Bendito Karma CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

L o primero que veo al abrir los ojos es un mechón de cabello castaño cayéndole sobre la frente.

Nico sigue profundamente dormido.

Lo observo unos segundos.

Hace apenas unos meses lo habría empujado al otro extremo del colchón, pero hoy solo me quedo ahí… mirándolo.

Alto ahí… ¿Nico sigue dormido?

Él frunce apenas el ceño, como si sintiera mi preocupación, y termina abriendo un ojo.

—Eso es inquietante.

—¿Qué cosa?

—Despertar y encontrar a alguien mirándote fijamente. Casi llamo a la policía.

—Qué exagerado. Apenas llevo unos segundos juzgándote.

Una sonrisa apenas perceptible aparece en la comisura de sus labios.

Se incorpora un poco, busca el teléfono sobre la mesa de noche y revisa la hora. Es justo lo que iba a hacer yo.

—¿Por qué no saliste a correr?

Levanta la vista hacia la ventana.

La lluvia sigue golpeando el vidrio, aunque mucho más suave que durante la madrugada.

—La tormenta no había parado.

Nico es de los que salen a correr así caiga fuego del cielo.

No, ni por un segundo voy a considerar que cambió su rutina solo porque yo tuve una pesadilla.

—Qué conveniente —bromeo. —Ya hasta el clima conspira para que te quedes conmigo.

—Voy a creer que en realidad conspira hasta que tú te levantes a correr conmigo.

—Prefiero morirme.

Él suelta una risita.

—¿Lo ves?

Se acerca a darme un beso en la frente antes de ponerse de pie.

—¿Tienes algo qué hacer hoy?

—¿Por qué? ¿Quieres que nos acurruquemos en el sofá y ver películas todo el día?

—Vaya. Después de todo sí tienes fantasías románticas. ¿Quién lo diría?

Se ríe un poco y en el momento que va a soltar alguna bobería el sonido de su celular lo interrumpe. Contesta de inmediato. No alcanzo a escuchar la conversación, aunque por la expresión y las preguntas que hace, queda claro que no son buenas noticias.

Cuando cuelga, me mira.

—Bueno, dile adiós a las palomitas. Tengo una cita menos romántica en la morgue.

—Qué tragedia —le respondo con sarcasmo—. Habrá que cancelar nuestra tarde escandalosamente cursi.

—Considera esto un aplazamiento. No una cancelación.

Esbozo una sonrisa y lo observo desaparecer en el baño, después vuelvo la vista hacia la ventana. La lluvia ya empieza a dar tregua.

Estiro la mano hasta la mesa de noche y tomo mi cámara. Reviso una por una las fotografías que tomó Rigoberto.

Esto es demasiado para mi sistema nervioso.

Nico sale del baño mientras termina de ajustarse el reloj.

—¿Y tú qué harás hoy, mi pulga? Además de decidir si vamos a ir a la casa de tu padre.

—Voy a ir a ver a mi abuelo. Primero tengo que preguntarle si me deja ir a casa de Rigoberto.

Nico arquea una ceja, divertido.

—¿Desde cuándo pides permiso?

—No pido permiso. Solo sé que me va a decir que no, y eso me dará una excusa perfectamente válida para no ir.

Una sonrisa apenas perceptible le curva los labios.

—Bueno, solo avísame si te lo concede. Tengo que prepararme psicológicamente para escuchar otra conferencia sobre por qué Rigoberto Beltrán sería un excelente alcalde.

Suelto un resoplido.

—No me lo recuerdes.

—Por cierto, te recuerdo que ahora tienes auto nuevo. Ni se te ocurra pedir un Uber.

Claro que estaba pensando en pedir un Uber.

—Ni siquiera puedo sacar esa cosa del estacionamiento.

—Claro que puedes. Y si no, hoy aprendes. Además, mis pacientes son de los que no tienen prisa.

En fin. Después de una ducha, un desayuno rápido con Nico recordándome por qué no debería romper el ayuno con cereal y leche, y unos cuarenta minutos más tarde, estoy frente al volante mientras él me guía en el estacionamiento. Mi dignidad me está abandonando poco a poco.

—Despacio —dice desde el frente del auto, haciéndome una seña con la mano como si no fuera exactamente lo que llevo haciendo desde hace cinco minutos.

Avanzo... unos diez centímetros.

Nico vuelve a hacerme señas.

—Un poco más. —Avanzo otro centímetro.

—¿Ya?

—No, Nina. Ay, perdón. Se me olvidaba... pulga. No, mi pulga.

—Sigue burlándote y vas a terminar siendo paciente de otro médico forense.

Él deja escapar una risa.

Qué fácil me pone las cosas para comenzar a odiarlo.

El problema es que no puedo.

—Gira un poco el volante hacia la derecha.

Giro.

—Un poco más.

Giro más.

—Eso ya no es un poco.

Aprieto los dientes.

—Endereza.

Enderezo.

—Ahora avanza.

Avanzo.

—Perfecto.

El coche sale del espacio con una facilidad insultante.

Me quedo inmóvil unos segundos con el corazón latiéndome a mil.

Bajo la ventanilla y lo miro.

—Te odio.

Nico se acerca, me sostiene la barbilla entre los dedos y, antes de que pueda decir otra cosa, deja un beso fugaz sobre mis labios.

—No es cierto.

Sonríe de lado y se aleja hacia su auto como si no acabara de alterarme el ritmo cardíaco.

—Me avisas cuando llegues ¿Okey? —Abre la puerta y antes de entrar, se le ocurre: —Y procura no aumentar mi carga de trabajo, por favor.

—¿O sea que no confías en mí?

—En ti sí, mi amor. En los peatones no.

Cierra y se va. Así nada más.

Bueno, en fin, cuando llego a casa de mi abuelo, el jardín todavía conserva el olor a tierra mojada.

Glenda abre la puerta apenas toco el timbre.

—¡Nina! Hace siglos que no aparecías un domingo por aquí. ¿Por qué no me avisaste? Voy a prepararte tus panqueques favoritos.

—No hace falta, ya desayuné.

Entonces escucho una voz demasiado conocida.

—¿Crees que teniendo un novio doctor la va a dejar desayunar café y un cigarrillo?

—Yo ni siquiera fumo —le respondo a Francia con una indignación absolutamente fingida. Glenda se hace a un lado para dejarme entrar. — ¿Y tú? ¿No deberías estar enseñando pole a estas horas?

—Sí, pero me distraje viendo un video de una pareja besándose descaradamente en medio de un concierto.

Después vi el de una novia que dejó plantado al novio en el altar.

Curiosamente, ambos videos me resultaron sospechosamente...

familiares. Ah, y el nuevo novio de la protagonista se parece muchísimo a alguien que conozco. Qué casualidad, ¿no?

Aprieto los labios.

—De todo eso te habrías enterado de primera mano si hubieras aceptado irte a vivir conmigo.

—Eh, eh... —interviene Glenda enseguida—. No me robes a Francia.

—Tranquila, tampoco me iría con Nina. —Levanto una ceja. —Tiene al novio enfrente. Yo terminaría pagando renta para verla cinco minutos al día.

—Cinco minutos es un cálculo demasiado optimista. Por cierto, ¿dónde se metió el jefe del comité anti-Nina? Ya me parecía demasiado tranquilo este domingo.

Las dos sueltan una risita. Francia se pone de pie con su taza de café y su cigarrillo, y me lo ofrece.

Qué suerte que Nico no está cerca, así que como viejas costumbres tomo un sorbo del café y una calada al cigarrillo.

Ya perdí la práctica.

—Está tomando una siesta. —responde Glenda y, haciendo el gesto de espantar algo del aire, añade—. Y nadie fuma en mi sala.

—Abuela, no vas a corrernos ahora mismo. Tenemos que escuchar la historia de cómo acabó Lucas fugándose con la novia de Benjamín.

—¿Lucas? ¿El hermano de Nina?

—Sí, el hermano de Nina.

—Vaya muchacho... —niega con la cabeza mientras contiene una sonrisa—. Siempre armando un caos dondequiera que va. Aunque, pensándolo bien, al menos esta vez no quemó nada.

—En su defensa, aquella vez estaba intentando hacernos un postre —digo yo.

—Con un video de YouTube.

—Y mi abuelo se lo llevó a pescar y olvidó apagar la estufa.

Glenda resopla.

—Parece que a tu abuelo también se le olvidó enseñarle a mantenerse lejos de las novias ajenas.

La ocurrencia me arranca una carcajada.

—Por lo de ayer ni siquiera voy a defenderlo. De todo lo que se me ocurrió, nunca se me pasó por la cabeza que pasaría recogiendo a la novia y se iría con ella a la luna de miel.

—Espera a que tu abuelo se entere. Aunque Lucas no sea su nieto de sangre, lo quiere como si lo fuera. Ahora imagínate cuando descubra que, además de escaparse, se llevó a la novia de otro... y que ese otro es tu ex.

Las tres soltamos una risa.

Por un momento la casa vuelve a sentirse ligera. Normal.

Después llega el silencio.

Uno de esos silencios que duran apenas unos segundos, pero pesan bastante por lo siguiente que se me ocurre preguntar:

—¿Y cómo sigue mi abuelo?

Glenda deja de mover de mover una cucharita.

Francia también guarda silencio.

Las dos intercambian una mirada demasiado rápida.

—¿Qué pasa?

Glenda suspira.

—Tu abuelo nos hizo prometerle que no te diríamos nada porque no quería preocuparte.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Dice que tú has pasado por mucho y no quiere que… su enfermedad se vuelva una pesadilla más.

Yo trago saliva.

—Bueno, no puede protegerme de esto. Tengo derecho a saber.

Glenda baja la vista. Aprieta los labios, como si todavía estuviera debatiéndose entre guardar el secreto o romper la promesa.

Al final suspira.

—La doctora cree que la enfermedad está avanzando todavía más rápido de lo que esperábamos.

Comienzo a desesperarme. Entonces entiendo por qué mi abuelo no quería que me lo dijeran.

Respiro hondo e intento mantener la calma.

—¿Y la medicina?

—La medicina ha ayudado... pero… ya no está logrando el mismo efecto.

El pecho se me aprieta otro poco.

—Pero debe haber algo más ¿No? Otro tipo de medicamento… terapia… no sé.

Glenda niega suave con la cabeza.

—La doctora ajustó el tratamiento, pero a su edad ya no puede darle algo más fuerte sin que los riesgos superen los beneficios. Aun así, no ha dejado de tomárselas. Dice que, si existe la posibilidad de ganar un día más de lucidez con nosotras, vale la pena seguir intentándolo.

Sonríe apenas al decirlo.

Pero la sonrisa dura muy poco, porque las dos sabemos que no hay forma de detener el tiempo.

Y, de pronto, me invade un miedo absurdo.

Nos quedamos en silencio un rato.

Le doy una calada profunda al cigarrillo. La tos me sacude el pecho y Glenda me mira con esa paciencia resignada de quien ya sabe que los regaños nunca han servido de nada.

Necesito pensar en otra cosa. Entonces recuerdo lo que Rigoberto me dijo ayer.

—Glenda… —dudo un segundo antes de preguntar. —¿Todavía guardan los álbumes de fotos? Los de cuando yo era pequeña.

Su expresión cambia.

—¡Claro! Tu abuelo los cuida más que a muchas de sus cosas.