CAPÍTULO 45 #2
—Ese vehículo es del periódico.
Rigoberto mira en esa dirección.
—Ah. No. No. El que lo conduce no es periodista.
Lo miro.
—¿No?
—No. Él solo presta servicios de transporte para el personal del periódico.
—Qué conveniente.
—Nina...
—No estoy diciendo nada.
—Te lo prometo, no es periodista. Sé que no me voy a ganar tu perdón de la noche a la mañana, pero confía en mí ¿Sí? Tengo amigos del periódico, eso es verdad, pero lo de hoy es solo una cena. ¿Quieres que los eche a todos? Lo hago si eso te deja más tranquila.
—No es necesario.
—Y si alguien te pregunta sobre nuestra relación padre-hija, no te pido que mientas. Puedes decir lo que quieras. Yo solo espero enmendar todos esos errores y que en unos años vuelvas a confiar en mí.
Lo miro en silencio.
Justo cuando parece que va a decir algo más, su esposa nos interrumpe:
—Rigo, la cena está servida.
Rigoberto me extiende su mano camino al comedor, pero yo tomo otro rumbo dirección a Nico quién parece que tiene ganas de desaparecer del planeta tierra. No pongo mucha atención a mi alrededor cuando un hombre se cruza delante de mí y chocamos.
—Perdón.
—No, disculpa —dice él, agachándose para recoger lo que acaba de caer al suelo.
Una credencial.
La veo antes de que pueda levantarla.
El logo me resulta familiar, es el mismo del vehículo que está afuera.
Bajo la mirada hacia el nombre: Emiliano Salvatierra. No alcanzo a ver qué más dice porque está en letras pequeñas, pero el nombre no se me olvida.
Rigoberto vuelve a interrumpir, pero esta vez hablando para todos:
—Podemos pasar al comedor. La cena está lista.
Nico me busca con la mirada. Yo me disculpo una vez más con el tipo para seguir mi camino hacia el doctor de muertos. Cuando llego, se despide de los señores con los que hablaba, pero parece que no quieren dejarlo ir.
Aprovecho para sacar mi teléfono y escribir en el buscador el nombre que vi en la credencial. Los resultados aparecen casi de inmediato:
«Emiliano Salvatierra - Editor jefe de Política y Actualidad»
Me quedo mirando la pantalla.
Perfecto. Perfecto.
Así que Rigoberto sí me mintió y descaradamente.
Guardo el teléfono. La poca paciencia que me quedaba acaba de desaparecer.
Hijo de su…
—¿Todo bien?
La mano de Nico encuentra la mía y yo le responde:
—No.
Ahora sí deja la conversación con los tipos y damos unos pasos lejos de los demás, lo suficiente para que podamos hablar sin que nadie nos escuche.
—¿Qué pasó?
Vuelvo a tomar mi celular y le muestro la pantalla.
—¿Ves ese hombre?
Nico mira al tal Emiliano.
—Sí.
—Es un periodista. Está aquí. ¿Sabes qué es lo peor de todo? Que vi la camioneta afuera, busqué el logo, encontré el nombre del periódico y Rigoberto me juró que solo era una persona que prestaba servicios de transporte de personal a ese periódico. Acaba de mentirme en la cara.
Antes de que Nico pueda decir algo, el tal Emiliano levanta la voz sosteniendo una cámara.
—¡Vamos, acérquense todos! Hagamos una foto para el recuerdo.
Se me revuelve el estómago.
Claro.
La foto.
Porque, por supuesto, hacía falta una foto.
Ahora ya sé exactamente qué va a pasar después.
—Es un buen momento para irnos —habla Nico viendo a las personas que ya se están acomodando para las fotos. —Lo mejor de todo es que no necesitas dar explicaciones. Salimos y ya.
Miro a Rigoberto acercarse al grupo y ponerse en medio de todos.
—Todavía no. Déjame averiguar qué historia piensa vender con mi cara.
No tiene tiempo de responder porque es el mismo Rigoberto quién nos llama.
Miro a Nico.
Él a mí.
Y quizás espera que sea yo la que decida si formamos parte de la foto o no, pero si no lo hago va a quedar muy evidente que sé el plan de Rigoberto, así que tomo la mano de Nico y me acerco sonriente. Como si la sangre no me estuviera hirviendo por dentro.
—Esta no se va a comparar con las que toma mi hija —habla el muy descarado —¿Te conté que es fotógrafa, Emiliano? —Y me mira a mí. —Perdón desde ya si es una foto de calidad dudosa. Emiliano hace lo que puede.
Todos se ríen.
Yo intento hacerlo, pero me sale más una mueca rara. Es que yo no puedo disimular mucho.
Nico y yo nos ubicamos en el borde.
—Nina —es Emiliano el que me habla —¿Puedes ubicarte a la par de tu padre, por favor?
—No. No te preocupes, aquí estoy bien.
Entonces Rigo me mira.
—Ven, Nina. Es nuestra primera foto juntos en varios años.
Miro el lugar que me indica.
—No, aquí estoy bien. Muchas gracias.
Nico detrás de mí me rodea la cintura con ambos brazos y recuesto mi espalda en su pecho.
Rigo y el tal Emiliano ya no insisten. El tipo levanta la cámara y pide que todos digan «Whisky».
Yo sonrío. La sonrisa más falsa que he tenido que hacer en mucho tiempo. La clase de sonrisa que quedará preciosa en una fotografía y no dirá absolutamente nada de lo que estoy pensando.
Flash.
—Perfecto —dice Emiliano.
Perfecto.
Sí.
Seguro que lo será.
Ahora Rigoberto nos hace pasar al comedor y yo lo sigo como si no hubiera descubierto nada. Como si no acabara de confirmar que me invitó a esta cena para seguir con su campaña.
Cuando finalmente conseguimos sentarnos, Nico ocupa la silla a mi lado. Uno de los hombres que antes lo tenía secuestrado en una conversación se sienta justo a su derecha.
Nico toma aire.
Una respiración profunda.
Muy profunda.
Lo miro de reojo.
Parece un hombre que acaba de aceptar su destino.
Tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme. Bueno, al parecer, ambos estamos pasando una noche maravillosa.
Por un rato, todo transcurre con normalidad. O con lo que sea que eso signifique en esta casa.
Miro a Rigoberto. Está tranquilo. Feliz, incluso. Sonríe mientras conversa y come como si todo estuviera saliendo exactamente como lo había planeado.
Y eso consigue que me parezca todavía más despreciable.
Estoy terminando mi comida cuando escucho mi nombre:
Es Emiliano, al otro lado de la mesa.
—Nina, cuéntame ¿cómo fue para ti crecer con un padre tan interesado en la política?
Qué pregunta más casual.
Casi consigue que parezca que no estamos aquí para hablar de Rigoberto.
—No puedo responder esa pregunta como la plantea, señor.
—Emiliano, puedes llamarme Emiliano. ¿Y por qué no puedes responder…?
—Porque yo no crecí con Rigoberto.
Mi padre deja de cortar su filete y levanta la cabeza.
Casi veo algo de pánico en sus ojos, pero fue él quién me dijo que no tenía necesidad de mentir.
Pero cuando abro la boca para continuar, él mismo me interrumpe:
—Yo estaba muy ocupado siempre. Nina se crio con su abuelo. Mi otro hijo, Lucas, con su mamá en otra ciudad.
Emiliano inclina ligeramente la cabeza.
—Pero... ¿no dijiste que te quedaste viudo y que fue un reto para ti estar en la política mientras criabas a dos niños pequeños?
¿Qué diablos?
—Sí. Por eso tomé la decisión de que Lucas viviera con su madre y Nina se fuera a casa del señor Dionisio.
Al principio, lo de Nina iba a ser solo por unas vacaciones.
Después no me atreví a quitarle la niña a un hombre que estaba sufriendo por la muerte de su hija, su esposa y su hermana al mismo tiempo.
¿Qué carajo?
¿Qué carajos acaba de decir?
—Oh, ¿entonces tus dos hijos tenían madres distintas? Eso no lo mencionaste.
Rigoberto sonríe con cierta incomodidad.
—Sí. Nina y Lucas tienen madres diferentes.
—Pensé que...
—Es una historia un poco complicada —interrumpe a Emiliano con una sonrisa—. Y no creí que fuera relevante para la conversación.
Dejo caer el tenedor.
—¿Pero sí te parece relevante mentir y decir que me dejaste con mi abuelo porque, según tú, estaba sufriendo?
Hay silencio en la mesa.
—Estabas muy pequeña, Nina. Quizás no lo recuerdas.
—No. Sí lo recuerdo perfectamente. —Vuelvo la mirada hacia Emiliano—.
Rigoberto renunció a sus derechos paternales y se los cedió a mi abuelo apenas una semana después de que el tribunal le otorgara mi custodia.
Peleó por ella solo para quedar bien frente a las cámaras.
En cuanto dejaron de enfocarlo, me dejó en la puerta de mi abuelo.
Así que, si lo pensamos bien, solo perdió tiempo y dinero.
Rigoberto suelta una risa nerviosa.
—Nina… —se aclara la garganta —Nina solo está bromeando.
—Claro que no. Me dijiste que no necesitaba mentir ¿Te acuerdas? ¿Acaso cambiaste de opinión?
—Es que su abuelo y yo nunca hemos tenido la mejor relación. Es muy probable que le haya metido ciertas ideas sobre mí que no...
Lo interrumpo.
—¿De verdad? ¿Entonces lo de que me buscaste hasta los quince años porque necesitabas una transfusión de sangre me lo inventé? Volviste a desaparecer y no supe nada de ti hasta que nos encontramos hace unos días. ¿Te parece que esas son ideas que mi abuelo me metió en la cabeza?
El ambiente cambia.
Nadie sabe muy bien dónde mirar.
Rigoberto suspira, cierra los ojos un momento y dice:
—Pero estoy intentando ser mejor. —Su voz ya no tiene el mismo tono ligero de antes. —Tú lo sabes. Tu abuelo lo sabe. Todos lo saben.
—¿Y estarías intentando ser mejor si no estuvieras en campaña política?
Rigoberto se queda callado. Por primera vez en toda la noche, no parece tener una respuesta preparada, y eso debería hacerme sentir victoriosa, pero lo único que consigo sentir es un nudo cada vez más fuerte en la garganta. Me pongo de pie y miro a Nico.
—Necesito ir al baño.
—¿Te acompaño?
—No, estoy bien. —Intento que mi voz suene normal y, antes de que alguien pueda preguntar algo, me vuelvo hacia el resto de la mesa—. Con permiso.
El silencio que queda instalado en la mesa es brutal.
La esposa de Rigoberto me indica el pasillo que lleva al baño. Apenas les doy la espalda, siento que los ojos empiezan a arderme.
No voy a llorar.
No voy a llorar.
Maldita sea.
Llego justo a tiempo.
Cierro la puerta detrás de mí y, en cuanto lo hago, un par de lágrimas se me escapan por las mejillas. Me apoyo contra la puerta y cierro los ojos, intentando recuperar el control.
¿Por qué diablos se me ocurrió venir? Estoy furiosa.
Me calmo. Me seco la cara y me arreglo el delineado frente al espejo.
Listo… la vida sigue, pero lejos de aquí.