CAPÍTULO 44 #3
—¿Y ya le preguntaste a él? Digo… si para él funciona también eso de solo ser buenos amigos.
—Sí, claro que sí. Bueno, no le voy a ir a preguntar eso, papá. Pero sí, sé que sí.
Su voz ya no tiene el tono bromista de hace un momento.
—¿A qué le tienes miedo? Yo te he demostrado que los hombres buenos existen.
—Me hiciste una lista de mentiras que dicen los hombres.
—Sí, para que eligieras bien; pero mira que, a juzgar por tus decisiones pasadas, esa lista no sirvió de mucho.
Yo suelto una risa.
—Claro que sirvió. Mira que todavía no me caso ni te traigo un bisnieto.
—A este punto eso más bien me preocupa. —Suelta una risita que termina en una tos leve. —Déjame decirte una cosa. El miedo nunca se va, mi niña. Uno tiene miedo de enamorarse... después tiene miedo de perder... luego miedo de quedarse solo... y al final miedo de no haber amado lo suficiente.
Se vuelve hacia mí.
—No esperes a dejar de tener miedo para amar. Ese día no llega.
Trago saliva.
—No nos pongamos sentimental, Dionisio.
—¡¿Perdón?! —Y me hace una llave con su brazo para, con sus nudillos, comenzar a despeinarme el pelo como lo hacía antes.
—Ya ¡Ya! —Y yo me río fuerte. —¡Suéltame! ¡Abuelo!
Sí me suelta, por fin.
—Solo asegúrate de que el miedo nunca tome decisiones por ti.
Yo suelto una risita burlesca. De paso, le doy un codazo por haberme despeinado.
Tomo mi chocolate y casi me atraganto cuando pregunta:
—¿Lo quieres?
—¿Al auto?
—¡A Nico!
Yo no sé qué decir. A ver, sí lo quiero… como se quiere a una persona con la que has estado muy de cerca—demasiado cerca—los últimos meses. Mi abuelo deja escapar una risa bajita.
—Hay silencios que dicen muchísimo.
—¿Cómo no voy a quererlo? Estoy con él casi todo el tiempo. Y no me juzga por mis decisiones pasadas como lo hace cierta persona —lo miro a él directamente a los ojos.
Se ríe un poco y ahora saca una peor:
—¿Lo amas?
—¡Ya te estás pasando!
Él se ríe con más ganas.
—Esa pregunta siempre te ha puesto en apuros.
—Y no pienso responder.
—No es necesario, yo ya lo sé. —Me señala con un dedo. —Porque con aquellos perdedores con los que te juntabas antes te apresurabas a decir que no… ¿Y ahora? Ahora te quedas pensando.
No encuentro ninguna respuesta ingeniosa.
Ningún comentario sarcástico.
Ninguna forma elegante de escapar.
Mi abuelo me da un golpecito suave en el brazo.
—Pobre descuartizador.
—¿Por qué?
—Porque está enamorado de una muchacha muy terca.
Lo miro.
—No sabes si está enamorado de mí.
Pero me ignora:
—Y esa muchacha todavía cree que está peleando contra él... cuando en realidad lleva rato peleando contra ella misma.
—Ay, papá. Ya basta. —Él se sigue riendo y para que cambiemos ya de tema, le digo: —Vi a Rigoberto ayer. Quiere que vaya a cenar a su casa hoy.
—No puede ser —suspira. Toma otro sorbo del chocolate y deja la taza sobre la mesita. —Sabía que tarde o temprano iba a aparecer otra vez ¿Ahora qué? ¿Otra cirugía? ¿Necesita un órgano? No me digas que estás pensando donarle un riñón, Nina.
—Por supuesto que no.
—Es que te creo capaz.
—Pero no.
—¿Entonces qué quiere?
—Está en campaña política.
—Ah.
—Sí… ah. Solo dime que no vaya y tendré una excusa perfecta para no aparecer. Le diré «Perdón, mi abuelo no me dio permiso» y sé que va a creerme.
—Sí te doy permiso.
—¿Qué?
—Es que alguien tiene que ir y darle una bofetada por mí. Lleva al descuartizador.
—No mames, abuelo.
Suelta otra risa.
Ya entiendo por qué le agrada Nico, los dos son igual de insufribles.
—Mira, yo ya no puedo tomar decisiones por ti, ya eres adulta.
Pero ve con las alarmas bien en alto porque de él nunca se sabe qué esperar.
Y si quiere un riñón, no se te ocurra dárselo.
Es más, voy a llamar yo mismo al descuartizador para que lo noquee en el momento exacto que se le ocurra decir que necesita un trasplante.
Yo suelto una carcajada.
—¡Abuelo! Ya basta.
En ese momento mi celular vibra en mi bolsillo.
Es Nico.
Me pregunta cómo va todo y si, finalmente, el jefe del comité autorizó mi asistencia a la cena del futuro no alcalde.
Sí, «futuro no alcalde» escribió.
Una risa se me escapa antes de poder evitarlo.
Le respondo que sí. A regañadientes. También le cuento que el mismísimo jefe del comité considera que la velada sería mucho más productiva si él le hace el favor de romperle el hocico a Rigoberto en su nombre.
Nico reacciona con una risa.
Al levantar la mirada, me encuentro con mi abuelo contemplando la laguna con una serenidad envidiable, sosteniendo su taza de chocolate como si el tiempo no existiera para él.
Debería irme ya si quiero llegar puntual a la cena con Rigoberto, pero no quiero.
Hay lugares de los que uno nunca debería tener prisa por irse y este... este es uno de ellos.
Rigoberto puede esperar.
Dejo el celular sobre la mesa y vuelvo a apoyar la cabeza en el hombro de mi abuelo. Sin decir una sola palabra, él me rodea los hombros con un brazo y me aprieta apenas un poquito contra él.
—Nina…
—Dime.
—No vayas a hacer sufrir al descuartizador.
—¡Abuelo!
—Ya sufrió bastante estudiando medicina.