Bendito Karma CAPÍTULO 44 #2
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CAPÍTULO 44 #2

Me hace un gesto para que la siga.

Le devuelvo el café y el cigarrillo a Francia y subo las escaleras en silencio detrás de Glenda.

Antes de entrar al dormitorio de mi abuelo, lleva un dedo a los labios.

La puerta está entreabierta y puedo verlo profundamente dormido, con una mano sobre el pecho y la televisión encendida en un volumen tan bajo que apenas se distingue el murmullo.

Glenda abre con cuidado el clóset. Del estante más alto baja una caja plástica transparente. Dentro hay varios álbumes y los acaricia como si fueran de cristal.

—Aquí están.

Agarro los tres y salimos otra vez al pasillo antes de cerrar la puerta con el mismo cuidado.

Cuando volvemos a la sala, me pregunta:

—¿Estás segura de que no quieres panqueques? ¿Unas tostadas francesas especialidad de la casa? ¿Unos huevos revueltos con tocino?

—No, no te preocupes.

—¿Y tú, Francia?

—Yo ya me tengo que ir. Por cierto… —dice, al pasar a mi lado. —Tenemos que hablar. No has vuelto al estudio desde que tienes novio nuevo.

—De hecho, desde que trabajo en la revista a tiempo completo.

Ella con una sonrisa pícara, muerde un pedazo de pan que se lleva a la boca.

—Sí, claro. Por cierto, ya no discutes lo del «novio» nuevo. Qué avance.

Se va. Dejándome con las ganas de pelear en la boca.

Me dejo caer sobre el sillón revisando el primer álbum.

—¿Sabes qué? —habla Glenda —Tu abuelo ve ese álbum casi todos los días.

Paso las páginas lentamente.

Mi mamá cargándome.

Mi abuela peinándome.

Mi abuelo haciéndome muecas detrás de la cámara.

Entonces recuerdo algo… lo que me dijo Rigoberto ayer. Lo de que él tomaba las fotos. Comienzo a revisar cada una con más exactitud.

La esposa de mi abuelo me observa.

—¿Buscas algo en específico?

—Sí. Me encontré con Rigoberto.

—¿Sí?

—Está en campaña política y quería que Lucas y yo fuéramos parte. Obviamente le dijimos que no.

—Qué cínico. Que tu abuelo no se entere porque lo mata.

Esbozo una sonrisa.

—Bueno, me dijo que muchas de estas fotos las había tomado él.

Entonces saco una de las que él mismo mencionó con cuidado y en la parte de atrás está su firma, el año y el nombre de él junto al de mi madre con un corazón y una flecha.

Hombres…

Pero… al parecer, en eso no me mintió.

La voz de mi abuelo nos hace levantar la cabeza al mismo tiempo.

Está apoyado en el marco de la puerta, todavía despeinado por la siesta.

—Tuve una pesadilla horrible.

Lo miro.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Hace una pausa solemne.

—Soñé que un duende se había metido a mi habitación y me robó unas cosas.

Lo observo unos segundos.

—Ja. Ja. Qué divertido.

Él sonríe.

—Lo era hasta que el duende empezó a hablar.

—De seguro estabas delirando.

Él suelta una risa bajita mientras se acerca. Glenda nos dice que preparará chocolate caliente y se va a la cocina. Mi abuelo baja la vista hacia los álbumes y pregunta:

—¿Qué estás haciendo?

—Revisando fotos.

Toma el lugar a mi lado con la lentitud de quien ya cumplió noventa años y no tiene absolutamente ninguna prisa por demostrar lo contrario.

Mira la fotografía que tengo en manos… más bien, la parte de atrás de la fotografía donde está el nombre de Rigoberto Beltrán. Su expresión cambia.

—¿Recuerdas esto?

Él resopla.

—Claro que sí. —Hace una mueca. —Es el tipo de recuerdos que ojalá se hubieran ido antes que los buenos.

No puedo evitar reír.

—Pobre Rigoberto… —obviamente lo digo con sarcasmo.

—Aunque no todas las tomó ese inepto.

Toma el álbum y pasa a la siguiente página.

—Esa sí es mía.

La observo.

Estoy sentada sobre los hombros de mi mamá mientras intento alcanzar unas naranjas que claramente están demasiado altas para mis brazos de cinco años.

—Tu madre insistía en que no ibas a llegar. —Sonríe. —Yo le dije que la cargara un poquito más.

—¿Y llegué?

—No. —Niega con la cabeza. —Pero te convenciste de que casi.

Suelta una risa suave.

Después señala otra.

—Esa también la tomé yo.

En la fotografía aparezco completamente embarrada de lodo.

—¿Qué pasó ahí?

—Te escapaste al jardín después de la lluvia. Llegaste hasta las orejas de barro. Tu madre casi me mata porque, según ella, en lugar de detenerte... fui por la cámara. ¡Pero es que había que inmortalizar el momento! Dime tú si no valió totalmente la pena.

—Qué prioridad tan cuestionable.

—Las fotos duran para siempre.

El comentario me aprieta algo dentro del pecho.

Paso otra página.

Otra más.

Mi abuelo sigue contando historias. Algunas pequeñas e insignificantes, pero son inmensas para mí. Entonces... deja de hablar. Frunce el ceño. Mira alrededor. Primero la sala, después la ventana, por último, a mí. Su expresión cambia por completo.

Hay confusión.

—¿Papá?

No responde.

Sigue mirando a su alrededor como si acabara de despertar en una casa desconocida.

Siento el corazón golpeándome tan fuerte que casi puedo escucharlo.

Me obligo a sonreír.

—Tranquilo. Estoy aquí.

Le tomo la mano.

Está fría.

Finalmente parpadea, vuelve a mirarme y poco a poco algo cambia en sus ojos.

—Ay, sí, perdón ¿En qué estábamos? —Me aprieta la mano con una sonrisa cansada y vuelve a tomar el álbum. Nos quedamos un rato en silencio. Es hasta que él suelta: —Tú eres idéntica a tu mamá... ¿lo sabías? Solo que heredaste algunos rasgos de tu padre. Por suerte... los bonitos.

Una risa se me escapa antes de darme cuenta de que tengo un nudo en la garganta.

No por lo que acaba de decir, sino por el miedo de que en algún punto se olvide completamente de mí.

Mi abuelo termina cerrando el álbum con cuidado.

—Tanta foto me dio sed.

—Es que ya hablaste demasiado.

—Qué muchacha tan considerada.

Lo ayudo a levantarse del sofá y caminamos despacio hasta el patio trasero donde Glenda pone dos tazas de chocolate caliente sobre una mesita. Desde que tengo memoria sé que este es su sitio favorito de la casa, más que todo por la pequeña laguna que se ve a lo lejos.

Lo ayudo a sentarse y después me dejo caer a su lado acurrucándome en su hombro como cuando todavía vivía aquí.

La lluvia dejó pequeñas gotas suspendidas en las hojas de los árboles y el aire aún huele a tierra mojada. Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Él simplemente mira el horizonte.

—¿Y el descuartizador?

Ay, bien estábamos sin hablar.

—En la morgue.

—Hombre trabajador.

—Yo creo que es su pasatiempo.

El abuelo sonríe.

—¿Y ese carrote?

Ah, caray.

Qué fijado.

—¿En qué momento lo viste?

—Desde mi ventana.

—Bueno... se supone que es mío.

—¿De dónde lo sacaste?

—¿De dónde crees tú?

—Siempre y cuando no sea algo ilícito.

—Pues es peor. Nico lo compró.

Me observa de reojo.

—¿Te lo regaló?

Pienso muy bien mi respuesta.

—Creo que sí.

—¿Crees que sí? ¿Tiene tu nombre?

—Sí.

El abuelo aprieta los labios.

—Un hombre generoso. Ya casi no se encuentran de esos. ¿Recuerdas a aquel estúpido con el que salías que te cobraba todo?

—La verdadera pregunta aquí es ¿Lo recuerdas tú?

—¡Auch! —bromea. —Ese es otro de esos recuerdos que ojalá se hubieran ido antes que los buenos. —Lo dice con tanta naturalidad que ni siquiera pienso en discutirle. —¿Qué son ustedes?

Ah.

—Amigos.

Mi abuelo se queda completamente serio durante dos segundos, después suelta una carcajada.

—¿Amigos?

—Sí.

—Lo mismo decía yo y me casé dos veces.

—Oye, no es mi culpa que no sepas separar una amistad del romance.

—Es experiencia. —Toma un sorbo de su chocolate caliente. —¿Sabes cuál es el problema de ustedes los jóvenes?

—¿Existir?

—No. —Sonríe. —Que hacen cosas sin tener todo claro antes. En mis tiempos, las cosas se dejaban explicadas desde el principio.

—Ya no son tus tiempos. Nico y yo somos buenos amigos. Funcionamos así.