligo a poner los pies en el suelo y a comportarme como si hoy fuera un día cualquiera.
Me voy al baño, enciendo la luz y me arrepiento inmediatamente. La marca de la bofetada sigue ahí, perfectamente visible para cualquiera que sepa dónde mirar. La herida del labio tampoco ayuda. Me acerco al espejo y giro un poco la cara hacia un lado, luego hacia el otro.
—Perfecto —murmuro.
Bonito recuerdo de esa maldita «cena».
Me doy una ducha con cuidado, termino de vestirme y después frente al espejo me tomo más tiempo del necesario para cubrir el golpe.
No quiero tener que dar explicaciones. Normalmente no uso tantas cosas, pero hoy necesito casi una intervención quirúrgica.
Aplico una capa de maquillaje, espero, vuelvo a aplicar otra y después corrijo cuidadosamente la zona de la barbilla.
Me tomo más tiempo de lo normal especialmente con los ojos. Si alguien va a mirarme, prefiero que se fije en ellos y no en la zona cerca del labio. Después elijo un labial que disimule la herida.
Me miro una última vez.
No está perfecto, pero tampoco parece que ayer me dieron una bofetada.
Termino de arreglarme, tomo el teléfono y hago lo que llevo queriendo hacer desde que abrí los ojos, pero me estaba convenciendo a mí misma de que es algo demasiado estúpido: busco el nombre de Rigoberto.
Nada.
Vuelvo a buscar.
Nada.
Todo lo relacionado a él sigue exactamente igual. No hay ninguna publicación nueva. Ningún titular hablando de la cena. Ningún video haciéndose la víctima porque lo golpearon.
Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Quizá Emiliano no publicó el video.
O quizá Rigoberto lo detuvo.
No sé cuál de las dos posibilidades me tranquiliza menos.
Mi verdadero miedo no es que publiquen lo que ocurrió. Es que lo editen y usen lo que tienen a su favor: una versión donde Rigoberto es la víctima y Nico, el hombre que atacó a un candidato a alcalde.
Se lo comenté anoche… a Nico. Una vez que yo salí del shock y a él se le quitaron las ganas—aunque no del todo—de mandar a Rigoberto a la morgue. Lo único que me dijo con esa calma desesperante es que no le importaba y agregó:
—Tengo un amigo que puede entrar a las cámaras de su casa, Elías, ¿lo recuerdas? Si tu padre quiere jugar a la víctima, yo voy a jugar a dejarlo sin campaña.
Así tal cual.
Guardo el teléfono y termino de arreglarme.
Camino al trabajo se me revuelve el estómago cada que encuentro una pancarta con la cara de Rigoberto y su maldito lema familiar. Hipócrita de mierda.
Llego a la revista poco antes de mi hora de entrada, como si anoche no hubiera provocado una crisis diplomática en plena cena familiar.
Saludo a cada persona que me encuentro, aunque evito detenerme a conversar con nadie.
No quiero darles tiempo de mirarme demasiado la cara y descubrir la herida de mi labio o el golpe que todavía me duele en la mandíbula.
Y, por desgracia, no soy especialmente buena mintiendo.
Dejo el bolso en mi oficina y me pongo a trabajar como cualquier otro día.
Cuando llega la sesión con las chicas, decido cambiar la iluminación y opto por algo más oscuro para evitar la luz directa.
Incluso consigo olvidarme un rato de lo acontecido con Rigoberto…
al parecer, dirigir a tres modelos frente a una cámara es bastante más sencillo que lidiar con mi árbol genealógico.
En fin, después de la hora del almuerzo, noto algo extraño para ser un lunes cualquiera.
Hay más movimiento de lo normal en la entrada.
Cuando paso por uno de los pasillos, alcanzo a ver a un par de hombres hablando con seguridad, uno de ellos con una cámara colgada al cuello.
Me quedo mirándolos durante unos segundos, pero tengo otra sesión pendiente, así que dejo a un lado mi lado chismoso para terminar pronto e irme a casa.
Mi teléfono vibra en mi bolsillo.
Es Nico, por supuesto.
«¿Ya comiste, pulga?»
Bueno, comí algo… quizás no una comida completa.
«Sí»
«¿Y tu labio?»
«Sigue pegado en mi cara. Todo en orden»
«Me encanta que conserves el sentido del humor. Ya no me dan tantas ganas de que Rigoberto desaparezca por casualidad».
Esbozo una sonrisa, la primera genuina de todo el santo día. Voy a mencionarle lo que está pasando afuera, pero alguien me llama para la siguiente sesión entonces regreso mi celular al bolsillo.
Así pasan otras horas entre una sesión y otra. Cuando finalmente llega mi hora de salida, guardo la cámara, me cuelgo el bolso al hombro y salgo pensando únicamente en llegar a casa, quitarme el maquillaje y pasar el resto del día en posición horizontal.
Entonces abro la puerta de la revista.
Me quedo quieta.
Periodistas. Cámaras. Micrófonos. Al menos una docena de personas ocupando buena parte de la entrada.
Uno de los periodistas me ve.
Y entonces todos los demás también.
—¡Señorita Beltrán!
El primer flash me da directamente en los ojos.
Después llega el segundo.
Y el tercero.
—¡Señorita Beltrán, una pregunta!
—¿Es verdad que Rigoberto Beltrán es su padre?
Mi estómago se hunde.
—¿Es verdad que en un ataque de ira la golpeó anoche?
¿Qué diablos?
Intento caminar hacia mi auto, pero no puedo. Son demasiadas personas. Los flases en la cara me están comenzando a poner histérica.
—¿Es cierto que tu padre, un candidato que menciona a Dios en toda su campaña, le dijo a tu mamá que te abortara?
Estoy aturdida. Creo ir en dirección al estacionamiento, pero no me dejan ver nada.
—Señorita Beltrán ¿Por qué no habla un poco más sobre su padre?
—¿Qué fue lo que pasó con su mamá?
Por primera vez suelto una frase:
—Por favor, déjenme tranquila.
—Su padre hará una rueda de prensa, dice que todo fue un malentendido y que el video está editado ¿Eso es verdad?
Sí lo creo capaz.
—Por favor, déjenme pasar.
—Sólo díganos algo.
—¿Cree usted que Rigoberto tuvo que ver con la muerte de su mamá?
Esa pregunta me hace detenerme un momento. Recuerdo que fue un conductor ebrio que se pasó el alto, sería imposible que Rigoberto estuviera involucrado… o eso espero.
—¡Nina, mire aquí!
—Señorita Beltrán, ¿qué tiene por decirle a su padre antes de la rueda de prensa?
Estoy a punto del colapso cuando alguien me salva de esta locura.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Los periodistas giran hacia Alfonso como una jauría.
—Señor, ¿usted es el jefe de Nina Beltrán?
—¿Sabía que su empleada es hija del candidato Rigoberto Beltrán?
—¿Es la señorita Beltrán problemática cómo intenta hacerlo ver su padre en su último comunicado?
O sea, hay un comunicado. El pendejo hizo un comunicado y, al parecer, soy la problemática.
Alfonso mira a los periodistas y grita:
—¡Seguridad! —los guardas de la revista se acercan—. Sáquenlos a todos de aquí.
Y entonces entre todo el caos aparecen las modelos.
Las chicas salen de la revista como si estuvieran entrando a una guerra para la que nadie les pidió permiso.
—¡Déjenme pasar!
—¡Quítense!
—¡¿Nina?!
Una de ellas se planta delante de mí y empieza a apartar a los periodistas que se quieren acercar con una fuerza que jamás habría sospechado de alguien que pesa aproximadamente lo mismo que mi bolso.
Siento que todo pasa demasiado rápido. Hay voces por todas partes, peleas de los periodistas con los de seguridad, flashes que me obligan a entrecerrar los ojos.
Otra persona grita mi nombre. Alguien más pregunta por mi madre.
No sé quién está diciendo qué. Las palabras empiezan a mezclarse hasta convertirse en un ruido insoportable.
Solo quiero llegar a mi auto.
Eso es todo.
—¡Señorita, solo una pregunta!
—¡No nos empujes, idiota! —Esa es Rebecca, por supuesto.
Otro periodista se coloca justo delante de la puerta.
—Nina ¿Qué tiene que responderle a su padre sobre lo que dijo?
Una de las chicas lo empuja. No es un empujón delicado. Es uno de esos empujones que hacen que un hombre adulto dé un par de pasos hacia atrás y se quede mirándola con la boca abierta.
Ella abre la puerta de mi vehículo.
—No te acerques, idiota.
—Gracias, Anna.
—No es nada. Me encanta empujar gente.
Al menos alguien sí está teniendo un día excelente.
Me siento detrás del volante y cierro la puerta con las manos temblorosas. Tengo que intentarlo dos veces antes de conseguir que encienda.
Del otro lado del vidrio, los periodistas siguen hablando y las chicas les siguen gritando, los de seguridad continúan echándolos. Los veo mover los labios, pero ya no escucho lo que dicen. Seguridad consigue apartar a varios de ellos y uno de los hombres se coloca delante de mi vehículo.
Respiro profundo.
Una vez.
Dos veces.
Pongo la marcha y no me importa si atropello a alguien.
Salgo del estacionamiento dejando todo el caos atrás, durante unos segundos creo que terminó. Me detengo en un semáforo intentando calmarme y saco mi celular solo para buscar el comunicado que el tipo mencionó.