Bendito Karma CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

H ay días que deberían contarse como deporte extremo.

Pasar una tarde con un abuelo de noventa años y un sentido del humor peligrosamente activo es uno de ellos.

Conducir al estilo Toretto un auto que parece diseñado para despegar rumbo a la Luna también entra en la lista.

Y llegar a mi apartamento con el tiempo justo para transformarme en una persona medianamente presentable antes de una cena con Rigoberto... definitivamente merece medalla olímpica.

Nico ya está ahí cuando entro.

No me sorprende. Yo misma le pedí que me esperara aquí porque dejé las llaves de mi apartamento en el suyo. Lo encuentro regando mis plantas con una tranquilidad que me hace sospechar que ya es costumbre.

Levanta la vista apenas escucha la puerta.

—Llegaste rápido ¿Sí condujiste a una velocidad segura?

—Pues nadie murió en el camino.

El beso como saludo ya es una especie de ritual. Me acerco por costumbre, por inercia o por alguna extraña ley del universo que todavía no logro explicar. Antes de que me dé cuenta, mis labios ya están sobre los suyos.

No. No voy a sobrepensar esto.

Me encierro en el baño y, contra todo pronóstico, me arreglo en tiempo récord y consigo hacer un delineado lo suficientemente perfecto como para merecer una foto. Cuando salimos del apartamento desbloqueo el celular, levanto la cámara frontal, encuentro el ángulo que más me gusta y sonrío.

La publico sin revisarla demasiado.

Nico sigue a mi lado, aunque por ahora está demasiado concentrado en cerrar la puerta. Cuando por fin se cerciora de que todo está en orden, caminamos hacia el elevador como dos personas que definitivamente ya llegan tarde a una cena.

No es como que Rigoberto me importe. Puede esperar.

Y sé que Nico piensa igual, porque cada semáforo en rojo parece darle exactamente la misma emoción que uno en verde.

Yo estoy viendo por la ventana cuando, sin previo aviso, mi cabeza vuelve al patio trasero de la casa de mi abuelo. A la taza de chocolate entre sus manos. A la forma en que me rodeó los hombros. A esa pequeña pausa que hizo antes de volver a reconocerme.

Trago saliva.

—Nico...

Él aparta apenas la vista del camino para mirarme un segundo.

—¿Sí?

—Quiero que seas brutalmente honesto. Háblame como si todavía me odiaras.

—Yo nunca te he odiado.

—Cada conversación contigo terminaba en una discusión.

—Porque el universo tuvo el pésimo criterio de presentarte con Benjamín.

—Tú nunca me hablaste. Si tan solo me hubieras hablado antes que Benjamín…

—Tú siempre me mirabas con ganas de matarme. Tampoco soy suicida.

Me sobo el entrecejo y dejo escapar un suspiro. No voy a entrar en eso ahora.

—Según tu criterio de médico… ¿cuánto puede vivir una persona de noventa años con Alzheimer? Casi noventa y uno, de hecho.

Él tarda unos segundos en responder.

No porque no sepa qué decir, si no porque sabe exactamente por qué estoy haciendo esa pregunta.

—No hay una respuesta exacta para eso.

—Dímelo con el tacto que te cargas. Ya sabes, el de un ladrillo.

Nico aprieta los labios.

—Es lo que estoy haciendo.

—Necesito estar preparada.

—Hay pacientes que viven varios años con la enfermedad y otros cuyo deterioro avanza mucho más rápido. Es imposible saberlo. De hecho, muchas veces ni siquiera fallecen por el Alzheimer.

—¿Entonces no tengo que preocuparme todavía?

Hace una pausa breve.

—Tampoco dije eso.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.

Me quedo mirando por la ventana, intentando procesar esa respuesta. Puede ser mucho tiempo. También puede no serlo. Y aunque intento dejar de darle vueltas, mi cabeza insiste en hacerlo por mí. Hasta que algo al otro lado del cristal consigue distraerme.

Las casas empiezan a hacerse cada vez más grandes. Hasta Nico disminuye la velocidad.

Me fijo en que estamos en la dirección correcta y sí, aquí es.

—Madre mía...

Al final, tanta labia sí le sirvió para algo.

La casa de Rigoberto parece más un hotel boutique que una vivienda. Nico se detiene frente al enorme portón y comprueba el número de la casa. A través de los barrotes alcanzo a distinguir varios autos estacionados en el interior. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Frunzo el ceño.

—Se supone que esto era una cena entre nosotros ¿Por qué tantos autos?

Justo cuando estoy empezando a sospechar que el futuro no alcalde volvió a organizar un evento disfrazado de reunión íntima, el celular vibra una vez.

Después otra.

Y otra más.

Saco mi teléfono, miro un comentario hecho por Rebecca y los «Me gusta» de mi foto que no dejan de subir.

Entro a la historia.

Al principio solo veo mi delineado.

Después mi cabello.

Y entonces bajo un poco la vista…

Madre mía.

En la esquina inferior de la foto aparece perfectamente mi mano entrelazada con la de Nico.

Y, un poco más atrás, él intentando cerrar la puerta del apartamento con la otra mano.

Cierro los ojos un segundo.

—¿Qué pasó? —pregunta Nico.

Guardo el teléfono con una rapidez sospechosa.

—No es nada.

Vuelvo a levantar la vista hacia la casa y sigue pareciéndome ridículamente grande. Aunque, conociendo a Rigoberto, perfectamente pudo pedirla prestada a alguien solo para la ocasión.

Digo, conduce un Porsche que ni siquiera es suyo.

Nico baja la ventanilla y pulsa el botón del intercomunicador.

—Nicolás Bernabéu y Nina Beltrán.

Un segundo después, el portón comienza a abrirse.

Respiro hondo.

El doctor de muertos aparca cerca de los otros vehículos y no sé por qué todo esto me da mala espina. Me bajo inspeccionando el auto a la par y el siguiente.

—Todavía estamos a tiempo de huir —escucho a Nico.

Una parte muy irresponsable de mí considera seriamente esa propuesta.

—No, quiero saber qué planea.

Nico asiente. Me extiende su mano y, sin pensarlo demasiado, entrelazo mis dedos con los suyos con la naturalidad de una persona que lleva años haciendo esto.

En fin.

Apenas alcanzamos el primer escalón cuando la puerta principal se abre. Rigoberto aparece sonriendo como si nada este día podría salir mal.

—Ya estaba perdiendo la esperanza de que llegaran.

No le devuelvo la sonrisa.

—¿Por qué hay tantos autos?

Su expresión apenas cambia.

—Son unos amigos.

Parpadeo.

—¿Amigos? Pensé que dijiste que la cena era solo entre nosotros.

—Es que no me confirmaste si vendrías. Nuestros amigos solo están de paso por la ciudad, así que les dije que vinieran un rato.

Ajá.

Qué conveniente.

Rigoberto vuelve la mirada hacia Nico.

—Doctor. —Le estrecha la mano con cordialidad y se vuelve a mí: —Gracias por venir, Nina.

—Gracias por la invitación —no entiende el tono irónico.

—Pasen, por favor.

Nico se inclina apenas hacia mí y susurra:

—¿Segura?

Lo miro de reojo.

—Sí.

Entro con la cabeza en alto.

Si Rigoberto realmente está tramando algo, prefiero descubrirlo de frente.

La sala es incluso más grande que el jardín. Varias personas conversan alrededor de una mesa con copas de vino en la mano. La esposa de Rigoberto está con ellos. Se ríe de algo que uno de los invitados acaba de decir con una naturalidad que me desconcierta.

No parece una reunión política.

Ni una conferencia de prensa.

Ni un acto de campaña.

Solo... una cena.

Mi guardia baja apenas un centímetro. Entonces Rigoberto se aclara la garganta y todas las conversaciones se detienen.

—Quiero presentarles a alguien.

Ay, no.

No, no, no.

Rigoberto sonríe, pero esta vez no parece la sonrisa ensayada de un candidato.

—Ella es mi hija, Nina. —Hace una pequeña pausa antes de continuar. —Les he hablado mucho de ella.

Todos asienten con la cabeza, algunos dicen que sí en voz alta.

Ay, no.

—Y él es el doctor Nicolás Bernabéu. Es el médico forense del hospital donde haré mi primera obra social cuando sea alcalde. Estoy seguro de que podrá echarme una mano.

Nico se queda inmóvil.

Lo miro.

Él me mira.

Vuelvo la vista hacia mi padre, que sonríe satisfecho consigo mismo.

Definitivamente, mi padre está a dos malas decisiones de que Nico lo mande a la mierda.

—Qué considerado de su parte —habla Nico al fin, con una sonrisa que no llega ni cerca de sus ojos—. No sabía que ya habíamos hablado de eso.

—Estoy seguro de que nos pondremos de acuerdo.

¿Acaba de decir que se pondrán de acuerdo?

Antes de que Nico pueda enviarlo muy al carajo, uno de los hombres se acerca para estrecharle la mano

—Doctor Bernabéu, un placer.

Nico vuelve a ponerse esa expresión profesional que utiliza cuando está a punto de examinar un cadáver o, aparentemente, de aceptar compromisos que nadie le consultó.

—Igualmente.

También me saludan a mí y yo solo contesto por cortesía. Cuando la esposa del señor Beltrán se acerca, me dice al oído:

—No le prestes mucha atención a tu padre, solo quiere impresionar a sus amigos.

—Eso me queda clarísimo.

Ella sonríe y sigue su camino.

Yo debería hacer lo mismo. Sonreír y fingir que esto es exactamente la clase de cena a la que una persona normal espera asistir después de que su padre reaparece en su vida.

A Nico ya lo secuestraron. Ahora mismo está atrapado entre dos hombres que parecen fascinados con la política local. Por la expresión de Nico, sospecho que él no comparte el entusiasmo.

Antes de que a mí me pase lo mismo, me alejo un poco de la multitud y abro una ventana para tomar aire fresco.

Los cuatro vehículos siguen ahí, pero desde este ángulo logro notar que uno de ellos tiene un logo en la puerta.

Entorno los ojos.

No me suena.

Saco el teléfono y le tomo una fotografía procurando que nadie se dé cuenta. Abro el navegador y busco el nombre de la empresa.

Tardo menos de un minuto en encontrarla: un periódico.

Un maldito periódico.

Me quedo viendo los resultados y sí, ellos han escrito un par de artículos alabando a Rigoberto Beltrán.

No.

Así que la cena no es una cena. De aquí saldrá otro artículo y, de una forma u otra, yo terminaré formando parte de él.

Claro. No acepté la rueda de prensa, así que encontró una alternativa mucho más discreta: una entrevista con cubiertos

—¿Todo bien?

Rigoberto me pega un susto de muerte. Casi se me cae el teléfono y cierro de inmediato la web del periódico.

—Sí. Oye, uno de tus amigos es periodista ¿Verdad?

Él parpadea.

—¿Periodista?

Señalo el auto.