CAPÍTULO 45 #3
Cuando salgo, la presencia de Rigoberto al otro lado de la puerta me hace soltar un pequeño grito.
—¿Qué fue todo eso? —pregunta, manteniendo la voz baja, aunque la furia se le filtra en la mirada.
—Lo que me dijiste que hiciera. No mentir.
Algo cambia en su expresión. La sonrisa amable que llevaba toda la noche desaparece por completo.
—Eres una estúpida, igual que tu madre. —No tengo tiempo de responder.
Me toma de la muñeca y aprieta con tanta fuerza que el dolor me sube por el brazo.
Lo miro, incrédula. —Solo tenías una cosa que hacer ¡Una!
Guardarte todas esas majaderías y decir que nos llevamos bien.
¿Eres consciente de cuánto me va a costar arreglar toda la pendejada que acabas de decir?
Intento liberar la muñeca, pero no me suelta.
—Suéltame.
—Lo que hiciste va a costarme mucho.
—¿No que aquí no había periodistas? —Su mandíbula se tensa y me sujeta con más fuerza. —¡Suéltame o empiezo a gritar! Y eso sí que va a quedar precioso en tu campaña.
Me suelta de golpe, pero antes de que pueda apartarme me empuja contra la pared. Rigoberto solo es un poco más alto que yo, pero tiene una complexión mucho más robusta, y el impacto me toma completamente desprevenida. Mi espalda golpea la pared y por un segundo me quedo sin aire.
Lo miro, aturdida.
—¿Sabes qué? —escupe, fuera de sí—. Ojalá no hubieras venido. Te dije exactamente qué tenías que hacer y ni siquiera eso eres capaz de hacer bien.
—¿Hacer qué? ¿Fingir que no eres una mierda de padre?
Su expresión se endurece.
—Yo nunca quise ser padre ¡Nunca! Yo le dije a tu madre que te abortara. Se lo dije desde el principio. No quería tener hijos. No quería una familia. No te quería a ti.
—Más te vale que te calles, porque me estás haciendo enojar.
—¿Y qué? Yo también solo estoy diciéndote la verdad. Tú fuiste un error. Lucas también ¡Dos errores que llevo toda mi vida pagando!
Este es el Rigoberto que conozco.
—Siempre pensé que eras un hombre miserable porque no sabías querer a tus hijos. Ahora resulta que ni siquiera fuiste capaz de evitar tenerlos. Qué ironía que los dos errores que tanto te pesan sean consecuencia de algo tan sencillo como no haber sabido usar un condón.
Rigoberto se enfurece todavía más. Se me acerca demasiado y suelta:
—Le doy gracias a Dios de que tu madre muriera. Fui feliz cuando recibí la noticia. Ya estaba harto de ella. De ti. De todos ustedes. —Hace una pausa, mirándome con un desprecio que me hiela la sangre—. Qué suerte que se murió.
Y es entonces cuando algo dentro de mí termina de convencerse de que las personas nunca cambian.
—Pues ojalá te hubieras muerto tú.
La bofetada llega antes de que pueda terminar.
El golpe me hace girar la cara y durante unos segundos no escucho nada. Solo siento el ardor extendiéndose por mi mejilla y el sabor metálico de la sangre en la boca.
Me quedo inmóvil.
Escucho unos pasos rápidos acercándose por el pasillo.
No tengo tiempo de girarme del todo cuando una mano toma a Rigoberto del saco y lo aparta de mí con tanta fuerza que apenas alcanzo a seguir el movimiento.
Todo ocurre en cuestión de segundos. Rigoberto apenas alcanza a reaccionar antes de recibir una bofetada que lo hace perder el equilibrio y caer al suelo.
Nico vuelve a agarrarlo del saco y lo levanta de golpe. Lo hace con tanta fuerza que los pies de mi padre apenas alcanzan a rozar el suelo antes de que lo estrelle contra la pared. El impacto hace que Rigoberto rebote y, por un instante, quedan prácticamente a la misma altura.
—¿Cómo demonios te atreves a ponerle una mano encima a mi mujer?
Lo primero que veo es la sangre. Le sale de la nariz y le corre hasta el labio. Después veo sus ojos. Hay algo que nunca había visto ahí:
Miedo.
Nico lo tiene sujeto del saco, manteniéndolo contra la pared como si apenas necesitara esfuerzo para hacerlo. Su mandíbula está tensa y sus ojos, normalmente tranquilos, están clavados en Rigoberto con una furia que me cuesta reconocer.
—¡Es tu hija! —Rigoberto intenta hablar, pero Nico lo sacude contra la pared antes de que consiga articular una palabra. —Esta es la última vez que te atreves a acercarte a ella ¡¿Entendido?!
Rigoberto balbucea algo que ni siquiera alcanzo a entender.
—Te hice una pregunta. —Nico se mantiene firme—. ¡¿Entendido?!
—Estás loco.
—Puede ser. —Lo vuelve a estrellar contra la pared, esta vez con menos fuerza, pero lo suficiente para que Rigo cierre los ojos. —Pero no fui yo el que golpeó a una mujer. Vamos, defiéndete. Quiero ver qué tan hombre eres cuando el que tienes enfrente puede devolverte el golpe.
Entonces lo veo.
Al otro lado del pasillo, medio escondido, está Emiliano.
No sé desde cuándo está grabando. No sé si alcanzó a registrar la bofetada, el golpe de Nico o todo lo que Rigoberto acaba de decirme.
Solo sé que es amigo de mi padre, que vino a esta cena con una agenda que nada tenía que ver con una simple cena y que, si ese video sale de aquí, no necesito demasiada imaginación para saber quién va a terminar convertido en la víctima de la historia.
—Nico. —No me escucha. —Nico, basta.
Sus dedos siguen aferrados al saco de Rigoberto.
Me acerco y le agarro el brazo.
—Por favor. Déjalo. No vale la pena.
Él gira apenas la cabeza hacia mí, todavía respirando con dificultad.
—Nina...
—No. Ya está. Me quiero ir.
Intento apartarlo, pero durante un segundo siento que ni siquiera registra que estoy tirando de él. Está demasiado furioso. Finalmente afloja la mano, aunque no termina de apartarse de Rigoberto.
—¿Qué está pasando aquí?
La esposa de Rigoberto aparece al final del pasillo y se queda paralizada al encontrarnos. Mira a Nico. Después a su marido, todavía contra la pared, con la nariz sangrando. Finalmente me mira a mí.
Nico se acerca a Rigoberto otra vez y le pone un dedo en el pecho.
—Si vuelves a acercarte a Nina, no voy a detenerme en una bofetada.
Finalmente se aparta.
La esposa de Rigoberto da un paso hacia mí y entonces ve la sangre en mi labio. Su expresión cambia por completo. Su mirada va de inmediato hacia su esposo.
—¿Qué hiciste?
No alcanzo a escuchar qué le responde, porque Nico me toma del brazo y empieza a llevarme hacia la salida.
Lo sigo sin oponer resistencia, todavía demasiado aturdida para hacer otra cosa.
Tengo la mejilla ardiendo, el labio me sabe a sangre y mi cabeza parece incapaz de decidir qué recuerdo primero: las palabras de Rigoberto, la bofetada, el golpe que le dio Nico, Emiliano grabándolo todo.
Todo se mezcla en mi cabeza mientras camino con él, en silencio, como si una parte de mí todavía siguiera atrapada en aquel pasillo.
Estoy furiosa, conmigo misma, con él, con toda aquella mierda de estoy intentando ser mejor y por haber pensado, aunque fuera durante unos minutos, que quizá esta vez podía ser verdad.
Pasamos junto a Emiliano y nuestras miradas se cruzan durante un segundo. Él ya no está grabando. Guarda su celular con una naturalidad demasiado estudiada y yo sigo caminando sin decirle una palabra.
No hace falta.
Ese hombre acaba de conseguir la próxima portada de su periódico.
Y, por supuesto, yo acabo de regalarle el titular.